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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

la nave morgue

spanish

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Oyó cómo el muelle estelar se abría con un chirrido, y el movimiento de las garras metálicas tanteando el espacio, y luego el muelle estelar se cerró.
Otro hombre muerto a bordo de la Constelación.
Sam Burnett meneó su cabeza alargada, intentando pensar con claridad. Pálidos y callados, tres cuerpos yacían en las frías mesas transparentes que lo rodeaban; las máquinas vibraban, giraban, zumbaban. No las veía. No veía más que la bruma roja que pendía sobre su mente. Emborronaba la pared opuesta del laboratorio, donde las estanterías, numeradas en escarlata, subían y bajaban, evitando que los cuerpos de los soldados sufrieran más daños.
Burnett no se movió. Se quedó allí con su bata quirúrgica blanca y arrugada, mirándose los dedos enguantados en goma blanco hueso; sintiendo tensión y rabia en su interior. Aquello llevaba días repitiéndose: desplazar la nave. Abrir el muelle estelar. Extender la garra colectora. Arrebatarle al vacío los cuerpos de unos pobres guerreros muertos.
Ya no le hacía gracia. Diez años eran demasiados para andar yendo y viniendo de la Tierra a ninguna parte. Ibas vacío y volvías cargado con montones de guerreros que no reirían, charlarían ni fumarían nunca más, que yacían en estanterías, un centenar de ellos, a la espera de un entierro digno.
–Número noventa y ocho –dijo la voz lenta y protocolaria de Rice a través del altavoz del techo, cayendo sobre Burnett.
–Número noventa y ocho –repitió Burnett–. Ahora mismo trabajando en el noventa y cinco, el noventa y seis, y el noventa y siete. Bombas de sangre, conservantes, algo de cirugía. –Su voz parecía estar a millones de kilómetros. Sonaba grave. Ya no era la suya.
–¡Estupendo de la muerte! Dos más y de vuelta a Nueva York. ¡Voy a pasarme diez días borracho!
Burnett se quitó los guantes de sus enormes manos rojas y blandas, los tiró por la abertura de un incinerador en el suelo. De regreso a la Tierra. Luego media vuelta para salir disparado otra vez en busca de los cohetes de guerra que reventaban uno tras otro con una furia galáctica, acercarse a los amasijos destripados de las naves, rescatar cuantos cuerpos hubieran quedado intactos tras los combates.
Dos hombres. Rice y él. Compartiendo una acogedora nave morgue con otros cien hombres que, sin embargo, habían olvidado de repente cómo se hablaba.
Diez años así. Cada hora de esos diez años lo devoraba por dentro como larvas abriéndose paso para salir a la superficie del rostro de Burnett, afanándose bajo las cuencas de sus ojos y sus brazos hambrientos. Hambrientos de vida. Hambrientos de acción.
Aquel sería su último viaje, ¡o acabaría averiguando el origen de aquella sensación!
–¡Sam! –Burnett se sobresaltó.
La voz de Rice atravesó el laboratorio de drenaje y conservación, rebotó contra las retortas de vidriolito, resonó en las baldas de refrigeración. Burnett miró los cuerpos en las mesas como si fuesen a resucitar de repente, mientras les bombeaba conservante en las venas.
–¡Sam! ¡Deprisa! ¡Arriba la escala!
Burnett cerró los ojos. Ya no tenía sentido darse prisa. Otro cuerpo. Al que habían precedido otros cien cuerpos. Nada nuevo en un cuerpo con sangre enfriándose dentro.
Meneando la cabeza, se dirigió tambaleándose a la escala que ascendía centelleante hasta el compartimento estanco, la sala de control del cohete. Subió sin que la escala emitiera ningún ruido.
Seguía pensando en lo único que no era capaz de olvidar.
Nunca vas a ir a la guerra.
La diversión está fuera de tu alcance. La estela que los cohetes naranjas dibujan entre las estrellas, el estruendo de los misiles de cabeza acerada contra objetivos esquivos, las explosiones titánicas y las persecuciones trepidantes, las banderas y la emoción de la gloria están siempre a millones de kilómetros de ti.
Apretó los dientes.
Nunca vas a ir a la guerra.
Te sumarás cuando el espacio se haya calmado, cuando el vacío haya dejado de estremecerse con las fuerzas desatadas entre los mundos. Te sumarás al silencio oscuro de la muerte para no encontrar más que amasijos precipitándose con toda la furia de su aceleración original hacia ninguna dirección en particular. Tan solo puedes verla; en el espacio no se oye nada salvo los golpes de tu corazón contra tus costillas.
Ves cuerpos, cada uno en su propia órbita terrorífica, impelidos por colisiones rechinantes, arrojados de naves nodrizas y danzando cabeza abajo por siempre jamás sin ningún objetivo. Jirones de carne en trajes espaciales rasgados, bocas abiertas en pos de un oxígeno que no ha existido en cien mil millones de siglos. Y seguirían danzando sin música, si no extendieras la garra colectora para introducirlos en el compartimento estanco.
Aquella es la única gloria bélica que te llevas. Nada más que el silencio estupefacto y tembloroso, el recuerdo de cohetes perdidos hacía mucho y baldas que se llenan demasiado deprisa de hombres que en otro tiempo habían amado y reído.
Te preguntas quiénes eran todos esos hombres; y quiénes serían los siguientes. Después de diez años, terminas por ignorarlos. Haces tu trabajo con manos maquinales.
Pero las máquinas también se rompen…
–¡Sam! –Rice se volvió rápidamente mientras Burnett se arrastraba escala arriba. La cara roja y acalorada de Rice se cernió sobre el cuerpo despatarrado de un oficial enemigo–. ¡Fíjate en esto!
Burnett se detuvo a recobrar el aliento. Entrecerró los ojos. Había algo raro en ese cuerpo; su mirada experta lo detectó enseguida. Pero no sabía qué era.
Quizás era que el cuerpo parecía estar excesivamente muerto.
Burnett no dijo nada, subió el último tramo y se quedó en silencio en mitad del compartimento estanco gris metálico. La constitución del oficial enemigo era tan delicada como la de una araña blanca. Sus párpados, cerrados, eran vagamente azules. Su pelo era de finas hebras sedosas de un dorado pálido, ondulado y aplastado contra un cráneo venoso. Tras su boca abierta, de labios finos, titilaba un puñado de dientes como puntas de alfileres. El frágil cuerpo estaba completamente envuelto en seda sintética, llevaba un arma enfundada al cinto.
Burnett se frotó la barbilla.
–¿Y bien?
Rice estalló. En su rostro joven y anguloso, sus ojos negros ardían.
–Por Dios, Sam, ¿no sabes quién ha hecho esto?
Incómodo, Burnett frunció el ceño y dijo que no.
–¡Ha sido Lethla! –repuso Rice.
–¿Lethla? –dijo Burnett. Y luego–: ¡Ah, ya! El mayordomo de Kriere, ¿no?
–No lo digas con tanta calma, Sam. Dilo fuerte. ¡Dilo fuerte! Si Lethla está en el espacio, ¡Kriere no puede andar lejos!
Burnett se encogió de hombros. Más cuerpos, más gente, más guerra. Qué puñetas. Estaba cansado. Vete a hablar de cuerpos y dirigentes con otro.
Rice lo sujetó por los hombros.
–Espabila, Sam. ¡Piensa! Kriere, el Todopoderoso, en nuestro territorio. Su lugarteniente está muerto. ¡Eso significa que Kriere estaba en el accidente!
Sam abrió los labios y las palabras le salieron solas.
–Mira, Rice, eres novato en este juego. Yo llevo aquí desde que empezó este follón entre Venus y la Tierra. Ha sido un tuya-mía desde los días en que jugabas al hockey en el patio del colegio, y yo llevo metido en esto desde entonces. Y cuando lo único que queden sean recuerdos calcinados, yo seguiré escrutando el vacío y recogiendo guerreros para llevarlos a la verde Tierra. Macabro, sí, pero es la rutina. En cuanto a Kriere, eso si anda por aquí…, es listo. No escatiman en precauciones para protegerlo.
–¡Pero es Lethla! ¡Su cuerpo debe de significar algo!
–¿Y? ¿Acaso llevamos armas en esta nave morgue? ¿Acaso somos un acorazado estelar para ir en su busca?
–Pediremos ayuda por radio…
–¿Ah, sí? Si hay alguna nave de guerra al alcance de nuestra radio, un millón y medio de kilómetros más o menos, nos la darán. Por desgracia, la marea de combates ha arrastrado a la Tierra hacia una nueva guerra por Io. Y eso queda lejos, Rice.
Rice se plantó ante el metro noventa de Sam Burnett, que le sacaba medio palmo. Con la boca apretada, decidido, clavó en Sam unos ojos que brillaban de un modo extraño. Sus dedos se retorcían sin control junto a sus costados. Su boca se torció.
–¡Menudo patriota estás hecho, Sam Burnett!
Burnett extendió un dedo largo, dio a Rice unos golpecitos en su pecho tamaño barril.
–Tírate tres mil días con sus respectivas noches arrastrando una carga de cadáveres y a ver cuánto patriotismo sientes después. Todos esos muchachos fuertes y musculosos, hinchados y aplastados por la presión espacial y las ondas de calor. Muchachos estupendos que llegaron sonriendo hasta que les borraron a fuego las sonrisas de la cara…
Rice tragó saliva y no dijo nada más, pero cerró los ojos. Se quedó allí, oliendo el hedor a muerte en el ambiente cargado de la nave, oyendo el chuf-chuf-chuf de las bombas de sangre en el piso de abajo y su propio corazón a la espera, cálido y pesado, en la base de su garganta.
–Este es mi último viaje, Rice. Ya no lo soporto más. Y me trae sin cuidado cómo voy a volver a la Tierra. El venusino este, cómo se llamaba… Lethla. Es el número noventa y ocho. Méteme al lado en la balda noventa y nueve, y llévame a mi puñetera casa. ¡Así me siento!
Rice fue a decir algo, pero no tuvo tiempo.
Lethla estaba vivo.
Se levantó del suelo con movimientos lentos y cuidadosos, casi como si fuese un sueño. No dijo nada. La onda de calor de sus dedos blancos se ocupó de decir todo lo necesario. Onda que tampoco dijo nada, pero Burnett conocía el idioma que emplearía si tuviese que hacerlo.
Burnett tragó saliva. El cuerpo le había parecido raro. Excesivamente muerto. Ahora sabía por qué. De forma involuntaria, Burnett avanzó unos pasos. Lethla se movía como una araña pálida, agitando su frágil brazo para rodear a Burnett, el arma que sostenía era una estrella fría y letal.
Rice contuvo el aliento. Burnett se obligó a mantener la calma. Por el rabillo del ojo vio que el gesto de Rice se contraía, surcando de arrugas su rostro afilado.
–¿Cómo lo has conseguido? –soltó Rice finalmente–. ¿Cómo has sobrevivido en el vacío? –exigió con amargura–. ¡Es imposible!
Un pensamiento demencial atravesó con una explosión la cabeza de Burnett. ¡Nunca vas a ir a la guerra!
Pero ¿y si la guerra iba adonde estabas tú?
¿Qué demonios buscaba Lethla en una nave morgue?
Lethla se acuclilló a medias en mitad del olor a muerte y las vibraciones de las bombas de sangre en el piso de abajo. En silencio, extendió unos dedos rápidos, dio unos golpecitos a un taquito de cristal que tenía en la nuca y las mitades diminutas de una crisálida fina y microscópica se abrieron, transparentes, delante de su rostro. La descascarilló con unos tentáculos ondulantes de aire que tenía insertados y había mantenido ocultos en su uniforme, y que terminaban en finos glóbulos de oxígeno.
Habló. El triunfo alentaba el hilo de su voz, fino como el cristal.
–Así lo he logrado, terrícola.
–¡Vidriolito! –dijo Rice–. ¡Una máscara de vidriolito con forma de cara!
Lethla asintió. Sus ojos azul lechoso se dilataron.
–Maravillosamente recortada hasta un grosor irrompible de veinticinco micrómetros; es solo para la cabeza. Hay que fijarse muy bien para advertirla, y como la habéis visto desde dentro de la nave mientras flotaba en el vacío, era imposible que repararais en ella; mala suerte.
Pepinillos de sudor aparecieron en el rostro de Rice. Insultó al venusino y este rio como una especie de instrumento de cuerda, estridente y veloz.
Burnett también rio. Por irónico que parezca.
–Es la primera vez alguien vivo sube a bordo de la Constelación. Se agradece el cambio.
Lethla enseñó sus dientes como alfileres.
–Lo mismo he pensado yo. ¿Dónde está la radio?
–¡Búscala tú! –le espetó Rice, acalorado.
–Muy bien. –Con una mano azul y venosa en los peldaños de la escala, Lethla hizo una pausa–. Sé que vais desarmados; la normativa de la Cruz Púrpura. Y este compartimento estanco es seguro. No os mováis.
Susurrando, sus pies descalzos desaparecieron escala arriba. Unos largos segundos más tarde, se oyó un estrépito: metal, cristal y bobinas. La radio.
Burnett apoyó los omóplatos contra la pared metálica, mirándose los pies. Cuando levantó la vista, la amargura había echado a perder de nuevo el rostro dulce y animado de Rice.
Lethla bajó. Como un soplo de aire por la escala.
Sonrió.
–Mucho mejor. Bueno. Bien, ya podemos hablar…
–¡La ley interplanetaria lo dice bien clarito, Lethla! –dijo despacio–. ¡Vete! ¡Aquí solo pueden entrar muertos!
Lethla sujetó el arma con más fuerza.
–Como sigas hablando en ese tono, solo habrá muertos. –Parpadeó–. Pero antes, debemos rescatar a Kriere…
–¡Kriere! –Rice reaccionó como si le hubiesen pegado en la mandíbula.
En silencio, Burnett, que movía la lengua sobre sus labios de un lado a otro, parpadeó mientras escuchaba a aquellos dos hombres como si fuese una radionovela. Turno para la voz de Lethla:
–Lamentablemente, así es. Sigue vivo, va camino de Venus a una velocidad orbital de tres mil doscientos kilómetros por hora, con una de estas crisálidas de aire puesta. Tiene oxígeno suficiente para dos horas. Nuestra nave insignia fue atacada por sorpresa ayer cerca de Marte. Nos vimos obligados a sacar los cohetes salvavidas y dispersarnos, Kriere y yo subimos a uno, los demás sacrificaron sus vidas para cubrir nuestra huida. Tuvimos suerte. Atravesamos el cordón terrícola sin ser vistos. Pero la suerte no dura siempre.
»Vimos la nave morgue hace una hora. Venus está muy, muy lejos. Estábamos quedándonos sin combustible, sin comida, sin agua. La radio estaba rota. La captura estaba asegurada. Veníais hacia nosotros; aprovechamos la oportunidad. Pusimos una pequeña bomba de relojería para destruir el cohete salvavidas y saltamos con los cascos-crisálida puestos. Ha sido la primera vez que los hemos usado para engañar a alguien. Sabíamos que cuando descubrierais que no estábamos muertos sería demasiado tarde y nos haríamos con vuestra nave. Sabíamos que recogíais todos los cuerpos para una revisión profunda y luego devolvíais los cadáveres alienígenas al espacio.
–¿Una tapadera, eh? –La voz de Rice sonó huraña–. Viajando bajo la protección de la Cruz Púrpura, tu condenado Todopoderoso puede llegar a Venus sano y salvo.
Lethla hizo una ligera reverencia.
–¿Quién va a sospechar que un cohete morgue ha servido de escondite perfecto para nuestro querido líder?
–Queridísimo, sí, ¡como tú! –dijo Rice.
–¡Ya basta! –Lethla movió el arma varios centímetros–. Acelerad hacia Venus, con los detectores de motas bien abiertos, ¡hay que recoger a Kriere ahora mismo!
Rice no se movió. Burnett fue el primero en hacerlo, sintiéndose vivo por primera vez en años.
–Claro –dijo Sam, con una sonrisa–. Vamos a recogerlo.
–Nada de trucos –dijo Lethla.
Burnett frunció el ceño, sonriendo.
–Nada de trucos. En media hora tendrás a Kriere a bordo de la Constelación como forense que soy.
–Sígueme por la escala. –Lethla subió, se volvió, agitó el arma–. Vamos.
Burnett subió deprisa. Casi como si disfrutara de hacerle a Lethla el favor. Rice refunfuñó unas palabrotas y lo siguió.
Mientras subía, Burnett pensó en Lethla, encaramado en lo alto como una pluma blanca, con la muerte en una mano. Nunca se sabía de quién sería el siguiente cuerpo en entrar por el muelle estelar. El número noventa y ocho fue el de Lethla. El noventa y nueve sería el de Kriere. Quedaban dos baldas numeradas vacías. Había que ocuparlas. ¿Y quiénes mejor para ocuparlas que Lethla y Kriere? Pero hacerlo no sería tan fácil, pensó mordiéndose los labios. Y aun así el cargamento no estaría completo. Faltaría otro cuerpo; el cien. Y nunca se sabía de quién sería el cuerpo.
Salió de sus pensamientos en cuanto pasó una pierna por la barra de la escotilla. Se puso de pie y encaró a Lethla en una sala de mandos atestada, que era un remolino resplandeciente de palancas plateadas, audioplacas y pantallas. El tictac de cronómetros marcaba el lento avance hacia el Sol.
Burnett apretó los dientes, hueso contra hueso. ¿Ayudar a Kriere a escapar? ¿Llevarlo a Venus sano y salvo, y que luego lo dejaran libre? Parecía fácil, no sería complicado. Los venusinos no eran malos por naturaleza. Rice y él saldrían con vida, si cooperaban.
Pero había muchísimos guerreros muertos en baldas numeradas en los pasillos oscuros de los largos años. Y, en los oídos de Burnett, sus labios muertos empezaban a reanimarse. No sería fácil ignorarlos.
Puede que sea tu última oportunidad de ir a la guerra.
¡El último viaje!
Sí, podía ser. Capturar a Kriere y poner fin a la guerra. Pero ¿qué absurda fantasía lo había llevado a pensar que, en efecto, sería capaz de hacerlo?
Dos músculos se movieron en el rostro de Burnett, uno por cada larga mejilla. La flacidez de su cuerpo se desvaneció cuando tensó la columna vertebral, flexionó sus brazos fibrosos, se humedeció los labios.
–Bueno, adónde llevamos esta tartana –le preguntó a Lethla relajadamente.
Lethla exhaló despacio.
–Cooperación. Me gusta. Eres listo, terrícola.
–Mucho –dijo Burnett.
Estaba pensando en las tres mil noches eternas de cuerpos jóvenes descuartizados, masacrados, arrojados a las pleamares del vacío. Diez años odiando aquel trabajo, esperando que algún día llegara el último viaje con el que todo acabaría.
Burnett rio por la nariz. Los controles se movían bajo sus dedos como si fuesen líquidos; mimados, acariciados, cuidados por aquel tacto familiar. Con la mirada al frente, entornó los ojos.
–Ahí está tu mandatario, Lethla. Dando volteretas. Parece muerto. Buenísimo el truco.
–¡Apaga los motores! ¡No queremos achicharrarlo!
Burnett los apagó. El rostro lechoso de Kriere apareció como en sueños en el visor: ojos cerrados, labios entreabiertos, manos flácidas, dedos que buscaban en vano las estrellas.
–Estamos a unos ochenta kilómetros de él, y acercándonos.
Burnett miró ceñudo a Lethla, con detenimiento. Curioso. Iba a ser la primera y la última vez que alguien subiera vivo a bordo de la Constelación. Se le revolvió el estómago, tenso de repente por un miedo debilitante.
Si pudiera capturar a Kriere, sería el fin de la guerra, el fin de las baldas abarrotadas de guerreros muertos, el fin de aquellas búsquedas a ciegas. Kriere, por tanto, debía subir a bordo. Después de eso…
Kriere, el Todopoderoso, cuyos mandatos llevaban casi un siglo estremeciendo al universo entero como la maza al gong. Kriere, girando en su pulcro uniforme azul marino, sus insignias lanzando destellos dorados, con su arma calorífica enfundada en una cartuchera satinada color azabache. Con Kriere a bordo, las opciones de victoria desaparecerían. Bien: Rice y él contra Lethla. Lethla con ventaja porque iba armado.
Kriere acabaría con cualquier posibilidad.
Había que hacer algo antes de que Kriere entrara.
Tenía que dejar a Lethla fuera de combate. Sorprenderlo, desconcertarlo, engañarlo…, de un modo u otro. Pero ¿cómo?
La mandíbula de Burnett se endureció. Sentía un roce en el omóplato, por donde Lethla podría meterle un balazo en las costillas, los tendones, la arteria…, el corazón.
Había un modo. Y había un arma. La guerra acabaría y aquel sería su último viaje.
Una capa de sudor le cubrió la palma de las manos.
–Calma, Rice –dijo, como si tal cosa. Con los motores apagados, el silencio era excesivo, y allí de pie, en mitad de aquel silencio, su voz sonó culpable–. Coge los mandos, yo me encargaré del muelle estelar.
Burnett se apartó del cuadro de mandos. Con gesto serio, Rice lo reemplazó. Burnett dio unas zancadas hasta el cuadro de palancas anexo. El punto en la espalda seguía doliéndole como si estuviesen grabándole una equis a fuego. El lugar donde la bala canta y desgarra. Si te giras deprisa, y te da en el brazo, quizás…
Kriere se hacía cada vez más grande, una araña blanca bailando en una tela de estrellas. Sus ojos parpadearon hasta abrirse tras la cubierta de vidriolito y miraron la Constelación. Kriere sonrió. Levantó la mano. Sabía que estaban a punto de rescatarlo.
Burnett le devolvió la sonrisa. Lo que Kriere no sabía era que Burnett estaba a punto de poner fin a diez años de guerra.
Había un único modo de dejar a Lethla fuera de combate, y tenía que ser rápido.
Burnett pulsó un botón púrpura. La puerta del muelle estelar se abrió con estruendo como había hecho otras mil veces; pero, por primera vez, fue un sonido agradable. Y del muelle estelar, dirigido con soltura por los dedos de Burnett, salió el mecanismo tipo garra que recogía los cuerpos del espacio.
Lethla observaba, atento, frío y callado. Fría y callada estaba también el arma.
La garra se deslizó hacia Kriere sin hacer ruido, con una lentitud onírica.
Llegó hasta Kriere.
Burnett respiró hondo.
La garra metálica acunó a Kriere en su palma brillante.
Lethla observaba.
Miró a Burnett mientras exhalaba y accionaba otra palanca.
–¿Sabes una cosa, Lethla? Según un viejo dicho, a la Constelación solo suben muertos. Y creo que es cierto.
Y, mientras Burnett hablaba, la garra se cerró alrededor de Kriere despacio y con firmeza, aplastándolo hasta dejarlo en una ridícula postura silenciosa. La sangre chorreaba por la garra, y la única parte reconocible era la cabeza, que se conservó cuidadosamente para su posterior inspección.
Aquel era el único modo de dejar a Lethla fuera de combate.
Burnett giró en redondo y saltó.
Lethla disparó el arma sin abandonar su expresión de horror.
Rice también intervino en la pelea, pero solo después de que algo parecido a una vara al rojo apuñalara a Sam Burnett alcanzándolo en las costillas y lanzándolo hacia atrás como un borracho patoso hasta que cayó en un rincón.
Los puñetazos sonaban secos. Lethla cayó, desarmado, gritando. Rice le dio varias patadas. Unos segundos después, Lethla dejó de gritar, la sala daba vueltas y más vueltas en los ojos de Burnett, que los cerró con fuerza y se echó a reír.
Estuvo riéndose no menos de quince minutos. Oyó cómo regresaba la garra colectora, y cómo la puerta del muelle estelar se cerraba con un chirrido.
La voz de Rice llegó a través de la oscuridad roja y luego vio el rostro juvenil de Rice por encima del suyo. Burnett gruñó.
–No tendrías que haberlo hecho, Sam –dijo Rice–. No tendrías que haberlo hecho.
–Al cuerno. –Burnett hizo una mueca de dolor, y se esforzó por mantener los ojos abiertos. Algo húmedo y pegajoso le cubría el pecho–. He dicho que este sería mi último viaje e iba en serio. De un modo u otro, ¡lo he dejado!
–Lo has hecho por la vía dura…
–Puede ser. No lo sé. Pero es agradable pensar en todos los muchachos que ya no tendrán que subir a bordo de la Constelación, Rice. –Su voz fue apagándose–. Miras las baldas llenas sin saber quién será el siguiente. Quién iba a decir hacía cuatro días que…
Algo le pasaba a su lengua, la sentía como si fuese un bloque de hielo que le taponaba la boca. Tenía muchas cosas que decir, pero apenas tiempo para ninguna.
–Rice…
–Dime, Sam.
–No hemos completado la carga, muchacho.
–A mí me basta, señor.
–Pero no está completa. No está bien que regresemos a la base central sin haber ocupado todas las baldas. Fíjate, el número noventa y ocho es Lethla, el noventa y nueve es Kriere. Tres mil días me he pasado a bordo de este cohete, y ni una sola vez he regresado sin un buen puñado de chavales para que descansaran en la tierra verde. No está bien regresar si no es como…, siempre…, lo hemos hecho.
Una niebla empañó su voz. Una niebla espesa como los puños de una decena de guerreros. Rice estaba alejándose de él. Rice estaba allí de pie, y Burnett estaba tumbado en el suelo, sin moverse, pero, de alguna manera, Rice estaba ya a miles de kilómetros.
–Soy un patriota como la copa de un pino, ¿eh, Rice?
Entonces todo se oscureció, salvo el rostro de Rice. Que también empezaba a desvanecerse.
Noventa y ocho: Lethla. Noventa y nueve: Kriere.
Pudo ver el rostro de Rice por encima de él durante un buen rato, respirando. Debajo de las mesas, las bombas de sangre trabajaban sin parar, pastosas y lentas. Rice miró a Burnett y luego a la balda libre al fondo de la sala, luego otra vez a Burnett.
Y luego dijo a media voz:
–Cien.
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