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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

las maquinarias de la alegría

spanish

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El padre Brian esperó antes de bajar a desayunar porque creía haber oído la risa del padre Vittorini. Vittorini, para variar, estaba desayunando solo. ¿Con quién estaba riéndose entonces, o de quién?
De nosotros, pensó el padre Brian, obviamente. Escuchó de nuevo.
Al fondo del pasillo, el padre Kelly también estaba en su habitación, escondido, o meditando, más bien.
Nunca esperaban a que Vittorini terminara de desayunar, no, siempre procuraban unirse mientras masticaba el último trozo de tostada. De lo contrario, el cargo de conciencia durante el día se les hacía insoportable.
Sin embargo, lo que se oía abajo eran risas, ¿no? El padre Vittorini había encontrado algo en el Times de la mañana. O, peor aún, ¿se había quedado despierto hasta tarde con aquel espectro impío, la televisión que había en el vestíbulo como una visita indeseada, con un pie en la extravagancia y otro en la apatía? Y, con el juicio decolorado por aquella bestia electrónica, ¿estaba planeando Vittorini otra diablura brillante, maquinando con su mente insonora, sentado y ayunando adrede, con la esperanza de despertar su curiosidad y atraerlos con ruiditos de su buen humor de italiano?
–Ay, Dios.
El padre Brian suspiró y toqueteó el sobre que había preparado la noche previa. Lo tenía guardado en el abrigo, como medida preventiva por si acaso decidía entregárselo al pastor Sheldon. ¿Lo detectaría el padre Vittorini a través de la ropa con su rápida visión de rayos X?
El padre Brian se alisó con fuerza la solapa para eliminar el más mínimo contorno de su solicitud de traslado a otra parroquia.
–Allá vamos.
Y, musitando una plegaria, el padre Brian bajó las escaleras.
–¡Ah, padre Brian!
El padre Vittorini levantó la vista de su cuenco lleno de cereales. El bruto todavía no les había echado el azúcar a los copos de maíz.
El padre Brian se sintió como si se hubiese caído por el hueco de un ascensor.
Instintivamente, alargó un brazo para sujetarse. Tocó la parte superior de la televisión. El aparato estaba caliente.
–¿Tuvo sesión espiritista anoche? –se le escapó.
–Trasnoché viendo la tele, sí.
–¡Trasnochó, claro! –resopló el padre Brian–. Uno trasnocha velando a los enfermos, o a los muertos, ¿no? A mí antes se me daba bastante bien la güija. Al menos había que usar la cabeza. –Dio la espalda al memo eléctrico para mirar fijamente a Vittorini–. ¿Y se oyeron gritos lejanos y lamentos de espíritus del sitio ese? ¿Cañaveral?
–Dejaron de emitir a las tres de la mañana.
–Y aquí está, más fresco que una lechuga. –El padre Brian se apartó meneando la cabeza–. Qué injusta es la vida a veces.
Vittorini vertió la leche en los cereales, con energía.
–En cambio usted, padre Brian, parece que se hubiese pasado la noche de visita turística por el infierno.
Por suerte, en ese momento entró el padre Kelly. Se detuvo en seco al ver que Vittorini aún no había tocado los cereales. Murmuró un saludo a los dos sacerdotes, se sentó y miró un instante a un turbado padre Brian.
–Es la verdad, William, lo veo medio ido. ¿Insomnio?
–Un pelín.
El padre Kelly ladeó la cabeza y los miró a los dos.
–¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo anoche mientras estaba fuera?
–Tuvimos un pequeño debate –dijo el padre Brian, removiendo los espantosos copos de maíz.
–¡Un pequeño debate! –dijo el padre Vittorini. Hizo amago de reír, pero se contuvo y se limitó a añadir–: Aquí al sacerdote irlandés le preocupa el papa de Roma.
–Ya vale, padre Vittorini –dijo Kelly.
–Déjelo –dijo el padre Brian.
–Gracias por la venia –dijo el padre Vittorini, con tono muy cortés y asintiendo amablemente–. El papa es fuente constante de respetuosa irritación para una parte del clero irlandés, si no para todo. ¿Por qué no hay un papa que se llame Nolan? ¿Por qué lleva un gorro rojo y no uno verde? Y ya puestos, ¿por qué no se traslada la basílica de San Pedro a Cork o a Dublín, cuando llegue el siglo veinticinco?
–Espero que nadie lo haya propuesto –dijo el padre Kelly.
–Vivo enfadado –dijo el padre Brian–. Y con el enfado, puede que lo haya inferido.
–¿Enfadado por? ¿Y qué lo ha llevado a inferirlo?
–¿No ha oído lo que acaba de decir del siglo veinticinco? –preguntó el padre Brian–. Bien, cada vez que Flash Gordon y Buck Rogers entran volando por las vigas del baptisterio, un servidor se quita de en medio.
El padre Kelly suspiró.
–Ay, Dios, ¿otra vez la misma gracieta?
El padre Brian sintió que la sangre le ardía en las mejillas, pero se esforzó por empujarla hacia regiones más frías de su cuerpo.
–¿Gracieta? La cosa ya no va por ahí. Llevamos un mes entero que si Cañaveral, que si trayectorias, que si astronautas. Cualquiera diría que es Cuatro de Julio, se pasa la mitad de las noches en vela con los cohetitos. O sea, a ver, ¿qué clase de vida es esa?, ¿pasarse la madrugada de parranda con la Medusa que es la máquina esa que te congela el intelecto con solo mirarla? La sensación de que el refectorio puede volar por los aires en cualquier momento no me deja dormir.
–Ya, ya –dijo el padre Kelly–. Pero ¿a qué viene lo del papa?
–El nuevo no, el penúltimo –dijo Brian, agotado–. Enséñele el recorte, padre Vittorini. –Vittorini dudó–. Enséñeselo –insistió Brian, tajante.
El padre Vittorini sacó un pequeño recorte de prensa y lo puso encima de la mesa.
Incluso del revés, el padre Brian pudo leer la mala noticia:
«el papa bendice la conquista del espacio».
El padre Kelly estiró un dedo para tocar con cautela el recorte. Leyó la noticia casi en voz alta, subrayando cada palabra con la uña del dedo:
Castel Gandolfo, Italia, 20 de septiembre.
El papa Pío XII ha dado hoy su bendición a los esfuerzos de la humanidad por conquistar el espacio. El pontífice ha dicho a los delegados del Congreso Internacional de Astronáutica: «Dios no tiene intención de poner límites a los esfuerzos del hombre por conquistar el espacio». El papa recibió a los cuatrocientos delegados de los veintidós países asistentes al congreso en su residencia de verano. «Este congreso de astronáutica posee una gran importancia en la actual exploración del espacio exterior», afirmó el papa. «Concierne a toda la humanidad… El hombre ha de esforzarse por adoptar un nuevo posicionamiento con respecto a Dios y el universo…».
El padre Kelly no terminó la frase.
–¿Cuándo se publicó esta noticia?
–En mil novecientos cincuenta y seis.
–¿Hace tanto? –El padre Kelly soltó el recorte–. No la había leído.
–Me parece que ni usted ni yo leemos mucho, padre –dijo el padre Brian.
–Cualquiera lo habría pasado por alto –dijo Kelly–. Es un artículo pequeñísimo.
–Que incluye una idea enorme –añadió el padre Vittorini, sin perder el buen humor–. La cosa es que… La cosa es que la primera vez que mencioné ese artículo, se cuestionó seriamente mi veracidad. Ya hora vemos que no me he apartado de la verdad.
–Sin duda –se apresuró a decir el padre Brian–, pero, como dijo nuestro poeta William Blake: «Una verdad dicha con malas intenciones, supera a todas las mentiras que puedan concebirse».
–Cierto. –Vittorini relajó aún más su tono afable–. Pero creo que también fue Blake quien escribió: «Quien duda de lo que ve, nunca creerá, hagas lo que hagas. Si el sol y la luna dudaran, desaparecerían de inmediato». De lo más apropiado –añadió el sacerdote italiano–, para la era espacial.
El padre Brian miró fijamente a aquel hombre tan desquiciante.
–Le agradecería que no nos citara a nuestro Blake.
–¿Vuestro Blake? –dijo al hombre delgado y pálido de pelo oscuro y ligeramente abrillantado–. Qué raro, siempre he creído que era inglés.
–Mi madre siempre halló gran consuelo en la poesía de Blake –dijo el padre Brian–. Fue ella quien me dijo que tenía sangre irlandesa por parte de madre.
–No seré yo quien lo niegue –dijo el padre Vittorini–. Pero, volviendo al artículo. Ahora que lo hemos encontrado, me parece buen momento para revisar la encíclica de Pío XII.
El recelo del padre Brian, un segundo conjunto de nervios bajo su piel, se puso a la defensiva.
–¿De qué encíclica me habla?
–Caray, la de los viajes espaciales.
–Esa encíclica no existe.
–Claro que sí.
–¿Una encíclica especial, sobre los viajes espaciales?
–Especial, sí.
El impacto estuvo a punto de tirar de la silla a los dos sacerdotes irlandeses.
Los movimientos del padre Vittorini fueron los del hombre meticuloso que hace limpieza tras una detonación: fuera una pelusa de la manga del abrigo, una o dos migas de tostada en el mantel.
–O sea que –dijo Brian, con voz mortecina– no le bastó con estrecharle la mano a esa panda de astronautas y decirles buen trabajo y demás, sino que encima va y se explaya por escrito sobre el tema…
–No le bastó –dijo el padre Vittorini–. Deseaba, según he oído, abundar en los problemas de la vida en otros planetas y su impacto en el pensamiento cristiano.
Cada una de aquellas palabras, pronunciadas con precisión, pegó aún más a los otros dos a los respaldos de sus sillas.
–¿Según ha oído? –dijo el padre Brian–. ¿Todavía no la ha leído?
–No, pero tengo intención de…
–Usted tiene intención de todo, incluido lo peor. Padre Vittorini, detesto decirle que a veces no habla usted como un sacerdote de la Santa Madre Iglesia.
–Yo hablo –respondió el padre Vittorini– como un sacerdote italiano en cierto modo atrapado que intenta preservar la tensión superficial mientras vadea un pantano eclesiástico en el que lo supera en número una gran horda de clérigos apellidados Shaughnessy y Nulty y Flannery que corren en estampida como caribúes o bisontes cada vez que susurra las palabras «bula papal».
–No me cabe la más mínima duda –y aquí el padre Brian entornó los ojos más o menos en dirección al Vaticano– de que, si hubiese podido estar presente, habría animado usted al Santo Padre a participar en todas esas pamplinas de los viajes espaciales.
–¿Yo?
–¡Usted! Es usted, ¿no?, nosotros no, desde luego, es usted quien trae aquí espuertas de revistas con cohetes en las relucientes portadas y asquerosos monstruos verdes con seis ojos y diecisiete aparatejos persiguiendo a mujeres medio desvestidas por no sé qué luna, ¿no es así? Es usted a quien oigo de madrugada repitiendo la cuenta atrás de diez, nueve, ocho y así hasta uno, a coro con la bestia de la tele mientras los demás estamos acostados con miedo a que los terribles impactos nos saquen hasta los empastes de las muelas. Entre el italiano que tenemos aquí y el que hay en Castel Gandolfo, y que Dios me perdone, ¡se las han apañado para desalentar a todo el clero irlandés!
–Haya paz –dijo por fin el padre Kelly–, los dos.
–Y paz es lo que va a haber, ya me ocuparé yo –dijo el padre Brian, sacando el sobre del bolsillo.
–Guarde eso –dijo el padre Kelly, adivinando el contenido del sobre.
–Déselo de mi parte al pastor Sheldon, por favor.
El padre Brian se levantó con pesadez y miró a su alrededor en busca de la puerta o de otro modo de abandonar el cuarto. Desapareció enseguida.
–¡Mire lo que ha hecho! –dijo el padre Kelly.
El padre Vittorini, verdaderamente afectado, había dejado de comer.
–Pero, padre, pensaba que era una discusión amistosa, que lo dos estábamos de broma, él a voces y yo por lo bajo.
–Pues la ha estirado usted demasiado, ¡y la maldita broma ahora es un problema serio! –dijo Kelly–. Ah, no conoce a William como yo. Lo ha destrozado, la verdad.
–Haré cuanto pueda por arreglarlo…
–¡Arregle mejor los bajos de sus pantalones! Aparte, ahora esto es cosa mía. –El padre Kelly cogió el sobre de la mesa y lo levantó hacia la luz–. Los rayos X del pobre. Ay, Dios. –Corrió escaleras arriba–. ¿Padre Brian? –gritó. Aminoró el paso–. ¿Padre? –Llamó a la puerta–. ¿William?
En la sala del desayuno, solo una vez más, el padre Vittorini recordó que aún tenía algunos copos en la boca. No sabían a nada. Tardó un buen rato en tragárselos.
Fue después del almuerzo cuando el padre Kelly consiguió arrinconar al padre Brian en el lúgubre jardincito de detrás del refectorio para devolverle el sobre.
–Willy, quiero que lo rompa. No pienso permitir que abandone en mitad del partido. ¿Cuánto tiempo llevan con lo mismo?
El padre Brian suspiró, cogió el sobre, pero no lo rompió.
–La cosa ha ido creciendo poco a poco. Al principio yo enumeraba escritores irlandeses y él detallaba óperas italianas. Luego yo describía el Libro de Kells de Dublín y él hacía un repaso al Renacimiento. Gracias a Dios, no descubrió la encíclica papal sobre los condenados viajes espaciales hasta hace poco, si no habría pedido el traspaso a uno de esos monasterios en los que hacen voto de silencio. Aunque me temo que me habría seguido para corear la cuenta atrás de los despegues de Cañaveral con lengua de signos. ¡Menudo abogado tendría el diablo en ese hombre!
–¡Padre!
–Más tarde haré penitencia por ello. Pero es que esa nutria oscura, esa foca, juguetea con el dogma de la Iglesia como si fuese una pelota a rallas. Y me parece estupendo que a las focas les gusten las piruetas, pero lo que digo es que no se mezclen con los auténticos devotos, ¡como usted y yo! Perdóneme el orgullo, padre, pero cada vez que los flautistas se cuelan entre nosotros los arpistas parece que se da una variación en la verdadera melodía, ¿no está de acuerdo?
–Menuda incógnita, Will. Los miembros de la Iglesia deberíamos dar ejemplo de cómo llevarse bien con los demás.
–Alguien debería decírselo al padre Vittorini. Sinceramente, los italianos son los traficantes de influencia de la Iglesia. Ninguno habría sido capaz de no emborracharse durante la Última Cena, estoy seguro.
–Los irlandeses tampoco, creo –musitó el padre Kelly.
–¡Al menos habría esperado a que la cena terminara!
–En fin, qué somos, ¿sacerdotes o barberos? ¿Vamos a seguir rizando el rizo o a rasurar a Vittorini con su propia cuchilla? William, ¿tiene algún plan?
–Quizás llamar a un baptista para que medie.
–¡Déjese de baptistas! ¿Ha leído bien la encíclica?
–¿La encíclica?
–Qué ha estado haciendo usted desde el desayuno, ¿mirar las musarañas o qué? ¡Leamos ese edicto sobre viajes espaciales! Vamos a memorizarlo, al dedillo, ¡y luego le daremos a don cohetes su propia medicina! Venga, vamos a la biblioteca. ¿Cómo dicen los jóvenes hoy día? Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡despegue!
–Algo por el estilo.
–Bueno, pues algo por el estilo. ¡Sígame!
Al entrar en la biblioteca, se cruzaron con el pastor Sheldon, que salía.
–Es inútil –dijo, con una sonrisa, al ver el gesto febril en sus rostros–. No la encontrarán aquí.
–¿Qué no vamos a encontrar? –El padre Brian vio que el pastor estaba mirando la carta que aún tenía pegada a los dedos, y la escondió enseguida–. ¿Qué no vamos a encontrar, señor?
–Una nave espacial es un pelín grande para nuestra modesta sede –dijo el pastor en un pobre intento de sonar enigmático.
–¿El italiano ya le ha dado la tabarra, entonces? –gritó el padre Brian, consternado.
–No, pero aquí los ecos se oyen por todas partes. He venido a comprobarlo.
–¿Y bien? –resolló aliviado el padre Brian–. ¿Está de nuestra parte?
La mirada del pastor Sheldon se entristeció un poco.
–¿Hay partes en todo esto, padres?
Los tres pasaron a la biblioteca, donde el padre Brian y el padre Kelly se sentaron con incomodidad en el borde de unas sillas duras. El pastor Sheldon se quedó de pie, consciente de su desagrado.
–Bien. ¿Qué temen del padre Vittorini?
–¿Temor? –El padre Brian pareció extrañado con aquella palabra y levantó la voz–: Más bien es enfado.
–Una cosa lleva a la otra –admitió Kelly–. Verá, pastor –prosiguió–, en general es como si desde un pueblecito de la Toscana tiraran piedras a Maynooth, que, como sabe, queda a pocos kilómetros de Dublín.
–Soy irlandés –dijo el pastor, con paciencia.
–Cierto, pastor, razón de más para que no entendamos su tranquilidad ante este desastre –dijo el padre Brian.
–Soy irlandés californiano –dijo el pastor.
Dejó que aquello calara. Cuando hubo tocado fondo, el padre Brian gruñó pesaroso.
–Ah. Lo habíamos olvidado.
Y miró al pastor y vio el moreno reciente, la complexión bronceada de quien caminaba con la cara hacia el cielo como un girasol, incluso allí en Chicago, para absorber un mínimo de luz y calor con que poder conservar el color y la vida. Un hombre con la figura, todavía, de un jugador de bádminton y un tenista bajo el hábito, y con las manos finas y firmes de una estrella del balonmano. En el púlpito, por los aspavientos que hacía, podías imaginártelo nadando bajo el cielo de California.
El padre Kelly dejó escapar algo parecido a una risa.
–Ay, las pequeñas ironías, los simples azares. Padre Brian, ¡aquí tiene a su baptista!
–¿Baptista? –preguntó el pastor Sheldon.
–Sin ánimo de ofender, pastor, pero íbamos en busca de un mediador, y aparece usted, un irlandés de California, que conoce los vientos invernales de Illinois desde hace poco y todavía recuerda los jardines bien cortados y el bronceado en enero. Nosotros dos nacimos y nos criamos en Cork y en Kilcock, pastor. Ni en veinte años nos derretiríamos en Hollywood. Y, en fin, ¿no se dice eso de que California…? –Hizo una pausa–. ¿Se parece mucho a Italia?
–Ya veo adónde quiere llegar –murmuró el padre Brian.
El pastor Sheldon asintió, con el gesto a la vez tierno y levemente triste.
–Mi sangre es como la suya. Pero el clima que me dio forma se parece al de Roma. Ya ve, padre Brian, que cuando le he preguntado si hay partes, lo he hecho con el corazón.
–Irlandés, pero no irlandés –lamentó el padre Brian–. Casi italiano, pero no del todo. Ah, el mundo nos gasta bromas a costa de nuestra piel.
–Solo si se lo permitimos, William, Patrick. –Los dos se sorprendieron al oír sus nombres de pila–. Pero todavía no me han contestado: ¿De qué tienen miedo?
El padre Brian se miró las manos, que se enzarzaron unos instantes como dos luchadores desconcertados.
–Caray, pues porque justo cuando parece que las cosas se tranquilizan en la Tierra, justo cuando parece que divisamos la victoria, que la Iglesia avanza con paso firme, se presenta el padre Vittorini…
–Discúlpeme, padre –dijo el pastor–. Se presenta la realidad. Se presenta el espacio, el tiempo, la entropía, el progreso…, se presentan un millón de cosas, siempre. Los viajes espaciales no los ha inventado el padre Vittorini.
–No, pero los ve con buenos ojos. Con él, «todo empieza en el misticismo y termina en la política». En fin. No importa. Yo guardaré mi shillelagh si él quita de en medio sus cohetes.
–No, que quede todo bien a la vista –respondió el pastor–. Mejor no ocultar la violencia ni las maneras especiales de viajar. Mejor trabajar con ello. ¿Por qué no nos subimos a ese cohete, padre, y aprendemos algo?
–¿Aprender qué? ¿Que la mayoría de las cosas que en el pasado hemos aprendido en la Tierra no sirven en Marte o en Venus o adonde demonios vaya a empujarnos Vittorini? ¿Expulsar a Adán y Eva de un Paraíso nuevo en Júpiter con los fuegos de nuestros propios cohetes? O peor, ¡¿descubrir que no hay Paraíso, ni Adán, ni Eva, ni la puñetera manzana ni la serpiente, ni Caída, ni pecado original, ni Anunciación, ni Encarnación, ni Hijo, nada de nada, acabe usted la lista, en un mundo detrás de otro?! ¿Es eso lo que debemos aprender, pastor?
–De ser necesario, sí –dijo el pastor Sheldon–. Es el espacio del Señor, y los mundos del Señor en el espacio, padre. No hace falta que llevemos nuestras catedrales con nosotros, si lo único necesario es un equipaje de mano. La Iglesia cabe en la misma caja en la que entran los objetos necesarios para la misa, cuanto estas manos pueden llevar. Concédale esto al padre Vittorini: los pueblos de los climas sureños aprendieron hace mucho a trabajar con cera, que se derrite y se moldea con arreglo a los movimientos y las necesidades del hombre. William, William… Si se empeña usted en construir sobre hielo duro, se hará pedazos cuando traspasemos la barrera del sonido, o el fuego de la ignición del cohete lo derretirá y lo dejará sin nada.
–Eso –dijo el padre Brian– cuesta entenderlo con cincuenta años, padre.
–Pero aprenda, sé que lo hará –dijo el pastor, tocándole el hombro–. Le impongo una tarea: hacer las paces con el sacerdote italiano. Encuentre esta noche un punto de entendimiento. Cúrreselo, padre. Y, lo primero, ya que nuestra biblioteca es escasa, busque la encíclica del espacio, y así sabremos a qué viene tanta alharaca.
El pastor se fue unos segundos después.
El padre Brian escuchó el sonido mortecino de sus rápidos pasos…, como si hubiese una pelota blanca suspendida en el aire dulce y azul y el pastor hubiese echado a correr para ejecutar una volea perfecta.
–Irlandés, pero no irlandés –dijo–. Casi italiano, pero no del todo. ¿Y ahora qué hacemos, Patrick?
–Lo mismo iba a preguntarme yo –fue su respuesta.
Aquella noche, mucho después de la cena, casi a la hora de acostarse, de hecho, el padre Kelly, llevando a cabo su misión, iba por el refectorio llamando a las puertas y susurrando.
A las diez y poco, el padre Vittorini bajó las escaleras y ahogó un grito de sorpresa.
El padre Brian, junto a la chimenea en desuso, calentándose delante de la estufita de gas que había dentro del hogar, ni siquiera se volvió.
Habían despejado una parte de la sala y colocado el tosco televisor frente a un semicírculo de cuatro sillas, entre las cuales había dos taburetes pequeños en los que había dos botellas y cuatro vasos. El padre Brian se había ocupado de todo, sin dejar que Kelly hiciera nada. Al fin se volvió, pues acababan de llegar Kelly y el pastor Sheldon.
El pastor se detuvo en el umbral y escrutó la sala.
–Espléndido. –Tras una pausa, añadió–. Creo. Déjeme ver… –Leyó la etiqueta de la botella–. Padre Vittorini, siéntese aquí.
–¿Al lado de la cerveza irlandesa? –preguntó Vittorini.
–El mismo –dijo el padre Brian. Vittorini, encantadísimo, se sentó.
–Entiendo que los demás nos sentamos al lado del Lacryma Christi…
–Es un vino italiano, pastor.
–Me suena –dijo el pastor, y se sentó.
–Tenga. –El padre Brian se acercó corriendo y, sin mirar a Vittorini, se sirvió un buen vaso de cerveza irlandesa–. Una transfusión irlandesa.
–Permítame. –Vittorini asintió a modo de agradecimiento y se levantó para, a su vez, servir un vaso a los demás–. Las lágrimas de Cristo y el sol de Italia –dijo–. Y ahora, antes de que bebamos, tengo algo que decir. –Los otros esperaron, mirándolo–. La encíclica papal sobre los viajes espaciales –dijo por fin–, no existe.
–Ya lo sabemos –dijo Kelly–, desde hace unas horas.
–Perdónenme, padres –dijo Vittorini–. Soy como el pescador en la orilla que, al ver un pez, echa al agua más carnada. Sospeché desde el principio que no existía tal encíclica. Pero cada vez que se nombraba, por la ciudad, oía a tantos sacerdotes de Dublín negando su existencia que terminé por pensar: ¡tiene que existir! Nadie comprobaba si era cierto o no, por miedo a que existiera. En mi orgullo, no investigué por miedo a que no existiera. O sea que, el orgullo romano y el orgullo de Cork son la misma cosa. No tardaré en hacer retiro y guardar silencio durante una semana, pastor, como penitencia.
–Bien, padre, bien. –El pastor Sheldon se levantó–. Bueno, tengo que anunciar algo. El mes que viene llegará un nuevo sacerdote. Llevaba mucho tiempo pensándolo. Es italiano, oriundo de Montreal. –Vittorini cerró un ojo e intentó imaginar a aquel hombre–. Si la Iglesia ha de serlo todo para todos los pueblos –dijo el pastor–, me intriga la idea de la sangre caliente criada en un clima frío, como es el caso de este italiano, como considero fascinante el mío, sangre fría criada en California. Nos hace falta otro italiano para revolucionar un poco las cosas, y al parecer este latino va a revolucionar incluso al padre Vittorini. Bien, ¿alguien propone un brindis?
–¿Me permite, pastor? –El padre Vittorini se levantó de nuevo, con una sonrisa dulce, un fulgor oscuro en los ojos, mirando a uno y luego a otro. Alzó el vaso–. ¿No menciona Blake en alguna parte las maquinarias de la alegría? O sea, ¿no promovió Dios los entornos para intimidar luego las naturalezas, trayendo la carne a la existencia, hombres y mujeres juguetes por igual, pues qué somos sino eso? Y así, felizmente dotados, en nuestro mejor momento, de gracia e ingenio, en mediodías calmos, en climas suaves, ¿no somos nosotros las maquinarias de la alegría de Dios?
–Si Blake dijo eso –dijo el padre Brian–, lo retiro todo. ¡Nunca vivió en Dublín!
Todos rieron.
Vittorini dio un sorbo a la cerveza y quedó sin habla.
Los demás bebieron vino italiano y al poco se suavizaron, y desde aquella suavidad, dijo el padre Brian en voz alta:
–Vittorini, vamos, por impío que sea, ¿quiere encender al fantasma?
–¿Canal nueve?
–¡Sea el nueve!
Y mientras Vittorini pulsaba los botones, el padre Brian, con el vaso en los labios, musitó para sí:
–¿De verdad Blake dijo eso?
–La cosa es, padre –dijo Vittorini, inclinado ante los fantasmas que iban y venían por la pantalla–, que podría haberlo dicho, si hubiese vivido hoy. Lo he escrito yo, esta noche.
Todos miraron con asombro al italiano. Luego el televisor emitió un zumbido y se sintonizó, y apareció un cohete, muy lejos, preparándose.
–Las maquinarias de la alegría –dijo el padre Brian–. ¿Y la que acaba de sintonizar es una de ellas? ¿Y eso de ahí es otra? ¿El cohete en su plataforma?
–Esta noche, podría serlo –murmuró Vittorini–. Si despega, con un hombre dentro, y rodea el mundo, y ese hombre sigue vivo, y nosotros con él, aunque estemos aquí sentados… Sería una alegría, sin duda.
El cohete estaba casi listo, y el padre Brian cerró los ojos un instante. Perdóname, Señor, pensó, perdona el orgullo de este viejo, y perdona a Vittorini sus desdenes, y ayúdame a entender lo que voy a ver esta noche, y permite que no me duerma de ser necesario, que no pierda el humor, hasta el amanecer, y permite que la cosa salga bien, que despegue y aterrice, y no piensa en el hombre en ese aparato, Señor, piensa en él y no lo abandones. Y ayúdame, Dios, ya en pleno verano, pues, sin duda alguna, la noche del Cuatro de Julio, Vittorini y los niños del barrio saldrán al jardín del refectorio, a lanzar fuegos artificiales. Todos mirando al cielo, como en la mañana de la Redención, y ayúdame, oh Señor, a ser como esos niños ante la gran noche del tiempo y el vacío en la que habitas. Y ayúdame, Señor, a encender el siguiente cohete el Día de la Independencia, y a apoyar al sacerdote italiano, y que cubra mi rostro la misma expresión de deleite que la del niño en presencia de las glorias ardientes que has puesto a nuestro alcance y nos permites saborear.
Abrió los ojos.
Las voces de Cañaveral gritaban en una ráfaga de tiempo. Extrañas fuerzas fantasmales se abatían sobre la pantalla. Estaba apurando el vino cuando alguien le tocó suavemente el codo.
–Padre –dijo Vittorini, cerca–. Abróchese el cinturón.
–Ahora mismo –dijo el padre Brian–. Ahora mismo. Muchas gracias.
Se recostó en la silla. Cerró los ojos. A la espera del estallido. A la espera del fuego. A la espera del impacto y de la voz que iba a enseñarle algo ridículo, algo extraño, algo alucinante y milagroso: la cuenta atrás, siempre hacia atrás…, hasta cero.
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