la lápida
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En fin, lo primero fue aquel viaje tan largo, y el polvo que se le metía por la nariz fina, y Walter, su marido de Oklahoma, con su cuerpo magro balanceándose en su Ford modelo T, tan pagado de sí mismo que a ella le entraban ganas de escupir; luego llegaron al pueblo grande de edificios de ladrillo, extraño como un pecado antiguo, y buscaron un casero. El casero los llevó a una habitación pequeña y abrió la puerta.
En el centro de la habitación sencilla estaba la lápida.
Los ojos de Leota se tornaron sagaces, y enseguida fingió ahogar un grito y una idea cruzó su mente con malévola rapidez. Sus supersticiones eran algo que Walter no había logrado alterar ni quitarle de la cabeza. Ahogó un grito, retrocedió y Walter se quedó mirándola con los párpados caídos sobre sus brillantes ojos grises.
–No, no –gritó Leota, con rotundidad–. ¡No pienso meterme en una habitación con un muerto!
–¡Leota! –dijo su marido.
–¿A qué se refiere? –dijo el casero–. Señora, usted no…
Leota sonrió por dentro. Por supuesto que no creía en nada de aquello, pero era la única arma que tenía contra su marido de Oklahoma, así que…
–Me refiero a que no pienso dormir en una habitación con un cadáver. ¡Sáquelo de aquí!
Walter miró agotado la cama hundida, algo que llenó de placer a Leota, esa habilidad suya para frustrarlo. Las supersticiones eran cosas muy socorridas, desde luego.
–La lápida es de mármol gris de primerísima calidad –oyó decir al casero–. Pertenece al señor Whetmore.
–El apellido grabado en la piedra dice White –observó Leota con frialdad.
–Cierto. Es el apellido del hombre para quien se talló la lápida.
–¿Está muerto o no? –preguntó Leota, impaciente. El casero asintió–. ¿Lo ves? –gritó. Walter soltó un gruñido para indicar que no pensaba moverse ni un centímetro más para buscar otra habitación–. Aquí huele a cementerio –dijo Leota, observando cómo la mirada de Walter se volvía acalorada y pétrea.
–El señor Whetmore –explicó el casero–, el anterior inquilino de esta habitación, era aprendiz de marmolista, este fue su primer trabajo, se pasaba las tardes dándole golpecitos al cincel, de siete a diez.
–Vaya… –Leota lanzó una mirada rápida a su alrededor en busca del señor Whetmore–. ¿Dónde está? ¿También murió? –Cómo disfrutaba con aquel juego.
–No, acabó desanimado y dejó de tallar esta lápida para trabajar en una fábrica de sobres.
–¿Y eso?
–Se equivocó. –El casero dio unos golpecitos con el dedo a las letras del mármol–. Aquí pone White. Lo escribió mal. Debería decir Whyte, con i griega en vez de i latina. Pobre señor Whetmore. Complejo de inferioridad. Al primer fallo lo dejó y se quitó de en medio.
–Que me zurzan –dijo Walter, y entró en la habitación arrastrando los pies y empezó a deshacer las maletas, de espaldas a Leota.
Al casero le apetecía contar cómo acababa la historia:
–Sí, el señor Whetmore se rindió enseguida. Para que vean lo tiquismiquis que era. Todas las mañanas se preparaba café de filtro, y menuda catástrofe como derramara una cucharilla…, ¡lo tiraba entero y se pasaba días sin tomar café! ¡Imaginen! Se ponía muy triste cuando cometía alguna equivocación. Si se ponía primero el zapato izquierdo en vez del derecho, se lo quitaba y caminaba descalzo durante diez o doce horas, aunque la mañana fuese fría. Y si alguien escribía mal su apellido en las cartas, las devolvía al buzón de correos con la anotación: «aquí no vive nadie con ese nombre». Ay, ¡menudo personaje, el señor Whetmore!
–Eso a nosotros ni nos va ni nos viene –repuso Leota con tono serio–. Walter, ¿qué haces?
–Colgar en este armario de aquí tu vestido de seda, el rojo.
–Pues déjate de colgar, nos vamos.
El casero resopló, no entendía cómo podía haber una mujer tan boba.
–Se lo explicaré una vez más. El señor Whetmore trabajaba aquí; pagó a un transportista para que le trajera la lápida un día en que yo había salido a comprar pavo al supermercado, y cuando regresé, tic tic tic, lo oí desde la planta de abajo, el señor Whetmore había empezado a tallar el mármol. Y estaba tan orgulloso que no me atreví a quejarme. Pero tan orgulloso estaba que cometió un error ortográfico y enseguida se largó sin mediar palabra, había pagado el alquiler hasta el martes, pero como no quiso que se lo devolviera, mañana a primera hora vendrán unos transportistas con una carretilla. No le importará dormir aquí una noche con la lápida, ¿verdad que no? Claro que no.
El marido asintió.
–¿Lo entiendes, Leota? Debajo de la alfombra no hay ningún muerto.
Lo dijo con tanta superioridad que a ella le entraron ganas de darle una patada.
Leota no se lo creía, y se enderezó. Señaló al casero con un dedo.
–Usted lo que quiere es el dinero. Y tú, Walter, lo que quieres una cama en la que descansar los huesos. ¡Los dos estáis mintiendo desde el minuto uno!
El tipo de Oklahoma pagó al casero con gesto cansado, mientras Leota despotricaba. El casero la ignoró como si fuese invisible, dio las buenas noches y Leota le gritó: «¡Embustero!», mientras cerraba la puerta para dejarlos a solas. El marido se desvistió y se metió en la cama.
–No te quedes ahí mirando la lápida –dijo–, apaga la luz. Llevamos cuatro días viajando y estoy para el arrastre.
Los brazos de ella, que tenía cruzados con fuerza, empezaron a temblar contra sus pechos escasos.
–Ninguno de los tres vamos a pegar ojo –dijo, con un gesto de la cabeza hacia la lápida.
Veinte minutos más tarde, desvelado por culpa de unos ruidos y movimientos, el tipo de Oklahoma se apartó las sábanas de su cara de buitre, parpadeando de un modo estúpido.
–Leota, ¿sigues despierta? ¡Te dije hace un buen rato que apagaras la luz y te acostaras! ¿Qué estás haciendo ahí?
Era bastante evidente lo que estaba haciendo. A gatas, con sus manos y sus rodillas callosas, había colocado un jarrón con geranios rojos, blancos y rosas recién cortados junto a la lápida, y una lata con rosas recién cortadas al pie de aquella tumba imaginaria. Había unas tijeras de podar en el suelo, húmedas de rocío tras haber salido hacía un momento a la noche a cortar con ellas las flores.
Estaba cepillando enérgicamente el linóleo colorido y la alfombra desvaída con una escoba de esparto diminuta, rezando de tal forma que su marido no alcanzara a oír las palabras, solo el murmullo. Tras levantarse, pasó por encima de la tumba con cuidado de no deshonrar al difunto y, mientras cruzaba la habitación rodeando la zona desde lejos, dijo:
–Ea, listo.
Y tras apagar la luz, se acostó en el colchón, cuyos muelles rechinaron uno por uno mientras su marido preguntaba:
–¡¿Qué haces, por el amor de Dios?!
–Ninguna persona va a descansar en paz con unos desconocidos durmiendo encima –respondió ella, mirando la oscuridad que la rodeaba–. He arreglado las cosas con él, le he puesto unas flores para que no empiece a menear el esqueleto en mitad de la noche.
El marido miró el espacio que Leota ocupaba en la oscuridad, y, como no se le ocurrió nada apropiado que decir, soltó una palabrota y un gruñido y se echó de nuevo a dormir.
Menos de media hora más tarde, Leota lo agarró por el codo y le dio la vuelta para poder susurrarle deprisa, temerosa, al oído, como si llamara a alguien dentro de una cueva:
–¡Walter! –exclamó–. ¡Despierta, despierta! –Si era necesario, tenía intención de pasarse la noche haciéndolo con tal de arruinarle su arrogante duermevela.
Walter forcejeó con ella.
–¿Qué pasa?
–¡El señor White! ¡El señor White! ¡Quiere asustarnos!
–Ay, ¡duérmete ya!
–¡No es broma! ¡Escúchalo!
El tipo de Oklahoma escuchó. De debajo del linóleo, desde unos dos metros o así, amortiguado, llegaban las palabras afligidas de un hombre. Nada de lo que decía se entendía con claridad, no era más que una especie de gemido apenado.
–¿Lo has oído, lo has oído? –siseó Leota, alterada.
El tipo de Oklahoma plantó los pies en el linóleo. La voz subterránea cambió a un falsete. Leota empezó a sollozar.
–Calla, que no oigo –exigió su marido, con enfado.
Luego, en el silencio palpitante, se agachó para pegar la oreja al suelo.
–¡No vuelques las flores! –gritó Leota.
–¡Cállate! –gritó él, y escuchó de nuevo, tenso. Luego escupió una blasfemia y se metió de nuevo bajo las colchas–. Es el tipo de abajo, nada más –masculló.
–A eso me refería. ¡El señor White!
–No, no es el señor White. Estamos en la segunda planta de un bloque de apartamentos, y tenemos vecinos abajo. Escucha. –Se oyó el falsete en el piso de abajo–. Es la mujer del tipo. ¡Fijo que está diciéndole que deje de mirar a las mujeres de los demás! Estarán los dos borrachos, seguramente.
–¡No mientas! –insistió Leota–. Estás haciéndote el valiente y en realidad estás temblando tanto que vas a desmontar la cama. Es un fantasma, te lo digo yo, y está poniendo voces, igual que hacía la abuela Halon, que se levantaba en el reclinatorio de la iglesia y empezaba a mezclar acentos raros, ¡como si tuviera un negro, un irlandés, dos mujeres y tres ranas atoradas en el buche! Ese muerto, el señor White, nos odia por habernos metido aquí con él esta noche, ¡te lo digo yo! ¡Escucha!
Como para darle la razón, las voces de abajo hablaron más fuerte. El tipo de Oklahoma estaba apoyado sobre los codos, meneando la cabeza desesperado, quiso reír, pero estaba demasiado cansado.
Se oyó un estruendo.
–¡Está revolviéndose en su tumba! –chilló Leota–. ¡Está loco! Tenemos que irnos de aquí, Walter, ¡o mañana nos encontrarán muertos! –Más estruendos, más golpes, más voces. Luego, silencio. Seguido de unas pisadas en el aire por encima de sus cabezas–. ¡Ha salido de su tumba! –lloriqueó Leota–. ¡Se ha escapado y está pisoteando el aire por encima de nuestras cabezas!
Para entonces, el tipo de Oklahoma ya se había vestido. Se puso las botas junto a la cama.
–Este edificio tiene tres plantas –dijo, remetiéndose la camisa–. Los vecinos de arriba acaban de volver a casa. Venga –dijo a Leota, que no paraba de gimotear–. Voy a llevarte arriba para presentarte a esa gente. Así sabrás quiénes son. Después bajaremos a la primera planta y hablaremos con el borracho ese y su mujer. Levanta, Leota.
Alguien llamó a la puerta.
Leota chilló y rodó a un lado y a otro, transformándose en una momia acolchada.
–Ha vuelto a su tumba, ¡los golpes son porque quiere salir!
El tipo de Oklahoma encendió la luz y abrió la puerta. Un hombrecillo muy mayor con un traje negro, tormentosos ojos azules, arrugas, pelo canoso y gafas gruesas entró a pasitos cortos.
–Disculpen, disculpen –dijo el hombrecillo–. Soy el señor Whetmore. Me fui. Y ahora he vuelto. He tenido un golpe de suerte de lo más asombroso. Sí, así es. ¿Mi lápida sigue aquí? –Miró la lápida unos segundos antes de verla–. ¡Ah, sí, sí que está! Ah, buenas. –Vio a Leota observándolo desde debajo de muchas capas de mantas–. He traído a unos tipos con una carretilla y, si no es molestia, vamos a llevarnos la lápida, ahora mismo. No será más que un minuto.
El marido rio de gratitud.
–Encantado de librarnos de esa puñetera cosa. ¡Venga esa carretilla!
El señor Whetmore indicó a dos operarios fornidos que entraran en el cuarto. Casi jadeaba de ilusión.
–Una cosa de lo más asombrosa. Esta mañana estaba perdido, apaleado, abatido… pero ha sucedido un milagro. –Subieron la lápida a una carretilla hidráulica–. Hace apenas una hora, me enteré por casualidad de que un tal señor White acababa de morir de neumonía. Un señor White, fíjese, escrito con i latina en vez de con i griega. Acabo de contactar con la mujer, y está encantadísima de que la lápida ya esté preparada. Y el señor White estiró la pata hace sesenta minutos escasos, y el apellido se escribe con i latina, imagine. ¡Ah, qué feliz estoy!
Sacaron la lápida de la habitación en la carretilla mientras el señor Whetmore y el tipo de Oklahoma reían y se estrechaban la mano, y Leota observaba suspicaz cómo el alboroto tocaba a su fin.
–Bueno, se acabó –dijo su marido con una sonrisa tras cerrar la puerta al señor Whetmore, y empezó a tirar las flores enlatadas al fregadero y las latas a la basura. A oscuras, se metió de nuevo en la cama, ignorando el silencio grave y solemne de Leota. Ella estuvo un buen rato sin decir palabra, se quedó tumbada con una sensación de soledad. Notó cómo Walter recolocaba las mantas con un suspiro–. Ya podemos dormir. Ahora que se han llevado esa puñetera cosa. Son solo las diez y media. Tiempo de sobra para descansar. –Cómo disfrutaba aguándole la diversión a su mujer.
Justo cuando Leota iba a decir algo se oyeron unos golpes abajo.
–¡Otra vez! ¡Otra vez! –gritó triunfal, abrazándose a su marido–. Otra vez, los ruidos, te lo he dicho. ¡Escucha!
Su marido cerró las manos con fuerza y apretó los dientes.
–¿Cuántas veces tengo que explicártelo? ¡¿Tengo que metértelo en la cabeza a golpes, mujer?! Déjame en paz. No hay…
–Escucha, escucha, ay, escucha –suplicó ella entre susurros. Los dos escucharon en la penumbra del cuarto.
Se oyeron golpecitos en una puerta en el piso de abajo.
La puerta se abrió. Amortiguada, lejana y débil, una voz de mujer dijo con tristeza:
–Ah, es usted, señor Whetmore.
Y desde lo profundo de la oscuridad de debajo de la cama, estremecida ahora, de Leota y su marido de Oklahoma, la voz del señor Whetmore respondió:
–Buenas noches otra vez, señora White. Mire. Aquí traigo la lápida.