la hora cero
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Ah, ¡iba a ser la mar de divertido! ¡Menudo juego! Hacía años que no disfrutaban tanto. Los niños salían como catapultados de acá para allá en la hierba verde, gritándose unos a otros, cogidos de la mano, volando en corrillos, trepando a los árboles, riendo. Los cohetes surcaban el cielo y los coches escarabajo pasaban susurrando por las calles, pero los niños no paraban de jugar. Qué de diversión, qué alegría más tremenda, qué de volteretas y qué de gritos efusivos.
Mink entró corriendo en la casa, toda sucia y sudorosa. Era ruidosa, fuerte y decidida para tener solo siete años. Su madre, la señora Morris, apenas reparó en ella mientras abría los cajones de golpe y guardaba con estrépito sartenes y utensilios en una bolsa grande.
–Santo cielo, Mink, ¿qué pasa?
–¡El juego más excitante del mundo! –dijo Mink casi sin aire, con la cara rosa.
–Para y respira –dijo su madre.
–No, estoy bien –resolló Mink–. ¿Puedo llevármelas, mamá?
–Pero no las abolles –dijo la señora Morris.
–¡Gracias, gracias! –gritó Mink, y, ¡pum!, desapareció, como un cohete.
La señora Morris siguió con la mirada a la niña relámpago.
–¿A qué estáis jugando?
–¡A la Invasión! –dijo Mink.
Cerró de un portazo.
Los niños salían a los jardines de la calle con cuchillos, tenedores, atizadores y tubos de estufa viejos y abridores.
Era un hecho interesante que aquel furor y aquel revuelo solo se diera entre los niños más pequeños. Los que tenían diez años o más desdeñaban el asunto, y con gesto displicente se iban a dar una vuelta o jugaban a una versión más digna del escondite.
Entretanto, los padres iban y venían en sus escarabajos cromados. Los técnicos entraban en las casas para reparar ascensores neumáticos, arreglar televisores que no sintonizaban bien o dar unos martillazos a tubos dispensadores de comida demasiado tozudos. La civilización adulta pasaba una y otra vez por delante de los atareados pequeños, celosa de la feroz energía de aquellos chiquillos alocados, tolerando sus florituras y disfrutándolas, deseosa de unirse a ellos.
–Esto, esto y esto –dijo Mink, entregando a los demás sus respectivas cucharas y llaves inglesas–. Hazlo, y trae eso aquí. ¡No! ¡Aquí, boba! Perfecto. Venga, apartaos mientras lo arreglo. –La lengua entre los dientes, la cara arrugada por la concentración–. Así. ¿Lo veis?
–¡Chachiiiii! –gritaron los niños.
Joseph Connors, de doce años, llegó corriendo.
–Largo de aquí –le dijo Mink a la cara.
–Quiero jugar –dijo Joseph.
–¡No puedes! –dijo Mink.
–¿Por qué no?
–Porque te vas a reír de nosotros.
–No. Te lo juro.
–Que no. Te conocemos. Largo de aquí o te echamos a patadas.
Otro niño de doce años llegó derrapando con sus patines a motor.
–¡Eh, Joe! ¡Venga! ¡Deja jugar a los mariquitas esos!
En el gesto de Joseph había reticencia y cierta nostalgia.
–Quiero jugar –dijo.
–Eres mayor –dijo Mink, tajante.
–Tampoco soy tan mayor –dijo Joe, afectado.
–Te reirás y echarás a perder la Invasión.
El niño de los patines a motor hizo un ruido grosero con los labios.
–¡Venga, Joe! ¡Déjalos con sus duendes! ¡Están majaras!
Joseph se alejó despacio. Manzana abajo, no dejó de mirar hacia atrás.
Mink estaba otra vez atareada. Con el material recopilado, montó una suerte de aparato. Había provisto a otra niña de lápiz y papel para que tomara notas con letra lenta y sacrificada. Sus gritos subían y bajaban bajo la cálida luz del sol.
La ciudad bullía alrededor. Las calles estaban bordeadas de grandes árboles verdes y serenos. Solo el viento discrepaba con la ciudad, con el país, con el continente. En otras mil ciudades había árboles y niños y avenidas, ejecutivos grabando sus voces u observando monitores en sus silenciosos despachos. Los cohetes atravesaban el cielo azul como agujas de coser. Ahí estaba la vanidad calma y universal de los hombres acostumbrados a la paz, convencidos de que jamás volvería a haber problemas. Hombro con hombro, todos los hombres de la Tierra formaban un frente común. El armamento perfecto se había repartido equitativamente entre todos los países. Se había generado una situación de equilibrio tan increíble como hermoso. No había traidores entre los hombres. No había infelices, no había insatisfechos; así pues, el mundo descansaba sobre suelo estable. La luz del sol iluminaba la mitad del mundo y los árboles dormitaban en una pleamar de aire cálido.
La madre de Mink observaba la calle desde la ventana de arriba.
Estos niños. Los miró y meneó la cabeza. En fin, comerán bien, dormirán bien y el lunes otra vez al colegio. Benditos sean sus cuerpecitos vigorosos. Escuchó.
Mink hablaba entusiasmada con alguien junto al rosal, aunque allí no había nadie.
Qué raros son los niños. Y esa chiquilla, ¿cómo se llamaba? ¿Anna? Anna tomaba notas en una libreta.
Mink le hacía primero una pregunta al rosal, luego le cantaba la respuesta a Anna.
–Triángulo –dijo Mink.
–¿Qué es un tri…? –dijo Anne, con dificultad–, ¿ángulo?
–Da igual –dijo Mink.
–¿Cómo se escribe? –preguntó Anna.
–Te, erre, i… –deletreó Mink despacio, luego se hartó–. Ay, ¡escríbelo como te dé la gana! –Pasó a la palabra siguiente–. Rayo –dijo.
–Todavía no he… –dijo Anne–, ¡puesto triángulo!
–¡Pues date prisa! –gritó Mink.
La madre de Mink se asomó a la ventana de arriba.
–A, ene, ge, u, ele, o –le deletreó.
–Ay, gracias, señora Morris –dijo Anne.
–De nada –dijo la madre de Mink, y riendo, siguió quitándole el polvo al pasillo con el electroimán quitapolvo.
Las voces flotaban en el aire titilante.
–Rayo –dijo Anne. Arrastrando la palabra.
–Cuatro-nueve-siete-A-y-B-y-X –dijo Mink, desde muy lejos, con mucha seriedad–. Y un tenedor y un cordel y un… hex, hex, agoni… ¡hexágono!
En el almuerzo, Mink bebió la leche de un trago y ya estaba en la puerta. Su madre dio un manotazo en la mesa.
–Siéntate ahora mismo –ordenó la señora Morris–. La sopa está ya mismo.
Pulsó un botón rojo en la encimera y diez segundos más tarde algo aterrizó con un ruido sordo sobre el receptor de goma. La señora Morris lo abrió, sacó un recipiente con un par de asas de aluminio, le quitó la tapa y sirvió sopa caliente en un cuenco.
Mientras tanto, Mink no paraba quieta.
–¡Venga, mamá! ¡Esto es cuestión de vida o muerte! Uf…
–A tu edad, yo era igualita a ti. Todo era a vida o muerte. Ya lo sé.
Mink se comió la sopa a toda velocidad.
–Despacio –dijo su madre.
–No puedo –dijo Mink–. Me está esperando Drill.
–¿Quién es Drill? Qué nombre más raro –dijo su madre.
–Tú no lo conoces –dijo Mink.
–¿Es un niño nuevo del barrio? –preguntó su madre.
–Sí es nuevo, sí –dijo Mink, que ya iba por el segundo cuenco.
–¿Cuál es Drill? –preguntó su madre.
–Está por ahí –dijo Mink, con tono evasivo–. Es que te vas a meter con él. Todo el mundo le chincha. Jolines ya.
–¿Drill es tímido?
–Sí. No. Un poco. Jopé, mamá, ¡tengo que correr si queremos que haya Invasión!
–¿Quién va a invadir a quién?
–Los marcianos invaden la Tierra. Bueno, no exactamente los marcianos. Son… No sé. Viene de arriba. –Señaló con la cuchara.
–Y de aquí dentro –dijo su madre, tocando la frente febril de Mink.
Mink se rebeló.
–¡Ya te estás riendo! ¡Vas a matar a Drill y a todo el mundo!
–No era mi intención –dijo su madre–. ¿Drill es marciano?
–No. Es de…, no sé, igual de Júpiter o de Saturno o de Venus. En fin, lo ha pasado fatal.
–Ya imagino. –La señora Morris se tapó la boca con la mano.
–No se les ocurría cómo atacar la Tierra.
–Somos inexpugnables –dijo su madre con seriedad fingida.
–¡Lo mismo que dijo Drill! Inex… La misma palabra, mamá.
–Vaya, vaya, Drill es un niño muy listo. Es un buen palabro.
–No se les ocurría cómo atacar, mamá. Drill dice que…, dice que para que sea un buen ataque tienes que coger a la gente por sorpresa de una manera novedosa. Y así ganas. Y también dice que tienes que lograr que tu enemigo te ayude.
–Una quinta columna –dijo su madre.
–Sí. Eso ha dicho Drill. Y no se les ocurría cómo coger a la Tierra por sorpresa ni cómo conseguir ayuda.
–No me extraña. Somos tremendamente fuertes. –Su madre rio mientras recogía. Mink seguía allí sentada, mirando fijamente la mesa, viendo lo que decía a la vez que lo decía.
–Hasta que, un día –dijo Mink con tono melodramático–, ¡pensaron en los niños!
–¡Vaya! –dijo radiante la señora Morris.
–¡Y pensaron que los adultos estaban siempre tan ocupados que nunca miraban debajo de los rosales ni por los jardines!
–Salvo para quitar caracoles y setas.
–Y luego está no sé qué de las dim-dimes…
–¿Dim-dimes?
–Dimesun…
–¿Dimensiones?
–¡Hay cuatro! Y luego no sé qué de la imaginación de los niños de menos de nueve años. Es superdivertido oír hablar a Drill.
La señora Morris estaba cansada.
–Bueno, eso parece. Estás haciendo esperar a Drill. Se está haciendo tarde, y si quieres terminar la Invasión antes del baño y la cena, ya puedes correr.
–¿Tengo que bañarme? –refunfuñó Mink.
–Pues sí. ¿Por qué los niños odian el agua? Da igual la edad que tengáis, ¡odiáis el agua detrás de las orejas!
–Drill dice que no tendré que bañarme más –dijo Mink.
–Conque eso dice, ¿eh?
–Se lo ha dicho a todos los niños. Fuera baños. ¡Y podremos quedarnos levantados hasta las diez y ver dos programas de la tele los sábados en vez de uno!
–Vaya con los modales del señor Drill, tendré que llamar a su madre y…
Mink fue hacia la puerta.
–Pete Britz y Dale Jerrick nos están dando problemas. Son más mayores. Gastan bromas. Son peores que sus padres. No creen en Drill. Son unos creídos porque son más mayores. Deberían saber que eso no es así. Hace dos años eran pequeños. Los odio más que a nadie. Los mataremos los primeros.
–¿A tu padre y a mí los últimos?
–Drill dice que sois peligrosos. ¿Sabes por qué? ¡Porque no creéis en los marcianos! Van a dejar que nosotros gobernemos el mundo. A ver, nosotros solos no, los niños del barrio de al lado también. Yo podría ser la reina. –Abrió la puerta–. ¿Mamá?
–¿Sí?
–¿Qué es la lógica?
–¿La lógica? Ay, cariño, la lógica es saber cuándo algo es verdad y cuándo no lo es.
–También la ha mencionado –dijo Mink–. ¿Y qué es im-pre-sio-na-ble? –Tardó unos segundos en pronunciarlo.
–Vaya, significa… –Su madre miró al suelo, riendo por lo bajo–. Significa… Ser niño, cielo.
–¡Gracias por el almuerzo! –Mink echó a correr, luego asomó la cabeza por la puerta–. Mamá, me aseguraré de que no te hagan mucho daño, ¡de verdad!
–Bueno, gracias –dijo su madre.
¡Pam!, hizo la puerta.
A las cuatro en punto, zumbó el audiovisor. La señora Morris levantó la tapa.
–¡Hola Helen! –dijo en tono afectuoso.
–Hola, Mary. ¿Cómo van las cosas por Nueva York?
–Bien. ¿Qué tal por Scranton? Se te ve cansada.
–A ti también. Los niños. Todo el día encima –dijo Helen.
–Con Mink igual. –La señora Morris suspiró–. Ya ahora la superinvasión. ¿Tus niños también juegan a lo mismo?
–Ay, Dios, sí. Mañana será petanca eléctrica y rayuela motorizada. ¿Nosotras nos portábamos así de mal de pequeñas, allá por el cuarenta y ocho?
–Peor. Japos y nazis. No sé cómo me aguantaban mis padres. Era una marimandona.
–Los padres aprendemos a hacer oídos sordos.
Un silencio.
–¿Te pasa algo, Mary? –preguntó Helen.
La señora Morris tenía los ojos entornados; se pasó la lengua despacio por el labio inferior, pensativa.
–¿Cómo? –Dio un respingo–. Ah, nada. Estaba pensando en eso. Lo de los oídos sordos y demás. No importa. ¿Qué me decías?
–Mi Tim está prendado de un tal… Drill, creo que se llama.
–Debe de ser un código nuevo. Mink está igual con él.
–No sabía que había llegado hasta Nueva York. El boca a boca, imagino. Parecen chatarreros. Hablé con Josephine y me comentó que sus hijos, y están en Boston, andan como locos con ese juego nuevo. Está arrasando por todo el país.
En ese momento, Mink entró al trote en la cocina para beber un vaso de agua de un trago. La señora Morris se volvió.
–¿Cómo va todo?
–Casi hemos acabado –dijo Mink.
–Genial –dijo la señora Morris–. ¿Qué es eso?
–Un yoyó –dijo Mink–. Mira. –Lanzó el yoyó hacia abajo. Y al llegar al final de la cuerda…, desapareció–. ¿Has visto? –dijo Mink–. ¡Alehop! –Agitó el dedo y el yoyó reapareció, enrollándose en su cuerda.
–Repítelo –dijo su madre.
–No puedo. ¡La hora cero es a las cinco! Adiós. –Mink salió, lanzando su yoyó.
En el audiovisor, Helen rio.
–Tim vino con un yoyó de esos esta mañana, pero cuando le pregunté por él se negó a enseñármelo, y cuando por fin intenté lanzarlo, no funcionaba.
–Porque no eres impresionable –dijo la señora Morris.
–¿Cómo?
–Nada. Se me ha ocurrido sin más. ¿Te ayudo en algo, Helen?
–Quería la receta de la tarta blanca y negra…
Las horas remoloneaban. El día declinaba. El sol descendió en el sosegado cielo azul. Las sombras se alargaron en la hierba de los jardines. Las risas y el entusiasmo continuaban. Una niña pequeña se alejó a la carrera, llorando. La señora Morris se asomó a la puerta.
–Mink, ¿la que lloraba era Peggy Ann?
Mink estaba agachada en la hierba, cerca del rosal.
–Sí, es una cagueta. Ya no la dejamos jugar. Es demasiado mayor. Creo que se ha hecho mayor de repente.
–¿Y por eso lloraba? Tonterías. ¡Respóndeme como Dios manda, jovencita, o vas para dentro!
Mink giró en redondo, con una mezcla de consternación y fastidio.
–Ahora no puedo dejarlo. Casi es la hora. Me portaré bien, lo siento.
–¿Has pegado a Peggy Ann?
–No, te lo juro. Pregúntale. Ha sido por…, no sé, es una cobardica. –El corro de niños se cerró en torno a Mink, que siguió afanándose ceñuda con unas cucharas y una especie de composición hecha con martillos y tubos–. Ahí y ahí –murmuró Mink.
–¿Ha pasado algo? –dijo la señora Morris.
–Drill se ha quedado atascado. A mitad de camino. Si logramos que pase, sería más fácil. Y los demás vendrían detrás.
–¿Os ayudo?
–No, mamá, gracias. Yo lo arreglo.
–Vale. En media hora te llamo para que te bañes. Estoy harta de estar pendiente de ti.
Entró, se sentó en la silla eléctrica de relajación y dio un sorbito a medio vaso de cerveza. La silla le masajeó la espalda. Niños, niños… Niños, amor y odio, todo junto. A veces los niños te adoraban, y al segundo siguiente, te odiaban. Qué raros eran los niños, ¿llegaban a olvidar o a perdonar los azotes, las palabras severas, las órdenes estrictas? Pensó en ello. ¿Se llega a olvidar o a perdonar a quienes están por encima, a los dictadores altaneros y estúpidos?
Pasó el tiempo. En la calle se hizo un silencio curioso, expectante, cada vez más intenso.
Dieron las cinco. Un reloj cantó débilmente en algún lugar de la casa con una voz suave, musical: «Las cinco…, las cinco. No hay tiempo que perder. Las cinco», y con un bordoneo quedó en silencio.
La hora cero.
La señora Morris rio por lo bajo. La hora cero.
Un coche escarabajo entró con un susurro por el vado. El señor Morris. El señor Morris sonrió. El señor Morris bajó del escarabajo, lo cerró con llave y saludó a Mink, que seguía a lo suyo. Mink lo ignoró. Su padre rio y se quedó unos segundos observando a los niños. Luego subió los escalones delanteros.
–Hola, cariño.
–Hola, Henry.
Se inclinó con esfuerzo hacia delante, sentada en el borde de la silla, a la escucha. Los niños estaban callados. Demasiado callados. El señor Morris vació la pipa, la rellenó.
–Qué buen día hace. Uno se alegra de estar vivo.
Bzzz.
–¿Qué ha sido eso? –preguntó Henry.
–Ni idea.
Se levantó de golpe, abriendo los ojos de par en par. Iba a decir algo. Se contuvo. Ridículo. Sus nervios se crisparon.
–Los niños no tenían nada peligroso, ¿no?
–Qué va –dijo Henry–. Me he fijado.
Mary fue a la cocina. El zumbido continuaba.
–Aun así, será mejor que salgas a decirles que lo dejen ya. Son las cinco pasadas. Diles… –Sus ojos se abrieron y se entornaron–. Diles que dejen la Invasión para mañana. –Y rio con nerviosismo.
El zumbido se hizo más fuerte.
–¿En qué andan? Será mejor que mire, es verdad.
¡La explosión!
La casa se sacudió con un ruido sordo. Hubo más explosiones en otros jardines de otras calles.
La señora Morris gritó por instinto.
–¡Por aquí! –exclamó, de forma inconsciente, sin percibir nada, sin razonar nada. Quizás vio algo por el rabillo del ojo; quizás olió un olor nuevo, u oyó un ruido nuevo. No había tiempo de discutir con Henry para convencerlo. Que pensara que estaba loca, daba igual. ¡Sí, loca! Chillando, subió corriendo las escaleras. Él corrió tras ella para ver qué pretendía–. ¡En la buhardilla! Gritó–. ¡Ha sido ahí!
No era más que una excusa para hacer que entrara a tiempo en la buhardilla. Ay, Dios…, ¡justo a tiempo!
Otra explosión fuera. Los niños gritaban entusiasmados, como si hubiese un gran espectáculo de pirotecnia.
–¡No ha sido en la buhardilla! –gritó Henry–. ¡Ha sido fuera!
–¡No, no! –Resollando, sin aire, Mary abrió con dificultad la puerta de la buhardilla–. Ya verás. ¡Corre! ¡Ya verás!
Entraron en la buhardilla a trompicones. Mary cerró de un portazo, echó el cerrojo, cogió la llave, la tiró lejos, a un rincón atestado. Balbuceaba sin ton ni son. Lo soltó todo. Todas las sospechas y el miedo inconscientes que había ido acumulando en secreto a lo largo de la tarde y que habían fermentado como el vino en su interior. Las pequeñas revelaciones y certezas y sensaciones que llevaban todo el día inquietándola y que con lógica y esmero y sentido común había rechazado y censurado. Ahora la estremecían y la hacían explotar en mil pedazos.
–Ya está, ya está –dijo entre sollozos, pegada a la puerta–. Estaremos a salvo hasta la noche. Quizás podamos escabullirnos entonces. ¡Igual podemos escapar!
Henry también estalló, pero por otros motivos.
–¿Estás loca? ¿Por qué has tirado la llave?
–Sí, estoy loca, si eso ayuda, sí, ¡pero quédate conmigo!
–¡No sé cómo puñetas voy a salir!
–Calla. Nos va a oír.
Abajo, la voz de Mink. El marido se detuvo. Se oían fuertes zumbidos y chisporroteos en todas partes, y gritos y risitas. El audiovisor de abajo vibraba una y otra vez insistente, alarmante, violentamente. ¿Está llamando Helen?, pensó la señora Morris. ¿Y está llamando por lo que creo que está llamando?
Se oyeron pisadas en la casa. Fuertes pisadas.
–¿Quién ha entrado en mi casa? –exigió Henry, con enfado–. ¿Quién anda ahí abajo?
Fuertes pisadas. Veinte, treinta, cuarenta, cincuenta. Cincuenta personas agolpadas en la casa. Murmullos. Las risitas de los niños.
–¡Por aquí! –gritó Mink, abajo.
–¿Quién está ahí? –bramó Henry–. ¡Quién es!
–Shhh. ¡Ay, nononononono! –dijo débilmente su mujer, abrazándolo–. Cállate, por favor. Igual se van.
–¿Mamá? –llamó Mink–. ¿Papá? –Una pausa–. ¿Dónde estáis? –Fuertes pisadas, fuertes, fuertes, pisadas muy fuertes, escaleras arriba. Mink iba delante–. ¿Mamá? –Vacilación–. ¿Papá? –Espera, silencio.
Murmullos. Pisadas hacia la buhardilla. Mink en cabeza.
Juntos, el señor y la señora Morris temblaban en la buhardilla. Por algún motivo, el murmullo eléctrico, la extraña luz fría que se vio de repente por debajo de la puerta, el extraño olor y el sonido alienígena del entusiasmo en la voz de Mink, todo atravesó también al señor Morris. Tiritando, en el silencio oscuro, aguardó, junto a su mujer.
–¡Mamá! ¡Papá!
Pisadas. Un leve sonido vibratorio. La cerradura de la buhardilla se derritió. La puerta se abrió. Mink se asomó, con unas sombras altas y azules tras ella.
–Cucú –dijo Mink.