Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

la transformación

spanish

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Antes de que Steve pudiera levantarse de su silla, entraron en tromba en la habitación, lo sujetaron, una mano le tapó la boca y, luego, se lo llevaron a rastras, flácido por el miedo, del pequeño apartamento amarillo. Vio cómo quedaba atrás el yeso agrietado del techo. Sacudiendo violentamente la cabeza, liberó la boca y, al instante, mientras lo sacaban a la fuerza por la puerta, vio las paredes de su refugio, las fotos clavadas con chinchetas de culturistas sacadas del Strength and Health y, en el suelo, los ejemplares de Flash Detective, desparramados de cualquier manera por el breve forcejeo, que había estado leyendo cuando las pisadas resonaron al otro lado de su puerta.
Colgaba como un cadáver en medio de los cuatro hombres. Durante un buen rato, tuvo tanto miedo que no se podía mover, era un peso muerto que sacaban en volandas al aire nocturno. Y Steven pensó: Esto no está bien, esto es el Sur, soy blanco, ellos son blancos, y han venido a por mí a mi casa. No puede ser. Estas cosas no ocurren. ¿Qué pasa en el mundo para que sucedan cosas como esta?
La palma de una mano sudorosa le tapaba con fuerza la boca mientras cruzaban el jardín zarandeándolo como si estuviera borracho.
–Buenas noches, señora Landris –oyó decir a uno entre risas y como si tal cosa–. Es nuestro amigo, Steve Nolan. Otra vez borracho, señora. ¡Sí, señora!
Y todos fingieron sus risas.
Lo tiraron al asiento trasero de un coche y los hombres se apiñaron a su alrededor, aplastándolo entre todos como algo metido entre las páginas de un libro una noche calurosa de verano. El coche abandonó el bordillo con una sacudida y las voces empezaron a hablar, y la mano se apartó de la boca de Steve Nolan, que pudo humedecerse los labios y mirarlos a todos con ojos nerviosos y empañados.
–¿Qué va…, vais a hacerme? –resolló, empujando con las piernas el suelo del coche, como si fuese a detenerlo con aquel gesto.
–Stevie, Stevie. –Uno de los hombres meneó despacio la cabeza.
–¿Qué queréis de mí? –gritó Steve.
–Ya sabes lo que queremos, pequeño Steve.
–¡Soltadme!
–¡Sujetadlo!
Bajaban a toda velocidad por un camino rural a oscuras. Se oían grillos a cada lado y no había luna, solo un sinfín de estrellas en el aire negro y cálido.
–No he hecho nada. Sé quiénes sois. Sois los puñeteros liberales, ¡sois comunistas! ¡Vais a matarme!
–Nunca se nos ocurriría hacer algo así –dijo uno de los hombres, dándole en la mejilla unas palmaditas sumamente suaves, cariñosas.
–Yo soy republicano –dijo otro–. ¿Y tú, Joe?
–¿Yo? Republicano también.
Los dos miraron a Steve con una sonrisa gatuna. Steve tenía mucho frío.
–Si todo esto es por la negra esa, Lavinia Walters…
–¿Quién ha dicho nada de Lavinia Walters?
Se miraron unos a otros, sorprendidísimos.
–¿Tú sabes algo sobre Lavinia Walters, Mack?
–No, ¿y tú?
–Bueno, me enteré de que había tenido un crío hace poco. ¿Te refieres a eso?
–No, no, a ver, muchachos, parad el coche, parad el coche y os contaré todo sobre Lavinia Walters… –La lengua de Steve se movía temblorosa sobre los labios. Tenía los ojos helados y abiertos de par en par. Su cara tenía un color hueso. Parecía un cadáver apoyado entre los hombres sudorosos y apiñados, fuera de lugar, ridículo, enjuto por el miedo–. ¡Oíd, oídme, caray! –gritó, con una risa chirriante–. Somos todos sureños, y los sureños tienen que permanecer unidos, ¿sí o no? O sea, a ver, ¿es verdad o no?
–Ya estamos unidos. –Los hombres se miraron unos a otros–. ¿Verdad, muchachos?
–Un segundo. –Steve los miró con los ojos entornados–. Os conozco. Tú eres Mack Brown, llevas uno de los camiones de la feria que hay en el río. Y tú, tú eres Sam Nash, tú también trabajas en la feria. Sois todos de la feria, sois todos de aquí, no deberías andar haciendo estas cosas. Caray, son las noches de veranos estas. Venga, parad en el siguiente cruce y dejad que me baje y os juro por Dios que no se lo contaré a nadie. –Sonrió con generosidad brutal–. Ya lo sé. Un calentón y eso. Pero somos todos de aquí, ¿quién va delante al lado de Mack? –Un rostro se volvió a la débil luz de un cigarrillo–. Caray, eres…
–Bill Colum. Hola, Steve.
–Bill, ¡fuimos juntos al instituto!
Los rasgos de Bill eran duros en la luz turbulenta.
–Nunca me caíste bien, Steve. Y ahora menos todavía.
–Si es por lo de Lavinia Walters, esa puñetera negra, es una tontería. Yo no le he hecho nada.
–Ni le has hecho nada a otras diez durante todos estos años.
Mack Brown iba al volante, con un cigarrillo encajado en la comisura de la boca.
–Qué tonto soy, que no me acuerdo. Cuéntame qué pasa con Lavinia, a ver, me encantaría oírlo de nuevo.
–Era una puñetera morenita muy descarada –dijo Sam, en el asiento trasero, sin soltar a Steve–. Caray, si hasta tuvo el puñetero descaro de pasearse ayer por la calle principal con un niño en brazos. ¿Y sabes qué iba diciendo, Mack, a voces, para que la oyera toda gente blanca? Decía: «¡Es hijo de Steve Nolan!».
–¡Si será puerca!
Giraron por un camino rural lleno de baches, hacia el recinto ferial.
–Y eso no es todo. Estuvo en tiendas en las que hacía años que no entraba un negro y se plantaba en mitad de la gente y decía: «Mirad, el bebé de Steve Nolan. De Steve Nolan».
A Steve la cara le sudaba a mares. Empezó a forcejear. Sam le apretó con fuerza la garganta y Steve se quedó quieto.
–Cuéntanos más –dijo Mack, en el asiento delantero.
–La cosa fue que Steve iba una tarde por un camino rural en su Ford y vio a una negrita guapísima, Lavinia Walters, de paseo. Y paró el coche y le dijo que si no subía le diría a la policía que le había robado la cartera. Y ella tuvo miedo, así que dejó que se la llevara al pantano durante una hora.
–¿Eso pasó?
Mark Brown aparcó junto a las carpas de la feria. Era lunes por la noche, así que la feria estaba desierta, apagada, las carpas ondeaban suavemente al viento cálido. Varios faroles azules brillaban tenues en alguna parte, arrojando luces lóbregas sobre los letreros de las atracciones.
Sam le pasó a Steve la mano por la cara para darle palmaditas en la mejilla, unos pellizcos estimatorios en el mentón y, satisfecho, más pellizcos suaves en la carne de los brazos. Y por primera vez, bajo la luz azul, Steve vio los tatuajes que Sam tenía en las manos y supo que los tatuajes le subían por los brazos y por todo el cuerpo: Sam era tatuador en la feria. Y allí sentados, apagado el coche, concluido el trayecto, todos empapados en sudor, a la espera, Sam terminó la historia.
–En fin, aquí Steve obligó a Laviana a reunirse con él en el pantano dos veces por semana o de lo contrario, según decía, la entregaría a la policía. Ella sabía que, siendo negra, tenía pocas opciones contra la palabra de un blanco. Pero ayer tuvo el inexcusable descaro de hablar por la calle principal del pueblo para decirle a todo el mundo, a todo el mundo, ojo, ¡que el bebé es de Steve Nolan!
–A esa mujer habría que colgara. –Mack Brown se volvió para mirar a los hombres en el asiento trasero.
–Ya la han colgado, Mack –le aseguró Sam–. Pero no nos adelantemos. Después de ir por el pueblo diciéndole a todos esas cosas tan desagradables, se detuvo delante de la tienda de Simpson, al lado del porche, ya sabéis, donde suelen sentarse los hombres, y había allí un tonel con agua de lluvia. Y cogió al bebé y lo sumergió en el agua y se quedó ahí mirando cómo subían las burbujas. Y dijo una última vez: «Es el hijo de Steve Nolan». Luego dio media vuelta y se marchó, con las manos vacías.
Hasta ahí la historia.
Steve Nolan pensó que iban a dispararle. El humo de cigarrillo flotaba por el interior del coche.
–Yo… Yo no he tenido nada que ver con que la ahorcaran anoche –dijo Steve.
–¿La ahorcaron? –preguntó Mack.
Sam se encogió de hombros.
–La encontraron esta mañana en su choza, junto al río. Unos dicen que se ha suicidado. Otros, que alguien fue a verla y la colgó para que pareciera un suicidio. Dime, Steve… –Sam le dio unas palmaditas en el pecho–. ¿Qué crees tú que ha pasado en realidad?
–¡Que se ahorcó! –gritó Steve.
–Calla. No grites. Te oímos bien, Steve. –Con voz suave.
–Hemos pensado, Steve –dijo Bill Colum–, que te cabreó mucho que tuviera el descaro de gritar tu nombre y ahogar al bebé en plena calle principal. Y que te la cargaste creyendo que nadie te iba a incordiar.
–Debería darte vergüenza. –De repente, Steve fingió el tono bravucón–. No eres un auténtico sureño, Sam Nash. Suéltame ya, joder.
–Voy a decirte una cosa, Steve. –Con un golpe de muñeca, Sam reventó todos los botones de la camisa de Steve–. Los de aquí somos unos sureños raros de cojones. Da la casualidad de que no somos como tú. Hemos estado mucho tiempo observándote y pensando en ti, Steve, pero justo esta noche nos hemos hartado de pensar en ti. –Le arrancó lo que le quedaba de camisa.
–¿Vais a azotarme? –dijo Steve, mirándose el pecho desnudo.
–No. Algo mucho mejor. –Sam meneó la cabeza–. Metedlo en la carpa.
–¡No!
Pero lo sacaron a tirones y lo arrastraron al interior de una carpa a oscuras, donde encendieron una luz. Sombras se balanceaban por todas partes. Lo ataron a una mesa, y todos sonreían con lo que tenían en mente. Por encima de él, Steve vio el letrero. ¡Tatuajes! ¡Todos los diseños, todos los colores! Y sintió náuseas.
–Adivina qué te voy a hacer, Steve… –Sam se remangó la camisa, dejando al descubierto las largas serpientes rojas tatuadas en sus brazos velludos. Se oyó tintineo de instrumental, cómo removían un líquido. Los hombres miraban a Steve con interés benevolente. En el calor de la carpa, Steve parpadeaba deprisa y el letrero de tatuajes bandeaba y se disolvía en mitad del aire. Steve miraba el letrero fijamente, sin apartar la vista. tatuajes. Todos los colores. tatuajes. Todos los colores.
–¡No! –gritó–. ¡No!
Le desataron las piernas y le cortaron los pantalones con unas tijeras de podar. Lo dejaron desnudo.
–Pues sí, Steve, claro que sí.
–¡No podéis hacerme esto!
Sabía qué iban a hacerle. Empezó a chillar.
En silencio, delicadamente, Sam le tapó la boca con cinta adhesiva justo después de que Steve gritara: «¡Ayuda!».
Steve vio que Sam tenía en la mano la aguja brillante y plateada de tatuar.
Sam se inclinó hacia él con aire confidencial. Le habló con entusiasmo, en voz baja, como quien va a contarle un secreto a un niño.
–Steve, esto es lo que te voy a hacer. Primero, voy a colorearte de negro las manos y los brazos. Después voy a colorearte de negro el cuerpo. Después voy a colorearte de negro las piernas. Y, para terminar, voy a tatuarte la cara, Steve, amigo mío. De negro. El negro más negro que exista, Steve. Negro como la tinta. Negro como la noche.
–Mmmm –gritó Steve por debajo del adhesivo. El grito le salió por la nariz, amortiguado. Un grito impulsado por sus pulmones, impulsado por su corazón.
–Y cuando hayamos acabado contigo esta noche –dijo Sam–, podrás irte a casa para coger tus cosas y mudarte de casa. Nadie va a querer a un negro viviendo allí. Independientemente de cómo hayas acabado así, Steve. Venga, venga, no tiembles; no va a dolerte mucho. Ya estoy viéndote, Steve, mudándote a un pueblo de negros quizás. Viviendo solo. Tu casero no te va a querer; los nuevos inquilinos podrían pensar que eres negro, que lo de tu piel es mentira. Un casero no puede arriesgarse a perder inquilinos, o sea que a la calle. Podrías irte al norte quizás. Buscar trabajo. No como el que tienes ahora, de revisor en el tren, no. De mozo de estación, quizás, o de limpiabotas, ¿no, Steve? –Otro grito. Dos chorros de vómito le salieron por la nariz–. ¡Quitadle la cinta! –dijo Sam–, se va a ahogar.
Le arrancaron la cinta adhesiva, le dolió.
Cuando terminó de vomitar, se la pusieron de nuevo.
–Se hace tarde –dijo Sam–. Será mejor que empecemos si queremos acabar con esto.
Los hombres se inclinaron sobre la mesa, con la cara sudorosa. Se oyó el zumbido eléctrico de la aguja que vibraba–. Tendría su gracia –dijo Sam, cerniéndose sobre Steve, con la aguja pegada a su pecho desnudo, cosiéndoselo con tinta negra–, que un día de estos a Steve le pegaran un tiro por violador, ¿no? –Le hizo un gesto con la mano–. Hasta luego, Steve. ¡Nos vemos en la zona de negros del tranvía!
Las voces se apagaron. Mientras cerraba los ojos, Steve lloraba por dentro. Y oyó un murmullo de voces en la noche de verano, vio a Lavinia Walters caminando por la calle en algún momento del pasado, con un niño en brazos, vio las burbujas ascendiendo, y algo colgado de una viga, y sentía la picadura incesante de la aguja en su piel, eterna, eterna. Y cerró los ojos con más fuerza para combatir el pánico, y de repente supo dos cosas con absoluta claridad: al día siguiente tendría que comprarse un par de guantes blancos para cubrirse las manos. ¿Y la otra? Que iba a romper todos los espejos que había en su apartamento.
Tendido en la mesa, lloró toda la noche.
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