la tienda de maletas
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Cuando el dueño de la tienda de maletas oyó la noticia por la radio aquella noche, emitida desde la Tierra a través de un rayo luminófono, le sonó muy lejana. La sintió muy lejana.
En la Tierra iba a haber una guerra. Salió a mirar el cielo.
Sí, ahí estaba, la Tierra, en el cielo vespertino, siguiendo al sol hacia las colinas. Las palabras en la radio y aquella estrella verde era la misma cosa.
–No me lo creo –dijo el propietario.
–Porque no está usted allí –dijo el padre Peregrine, que se había acercado esa tarde a pasar el rato.
–¿A qué se refiere, padre?
–Es como cuando era niño –dijo el padre Peregrine–. Oímos la noticia de la guerra en China. Pero no nos la creíamos. Era algo demasiado lejano. Y estaban muriendo miles de personas. Era imposible. Ni siquiera cuando veíamos los vídeos nos lo creíamos. En fin, pues ahora es igual. La Tierra es China. Está tan lejos que resulta increíble. No está aquí. No se puede tocar. Ni siquiera se ve. Lo único que vemos es una luz verde. ¿Hay dos mil millones de personas viviendo en esa luz? ¡Increíble! ¿Guerra? No oímos ninguna explosión.
–Ya las oiremos –dijo el propietario–. No dejo de pensar en las personas que iban a venir a Marte esta semana. ¿Cuántas eran? Unas cien mil de aquí al mes que viene o así. ¿Qué pasa con ellas si se declara la guerra?
–Imagino que darán media vuelta. En la Tierra las necesitarán.
–En fin –dijo el propietario–, voy a quitarle el polvo a las maletas. Tengo la sensación de que va a haber mucha demanda dentro de poco.
–¿Cree que todos los que están en Marte regresarán a la Tierra si esta es la Gran Guerra que llevamos tanto tiempo temiéndonos?
–Es curioso, padre, pero sí, creo que todos vamos a volver. Sé que vinimos aquí huyendo de determinadas cosas, la política, la bomba atómica, la guerra, los grupos de presión, los prejuicios, las leyes…, lo sé. Pero, aun así, es nuestro hogar. Ya verá. Cuando caigan las primeras bombas en Estados Unidos, la gente aquí empezará a pensar. No llevan mucho tiempo fuera. Un par de años escasos. Si llevaran cuarenta, sería distinto, pero allí tienen a sus familiares, están sus ciudades natales. Yo ya no creo en la Tierra; apenas soy capaz de imaginármela. Pero yo soy viejo. Yo no cuento. Yo me quedaré aquí.
–Sí, supongo que tiene razón.
Se quedaron en el porche mirando las estrellas. Finalmente, el padre Peregrine sacó dinero del bolsillo y se le dio al propietario.
–Ahora que lo pienso, deme una maleta nueva. La que tengo está hecha polvo…