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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

la señorita appletree y yo

spanish

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Nadie recuerda cómo empezó lo de la señorita Appletree. Daba la sensación de que llevaba años entre ellos. Cada vez que a Nora le salían mal las galletas o no se ponía pintalabios cuando se sentaba a la mesa a desayunar, George decía entre risas:
–¡Ojo! ¡Que me escapo con la señorita Appletree!
O cuando George salía de noche con los amigos y llegaba a casa un poco perjudicado y descolorido por las arenas del tiempo, Nora decía:
–Bueno, ¿qué tal estaba la señorita Appletree?
–Bien, bien –decía George–. Pero solo te quiero a ti, Nora. Da gusto volver a casa.
Como veis, la señorita Appletree llevaba años en casa, invisible como el olor a hierba en abril, o el aroma de la hojarasca de los castaños en octubre.
George incluso la describía:
–Es alta.
–Yo mido uno setenta y tres con calcetines –dijo Nora.
–Es esbelta –dijo George.
–Yo estoy ensanchando un poco con los años –dijo Nora.
–Y es rubia con el pelo liso.
–A mí el pelo se me está poniendo castaño claro –dijo Nora–. Antes me brillaba como el sol.
–Es callada –dijo George.
–Yo no paro de cotillear –dijo Nora.
–Y me quiere ciegamente, con pasión, sin ápice de duda en la mente ni en el alma, muchísimo, con locura –dijo George–, como ninguna mujer con cerebro amaría jamás a un viejo zoquete lamentable y patoso como yo.
–Parece una avalancha –dijo Nora.
–Pero ¿sabes qué? –dijo George–, cuando la avalancha pasa y la vida debe continuar, yo siempre vuelvo contigo, Nora. La señorita Appletree es bastante insoportable. Siempre regreso con mi único amor, la mujer que duda que yo sea Dios, la mujer que sabe que me pongo el zapato izquierdo en el pie derecho y que en momentos como ese tiene diplomacia suficiente para darme dos zapatos derechos, la mujer que sabe que soy una veleta en mitad de los cuatro vientos y aun así nunca intenta decirme que el sol sale por el este y se pone por el oeste, ¿y por qué me pierdo, entonces? Nora, tú conoces hasta el último poro de mi cara, cada pelo de mis orejas, cada cavidad de mis dientes; pero te amo.
–¡Adiós entonces, señorita Appletree! –dijo Nora.
Y así pasaron los años.
–Pásame el martillo y unos clavos –dijo George un día.
–¿Para qué? –dijo su mujer.
–El calendario este –dijo–. Voy a clavarlo bien. Se le caen las hojas como si alguien hubiese tirado a una baraja de cartas. Ay, Dios, ¡hoy cumplo cincuenta años! Pásame el martillo, ¡rápido!
Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla.
–No te lo tomes muy a la tremenda, ¿eh?
–Ayer me daba igual –dijo él–. Pero hoy no. ¿Qué tendrán las decenas que tanto miedo dan a los hombres? Cuando uno tiene veintinueve años y nueve meses, le trae sin cuidado. Pero cumple treinta años y, oh Moiras y Furias, la vida se termina, el amor está muerto y enterrado, su carrera se catapulta o se va por el desagüe, una de dos. Y un hombre cumple diez, veinte años más, pasa los treinta y los cuarenta, y ronda los cincuenta sin demasiada intención de controlar el tiempo, intentando no aferrarse demasiado a los días, dejando que el viento sople y el río fluya. Pero, Dios, de golpe y porrazo tienes cincuenta tacos, una cifra redonda, una cifra grandiosa y… ¡pam! Depresión y horror. ¿Qué ha pasado con los años? ¿Qué ha hecho uno con su vida?
–Criar a una hija y a un hijo, ambos casados e independizados –dijo Nora–. ¡Y vaya orgullo de hijos que son!
–Cierto –dijo George–. Aun así, un día como el de hoy, de mediados de mayo, sabe triste, a otoño. Me conoces, soy perro viejo y malhumorado. Soy hijo de Thomas Wolfe, Oh, Tiempo, Oh, Río, oh, lamento de los vientos, perdidos, perdidos, perdidos para siempre.
–Necesitas a la señorita Appletree –dijo Nora. Él parpadeó.
–¿Necesito qué?
–A la señorita Appletree –dijo Nora–. Aquella mujer que nos inventamos hace muchos años. Alta, esbelta, locamente enamorada de ti. La esplendorosa señorita Appletree. La hija de Afrodita. Todo hombre que cumple cincuenta, todo hombre que se autocompadece y se siente triste necesita a la señorita Appletree. Romance.
–Ah, pero yo te tengo a ti, Nora –dijo él.
–Ya, pero no soy ni tan joven ni tan guapa como antes –dijo Nora, cogiéndolo del brazo–. Todo hombre debería tener una aventura una vez en la vida.
–¿De verdad lo crees? –dijo él.
–¡Lo sé!
–Pero eso provoca divorcios. Viejos insensatos que corren tras su juventud.
–No si la mujer tiene la cabeza bien amueblada. No si entiende que lo hace sin maldad, solo porque está muy triste y perdido y cansado y echo un lío.
–He visto a demasiados hombres huir con señoritas Appletree y cómo se han distanciado de sus mujeres y sus hijos y les han arruinado la vida. –Reflexionó unos instantes y luego dijo–: A ver, he pensado mucho en ello, cada minuto de cada hora de cada día. Uno no debería pensar tanto en mujeres jóvenes. No hace bien y debe de ser algún tipo de fuerza de la naturaleza y creo que no debería de pensarlo de esa manera, tanto y con tanta intensidad.
Estaba terminando de desayunar cuando sonó el timbre. Él y Nora se miraron y luego se oyeron unos golpecitos en la puerta.
George puso cara de querer levantarse, pero no encontraba las fuerzas, así que Nora se levantó y fue a la puerta. Giró el pomo despacio y se asomó. Luego hubo una conversación.
Él cerró los ojos, escuchó y creyó oír a dos mujeres hablando en la escalinata de la entrada. Una de las voces era suave y la otra parecía estar ganado fuerza.
Unos minutos después, Nora regresó a la mesa.
–¿Quién era? –dijo George.
–Una vendedora –dijo Nora.
–¿Una qué?
–Una vendedora.
–¿Y qué vendía?
–Me lo ha dicho, pero hablaba tan bajito que apenas la he oído.
–¿Cómo se llamaba?
–No me he enterado bien –dijo Nora.
–¿Cómo era?
–Era alta.
–¿Mucho?
–Bastante.
–¿Y era guapa?
–Sí.
–¿De qué color tenía el pelo?
–Como la luz del sol.
–Vaya.
–Vaya –dijo Nora–. Hagamos una cosa. Tómate el café, levántate, sube y vuelve a la cama.
–Repítelo.
–Tómate el café, levántate… –dijo.
Él la miró fijamente, cogió despacio la taza de café, lo apuró y empezó a levantarse.
–Pero –dijo–, no estoy enfermo. No tengo por qué volver a la cama tan temprano.
–No tienes muy buena cara –dijo Nora–. Es una orden. Sube, quítate la ropa y métete en la cama.
George dio media vuelta despacio, subió las escaleras, se quitó la ropa y se tumbó en la cama. En cuanto puso la cabeza en la almohada, tuvo dificultades para no quedarse dormido.
Unos minutos más tarde, oyó ruidos en la habitación que, pese a ser temprano, estaba en penumbra.
Notó que alguien se metía en la cama y se volvía hacia él. Con los ojos cerrados, oyó que su propia voz, medio grogui, preguntaba:
–¿Qué? ¿Quién es?
Una voz le murmuró desde la otra almohada:
–Soy la señorita Appletree.
–¿Quién? –dijo.
–La señorita Appletree –dijo el susurro.
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