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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

la noche

spanish

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Eres un niño en un pueblo pequeño. Tienes, para ser exactos, ocho años, y casi ha anochecido. Es tarde para ti, acostumbrado a acostarte a las nueve o nueve y media; de vez en cuando suplicas a tu madre o a tu padre que te dejen quedarte hasta tarde para escuchar a Sam y Henry por esa extraña radio tan popular en el año 1927. Pero la mayoría de veces a esas horas de la noche ya estás en la cama calentito.
Es una noche cálida de verano. Vives en una casita de una calle pequeña a las afueras del pueblo, donde apenas hay farolas. Solo hay una tienda abierta, como a una manzana de distancia: la de la señora Singer. Tu madre lleva toda la tarde planchando acalorada la colada del lunes mientras tú le suplicas cada poco que te compre un helado, con la mirada fija en la oscuridad.
Tú y tu madre estáis solos en casa, en la tórrida oscuridad veraniega. Por fin, poco antes de que la señora Singer cerrara su tienda, tu madre se rinde y te dice:
–Corre a por una tarrina de helado y asegúrate de que te la llene bien.
Le preguntas si puedes pedir que te ponga una bola de chocolate por encima, porque la vainilla no te gusta, y tu madre te dice que sí. Coges el dinero y echas a correr descalzo por el cemento caliente de la acera, bajo los manzanos y robles, hacia la tienda. El pueblo está muy silencioso, parece muy remoto, solo oyes el sonido de los grillos en los espacios más allá del cálido añil de los árboles que ocultan las estrellas.
Tus pies descalzos dan contra el asfalto, cruzas la calle y encuentras a la señora Singer moviéndose laboriosamente por la tienda, cantando melodías yiddish.
–¿Una tarrina de helado? –dice–. ¿Con chocolate por encima? ¡Claro!
La observas mientras quita con torpeza la tapa metálica de la heladera y manipula la cuchara, llenando la tarrina de cartón hasta los topes con un «chocolate por encima, ¡claro!». Le das el dinero, recibes la tarrina fría, gélida, y tras frotarte con ella la frente y las mejillas, riendo, sales pitando descalzo hacia casa. A tu espalda, las luces de la solitaria tiendecita parpadean y se apagan, solo queda una farola que brilla en la esquina, y parece que el pueblo entero se va a dormir…
Al abrir la puerta mosquitera ves que tu madre sigue planchando. Parece acalorada y fastidiada, pero aun así te sonríe.
–¿Cuándo vuelve papá de la reunión de la logia? –preguntas.
–Sobre las once y media o las doce –contesta tu madre. Se lleva el helado a la cocina, lo reparte. Te da tu ración especial con chocolate, se sirve un poco para ella y guarda el resto–. Para cuando vuelvan Skipper y tu padre.
Skipper es tu hermano. Tu hermano mayor. Tiene doce años, una cara lozana y roja, nariz aguileña, el pelo castaño oscuro, los hombros anchos para su edad y nunca para de correr. A él lo dejan quedarse hasta más tarde que a ti. No mucho más, pero sí lo suficiente como para que sienta que ha merecido la pena haber nacido primero. Ahora está al otro lado del pueblo, jugando al escondite, y no tardará en volver a casa. Él y los demás niños llevan horas gritando, saltando, corriendo, pasándolo bien. No tardará en llegar dando pisotones, oliendo a sudor y a la hierba verde que traerá en las rodillas por haberse caído, oliendo a Skipper en todos los sentidos; como es natural.
Te sientas a disfrutar del helado. Estás en el centro de la noche cerrada y quieta de verano. Tu madre y tú y la noche que rodea la casita en esa calle pequeña. Lames concienzudamente el helado de la cuchara antes de llenarla otra vez, tu madre guarda la tabla de planchar y mete la plancha caliente en su caja, y se sienta en la butaca al lado del gramófono, a comerse el postre.
–Señor, qué calor ha hecho hoy. Y todavía hace. La tierra absorbe todo el calor y lo suelta por las noches. Vamos a dormir ensopados.
Los dos estáis sentados escuchando el silencio veraniego. Todas las puertas y ventanas oprimen la oscuridad, no se oye nada porque la radio necesita pilas nuevas, y has puesto los discos de Knickerbocker Quartet, Al Jolson y Two Black Crows hasta la extenuación; así que te quedas sentado en el suelo de tarima junto a la puerta y observas la oscuridad de fuera, cada vez mayor, con la nariz pegada a la mosquitera hasta que la piel de la punta se convierte en un molde con cuadraditos oscuros.
–Dónde se habrá metido tu hermano –dice tu madre un momento después. Rebaña el plato–. Ya debería estar en casa. Son casi las nueve y media.
–Está al caer –dices, porque sabes que es verdad.
Acompañas a tu madre a fregar los platos. Cada sonido, cada tintineo de una cuchara o un plato, el horno de la noche lo amplifica. En silencio, vuelves al salón, quitas los cojines del sofá y, entre los dos, lo abrís y desplegáis la cama doble que esconde. Tu madre hace la cama, da puñetazos a las almohadas para mullirlas y que descanses la cabeza. Luego, mientras te desabotonas la camisa, te dice:
–Espera un ratito, Doug.
–¿Por qué?
–Porque yo lo digo.
–Estás rara, mamá.
Tu madre se sienta unos segundos, se levanta, va a la puerta y llama a voces a tu hermano. Oyes cómo lo llama sin parar, Skipper, Skipper, Skiiiiiiiiipperrrrrrrr, una y otra vez. Sus voces se pierden para siempre en la calurosa oscuridad del verano. El eco ni siquiera se molesta en repetirlo.
Skipper. Skipper. Skipper.
¡Skipper!
Y mientras estás ahí sentado en el suelo, un frío que nada tiene que ver con el helado ni con el invierno, ni es parte del calor del verano, te recorre. Te fijas en cómo se mueven los ojos de tu madre, en cómo parpadea; en cómo está ahí plantada, indecisa y nerviosa. En todas esas cosas.
Tu madre abre la puerta mosquitera. Sale a la noche y baja los escalones y camina hasta la acera de delante, bajo el arbusto de las lilas. Escuchas sus pisadas.
Lo llama otra vez. Silencio.
Lo llama dos veces más. Tú sigues sentado en el salón. Skipper contestará de un momento a otro, desde el final de la calle larguísima y estrecha: «¡Ya voy, mamá! ¡Ya voy! ¡Eh!».
Pero no contesta. Y durante dos minutos te quedas mirando la cama hecha, la radio silenciosa, el gramófono silencioso, y el candelabro con las canillas de cristal resplandeciendo sin hacer ruido, la alfombra con las florituras escarlatas y púrpuras. Hundes el dedo gordo del pie en la cama a propósito para ver si duele. Duele.
La puerta mosquitera se abre con un chirrido.
–Venga, pequeño –te dice tu madre–. Vamos a dar un paseo.
–¿Adónde?
–Hasta el final de la manzana, nada más. Venga. Pero mejor ponte los zapatos. No vayas a coger frío.
–No, no quiero. No pasa nada.
La coges de la mano. Bajáis juntos por la calle St. James. Huele a rosas en flor, a manzanas caídas que yacen aplastadas y hediondas en la hierba alta. Bajo tus pies, el cemento sigue caliente, y los grillos cantan más fuerte contra la noche que se cierra. Llegáis a la esquina, giráis y camináis hacia el barranco.
Pasa un coche salido de alguna parte, sus faros centellean a lo lejos. Hay una total carencia de vida, de luz y de actividad. Aquí y allá, muy apartadas de vosotros mientras camináis hacia el barranco, ves vagos cuadrados de luz, donde la gente sigue levantada. Pero la mayoría de las casas están a oscuras, duermen ya, y hay algunas viviendas en penumbra cuyos ocupantes hablan en voz baja y misteriosa sentados en sus porches delanteros. Oyes el crujido de un balancín en un porche cuando pasáis cerca.
–Ojalá tu padre estuviera en casa –dice tu madre. Su mano grande se cierra con fuerza sobre la tuya, más pequeña–. Verás cuando coja a ese niño. Le voy a dar para el pelo.
En la cocina cuelga un suavizador para tal fin. Piensas en ello, recuerdas cómo tu padre lo dobla y lo blande con musculoso control sobre tus extremidades frenéticas. Dudas de que tu madre vaya a cumplir su promesa.
Ya habéis cruzado otra manzana y estáis de pie frente a la silueta sagrada y negra de la Iglesia Baptista Alemana en la esquina de la calle Chapel con Glen Rock. A cien metros por detrás de la iglesia, se abre el barranco. Puedes olerlo. Tiene una cloaca oscura, follaje putrefacto, un fuerte olor a verde. Es un barranco ancho que corta el pueblo en zigzag, una jungla durante el día, un lugar que había que dejar en paz por las noches, como tu madre afirmaba a menudo.
La proximidad de la Iglesia Baptista Alemana debería armarte de valor, pero no es así, porque el edificio no está iluminado, es frío e inservible como un montón de escombros al borde del barranco.
Solo tienes ocho años, sabes poco sobre la muerte, el miedo o el temor. La muerte es una efigie de cera dentro del ataúd cuando tenías seis años y tu abuelo falleció; en el féretro, parecía un gran buitre caído, silencioso, retraído, sin otra oportunidad de decirte que tenías que portarte bien ni para hacer comentarios sucintos sobre política. La muerte es tu hermana pequeña cuando con siete años te despertaste, te asomaste a la cuna y viste cómo te miraba fijamente con unos ojos ciegos y azules y helados hasta que llegaron unos hombres con un canasto de mimbre para llevársela. La muerte es cuando, cuatro semanas más tarde, te detuviste junto a su trona y te diste cuenta de repente de que nunca más se sentaría ahí, riendo y llorando, ni te haría sentir celos porque hubiese nacido. Eso es la muerte.
Pero esto es más que la muerte. Esta noche de verano se interna en el tiempo y las estrellas y la calidez de la eternidad. Es la esencia de todas las cosas que volverás a sentir o ver u oír a lo largo de tu vida, y que cobrarán presencia sin tregua, todas a la vez.
Tras bajar de la acera, camináis por una vereda bacheada, pedregosa y bordeada de maleza en dirección al barranco. Los grillos, en un atronador redoble a coro, gritan para estremecer a los muertos. Sigues obedientemente a tu madre, valiente, refinada, alta, la defensora del universo en su totalidad. Te sientes valiente porque ella va delante, y te rezagas un poco unos instantes, pero enseguida te apresuras. Ya juntos, os aproximáis, llegáis y os detenéis en el borde mismo de la civilización.
El barranco.
Aquí y ahora, en lo profundo de esa fosa de negrura selvática se encuentra de repente todo el mal que llegues a conocer. Un mal que nunca entenderás. Todas las cosas innominadas están ahí. Más tarde, cuando hayas crecido, te darán nombres para que las etiquetes. Sílabas sin sentido para describir una nada acechante. Allá abajo en las sombras agazapadas, entre árboles densos y enredaderas enmarañadas, vive el olor de la descomposición. Ahí, en ese lugar, la civilización cesa, la razón acaba y el mal universal toma el mando.
Te das cuenta de que estáis solos. Tu madre y tú. Su mano tiembla. Su mano tiembla.
Tu creencia en tu mundo personal se hace añicos. Sientes cómo tiembla tu madre. ¿Por qué? ¿Ella también duda acaso? Pero ella es más grande, más fuerte, más inteligente que tú, ¿no? ¿Ella también siente la amenaza intangible, la mano ávida de la oscuridad, el mal que se agazapa allá abajo? ¿No hay fortaleza en la edad adulta, entonces? ¿Ser mayor no trae consuelo? ¿No hay refugio en la vida? ¿Ninguna carne es una ciudadela lo bastante fuerte como para resistir los deslavazados asaltos de la medianoche? Las dudas te inundan. El helado resucita en tu garganta, tu estómago, tu columna vertebral, tus extremidades; enseguida sientes frío, el frío de un viento llegado de un diciembre pasado.
Te das cuenta de que todas las personas son así. Que cada persona está sola consigo misma. Una mismidad, una unidad en una sociedad, siempre asustada. Como ahora, aquí de pie. Si ahora gritaras, si pidieras ayuda a gritos, ¿importaría?
Estás tan cerca del barranco que, si en este mismo instante gritaras, en el intervalo entre que alguien te oyera y corriera a buscarte podrían suceder muchísimas cosas.
La oscuridad podría reunirse rápidamente, y engullirte; y en un instante inmensamente gélido, todo concluiría. Mucho antes del amanecer, mucho antes de que las sirenas de la policía pudieran sondear la vereda perturbada, mucho antes de que hombres con el cerebro estremecido pudieran correr entre los guijarros para ayudarte. Aunque estuviesen a quinientos metros de ti, y la ayuda sin duda lo está, una marea oscura podría alzarse en tres segundos para arrebatarte tus ocho años de vida y…
El impacto esencial de la soledad de la vida aplasta tu cuerpo, que ya empieza a tiritar. Tu madre también está sola. No puede recurrir a la sacralidad de su matrimonio, a la protección del amor de su familia, no puede recurrir a la Constitución de los Estados Unidos ni a la policía local, no puede recurrir a nada, en ese instante, salvo a su corazón, y en él no hallará nada salvo una repugnancia incontrolable y una voluntad de temor. Entonces, es un problema individual en busca de una solución individual. Debes aceptar tu soledad y construir a partir de ahí.
Tragas saliva con dificultad y te aferras a ella. Dios, no permitas que mi madre se muera, por favor, piensas. No nos hagas nada. Mi padre volverá de la reunión de la logia dentro de una hora, ¿y si no hay nadie en casa…?
Tu madre avanza por la vereda hacia la selva primigenia. Te tiembla la voz.
–Mamá. Skip está bien. Skip está bien. Está bien. Skip está bien.
La voz de tu madre suena tensa, aguda.
–Siempre viene por aquí. Le he dicho que no lo haga, pero estos puñeteros críos vienen por aquí igualmente. Cualquier noche vendrá por aquí y no saldrá nunca más…
No saldrá nunca más. Eso podría significar algo. Trampas.
Delincuentes. Oscuridad. Un accidente. Y, sobre todo, muerte.
Solos en el universo.
En el mundo hay millones de pueblos pequeños como este. Todos igual de oscuros, de solitarios, todos igual de remotos, repletos de escalofríos y pasmo. El sonido chirriante de violines en clave menor es la música de los pueblos pequeños, sin luces, con multitud de sombras. Ah, su inmensa soledad creciente. Sus barrancos secretos y empantanados. La vida es un horror que se vive en ellos cada noche, cuando la cordura, el matrimonio, los niños, la felicidad se ven amenazados por un ogro llamado muerte.
Tu madre alza la voz en la oscuridad.
–¡Skip! ¡Skipper! –llama–. ¡Skip! ¡Skipper!
De repente, los dos os dais cuenta de que algo no va bien. Algo no va nada bien. Escuchas con atención y te das cuenta de lo que es.
Los grillos han dejado de cantar. El silencio es absoluto.
Nunca en tu vida un silencio como este. Un silencio tan absoluto. ¿Por qué habrían de callar los grillos? ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? No lo habían hecho nunca. Nunca.
A no ser. A no ser…
Va a suceder algo.
Es como si el barranco entero estuviese tensándose, contrayendo sus fibras negras, acumulando poder de todas las campiñas adormecidas, en kilómetros a la redonda. De bosques empapados de rocío y de hondonadas y de colinas onduladas donde los perros ladean la cabeza hacia las lunas, y todo lo que rodea al gran silencio lo absorbe hacia un único centro, y tú estás en su núcleo. Dentro de diez segundos va a suceder algo, va a suceder algo. Los grillos prolongan su pausa, las estrellas están tan bajas que casi alcanzas a rozar la purpurina. Hay enjambres de estrellas, candentes y nítidas.
Crece, crece el silencio. Crece, crece la tensión. Ah, cuánta oscuridad, qué lejos de todo. ¡Ay, Dios!
Y entonces, de lejos, del otro lado el barranco:
–¡Vale, mamá! ¡Ya voy, mamá!
Y de nuevo:
–¡Mamá, hola! ¡Ya voy, mamá!
Y luego las pisadas apresuradas de unas zapatillas de tenis que avanzan por el fondo del barranco cuando tres niños llegan a toda velocidad, riendo. Tu hermano, Skipper, Chuck Redman y Augie Bartz. Corriendo, riendo.
Las estrellas reculan como los cuernos de diez millones de caracoles. ¡Cantan los grillos!
La oscuridad se retira, sobresaltada, conmocionada, rabiosa. Se retira, perdiendo su apetito al ser interrumpida de manera tan grosera cuando se disponía a alimentarse. Mientras la oscuridad retrocede como una ola en la orilla, los niños salen de ella en tropel, riendo.
–¡Hola, mamá! ¡Hola, pequeño! ¡Eh!
Huele a Skipper sin duda. A sudor y a hierba y al cuero aceitado de su guante de béisbol.
–Te vas a llevar una azotaina, jovencito –afirma tu madre. Oculta su miedo al instante. Sabes que nunca se lo contará a nadie, jamás. Aunque permanecerá en su corazón, para siempre, y también en el tuyo, para siempre.
Volvéis a casa para acostaros, entrada la noche de verano. Te alegras de que Skipper esté vivo. Mucho. Por un momento creíste que…
A lo lejos, en el campo, bajo la tenue luz de la luna, por un viaducto valle abajo, un tren pasa a toda velocidad y su silbato es como un objeto metálico perdido, sin nombre, vertiginoso. Te acuestas en la cama, tiritando, junto a tu hermano, escuchando el silbato de ese tren, y pensando en un primo que vivía lejos, en el campo, donde ahora está ese tren; un primo que murió de neumonía una madrugada hace mucho, mucho tiempo… Hueles el sudor de Skipper. Es mágico. Dejas de temblar. Oyes pasos fuera de la casa, en la acera, mientras tu madre apaga las luces. Un hombre carraspea de un modo que reconoces.
–Ahí está vuestro padre –dice tu madre.
Y así es.
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