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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

la viajera

spanish

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Su padre se asomó a su cuarto justo antes del amanecer. Cecy estaba acostada. Meneó la cabeza con un gesto de incomprensión y dio un manotazo al aire.
–Si me cuentas de qué nos sirve que se pase el día tumbada –dijo–, me como el forro de mi ataúd de caoba. Duerme toda la noche, desayuna y luego se pasa el día tumbada en la cama.
–Ay, pero si ayuda muchísimo –explicó la madre, mientras lo acompañaba por el pasillo y la figura pálida y adormilada de Cecy quedaba atrás–. Es uno de los miembros de la familia que más se amolda, vaya. Para inútiles, tus hermanos. Casi todos se pasan el día durmiendo y sin hacer nada. Cecy al menos está activa.
Bajaron las escaleras entre el olor a velas negras; el crepé negro en la balaustrada, intacto desde la reunión familiar de hacía unos meses, siseó a su paso. El padre se aflojó la corbata, agotado.
–Bueno, nosotros trabajamos por las noches –dijo–. ¿Es culpa nuestra que seamos de la vieja escuela, como tú dices?
–Por supuesto que no. Toda la familia no puede ser moderna. –Abrió la puerta del sótano; descendieron hacia la oscuridad cogidos del brazo. Con una sonrisa, miró su rostro redondo y blanco–. Es una suerte que yo no necesite dormir en absoluto. ¡Imagina cómo sería nuestro matrimonio si te hubieses casado con alguien que duerme de día! Cada uno por su lado. Los dos distintos. Menuda locura. Así son las familias. De vez en cuando sale alguien como Cecy, todo mente; y tenemos otros como el tío Einar, todo alas; y luego está Timothy, tan calmado y normal. Y luego estás tú, que duermes de día. Y yo, despierta toda mi vida. No tendría que costarte tanto entender a Cecy. Ayuda cada día de un millón de formas distintas. Va mentalmente por mí a la verdulería, para ver qué tienen. Entra en la carnicería con la mente. Si se han quedado sin buen producto, pues un viaje que me ahorro. Me avisa cuando va a presentarse alguna cotilla para pasarse la tarde charlando. Y, en fin, ¡otras seiscientas cosas más…!
Ya en el sótano, se detuvieron junto a un gran ataúd de caoba vacío. El padre se acomodó dentro, poco convencido aún.
–Pero si no aporta algo más –dijo–, tendré que pedirle que busque trabajo.
–Consúltalo con la almohada –dijo ella–. Dale una vuelta. Quizás para el ocaso hayas cambiado de opinión. –Cerrándole ya la tapa.
–Puede ser –dijo él, pensativo.
La tapa se cerró.
–Buenos días, cariño –dijo ella.
–Buenos días –dijo él, con voz amortiguada, dentro del ataúd cerrado.
El sol salió. Ella subió deprisa las escaleras para preparar el desayuno.
Cecy Elliott era la Viajera. Parecía una chica de dieciséis años normal y corriente. Aunque ninguno de los miembros de la familia aparentaba ser lo que era. Ninguno tenía colmillos, ni era nauseabundo, ni un gusano, ni una bruja que vuela por los aires. Vivían en pueblecitos y granjas de todo el mundo, de manera sencilla, íntimamente reorganizados y adaptando sus talentos a las exigencias y las normas de un mundo cambiante.
Cecy Elliott despertó. Se deslizó por la casa, canturreando.
–¡Buenos días, mamá! –Bajó al sótano para asegurarse de que los ataúdes de caoba estaban bien cerrados–. Papá –dijo, acariciando en cajón–. La prima Esther –dijo, examinando otro–, está de visita. Y… –tamborileó con los dedos en otro–, el abuelo Elliott. –Dentro se oyó un frufrú, como un trozo de papiro–. Qué familia tan rara y tan diversa –reflexionó, de regreso a la cocina–. Brujas nocturnas unas, otros con miedo al agua, unas despiertas, como mi madre, veinticinco horas al día; otras dormidas, como yo, cincuenta y nueve minutos de cada sesenta. Especies distintas de sueño.
Desayunó. Estaba comiéndose un albaricoque cuando vio que su madre estaba mirándola fijamente. Soltó la cuchara.
–Papá cambiará de opinión –dijo Cecy–. Voy a demostrarle que está muy bien tenerme cerca. Soy un seguro para la familia; no lo entiende. Ya lo verás.
–¿Estabas dentro de mí cuando he discutido con tu padre hace un momento? –dijo su madre.
–Sí.
–Me ha parecido sentir que mirabas a través de mis ojos. –Su madre asintió.
Cecy terminó y se fue a la cama. Alisó bien las mantas y las sábanas frescas y limpias, luego se tumbó encima del edredón, cerró los ojos, descansó sus finos dedos blancos sobre su pequeño pecho, echó hacia atrás su exquisitamente esculpida cabeza para posarla sobre su espeso pelo castaño recogido.
Salió de viaje.
Su mente se escabulló de la habitación, planeó por encima del jardín en flor, de los campos y de las calles antiguas y adormiladas de Mellin Town, se internó en el viento y más allá de la húmeda depresión del barranco. Todo el día voló y zigzagueó. Su mente entraba en perros y ahí se acomodaba, y sentía el tacto peludo de los perros, probaba huesos crudos, olisqueaba árboles con un agrio hedor a orina. Oía como oían los perros. Olvidó completamente la constitución humana. Tenía la complexión de un perro. Entrar y salir por uno u otro conducto era más que telepatía. Suponía una separación radical de un ambiente corporal para pasar a otro. Suponía adentrarse en perros que husmeaban árboles, en hombres, en sirvientas viejas, en pájaros, niños en plena rayuela, amantes en sus lechos matutinos, en obreros sudados de palear, en bebés con cerebros rosas y sueños mínimos, aún por nacer.
¿Adónde iría hoy? Tomó una decisión, ¡y se fue!
Cuando un momento después su madre entró de puntillas en su cuarto para echar un vistazo, vio el cuerpo de Cecy en la cama, con el pecho inmóvil, el rostro plácido. Cecy ya se había ido. Su madre asintió y sonrió.
Pasó la mañana. Leonard, Bion y Sam se habían ido a trabajar, como Laura y la hermana que trabajaba de manicura; y a Timothy lo habían mandado al colegio. La casa estaba en silencio. A media mañana, los únicos ruidos los hacían las tres primas pequeñas de Cecy Elliott mientras jugaban a la Gallinita Muerta en el jardín de atrás. Siempre había primos o tíos o primos segundos o sobrinas nocturnas por la casa; salían y entraban; como agua por un grifo, por un desagüe.
Las primas dejaron de jugar cuando un hombre alto y ruidoso llamó a golpes a la puerta principal y entró a zancadas cuando la madre abrió.
–¡Es el tío John! –dijo la más pequeña de las tres, sin aliento.
–¿El que odiamos? –preguntó la segunda.
–¿Y qué le pasa? –gritó la tercera–. ¡Parece enfadado!
–Que nosotras estamos enfadadas con él, eso le pasa –explicó la segunda con orgullo–. Por lo que le hizo a la familia hace sesenta años, y hace setenta, y hace veinte.
–¡Escuchad! –Y eso hicieron–. ¡Está subiendo las escaleras!
–Parece que está llorando.
–¿Los adultos lloran?
–¡Pues claro, tonta!
–¡Está en la habitación de Cecy! Gritando. Riendo. Rezando. Llorando. Parece enfadado, y triste, y acobardado, ¡todo a la vez!
La más pequeña se puso a gritar. Corrió a la puerta del sótano.
–¡Despertad! ¡Los de abajo, ay, despertad! ¡Los de los cajones! ¡Ha venido el tío John y creo que ha traído una estaca de cedro! ¡No quiero ninguna estaca de cedro en el pecho! ¡Despertad!
–Shh –siseó la mayor–. ¡No tiene ninguna estaca! Además, no se puede despertar a la gente de los ataúdes. ¡Escuchad!
Las tres ladearon la cabeza, con los ojos brillantes hacia lo alto, expectantes.
–¡Aparta de esa cama! –ordenó la madre desde el umbral.
El tío John estaba inclinado sobre el cuerpo dormido de Cecy. Tenía los labios deformados. Sus ojos verdes tenían un viso salvaje, enigmático, demente.
–¿Llego tarde? –preguntó, con voz rota, sollozante–. ¿Se ha ido?
–¡Hace horas! –espetó la madre–. ¿Estás ciego? Podría tardar días en volver. A veces se queda tumbada una semana. Ni siquiera tengo que alimentar al cuerpo, encuentra sustento esté donde esté, ya sea cosa o persona. ¡Aléjate de ella!
El tío John se puso rígido, con una rodilla clavada en el colchón de muelles.
–¿Por qué no ha podido esperar? –quiso saber, frenético, mirándola, sin dejar de buscarle su silencioso pulso con las manos.
–¡Ya me has oído! –La madre dio unos pasos bruscos hacia delante–. No se la puede tocar. Hay que dejarla tal y como está. Para que cuando llegue a casa regrese a su cuerpo sin ningún contratiempo.
El tío John volvió la cabeza. Tenía la cara picada, alargada y roja, y un gesto de insensatez, profundos surcos negros rodeaban sus ojos cansados.
–¿Adónde ha ido? Tengo que encontrarla.
La voz de la madre fue como un bofetón.
–No lo sé. Tiene lugares favoritos. Podrías encontrarla en una niña corriendo por una senda paralela al barranco. O columpiándose de una parra. O podrías encontrarla en un cangrejo, debajo de una piedra del río, mirándote. O podría estar jugando al ajedrez dentro de un anciano en la plaza del juzgado. Sabes tan bien como yo que podría estar en cualquier parte. –Su boca adoptó una mueca burlona–. Ahora mismo podría estar dentro de mí, vertical, mirándote, riéndose sin decirte nada. Podría ser ella quien estuviera hablando y pasándolo en grande. Y ni siquiera lo sabrías.
–Vaya… –Giró en redondo con pesadez, como si una roca enorme hubiese rotado. Levantó sus manazas, buscando agarrar algo–. Si creyera que…
La madre siguió hablando, tranquila, como si tal cosa.
–No está aquí, por supuesto. Y si estuviera, no habría modo de saberlo. –Sus ojos brillaron con una malicia delicada. Estaba erguida, grácil, mirándolo sin miedo–. En fin, supongo que vas a explicarme qué quieres de ella…
Él parecía estar escuchando el tañido de una campana lejana. Meneó la cabeza, enfadado, para despejársela. Luego gruñó:
–Algo…, dentro de mí… –Estalló. Se inclinó hacia el cuerpo frío, durmiente–. ¡Cecy! ¡Vuelve! ¡Puedes volver si te da la gana!
El viento soplaba suave entre los altos sauces al otro lado de las ventanas con el sol a la deriva. La cama crujió bajo su peso en movimiento. La campana lejana tañó otra vez y él escuchaba, pero la madre no podía oírla. Solo oía los sonidos soñolientos del día veraniego que la rodeaban, muy, muy lejos. Su boca se abrió de un modo misterioso:
–Tiene que hacerme un favor. Llevo como un mes volviéndome, no sé…, loco. Tengo ideas raras. Iba a coger un tren a la gran ciudad para hablar con un psiquiatra, pero no serviría de nada. Sé que Cecy puede meterse en mi cabeza y exorcizar mis miedos. Puede sacármelos de dentro como una aspiradora, si quisiera ayudarme. Es la única que puede quitarme la porquería y las telarañas, y convertirme en un hombre nuevo. Por eso la necesito, ¿entiendes? –dijo, con voz tensa, expectante. Se lamió los labios–. ¡Tiene que ayudarme!
–¿Después de lo que le has hecho a esta familia? –dijo la madre.
–¡Yo no he hecho nada a esta familia!
–Según se cuenta –dijo la madre–, en los malos tiempos, cuando necesitabas dinero, te pagaban trescientos dólares por cada miembro de la familia que entregabas a la ley para que le clavaran una estaca en el corazón.
–¡Eso no es justo! –dijo él, tambaleándose como un hombre al que hubieran golpeado en el estómago–. No puedes demostrarlo. ¡Mientes!
–Aun así, no creo que Cecy quisiera ayudarte. La familia no querría.
–¡La familia, la familia! –Dio pisotones al suelo como un niño enorme y embrutecido–. ¡Que le den a la familia! ¡No pienso volverme loco por su culpa! Necesito ayuda, maldita sea, ¡y la conseguiré!
La madre lo encaró, el gesto reticente, los brazos cruzados.
Él bajó la voz, mirándola con una suerte de timidez malintencionada, evitando sus ojos.
–Escúcheme, señora Elliott –dijo–. Y tú también, Cecy –dijo a la chica dormida–. Si estás aquí –añadió–. Escuchadme. –Miró el reloj, que colgaba con su tictac de la pared opuesta, inundada de sol–. Si Cecy no está de vuelta esta noche a las seis en punto, lista para limpiarme la mente y devolverme la cordura, iré… Iré a la policía. –Se irguió–. Tengo una lista de los Elliott que viven en las granjas de los alrededores y en Mellin Town. La policía es capaz de tallar en una hora las estacas que hagan falta para atravesarle el corazón a una decena de los Elliott. –Se detuvo, se limpió el sudor de la cara. Permaneció inmóvil, a la escucha.
La campana lejana volvió a tañer.
Llevaba oyéndola semanas. La campana no existía, pero podía oír cómo repicaba. Repicaba ahora, cerca, lejos, muy cerca, muy lejos. Nadie la oía salvo él.
Meneó la cabeza. Gritó para ahogar las campanadas, gritó a la señora Elliott.
–¿Me has oído?
Se recolocó los pantalones, se tiró con fuerza del cinturón para apretárselo, pasó junto a la madre de camino a la puerta.
–Sí –dijo ella–. Te he oído. Pero no puedo decirle a Cecy que vuelva si ella no quiere. Terminará regresando. Ten paciencia. No vayas corriendo a la policía…
–No puedo esperar –la interrumpió él–. Esto que tengo, ¡llevo ocho semanas con este ruido metido en la cabeza! ¡No lo soporto más! –Miró ceñudo al reloj–. Me voy. Intentaré encontrar a Cecy en el pueblo. Si no lo consigo antes de las seis…, en fin, ya sabéis cómo son las estacas de cedro…
Sus fuertes pisadas retumbaron por el pasillo, se perdieron escaleras abajo, más allá de la casa. Cuando los ruidos hubieron cesado, la madre se volvió a mirar, ansiosa, con dolor, a la durmiente.
–Cecy –dijo, en voz baja, insistente–. ¡Cecy, vuelve a casa!
El cuerpo no emitió ningún sonido. Cecy siguió allí tumbada, inmóvil, mientras su madre esperaba.
El tío John caminó campo a través hasta adentrarse en las calles de Mellin Town, buscando a Cecy en cada niño que lamía un helado y en cada perrito blanco que pasaba al trote con unas ganas tremendas de llegar a ninguna parte.
El pueblo se expandía como un cementerio de lujo. Nada más que un puñado de monumentos, en realidad, edificios para artes y aficiones perdidas. Era un gran prado de olmos, cedros y alerces, compuesto de aceras de tablones que podías acarrear hasta el granero de noche si te irritaba el ruido hueco que la gente hacía al pasar. Había casas altas que eran señoras mayores, magras y estrechas y prudentemente lánguidas, que tenían anteojos con cristales de colores, a las que les brotaba el pelo ralo y dorado de los nidos de pájaros muy viejos. Había una droguería llena de taburetes con reposapiés de alambre, estilo heladería con asiento de madera contrachapada, y con ese olor memorable, claro y penetrante que solía haber en las droguerías y que ya no existe. Y había una barbería con su pilar a rayas rojas delante que giraba dentro de una crisálida de cristal. Y había un colmado que no era más que sombras afrutadas y cajas polvorientas y que olía a vieja armenia, un olor idéntico al de un centavo oxidado. El pueblo se extendía bajo árboles desodorantes de hojas delicadas, sin ninguna prisa, y en algún lugar de aquel pueblo estaba Cecy, la que viajaba.
El tío John hizo una parada, se compró una botella de refresco de naranja, se la bebió, se limpió la cara con su pañuelo, sus ojos saltaban arriba y abajo, como niñas pequeñas que juegan a la comba. Tengo miedo, pensó. Tengo miedo.
Vio un código morse de pájaros posados en el alto tendido telefónico. ¿Estaba Cecy ahí arriba, riéndose de él desde detrás de los ojos penetrantes de uno de los pájaros, sacudiendo sus plumas, cantándole? El muñeco del indio en la puerta del estanco le hizo sospechar. Pero no había animación en aquella figura fría, tallada, marrón tabaco.
A lo lejos, como en una soñolienta mañana de domingo, oyó el tañido de la campana en el valle de su cabeza. Estaba ciego. De pie en mitad de la oscuridad. Rostros blancos y torturados pasaban a la deriva por delante de sus ojos vueltos hacia dentro.
–¡Cecy! –gritaba, a todos, a todo–. ¡Sé que puedes ayudarme! ¡Sacudirme como a un árbol! ¡Cecy!
Pasó la ceguera. Estaba bañado en un sudor frío que no cesaba, que le caía como sirope.
–Sé que puedes ayudarme –dijo–. Vi cómo ayudaste a la prima Marianne hace años. Hace diez años, ¿no? –Se quedó quieto, concentrándose.
Marianne era una niña más tímida que un lunar, con el cabello rizado como raíces en la pelota redonda que tenía por cabeza. Marianne se movía dentro de su falda como el badajo de una campana, pero no repicaba cuando caminaba; era un titubeo sin más, un tacón después de otro. Se quedaba mirando los hierbajos y la acera bajo sus pies, te miraba a la barbilla, eso si te veía, jamás a los ojos. En lo relativo al matrimonio o al éxito social, la madre de Marianne la había dado por perdida.
Dependía de Cecy, pues. Cecy entró en Marianne como una mano en su guante.
Marianne saltó, corrió, chilló, resplandecieron sus ojos verdes. Marianne se sacudió la falda, se soltó la trenza del pelo y se lo dejó caer como un velo reluciente sobre sus hombros semidesnudos. Marianne reía tontamente y repicaba como un badajo alegre bajo la resonante campana de su vestido. Marianne contraía la cara en numerosos gestos de falsa modestia, júbilo, inteligencia, don maternal y amor.
Los chicos corrían detrás de Marianne. Marianne se casó. Cecy se retiró.
Marianne se puso histérica: ¡su espina dorsal había desaparecido!
Se pasó un día entero tirada como un corsé suelto. Pero ya había adquirido el hábito. Parte de Cecy había permanecido como la huella de un fósil en un trozo de esquisto reblandecido; y Marianne empezó a rastrear dichos hábitos y a pensar en ellos y a recordar cómo era tener a Cecy dentro, y poco después estuvo corriendo, gritando y riendo tontamente sin ayuda de nadie; ¡un corsé animado, digamos, por el recuerdo!
Marianne vivió feliz desde entonces.
De pie junto al indio del estanco como quien busca conversación, el tío John sacudió la cabeza violentamente. Decenas de burbujas brillantes flotaban ante su cara, cada una con ojitos estrábicos y microscópicos que miraban fijamente hacia dentro, hacia su cerebro.
¿Y si no encontraba a Cecy? ¿Y si el viento de la pradera se la había llevado hasta Elgin? ¿No era allí donde tanto le gustaba pasar las horas, en el manicomio, tocando las mentes, abrazando y lanzando pensamientos como si fueran confeti?
Muy a lo lejos, en la tarde remota, un gran silbido metálico suspiró y retumbó, y el vapor se agitó mientras un tren cruzaba el valle sobre un caballete, por encima de ríos gélidos y a través de maizales maduros, hacia túneles como un dedo en un dedal, bajo arcadas de nogales resplandecientes. John seguía quieto, aterrado. ¿Y si Cecy estaba en la cabina del maquinista? Le encantaba subir a motores monstruosos a lo largo y ancho del país, hasta donde fuese capaz de estirar el contacto. Hacer sonar el silbato hasta que sus gritos atravesaran el sueño nocturno de la tierra o la soñolienta mañana del campo.
Caminó por la calle en sombra. Por el rabillo del ojo creyó ver a una anciana, arrugada como un higo seco, desnuda como la semilla de un cardo, flotando entre las ramas de un espino, con una estaca de cedro clavada en el pecho.
¡Alguien gritó!
Algo le golpeó en la cabeza. ¡Un mirlo que se alejaba hacia el cielo le había arrancado un tirabuzón!
Amenazó al pájaro con el puño, le tiró una piedra.
–¡Asústame si te atreves! –gritó.
Respirando con dificultad, vio que el pájaro trazaba un círculo a su espalda para posarse en una rama a esperar otra ocasión de lanzarse a por más pelo.
Dio taimadamente la espalda al pájaro. Oyó el siseo.
Se volvió de un salto y la cazó al vuelo.
–¡Cecy! –¡Tenía al pájaro! Aleteaba, chillaba en sus manos–. ¡Cecy! –gritó, mirando entre los barrotes de sus dedos a aquella criatura negra y salvaje. El pájaro le hizo sangre de un picotazo–. ¡Cecy, voy a aplastarte si no me ayudas!
El pájaro chilló y le hizo un corte.
Apretó los dedos, más, más, más.
Se alejó del lugar al que, finalmente, tiró el pájaro muerto y no se volvió a mirar ni una sola vez.
Descendió al barranco que atravesaba el centro de Mellin Town. ¿Y ahora qué?, se preguntó. ¿La madre de Cecy ha telefoneado a gente? ¿Los Elliott tienen miedo? Daba tumbos como un borracho, grandes lagos de sudor habían brotado bajo sus axilas. Bien, que sean ellos los que pasen miedo durante un rato. Él estaba harto de tener miedo. ¡Buscaría a Cecy un poco más y luego iría a la policía!
En la orilla del arroyo, rio al pensar en los Elliott correteando como locos de acá para allá, buscando la manera de quitárselo de encima. Pues no había manera. Tendrían que obligar a Cecy a que lo ayudara. Dejar que el bueno del tío John muriera loco era algo que no podían permitirse, no señor.
Desde lo profundo del agua, ojos como perdigones lo miraban con rotundidad.
Los días de verano de calor abrasador, Cecy solía meterse tras la blanda coraza gris de las cabezas mandibuladas de los cangrejos. Se había asomado con frecuencia a sus ovalados ojos negros en los extremos de sus sensibles antenas filamentosas y sentido el paso de la corriente, incesante, en fluidos velos de frescor que reflejaban la luz. Respirando las partículas de material que flotaban en el agua, con sus pinzas corniformes y llenas de líquenes ante sí como elegantes utensilios para ensalada, hinchadas y afiladas como tijeras. Observaba cómo un niño se acercaba a ella con pasos agigantados por el lecho del arroyo, oía los gritos distantes, espesados por el agua, de otros niños en busca de cangrejos, hurgando en el lecho con sus dedos pálidos, volteando piedras, atrapando y arrojando los frenéticos animales a cubos de metal donde veintenas de cangrejos se revolvían como si el contenido de una papelera hubiese cobrado vida.
Observaba desde su piedra las piernas de los niños como tallos pálidos, veía la sombra descamisada de uno de ellos proyectada sobre el fango terroso del lecho del arroyo, veía cómo se cernía la inquietante mano, oía el susurro indicativo de un niño que acababa de atisbar el premio bajo la piedra. Luego, cuando la mano se sumergía y la volteaba, Cecy agitaba la cola prestada del cuerpo que habitaba, provocaba una pequeña explosión de arena y desaparecía corriente abajo.
Iba a posarse en otra roca, abanicando la arena, con las pinzas en alto, orgullosa de ellas, sus ojos como bombillas diminutas resplandeciendo oscuros mientras su boca burbujeante se llenaba del agua de arroyo, fresca, muy, muy fresca…
La idea de que Cecy podía estar tan cerca de su mano, en cualquier ser viviente, empujó al tío John a una furia demencial. Cecy podía llevar la existencia de una ardilla, un roedor, incluso la de germen contagioso dentro de su propio cuerpo. Era capaz de introducirse en amebas…
Algunos días tórridos de verano, Cecy entraba en una ameba, rauda, vacilante, en lo profundo de las aguas antiguas, cansadas, filosóficas, de un pequeño pozo. Las mañanas en las que el mundo que se desplegaba muy por encima de ella, por sobre el agua inerte, eran una pesadilla de calor impresa en todos y cada uno de los objetos terrestres, Cecy yacía soñolienta, trémula y fría y remota, acomodada en la cavidad del pozo. Allá arriba, los árboles parecían imágenes grabadas a fuego verde. Los pájaros parecían sellos de bronce que, tras entintarlos, te habías estampado en el cerebro. Las casas humeaban como esterqueros. Los portazos sonaban como disparos de rifle. El único ruido agradable de los días abrasadores era la succión asmática del agua del pozo que una anciana esquelética sacaba en una taza de porcelana para ingerirla por entre sus dientes postizos de porcelana. En las alturas, Cecy oía el frágil palmeo de los zapatos de la anciana, su voz jadeante cociéndose al sol de agosto. Y, quieta y fresca en lo profundo, observando a través del oscuro y resonante túnel cónico del pozo, Cecy oía la succión férrica del mango de la bomba que la sudorosa anciana empujaba con energía; y el agua, con Cecy y todo, ascendía por la cavidad del pozo para, con una descarga súbita y fría, acabar en la taza, ante la que aguardaban unos labios consumidos por el sol. Entonces y solo entonces se retiraba Cecy, cuando los labios se acercaban para beber, la taza se inclinaba y la porcelana tocaba porcelana…
John se tambaleó, ¡cayó al agua del arroyo!
No se levantó, se sentó chorreando como un imbécil.
Luego empezó a lanzar pedradas, a gritar, a intentar coger cangrejos sin lograrlo, a maldecir. La campana tañía en su cabeza aún más fuerte. Y ahora, una procesión de cuerpos que no podían existir, pero parecían reales, pasaba flotando por el agua. Cuerpos de un blanco gusanil, boca abajo, arrastrados como marionetas flácidas. Mientras pasaban, sus cabezas se agitaban con la corriente de tal forma que sus cabezas se volvían para revelar los rasgos típicos de los miembros de la familia Elliott.
Sentado en el agua, empezó a llorar. Necesitaba la ayuda de Cecy, pero ahora, comportándose como un imbécil, insultándola, odiándola, amenazándola a ella y a su familia, ¿la merecía?
Se levantó, sacudiéndose. Salió del arroyo y remontó la colina. Solo podía hacer una cosa. Suplicar uno por uno a los miembros de la familia. Pedirles que intercedieran por él. Que pidieran a Cecy que volviera a casa, enseguida.
Abrió la puerta de la funeraria de la calle Court. El sepulturero, un hombre bajito y bien afeitado, con bigote y manos de finura sensible, levantó la mirada. Agachó la cabeza.
–Ah, eres tú, tío John –dijo.
–Sobrino Bion –dijo John, todavía mojado de agua del arroyo–. Necesito que me ayudes. ¿Has visto a Cecy?
–¿Que si la he visto? –dijo Bion Elliott. Se apoyó en la mesa de mármol en la que estaba trabajando con un cuerpo. Rio–. Dios, ¡no me preguntes eso! –Resopló–. Mírame bien. ¿No me conoces?
John se enfureció.
–Eres Bion Elliott, ¡el hermano de Cecy, está claro!
–No. –El sepulturero meneó la cabeza–. Soy el primo Ralph, ¡el carnicero! Sí, el carnicero. Aquí dentro, donde de verdad cuenta, soy Ralph. Hace un momento estaba trabajando en la cámara frigorífica de mi carnicería y de repente Cecy estaba dentro de mí. Me cogió prestada la mente, como si fuese el bote del azúcar. Me trajo aquí hace un instante y me introdujo en el cuerpo de Bion. ¡Pobre Bion! ¡Menuda broma!
–¿No eres…? ¡No eres Bion!
–No, esto, no, tío John. ¡Los más probable es que Cecy haya metido a Bion en mi cuerpo! ¿Pillas la broma? ¡Un matarife intercambiado por otro matarife! ¡Un tratante de carne en el puesto de otro! –Tembló de la risa–. ¡Ay, esta Cecy, menuda niña! –Se limpió de la cara lágrimas de alegría–. ¡Llevo aquí cinco minutos preguntándome qué hacer! ¿Sabes una cosa? Esto de las pompas fúnebres no está tan mal. No es más complicado que servir carne de guiso. Bion se va a cabrear. Su integridad profesional. Seguramente Cecy nos devolverá a nuestros puestos, más tarde. ¡Bion no aguanta demasiado bien las bromas!
John pareció desconcertado.
–¿Ni siquiera tú puedes controlar a Cecy?
–Dios, no. Hace lo que quiere. Estamos indefensos.
John se encaminó a la puerta.
–Tengo que encontrarla como sea –murmuró–. Si es capaz de hacerte algo así, imagina cómo podría ayudarme si quisiera… –Las campanadas sonaron más fuertes en sus oídos. Por el rabillo del ojo vio movimiento. Giró en redondo y contuvo el aliento.
El cuerpo que había en la mesa tenía clavada una estaca de cedro.
–Hasta luego –dijo el sepulturero con un portazo. Oyó el ruido de los pies de John a la carrera, cada vez más lejano.
El hombre que entró dando tumbos en la comisaría de policía a las cinco de la tarde apenas se tenía en pie. Su voz era un susurro y se atragantaba como si hubiese ingerido veneno. Ya no tenía el aspecto del tío John. Las campanadas no paraban de sonar, no paraban, y a su espalda veía personas que caminaban con una estaca clavada en el pecho y se desvanecían en cuanto se daba la vuelta.
El sheriff levantó la mirada de la revista que estaba leyendo, se limpió el bigote con el dorso de la zarpa que tenía por mano, bajó los pies de la mesa baqueteada y esperó a que el tío John hablara.
–Quiero denunciar a una familia que vive aquí –susurró el tío John, con los ojos entrecerrados–. Una familia malvada, que vive bajo una apariencia falsa.
El sheriff carraspeó.
–¿Cuál es el apellido de la familia?
El tío John se detuvo.
–¿Cómo?
–¿Cuál es el apellido de la familia? –repitió el sheriff.
–Su voz –dijo John.
–¿Qué le pasa a mi voz? –dijo el sheriff.
–Se parece a –dijo John–, a la de…
–¿A la de quién? –preguntó el sheriff.
–¡A la de la madre de Cecy! ¡Suena igual!
–¿En serio? –preguntó el sheriff.
–¡Está dentro de usted! ¡Cecy también lo ha cambiado, como ha cambiado a Ralph por Bion! ¡Ahora no puedo denunciar a la familia! ¡No serviría de nada!
–Supongo que no –señaló el sheriff, implacable.
–¡La familia me ha cogido la delantera! –gimió el tío John.
–Eso parece –dijo el sheriff, humedeciendo un lápiz con la lengua para empezar otro autodefinido–. En fin, buenos días, John Elliott.
–¿Eh?
–Le he dicho buenos días.
–Buenos días. –John permaneció junto a la mesa, escuchando–. ¿No…, no oye nada?
El sheriff escuchó.
–¿Grillos?
–No.
–¿Ranas?
–No –dijo el tío John–. Una campana. Unas campanadas. Campanadas de iglesia. Esa clase de campanadas que un hombre como yo no soporta oír. Campanadas de iglesia.
El sheriff escuchó.
–No puedo decir que las oiga, no. Por cierto, cuidado con la puerta; se cierra de golpe.
La puerta del cuarto de Cecy se abrió de sopetón. Un instante después, el tío John estaba dentro, yendo de un lado a otro. El cuerpo silente de Cecy estaba tumbado en la cama, sin moverse. Cuando cogió a Cecy de la mano, la madre apareció tras él.
Corrió hacia él, lo golpeó en la cabeza y en los hombros hasta que cayó hacia atrás, lejos de Cecy. El mundo rebosaba campanadas. Su visión se oscureció. Buscó a tientas a la madre, mordiéndose los labios, abriéndolos para coger aire, con lágrimas en los ojos.
–Por favor, por favor, pídele que vuelva –dijo–. Lo siento. Ya no quiero hacer daño a nadie.
La madre gritó por encima del clamor de las campanadas.
–¡Ve abajo y espérala allí!
–¡No te oigo! –gritó él, más fuerte–. Mi cabeza. –Se tapó los oídos con las manos–. Son fortísimas. Tanto que no puedo soportarlo. –Se tambaleó sobre sus talones–. Si supiera dónde está Cecy… –Sin más, sacó una navaja, la abrió–. No puedo más… –dijo.
Y antes de que la madre pudiera moverse, el tío John cayó al suelo con la navaja en el corazón, sangre brotándole de la boca, los pies inertes uno encima del otro, un ojo cerrado, el otro blanco, abierto de par en par.
La madre se agachó hacia él.
–Muerto –dijo, finalmente–. Vaya –murmuró, incrédula, levantándose, apartándose de la sangre–. Está muerto por fin. –Miró a su alrededor, temerosa, gritó con todas sus fuerzas–: ¡Cecy, Cecy, vuelve a casa, niña, te necesito!
Silencio, mientras la luz del sol se retiraba del cuarto.
–¡Cecy, vuelve a casa, niña!
Los labios del muerto se movieron. Una voz alta y clara surgió de ellos.
–¡Aquí! ¡Llevo días aquí! Soy el miedo que tenía dentro; y no supo darse cuenta. Cuéntale a papá lo que he hecho. Igual ahora piensa mejor de mí…
Los labios del muerto quedaron inmóviles. Unos segundos después, en la cama, el cuerpo de Cecy se enderezó como una media en la que una pierna entra de repente, habitado de nuevo.
–Mamá, tengo hambre –dijo Cecy, levantándose de la cama.
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