la historia de amor de laurel y hardy
spanish
Él la llamaba Stanley, ella lo llamaba Ollie.
Ese fue el principio, ese fue el final, de lo que llamaremos «La historia de amor de Laurel y Hardy».
Cuando se conocieron en uno de esos saraos absurdos en los que todo el mundo se pregunta qué está haciendo allí, ella tenía veinticinco años y él, treinta y dos. Pero, como nadie se va a casa, todos beben demasiado y mienten con respecto a lo estupenda que ha sido la noche.
No se vieron, como sucede a menudo, desde lados opuestos en una habitación abarrotada, y si sonaba música romántica como acompañamiento a su colisión, era inaudible. Porque todo el mundo estaba hablando con alguien y mirando a otra persona.
De hecho, iban rebotando por un bosque de personas, pero sin encontrar árboles que dieran sombra. Él iba en busca de la copa que necesitaba, ella estaba evitando a un desconocido engolosinado, y sus caminos se cruzaron en el centro exacto del infructífero gentío. Fintaron a derecha e izquierda varias veces, luego rieron y él, por impulso, echó mano de la corbata y, meneando los dedos, la agitó delante de su cara. Al instante, ella se llevó la mano a la coronilla y se la revolvió hasta convertirla en una borla desaliñada, parpadeando con cara de haber recibido un golpe en la cabeza.
–¡Stan! –gritó él, como quien reconoce a alguien.
–¡Ollie! –exclamó ella–. ¿Dónde te habías metido?
–¡Por qué no haces algo por ayudarme! –gritó él, haciendo amplias muecas de gordo.
Se cogieron del brazo, riendo de nuevo.
–Esto… –dijo ella, y su rostro se iluminó aún más–. Co… Conozco el lugar exacto, a un kilómetro escaso de aquí, donde Laurel y Hardy, en mil novecientos treinta, ¡cargaron con la caja del piano por la escalera esa con ciento cincuenta escalones!.
–¡Pues larguémonos de aquí! –gritó él.
Cerró de golpe la puerta del coche, rugió el motor. Los Ángeles pasaba a toda velocidad al sol del atardecer.
Frenó el coche donde ella le dijo que aparcara.
–¡Ahí!
–No me lo puedo creer –murmuró, inmóvil. Miró el atardecer en el cielo. Las luces empezaban a encenderse por todo Los Ángeles, colina abajo. Asintió–. ¿Esos son los escalones?
–Los ciento cincuenta. –Bajó del coche descapotable–. Vamos, Ollie.
–Ya voy, Stan –dijo.
Caminaron hasta el pie de otra colina y sus ojos subieron la empinada cuesta de escalones de cemento hacia el cielo. Un ligerísimo asomo de humedad le cubrió los ojos. Ella se apresuró a fingir que no se había dado cuenta, pero lo cogió del codo. Su voz tenía una suavidad maravillosa:
–Venga –dijo–. Venga. Adelante. –Le dio un empujoncito.
Empezó a subir los escalones, contando, y a medida que contaba entre susurros, su voz sumaba un decibelio de alegría. Cuando alcanzó el escalón cincuenta y siete, era un niño que jugaba a un juego maravilloso, se había perdido en el tiempo, y ya no sabía decir si estaba cargando con el piano colina arriba o si corría colina abajo con el piano detrás.
–¡Sujétalo! –se oyó gritar, a lo lejos–. ¡Ahí!
Se quedó quieto, balanceándose en el quincuagésimo octavo escalón, con una sonrisa de oreja a oreja, como si lo acompañara el fantasma apropiado, y giró en redondo.
–Vale –voceó ella–, ahora baja. –Empezó a bajar, con las mejillas encendidas y una peculiar opresión de felicidad en el pecho. Podía oír el piano persiguiéndolo–. ¡Quieto ahí! –Tenía una cámara en las manos. Al verla, se llevó instintivamente la mano a la corbata para agitarla en el aire de la noche–. ¡Me toca! –gritó, y corrió escaleras arriba para darle la cámara.
Y él bajó a buen paso y volvió la mirada y allí estaba ella, encogiéndose mínimamente de hombros con aquel gesto de desconcierto desvalido que ponía Stan, perplejo ante la vida, pero aun así amándola. Él apretó el disparador, deseando quedarse allí para siempre.
Bajó despacio los escalones y lo miró a la cara de cerca.
–Caray –dijo–, estás llorando. –Le puso los pulgares bajo los ojos para aplastar las lágrimas. Saboreó el resultado–. Sí –dijo–. Son lágrimas de verdad.
La miró a los ojos, que estaban casi tan húmedos como los suyos.
–Ya nos has metido en otro buen lío –dijo.
–Ay, Ollie –dijo ella.
–Ay, Stan –dijo él.
La besó despacio. Luego dijo:
–¿Vamos a seguir conociéndonos para siempre?
–Para siempre –dijo ella.
Y así empezó aquella larga historia de amor.
Tenían nombres reales, por supuesto, pero no importan, porque siempre les pareció mejor llamarse Laurel y Hardy.
Por el simple hecho de que ella estaba unos seis kilos por debajo de su peso ideal y él siempre andaba intentando que cogiera algo de peso. Y a él le sobraban diez y ella siempre andaba intentado que se quitara algo más aparte de los zapatos. Pero ninguno lo lograba, y todo terminó por convertirse en una broma, sin maldad alguna, que decía así:
–Tú eres Stan, no hay más vuelta de hoja, y yo soy Ollie, está clarísimo. Y, por Dios, mi querida muchacha, ¡disfrutemos de este maravilloso desbarajuste mientras dure!
Y así, mientras duró, y duró un tiempo, fue un postre francés, el summum estadounidense, una locura de la que no se recuperarían en sus vidas.
Desde aquel crepúsculo en las escaleras del piano, los días se volvieron largos y ociosos, se llenaron de las risas encantadoras que marcan el ritmo del comienzo y el ímpetu compartido de toda gran historia de amor. Solo dejaban de reír el tiempo justo para besarse y solo dejaban de besarse el tiempo justo para reírse con el milagro de encontrarse juntos y sin ropa en mitad de una cama inmensa como la vida y hermosa como la mañana.
Y allí sentados en mitad de la blancura cálida, él cerró los ojos y meneó la cabeza y, con mucha pompa, afirmó:
–¡No tengo nada que decir!
–¡Cómo que no! –gritó ella–. ¡Dilo!
Y él lo dijo y cayeron por el borde de la tierra.
El primer año fue puro mito y fábula, que se sobredimensionaría cuando, treinta años más tarde, lo recordaran. Iban a ver películas nuevas y viejas, pero sobre todo de Stan y Ollie. Memorizaban las mejores escenas y las repetían a gritos una y otra vez mientras cruzaban Los Ángeles en coche a medianoche. Él la mimaba tratándola como si fuese alguien muy especial por haberse criado en Hollywood; ella lo mimaba fingiendo que sus paseos en patines por delante del estudio no era cosa del pasado sino del presente. Una noche quiso que se lo demostrara. De sopetón, le preguntó por dónde estaba patinando de niño cuando tropezó con W. C. Fields. Dónde le había pedido un autógrafo a Fields y dónde le había firmado el libro Fields y se lo había devuelto.
–¡Eres un cabroncete! –gritó–. Llévame –dijo.
A las diez de aquella noche, bajaron del coche delante de los estudios de la Paramount y él señaló la acera junto a la puerta.
–Estaba ahí –dijo, y ella lo abrazó y lo besó.
–Y ahora –dijo, con voz dulce–, ¿dónde te sacaste la foto con Marlene Dietrich?
Cruzaron juntos los cinco metros de calle desde el estudio.
–Al sol, a última hora de la tarde –dijo él–, Marlene estaba ahí.
Y ella lo besó de nuevo, más tiempo esta vez, y la luna ascendía como un truco de magia demasiado obvio, llenando la calle frente al estudio vacío. Ella dejó que su alma se derramara en él como una fuente volcada, y él la recibió y se la devolvió feliz.
–Y ahora –dijo ella, a media voz–, ¿dónde viste a Fred Astaire en mil novecientos treinta y cinco y a Ronald Colman en el treinta y siete y a Jean Harlow en el treinta y seis?
Y él la llevó en coche a tres lugares distintos alrededor de Hollywood hasta la medianoche y los vieron y ella lo besó como si no hubiese un final.
Aquello fue el primer año. Y durante ese año, subieron y bajaron los largos escalones del piano una vez al mes como mínimo y hacían pícnics con champán en mitad de la escalera y descubrieron algo increíble:
–Creo que son nuestras bocas –dijo él–. Hasta que te conocí, no sabía que tenía boca. La tuya es la más maravillosa del mundo, y hace que sienta que la mía también lo es. ¿Habías besado de verdad a alguien antes de que te besara yo?
–¡Nunca!
–Ni yo. Haber vivido tanto sin saber que tenía boca…
–Boca querida –dijo ella–, cállate y bésame.
Pero al final del primer año descubrieron algo más increíble todavía. Él trabajaba en una agencia de publicidad y vivía clavado a la silla. Ella trabajaba en una agencia de viajes y pronto tendría que volar a todas partes. A los dos les maravilló que no se hubiesen dado cuenta antes. Pero ahora que la erupción de aquel Vesubio había cesado y el polvo incandescente empezaba a depositarse, una noche, se sentaron y se miraron y ella, en voz baja, dijo:
–Adiós…
–¿Qué? –preguntó él.
–Creo que se acerca el final –dijo. Él la miró a la cara y no era la tristeza de Stan en las películas, sino una tristeza propia–. Me siento como en el final de esa novela de Hemingway en el que dos personas van a caballo a última hora del día y dicen qué pasaría si siguiéramos cabalgando para siempre, pero saben que no van a hacerlo –dijo.
–Stan –dijo él–, esto no es una novela de Hemingway ni puede ser el fin del mundo. No vas a dejarme nunca. –Pero era una pregunta, no una afirmación, y ella se movió de repente y él parpadeó y dijo–: ¿Qué haces ahí abajo?
–Tonto –dijo–, estoy arrodillándome para pedirte la mano. Cásate conmigo, Ollie. Vente conmigo a Francia. Me ha salido trabajo en París. No, no digas nada. Cállate. Nadie tiene por qué saber que este año tengo el dinero y puedo mantenerte mientras escribes la gran novela americana…
–Pero… –dijo.
–Tienes una máquina de escribir portátil, un paquete de folios y me tienes a mí. Dime, Ollie, ¿vendrás? O no te cases conmigo, joder, viviremos en pecado, pero vente conmigo, ¿vale?
–¿Y ver cómo en un año nos vamos al cuerno y nos hundimos para siempre?
–¿Tanto miedo tienes, Ollie? ¿No crees en mí ni en ti ni en nada? Dios, qué cobardes sois los hombres, tienes la piel más fina que el demonio y le tienes miedo a una mujer en la que apoyarte, como en una escalera de mano. Mira, tengo cosas que hacer y tú te vienes conmigo. No puedo dejarte aquí, te caerás por esos puñeteros escalones. Pero si no queda otra, lo haré. Lo quiero todo ahora, no mañana. Eso significa tú, París y mi trabajo. Tardarás en escribir la novela, pero lo harás. En fin, ¿vas a quedarte aquí y a autocompadecerte o vamos a vivir en un piso sin calefacción ni ascensor en el Barrio Latino a miles de kilómetros de aquí?
–¿Esto no lo habíamos hablado ya? –dijo él.
–El año pasado, una decena de veces, pero nunca me escuchabas, te daba por perdido.
–No, perdido y enamorado.
–Tienes un minuto para decidirte. Sesenta segundos. –Estaba mirando su reloj de pulsera.
–Levanta del suelo –dijo él, avergonzado.
–Si lo hago, será para coger la puerta y largarme –dijo–. Te quedan cuarenta y nueve segundos, Ollie.
–Stan –gimió él.
–Treinta. –Sin apartar la vista del reloj–. Veinte. He levantado una rodilla del suelo. Diez. He empezado a levantar la otra rodilla. Cinco. Uno.
Y se puso de pie.
–¿A qué viene esto? –preguntó él.
–Listo –dijo–, voy hacia la puerta. No lo sé. Igual he pensado en ello más de lo que me atrevía a reconocer. Somos personas maravillosas y muy especiales, Ollie, y creo que no volveremos a ver cosa igual en el mundo, nosotros no, al menos, o bien estoy mintiéndome a mí misma, seguramente sí. Pero debo irme y puedes venirte si quieres, pero no puedes no afrontarlo o hacer como que no lo sabes. Y ahora… –Alargó el brazo–. Tengo la mano en el pomo y…
–¿Y? –dijo, en voz baja.
–Voy a llorar –dijo ella.
Él fue a levantarse, pero ella negó con la cabeza.
–No, no lo hagas. Como me toques, voy a derrumbarme, y paso. Me voy. Pero una vez al año será el día de la contención, o el día del perdón o como cojones quieras llamarlo. Una vez al año me presentaré en tu escalera, sin piano, a la misma hora exacta que aquella noche cuando fuimos por primera vez, y como estés ahí esperándome te secuestraré o tú me secuestrarás a mí, pero no te lleves el puñetero saldo bancario para enseñármelo ni me sueltes ninguna majadería.
–Stan –dijo.
–Por Dios –sollozó ella.
–Qué.
–Cómo pesa esta puerta. No puedo moverla. –Se echó a llorar–. Ahora. Ya se mueve. Listo. –Lloró más fuerte–. Me voy.
La puerta se cerró.
–¡Stan!
Corrió a la puerta y agarró el pomo. Estaba mojado. Se llevó los dedos a la boca y notó el sabor salado, luego abrió la puerta.
El descansillo estaba desierto. El aire que había desalojado empezaba a reunirse de nuevo.
Cuando ambas mitades se encontraron, amenazó tormenta. Se avecinaban lluvias.
Durante tres años, regresó a los escalones cada cuatro de octubre, pero ella no estaba. Y los dos años siguientes lo olvidó, pero en otoño del sexto año, se acordó y regresó con el último sol de la tarde y subió los escalones porque vio algo a la mitad y era una botella de buen champán con un lazo y una nota que alguien había dejado allí, y la nota decía:
«Ollie, querido Ollie. Me he acordado de la fecha. Pero estoy en París. La boca no es la misma, pero estoy felizmente casada. Con cariño, Stan».
Después de aquello, dejó de ir a visitar las escaleras cada octubre. El ruido de aquel piano resbalando por la falda de la colina, lo sabía, lo alcanzaría y lo arrastraría hacia no sabía dónde.
Y aquel fue el final, o casi el final, de la historia de amor de Laurel y Hardy. Hubo, por afectuosa casualidad, un último encuentro.
Quince años después, durante un viaje a Francia, iba paseando por los Campos Elíseos al atardecer con su mujer y sus dos hijas cuando vio que una mujer muy guapa venía en la otra dirección, en compañía de un hombre mayor que ella y de aspecto sobrio y un niño moreno muy guapo de unos doce años, su hijo evidentemente.
Al cruzarse, la misma sonrisa iluminó ambos rostros al mismo tiempo. Él la miró, agitando su pajarita.
Ella lo miró, atusándose el cabello.
No se detuvieron. Siguieron su camino. Pero, allí en los Campos Elíseos, la oyó decir en voz alta las últimas palabras que le oiría decir:
–¡Ya nos has metido en otro buen lío! –Seguido del viejo nombre tan conocido con que lo había llamado durante los años que duró su amor.
Y se fue, y su mujer y sus hijas lo miraron y una de las niñas dijo:
–¿Esa señora te ha llamado Ollie?
–¿Qué señora? –dijo él.
–Papá –dijo su otra hija, inclinándose para mirarlo a la cara de cerca–. Estás llorando.
–No.
–Cómo que no. ¿A que sí, mamá?
–Ya sabéis que vuestro padre llora hasta con la guía telefónica –dijo su mujer.
–No –dijo–, son ciento cincuenta escalones y un piano. Recordadme que os lo enseñe un día de estos, niñas.
Siguieron caminando y se volvió para mirar atrás una última vez. La mujer con su marido y su hijo se volvió en ese mismo instante. Puede que viera cómo su boca daba forma a las palabras: Adiós, Ollie. Puede que no. Sintió que la suya sí se movía: Adiós, Stan.
Y siguieron caminando en direcciones opuestas por los Campos Elíseos con el último sol de una tarde de octubre.