la mujer ilustrada
spanish
Cuando un nuevo paciente aparece por la consulta y se tumba a barbullar su escueto telegrama de asociaciones libres, depende enseguida del psiquiatra que tenga delante, detrás o al lado, decidir qué puntos exactos de la anatomía del paciente están en contacto con el diván.
En otras palabras, qué partes del paciente están en contacto con la realidad.
Algunas personas parecen levitar un par de centímetros por encima de cualquier tipo de superficie. Llevan tanto tiempo sin ver la tierra, que han empezado a sufrir cierto mal de altura.
Otros en cambio se sujetan con tal firmeza, se aferran, se impulsan, abalanzan sus cuerpos hacia la realidad de tal manera que, mucho después de haberse marchado, sus siluetas de tigre y las marcas de uñas se distinguen en la tapicería.
En el caso de Emma Fleet, el doctor George C. George llevaba bastante tiempo intentando dilucidar qué era mobiliario y qué era mujer, y qué tocaba qué por dónde.
Porque, de entrada, Emma Fleet parecía un diván.
–La señora Emma Fleet, doctor –anunció su recepcionista. El doctor George C. George ahogó un gritó.
Pues era una experiencia traumática ver a aquella mujer entrar en tromba por la puerta sin la ayuda de un guardagujas o del personal de tierra que corretea debajo de los globos en las cabalgatas de Macy’s, tirando de las maromas, guiando los inmensos muñecos hacia algún hangar eterno a lo lejos.
Y Emma Fleet entró, veloz como su apellido, y el suelo tembló como una balanza gigante bajo su peso.
El doctor George debió de ahogar otro grito mientras, a bote pronto, le echaba a la mujer unos ciento ochenta kilos, ya que Emma Fleet sonrió como si le hubiese leído el pensamiento.
–Ciento ochenta y dos y medio, para ser exactos –dijo. Él llevó la mirada hacia el mobiliario–. Ah, aguantará sin problemas –dijo la señora Fleet, intuyendo bien. Se sentó.
El diván aulló como un perro callejero.
El doctor George carraspeó.
–Antes de que se ponga cómoda –dijo–, creo que debería decirle, sinceramente, que el campo de la psiquiatría no ha tenido demasiado éxito en la inhibición del apetito. Los problemas de sobrepeso y alimentación han escapado hasta la fecha a nuestra manera de abordarlos. Una confesión rara, quizás, pero a menos que expongamos nuestras fragilidades, podríamos correr el peligro de engañarnos a nosotros mismos y, por tanto, aceptar dinero sobre premisas falsas. De manera que, si ha venido a buscar ayuda para su figura, debo incluirme entre los desarmados.
–Le agradezco la sinceridad, doctor –dijo Emma Fleet–. Pero no deseo perder peso. Preferiría que me ayudara a ganar cincuenta o cien kilos más.
–¡Ay, no! –exclamó el doctor George.
–Ay, sí. Pero mi corazón no toleraría lo que mi queridísima alma soportaría encantada. Mi corazón físico podría fallar ante las peticiones de mi amor y mi mente –Suspiró. El diván suspiró–. En fin, lo pongo al corriente. Estoy casada con Willy Fleet. Trabajamos para la feria ambulante Dillbeck-Horsemann. Me conocen como la Mujer Abundante. Y a Willy…
Se levantó del diván y se deslizó, o, mejor dicho, acompañó a su sombra hasta el otro lado de la consulta. Abrió la puerta.
Al otro lado, en la sala de espera, con un bastón en una mano y un sombrero de paja en la otra, sentado muy rígido, mirando la pared, había un hombre diminuto de pies diminutos, manos diminutas, diminutos y brillantes ojos azules, cabeza diminuta. Medía, dicho a ojo, un metro, y debía de pesar unos veinte kilos, mojado. Aunque en su rostro pequeño pero hosco centelleaba un gesto de genialidad ufana, sombría, casi violenta.
–Él es Willy Fleet –dijo Emma con voz cariñosa, y cerró la puerta. Al sentarse, el diván gimió otra vez.
Emma miró radiante al psiquiatra, que seguía mirando la puerta, impactado.
–No tienen hijos, claro está –se oyó decir.
–No. –Estiró la sonrisa–. Pero eso tampoco es un problema. En cierto modo, Willy es mi hijo. Y, en cierto modo, además de su mujer, soy su madre. Es una cuestión de tamaño, imagino, y estamos contentos con el equilibrio que hemos alcanzado.
–Bueno, si los niños no son un problema, ni su tamaño ni el de él, ni el control del peso, ¿cuál es entonces…?
Emma Fleet soltó una risita leve, comprensiva. Era una risa agradable, parecida a la de una niña atrapada en aquel cuerpo y aquella garganta enormes.
–Paciencia, doctor. ¿No deberíamos retroceder al día en que Willy y yo nos conocimos?
El médico se encogió de hombros, rio ligeramente también él y, asintiendo, se relajó.
–Adelante.
–En el instituto –dijo Emma Fleet–, yo pesaba ochenta kilos y a los veintiuno marcaba en la balanza ciento quince. Huelga decir que hice varias excursiones veraniegas. La mayoría de las veces me quedaba en tierra. Sin embargo, tenía muchas amigas a las que no les importaba que las vieran conmigo. La mayoría pesaban setenta kilos, y a mi lado se sentían esbeltas. Pero de eso hace mucho. Ya no me preocupa. Willy lo cambió todo.
–Parece que Willy es un hombre extraordinario. –Se vio diciendo el doctor George, saltándose todos los protocolos.
–Ay, sí, ¡sí que lo es! Rebosa ingenio, talento por descubrir, ¡por explotar! –dijo, muy entusiasmada–. Gracias a Dios, ¡apareció en mi vida como una tormenta de verano! Hace ocho años, fui con mis amigas a la feria ambulante por del Día del Trabajo. A última hora de la tarde, las chicas ya se habían ido con unos chicos que las cogieron por el brazo y, a la carrera, se perdieron con ellas en la noche. Me quedé sola con tres muñecas peponas, un bolso de cocodrilo falso y sin nada que hacer salvo poner de los nervios a un tipo que te adivinaba el peso mirándolo cada vez que pasaba y fingiendo que de un momento a otro iba a pagar para que adivinara el mío.
»¡Pero aquel hombre no estaba nervioso! Después de pasar tres veces por delante, lo pillé mirándome. Con asombro, sí, ¡con admiración! ¿Y quién era el hombre que te adivinaba el peso? Willy Fleet, quién si no. La cuarta vez que pasé me llamó y dijo que me daría un premio si le dejaba adivinar mi peso. Estaba febril del entusiasmo. Bailoteaba en círculo. Nunca me habían adulado de aquella manera. Me sonrojé. Me sentí bien. Así que me senté en la silla de la báscula. Oí la aguja dando vueltas como loca y a Willy silbar con verdadero deleite.
»“¡Ciento treinta kilos!”, gritó, “Pero bueno, pero bueno, ¡eres preciosa!”.
»“¿Que soy qué?”, dije.
»“¡Eres la mujer más hermosa del mundo!”, dijo Willy, mirándome a los ojos.
»Me sonrojé otra vez. Me reí. Los dos nos reímos. Luego debí de llorar, porque lo siguiente que recuerdo es que estaba sentada y él me tocó el codo con preocupación. Estaba mirándome fijamente, un poco alarmado.
»“¿He dicho algo malo?”, preguntó.
»“No”, sollocé, y me quedé callada. “Has dicho lo correcto, nada más que lo correcto. Es la primera vez que alguien…”.
»“¿Qué…?”, dijo.
»“Que alguien no se fija en que soy gorda”, dije.
»“Tú no eres gorda”, dijo. “Eres ancha, eres grande, eres maravillosa. Miguel Ángel te habría adorado. Tiziano te habría adorado. Da Vinci te habría adorado. En aquella época sabían lo que hacían. Tamaño. El tamaño lo es todo. Que me lo digan a mí. Mírame. Llevo seis temporadas viajando con los Enanos Cantarines, me conocen como Pulgarcito. Y por Dios, querida dama, que acabas de salir de la época más gloriosa del Renacimiento. Bernini, que construyó las columnatas que rodean la fachada de San Pedro y el altar de dentro, habría dado su alma inmortal por conocer a alguien como tú.
»“¡No!”, grité. “No estoy hecha para esta felicidad. Va a dolerme demasiado cuando pares”.
»“Pues no pararé nunca”, dijo. “Señorita…”.
»“Emma Gertz.”.
»“Emma”, dijo, “¿estás casada?”.
»“¿Es broma?”, dije.
»“Emma. ¿Te gusta viajar?”.
»“Nunca he viajado”.
»“Emma”, dijo, “la feria va a estar otra semana en tu pueblo. Ven todas las noches, todos los días, ¿por qué no? Habla conmigo, conóceme. Cuando acabe la semana, quién sabe, quizás quieras viajar conmigo”.
»“¿Qué estás insinuando?”, dije, no estaba enfadada ni irritada ni nada, estaba fascinada e intrigada con que alguien le ofreciera algo a la hija de Moby Dick.
»“¡Que nos casemos!” Willy Fleet me miró, jadeando, y tuve la impresión de que llevaba mono de montañero, gorro de alpinista, botas de escalada, bastones y una cuerda echada a sus hombros de bebé. Y si le hubiese preguntado por qué lo decía, me habría respondido: porque eres real.
»Pero no se lo pregunté, y él no tuvo que contestar. Nos quedamos allí en la noche, en el centro de la feria, hasta que finalmente me encaminé a la avenida, haciendo eses. “¡Estoy borracha!”, grité. “Ay, estoy borrachísima, y no he bebido nada”.
»“¡Ahora que te he encontrado!”, exclamó Willy Fleet detrás de mí, “¡ya no te me escapas, que no se te olvide!”.
»Pasmada y tambaleante, cegada por las grandes palabras que aquel hombre había entonado con su voz de soprano, logré salir de la feria dando tumbos y llegar a casa.
»La semana siguiente nos casamos».
Emma Fleet hizo una pausa y se miró las manos.
–¿Le importa si le cuento cómo fue la luna de miel? –preguntó, con timidez.
–No –dijo el médico, luego bajó la voz, pues estaba respondiendo con demasiada rapidez a los detalles–. Por favor, continúe.
–La luna de miel –resonó la vox humana de Emma. La reacción de todos los habitáculos de su cuerpo hizo vibrar el diván, el cuarto, al doctor, el preciado esqueleto del doctor–. La luna de miel…, fue normal.
El médico enarcó las cejas mínimamente. Miró a la mujer y luego la puerta tras la cual se sentaba la imagen en miniatura de Edmund Hillary, el del Everest.
–No se han visto jamás prisas como las de Willy cuando me llevó corriendo a su casa, una preciosa casita de muñecas, la verdad, con una habitación amplia tamaño normal que sería para mí, o, mejor dicho, para los dos. Allí, con mucha educación, como el caballero amable, considerado y sereno que ha sido siempre, me pidió la blusa, y se la di, luego la falda, y se la di. Por abreviar, le di cada una de las prendas que enumeraba, hasta que por fin… ¿Una puede sonrojarse de la cabeza a los pies? Sí puede. Eso hice. Estaba allí plantada como una auténtica chimenea avivada por un rubor imparable e implacable que me recorría el cuerpo una y otra vez con vetas de rosa y rojo y otra vez rosa.
»“¡Dios bendito!”, gritó Willy, “¡eres la camelia gigante más hermosa que haya florecido jamás!”.
»Con lo cual, nuevas oleadas de rubor se expandieron por mi interior en avalanchas ocultas, revelándose solo para colorear la carpa que es mi cuerpo, por fuera, mi preciosa piel, al menos para Willy. ¿Y qué hizo Willy? Adivine».
–No me atrevo –dijo el médico, ruborizado también él.
–Se puso a dar vueltas a mi alrededor.
–¿A rodearla?
–Una y otra vez, como un escultor contemplando un bloque de nieve enorme, de granito blanco. Eso decía para sí. Granito o mármol con el que podría dar forma a imágenes de una belleza aún insospechada. Daba vueltas y más vueltas, suspirando y meneando la cabeza con felicidad ante su buena suerte, con las manitas juntas, brillo en los ojitos. Por dónde empezar, parecía preguntarse, por dónde, ¡¿por dónde empezar?!
»Por fin habló. “Emma”, preguntó, “¿por qué, por qué crees que llevo tantos años trabajando en la feria en lo de adivinar el peso? ¿Por qué? Porque llevo toda la vida buscando a alguien como tú. ¡Noche tras noche, un verano tras otro, viendo la báscula traquetear y silbar! Y hoy por fin tengo los medios, la forma, la pared, ¡el lienzo en el que expresar mi genio!”.
»Dejó de dar vueltas y me miró, con los ojos desbordados. “Emma”, dijo en voz baja, “¿me das permiso para hacer contigo lo que quiera?”.
“¡Ay, Willy, Willy!”, grité yo. “¡Lo que quieras!”».
Emma Fleet hizo una pausa.
El médico estaba sentado en el borde de la silla.
–Sí, sí. ¿Y luego?
–Y luego –dijo Emma Fleet–, sacó todas sus cajas y sus botes de tinta y sus plantillas y sus brillantes agujas para tatuar.
–¿Agujas para tatuar? –El médico se recostó en su silla–. ¿La…, tatuó?
–Me tatuó.
–¿Es artista tatuador?
–Sí, lo es, un artista. Digamos que su arte se manifiesta en forma de tatuaje.
–Y usted –dijo el médico, despacio– era el lienzo que había estado buscando durante casi toda su vida adulta…
–Yo era el lienzo que había estado buscando toda su vida.
Lo dejó ahí, para que calara, y caló, y siguió calando en la mente del médico. Y cuando vio que había tocado fondo y removido grandes cantidades de cieno, prosiguió serenamente.
–¡Y así empezó nuestra gran vida! Amaba a Willy y Willy me amaba, y los dos amábamos algo que era más grande que nosotros, algo que estábamos haciendo juntos. Estábamos creando nada más y nada menos que el cuadro más grande jamás visto. «¡Nada más y nada menos que la perfección!», gritó Willy. «¡Nada más y nada menos que la perfección!», grité yo como respuesta.
»Ah, fue una época feliz. Juntos, pasamos diez mil horas acurrucaditos. No se imagina lo orgullosa que estaba de ser la vasta orilla en la que rompía la colorida pleamar del genio de Willy Fleet.
»Dedicamos un año entero a mis brazos, medio años a mi pierna derecha, ocho meses a la izquierda, como preparación para la gran explosión de radiantes detalles que brotaban de mi clavícula y mis omóplatos, que ascendían como una fuente desde mis caderas para reunirse en mi frontal en una gloriosa celebración de julio de molinillos, de desnudos de Tiziano, de paisajes de Giorgione, de cruces de rayos propias de El Greco, un cosquilleo de inmensos fuegos eléctricos por toda la columna vertebral.
»Ay, Dios, jamás se ha visto, ni se verá, un amor como el nuestro, un amor en el que dos personas se entreguen con tanta sinceridad a una misma tarea: la de traer belleza al mundo a partes iguales. Día tras días nos echábamos a los brazos del otro, y, con los años, yo comía más, ensanchaba más. Willy lo veía con buenos ojos, lo aplaudía. Mucho más espacio, más sitio para que florecieran sus configuraciones. No soportábamos estar separados, pues ambos sentíamos, con total seguridad, que en cuanto la Obra Maestra estuviese terminada, podríamos dejar el circo, las ferias y los vodeviles para siempre. Era grandiosa, sí, pero ambos sentíamos que una vez terminada, podría exhibirme en el Art Institute de Chicago, la Kress Collection de Washington, la Tate Gallery de Londres, el Louvre, la Uffizi, ¡el museo del Vaticano! ¡Viajaríamos como el sol durante el resto de nuestra vida!
»Y así pasaron los años. No necesitábamos al mundo ni a las personas que lo habitan, nos teníamos el uno al otro. De día trabajábamos en lo de siempre, y luego, pasada la medianoche, ahí estaba Willy en mi tobillo, ahí estaba Willy en mi codo, ahí estaba Willy, explorando la increíble pendiente de mi espalda hasta las nieves talcosas de la cumbre. La mayoría de las veces, Willy no me dejaba mirar. No le gustaba que mirara por encima de su hombro, ni tampoco que mirara por encima de mi hombro. Pasaban meses hasta que, loca de curiosidad, me dejaba ver el lento progreso de las tintas brillantes que, centímetro a centímetro, me inundaban y me sumían en el arcoíris de sus inspiraciones. Ocho años, ocho años gloriosos, maravillosos. Y al fin quedó terminado, concluido. Y Willy se acostó y durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Y yo dormí a su lado, el mamut tendido junto al cordero negro. De eso hace cuatro semanas. Hace cuatro semanas escasas, nuestra felicidad tocó a su fin».
–Ah, ya –dijo el médico–. Usted y su marido padecen el equivalente creativo a la depresión posparto, como la que sienten algunas madres después de dar a luz. Han concluido su obra. Y a eso suele seguir un periodo de cierta apatía y tristeza. Pero, si lo piensa, van a recoger los frutos de su arduo trabajo, ¿no? Van a recorrer el mundo.
–No –gimió Emma, y los ojos se le llenaron de lágrimas–. Cualquier día, Willy se irá para no volver. Ha empezado a pasearse por la ciudad. Ayer lo pillé desempolvando la báscula. ¡Hoy lo he sorprendido en la feria, por primera vez en ocho años, adivinándole el peso a la gente!
–Caray –dijo el psiquiatra–. ¿Estaba…?
–¡Pesando a otras mujeres, sí! ¡Comprando lienzos nuevos! No lo ha dicho, pero lo sé, ¡lo sé! Esta vez encontrará a una mujer más corpulenta, ¡de doscientos, doscientos cincuenta kilos! Supe que esto iba a pasar, hace un mes, cuando terminamos la Obra Maestra. Así que comí más, y mi piel se estiró más aún, y aparecieron algunos huequecitos aquí y allá, se abrieron pequeños parches que Willy tuvo que reparar, llenar con nuevos detalles. Pero ya no puedo más, estoy agotada, atiborrada hasta las cejas, no queda nada que rellenar. No queda ni una millonésima parte de un centímetro entre mis tobillos y mi garganta en la que encajar un último demonio, un último derviche, un último querubín. Para Willy, soy una obra conclusa. Ahora quiere pasar página. Se casará, me temo, cuatro veces más, cada vez con una mujer más ancha, una extensión aún mayor para un mural más amplio, el gran final digno de su talento. Además, en la última semana ha empezado a criticar…
–¿La Obra Maestra, con mayúsculas? –preguntó el médico.
–Como todos los artistas, es un perfeccionista absoluto. Ahora le encuentra fallitos, una cara con un ligero error en el tinte o en la textura, una mano un poco torcida por mi dieta precipitada para ganar peso y así darle más espacio y renovar su atención. Para él he sido sobre todo un comienzo. Ahora debe pasar de aprendiz a auténtico maestro. Ay, doctor, estoy a punto de ser abandonada. ¿Qué le queda a una mujer que pesa ciento ochenta kilos y está plagada de ilustraciones? ¿Qué voy a hacer si se va, quién me va a querer ahora? ¿Voy a perderme otra vez en el mundo como lo estaba antes de esta felicidad brutal?
–Se supone –dijo el psiquiatra– que los psiquiatras no debemos opinar, pero…
–¿Pero, pero, pero? –lloró ella, ansiosa.
–Se supone que el psiquiatra tiene que dejar que sea el paciente quien descubra su propia cura. Sin embargo, en este caso…
–En este caso, sí, ¡continúe!
–Es sencillísimo. Para conservar el amor de su marido…
–¿Para conservar su amor, sí?
El médico sonrió.
–Debe destruir la Obra Maestra.
–¿Cómo?
–Borrarla, deshacerse de ella. Esos tatuajes salen, ¿no? Leí no sé dónde que…
–¡Ay, doctor! –Emma Fleet se levantó de un salto–. ¡Eso es! ¡Se puede hacer! ¡Y lo mejor de todo es que puede hacerlo Willy! Tardará tres meses solo en limpiarme, en librarme de la Obra Maestra que hoy me fastidia. Luego, otra vez blanca y prístina, podemos dar comienzo a otros ocho años, y luego otros ocho y otros ocho. Ay, doctor, ¡sé que Willy lo hará! Quizás solo estaba esperando a que se lo propusiera… ¡Qué tonta he sido al no adivinarlo! ¡Ay, doctor, doctor!
Lo espachurró de un abrazo.
Cuando, felizmente, el doctor se liberó, Emma Fleet retrocedió un paso y dio una vuelta completa.
–Qué raro –dijo–. En media hora me ha solucionado los próximos tres mil días de mi vida y mucho más. Qué sabio es usted. ¡Cóbreme lo que quiera!
–Basta con mi módica tarifa habitual –dijo el médico.
–¡Qué ganas tengo de ver a Willy! Pero antes –dijo–, por ser usted tan sabio, merece ver la Obra Maestra antes de que la destruya.
–No hace ninguna falta, señora…
–Tiene que ver con sus propios ojos la mente inusual, ¡el ojo y la mano artística de Willy Fleet antes de que desaparezca y empecemos de nuevo! –gritó, desabotonándose el voluminoso abrigo.
–De verdad que no hace…
–¡Mire! –dijo, abriéndose de golpe el abrigo.
Por algún motivo, el doctor no se sorprendió al ver que debajo del abrigo iba completamente desnuda.
Ahogó un grito. Ojiplático. Boquiabierto. Se sentó despacio, aunque lo que quería de verdad era ponerse de pie, como había hecho de niño en quinto curso, durante el saludo a la bandera, para, junto con una treintena de voces, empezar a cantar una maravillada y trémula canción:
O beautiful for spacious skies
For amber waves of grain,
For purple mountain majesties
Above the fruited plain….
Pero, quieto en su silla, apabullado, contempló la vastedad continental que era aquella mujer. En la cual no había nada hilvanado, ni pintado, ni coloreado ni, menos aún, tatuado.
Desnuda, sin adornos, intacta, ni una sola línea, ni una sola ilustración. De nuevo ahogó un grito.
Ella se había abrochado de nuevo el abrigo con una adorable sonrisa de acróbata, como si acabara de ejecutar una pirueta impresionante. Se encaminó a la puerta.
–Espere… –dijo el médico.
Pero ya habría cruzado la puerta, estaba en la recepción, farfullando, susurrando: «¡Willy, Willy!», inclinándose hacia su marido, siseándole al oído hasta que sus ojos, los de él, se abrieron de par en par y su boca, seria y pasional, se abrió de golpe para soltar un grito acompañado de una palmada de júbilo.
–¡Doctor, doctor, gracias, gracias! –Salió disparado a estrecharle la mano al médico, con fuerza. Al médico le sorprendió el ardor y la dureza pétrea de aquel saludo. Era la mano de un artista entregado, al igual que sus ojos, que lo atravesaban con un fuego sombrío desde un rostro salvajemente iluminado–. ¡Todo se va a arreglar! –gritó Willy.
El médico titubeó, su mirada iba de Willy al gran globo ensombrecedor que tiraba de él para salir de allí volando.
–¿No tenemos que volver?
Ay, Dios, pensó el médico, ¿de verdad cree que la ha ilustrado de los pies a la cabeza y ella le sigue la corriente? ¿Está loco?
¿O es ella la que imagina que la ha tatuado de arriba abajo y él le sigue la corriente? ¿Está loca?
O, más extraño aún, ¿los dos creen que ha revoloteado en torno a ella, como si del techo de la Capilla Sixtina se tratase, para cubrirla de bellezas raras y trascendentales? ¿Los dos creen, saben y se siguen la corriente en su mundo de dimensiones particulares?
–¿Tenemos que volver? –preguntó Willy por segunda vez.
–No. –El médico se tragó una plegaria–. No lo creo.
¿Por qué? Porque, por una tonta casualidad, había hecho lo que había que hacer, ¿no? Al diagnosticar una causa casi intuida, había dado con una cura total, ¿no? Independientemente de que ella o el o ambos creyeran en la Obra Maestra, al proponerle que borraran, que destruyeran las pinturas, el médico la había convertido de nuevo en un encantador lienzo en blanco, si era eso lo que ella necesitaba. Y, por otra parte, si lo que él deseaba era otra mujer que pintarrajear y colorear, fingir que la tatuaba, en fin, pues también había funcionado. Pues nueva e intacta era como estaba.
–Gracias, doctor, ay, gracias, ¡gracias!
–No hay de qué –dijo el médico–. No he hecho nada.
«Ha sido chiripa, ¡una broma, una sorpresa!», estuvo a punto de decir. «¡He tropezado por las escaleras y he caído de pie!».
–¡Adiós, adiós!
El ascensor empezó a bajar, la mujerona y el hombrecillo se perdieron de vista hacia una tierra de repente no tan sólida, donde los átomos se separaron para dejarlos pasar.
–Adiós, gracias, gracias…, gracias…
Sus voces empequeñecieron, clamando su nombre y alabando su intelecto mucho después de haber dejado atrás la cuarta planta.
El médico miró a su alrededor y con paso vacilante regresó a su consulta. Cerró la puerta y se apoyó en ella.
–Doctor –susurró–, cúrate a ti mismo.
Dio unos pasos al frente. Se sentía irreal. Tenía que tumbarse, unos segundos al menos.
¿Dónde?
En el diván, cómo no, en el diván.