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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

las vacaciones

spanish

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La hierba que crecía, las nubes que pasaban y el vuelo rasante de las mariposas otorgaban al día toda su frescura. Un día compuesto de los silencios de las abejas y las flores y el océano y la tierra, que no eran silencios sino movimientos, revuelos, revoloteos, ascensos, descensos, todos con su tiempo y su ritmo inigualables. La tierra no se movía, pero se movía. El mar no estaba en calma, pero estaba en calma. Fluían las paradojas, se mezclaban las quietudes, los sonidos. Las flores vibraban y las abejas caían sobre los tréboles en pequeños aguaceros independientes de lluvia dorada. Los mares de colinas y los mares oceánicos estaban separados del movimiento del otro por una vía ferroviaria, vacía, hecha de óxido y tuétano férrico, una vía por la que, era obvio, hacía muchos años que no circulaba ningún tren. Unos cincuenta kilómetros al norte, se arremolinaba hacia nieblas lejanas, y unos cincuenta kilómetros al sur tunelaba sombras de nubes como islas que cambiaban ante tus ojos su posición continental en las laderas de montañas distantes.
Entonces, de repente, la vía empezó a temblar.
Un mirlo, posado en el raíl, sintió un ritmo que levemente se aceleraba, a kilómetros de distancia, como un corazón que empezara a latir.
El mirlo echó a volar por encima del mar.
La vía siguió vibrando suavemente hasta que, al fin, por una de las curvas y en paralelo a la orilla, apareció una dresina, con su motor de dos cilindros petardeando y traqueteando en aquel gran silencio.
En el pequeño vagón de cuatro ruedas, en un banco doble que miraba en dos direcciones bajo un pequeño palio de calesa a modo de sombrilla, iban sentados un hombre, su mujer y su hijo de siete años. A medida que la dresina avanzaba por el solitario tramo de vía, el viento les azotaba los ojos y les revolvía el pelo, pero nunca miraban atrás, solo hacia delante. A veces sus rostros se entusiasmaban conforme una curva se desplegaba, a veces se apenaban enormemente, pero su expectación jamás decaía, listos para la siguiente escena.
Al llegar a una recta plana, el motor se ahogó y se paró en seco. En el silencio repentino y aplastante, parecía que la quietud de la tierra, el cielo y el mar, con su fricción, hubiesen detenido las ruedas del vehículo.
–Nos quedamos sin gasolina.
Con un suspiro, el hombre echó mano del bidón extra en el pequeño cajón de almacenaje y empezó a rellenar el tanque.
Su mujer y su hijo, sentados en silencio, miraban el mar, escuchando el estruendo amortiguado, el susurro, la retirada de enormes tapices de arena, grava, algas verdes y espuma.
–Qué bonito está el mar, ¿no? –dijo la mujer.
–Me gusta –dijo el niño.
–¿Hacemos un pícnic aquí, ya que estamos?
El hombre miró con los prismáticos hacia la península verde más adelante.
–Pues sí. Los raíles están muy oxidados. Más adelante hay una brecha. Va a tocar esperar mientras recoloco algunos tramos.
–Cada vez que hay una –dijo el niño–, ¡hacemos un pícnic!
La mujer intentó sonreír, luego volvió su gesto serio hacia el hombre.
–¿Cuánto hemos avanzado hoy?
–Menos de ciento cincuenta kilómetros. –El hombre seguía mirando por los prismáticos, con los ojos entornados–. En cualquier caso, no me gusta hacer más al día. Si corres, no hay tiempo de ver nada. Llegaremos a Monterey pasado mañana, y al otro a Palo Alto, si os apetece.
La mujer se quitó su gran pamela de paja, que había llevado atada a su pelo dorado con una brillante cinta amarilla, y se alejó de la máquina, sudando ligeramente. Llevaban tantos kilómetros sin apearse de la traqueteante dresina que el movimiento se les había metido en el cuerpo. Ahora, con la pausa, se sentían raros, a punto de desmoronarse.
–¡A comer!
El niño corrió a la orilla con la cesta de mimbre en los brazos.
El niño y la mujer ya estaban sentados junto a un mantel desplegado cuando el hombre llegó, vestido de traje, con chaleco, corbata y sombrero, como si de camino esperara encontrarse con alguien. Mientras repartía los sándwiches y sacaba pepinillos de sus frescos tarros verdes, empezó a aflojarse la corbata y a desabotonarse el chaleco sin dejar de mirar a su alrededor, como si debiera ser precavido por si tuviera que abotonárselo de nuevo.
–¿Estamos solos, papá? –dijo el niño con la boca llena.
–Sí.
–¿No hay nadie más?
–Nadie.
–¿Antes había gente?
–¿Por qué preguntas siempre lo mismo? No ha pasado tanto tiempo. Solo unos meses. Lo recuerdas.
–Poco. Y si me esfuerzo, no recuerdo lo más mínimo. –El niño dejó caer entre los dedos un puñado de arena–. ¿Había tantas personas como arena en esta playa? ¿Qué les pasó?
–No lo sé –dijo el hombre, y era verdad.
Habían despertado una mañana y el mundo estaba vacío. En el tendedero de los vecinos había ropa blanca colgada al viento, los coches relucían delante de las demás casas a las siete de la mañana, pero no hubo despedidas, la ciudad no bullía con su intenso tráfico arterial, los teléfonos no se alarmaban, los niños no lloriqueaban en la jungla de girasoles.
La noche anterior, estaba sentado con su mujer en el porche delantero cuando repartieron el periódico vespertino, y, sin atreverse siquiera a mirar los titulares, dijo:
–A ver cuándo se cansa Dios de nosotros y nos borrar del mapa…
–La cosa ha ido demasiado lejos –dijo ella–. Y no para. Somos unos tontos, ¿verdad que sí?
–Estaría bien… –Encendió la pipa y le dio una calada–, que mañana despertáramos y todo el mundo hubiera desaparecido y todo empezara de cero. –Siguió fumando, el periódico doblando en la mano, la cabeza reposada en la silla.
–Si pudieras apretar un botón y hacerlo realidad, ¿lo harías?
–Creo que sí –dijo–. Nada violento. Que todo el mundo se desvaneciera de la faz de la tierra, así sin más. Que solo quedaran la tierra y el mar, y las cosas que crecen, como las flores y la hierba y los frutales. Y los animales también, claro. Todo salvo el hombre, que caza sin hambre, come sin ganas y es ruin, aunque nadie lo haya importunado.
–Nosotros nos salvaríamos, obviamente. –Sonrió con dulzura.
–Estaría bien –dijo él, pensativo–. Con todo el tiempo por delante. Las vacaciones de verano más largas de la historia. Y nosotros por ahí en el pícnic más largo que se recuerda. Solos tú, yo y Jim. Sin trabajar. Sin tener que mantener las apariencias. Sin coche siquiera. Me gustaría encontrar otro modo de viajar, uno más clásico. Luego, llenar una cesta con sándwiches, tres botellas de refresco, coger lo que necesites de las tiendas vacías en los pueblos vacíos, y un verano eterno por delante…
Se quedaron un buen rato sentados en el porche, en silencio, con el periódico doblado entre los dos.
Finalmente, ella abrió la boca.
–¿No nos sentiríamos solos? –dijo.
Así fue como llegó la mañana del nuevo mundo. Habían despertado con los sonidos suaves de una tierra que ahora era poco más que un prado, cuyas ciudades se sumían en mares de hierbasable, caléndulas, margaritas y campanillas. Al principio se lo tomaron con extraordinaria calma, quizás porque hacía muchos años que detestaban la ciudad, y tenían amigos que no eran verdaderos amigos, y habían vivido encajonados y apartados de sus vidas en una colmena mecánica.
El marido se levantó y se asomó a la ventana y observó con mucha calma, como si fuese un contratiempo atmosférico.
–Todo ha desaparecido. –Y lo supo por los ruidos que la ciudad había dejado de hacer.
Desayunaron tranquilamente, pues el niño seguía durmiendo. Luego el marido se recostó en la silla.
–Hay que planear qué vamos a hacer –dijo.
–¿Hacer? Caray…, a ver, tú te vas a trabajar, obviamente.
–No te lo terminas de creer, ¿a que no? –Rio–. Que se acabó lo de salir corriendo cada mañana a las ocho y diez, que Jim no va a ir al colegio nunca más. ¡Fin del colegio para todos! Se acabaron los lápices, los libros, ¡la cara de chulo del jefe! Somos libres, querida, y no vamos a volver nunca más al puñetero muermo de las rutinas. ¡Venga!
Y la llevó a recorrer las calles quietas y vacías de la ciudad.
–No han muerto –dijo él–. Han…, desaparecido sin más.
–¿Y las demás ciudades?
Entró en una cabina telefónica y llamó a Chicago, luego a Nueva York, luego a San Francisco.
Silencio, silencio, silencio.
–Nada –dijo, colgando el auricular.
–Me siento culpable –dijo ella–. Han desaparecido todos, y nosotros aquí. Y… me siento feliz. ¿Por qué? No debería sentirme feliz.
–¿Por qué no? No es ninguna tragedia. Nadie los ha torturado ni reventado ni calcinado. Han desaparecido tranquilamente y sin enterarse. Y ahora no le debemos nada a nadie. Nuestra única responsabilidad es ser felices. Treinta años más de felicidad, ¿no sería estupendo?
–Pero…, ¡entonces debemos tener más niños!
–¿Para repoblar el mundo? –Meneó la cabeza despacio, con calma–. No. Que Jim sea el último. Y cuando él ya no esté, que los caballos y las vacas y las ardillas y las arañas se queden con el mundo. Saldrán adelante. Y algún día, otras especies capaces de combinar una felicidad natural con una curiosidad natural levantarán ciudades que no se parecerán en nada a las nuestras, y sobrevivirán. Por ahora, preparemos una cesta, despertemos a Jim y demos comienzo a treinta largos años de vacaciones de verano. ¡A ver quien llega antes a casa!
Cogió un mazo de la dresina, y durante la media hora que estuvo trabajando a solas recolocando los raíles oxidados, la mujer y el niño corretearon por la orilla. Regresaron con caracolas chorreantes, una decena o más, y varios guijarros rosas preciosos, y se sentaron y la madre dio clases al niño, que hizo los deberes en una libreta durante un rato, y luego a mediodía regresó el hombre, con la chaqueta quitada, la corbata a un lado, y bebieron refresco de naranja mientras observaban cómo las burbujas ascendían por el interior de las botellas hasta apelotonarse. Todo estaba tranquilo. Escucharon cómo el sol ajustaba los viejos raíles de hierro. El olor a alquitrán caliente en las junturas los rodeaba con el viento salado mientras el marido le daba a su mapa de carreteras unos golpecitos suaves y delicados.
–El mes que viene, mayo, iremos a Sacramento, luego seguiremos hacia Seattle. Deberíamos llegar a principios de julio, julio es un buen mes para estar en Washington, luego volvemos a bajar a medida que el tiempo se enfríe, hacia Yellowstone, varios kilómetros diarios, allí podremos cazar y pescar…
El niño, aburrido, se fue a lanzar palos al mar y luego se metía como un perro para recuperarlos.
–Invierno en Tucson –continuó el hombre–, luego, durante parte de invierno, seguiremos hacia Florida, en paralelo a la costa en primavera, y quizás alcancemos Nueva York en junio. Dentro de dos años, verano en Chicago. Y dentro de tres años, en invierno, ¿qué tal Ciudad de México? Adonde nos lleven las vías, donde sea, y si damos con una ramificación desconocida, qué puñetas, la cogemos igual y seguimos, a ver dónde acabamos. Y cualquier año, os juro por Dios que bajaremos el Misisipi en barco, siempre he querido hacerlo. Da para toda una vida. A todo eso es a lo que quiero dedicar la mía…
Su voz se apagó. Empezó a trastear con el mapa para plegarlo, pero, antes de que pudiera moverse, algo brillante cruzó el aire y dio contra el papel. Resbaló hasta la arena y formó un grumo húmedo.
Su mujer miró el punto húmedo en la arena y enseguida buscó la cara de su marido. Sus ojos solemnes brillaban demasiado. Y en una de sus mejillas había un rastro de humedad.
Ella ahogó un grito. Lo cogió de la mano y se la apretó, fuerte.
Él se aferró fuertemente a la de ella, con los ojos ahora cerrados, y despacio, con dificultad, dijo:
–Estaría bien que esta noche nos fuéramos a dormir y durante la noche, de alguna manera, regresara todo. Todas las tonterías, todo el ruido, todo el odio, todo lo terrible, todas las pesadillas, toda la gente mala y los niños imbéciles, todo el jaleo, toda la insignificancia, toda la confusión, toda la esperanza, toda la necesidad, todo el amor. Estaría bien.
Ella espero y asintió una vez. Luego ambos se sobresaltaron.
Porque delante de ellos, acababan de advertirlo, estaba su hijo, con una botella de refresco vacía en la mano.
El niño estaba pálido. Con la otra mano, tocó la mejilla de su padre, donde había quedado el rastro de la única lágrima.
–Ay –dijo–. Ay, papá. Tú tampoco tienes con quién jugar.
La mujer fue a hablar.
Su marido hizo ademán de coger la mano del niño.
El niño retrocedió de un salto.
–¡Tontos! ¡Ay, qué tontos! ¡Tontos estúpidos! Ay, ¡qué tontos, qué tontos! –Y, girando sobre sus talones, corrió hasta el océano y allí se quedó, llorando a pleno pulmón.
La mujer se levantó para seguirlo, pero el marido la detuvo.
–No. Déjalo.
Y ambos, callados, se quedaron fríos. Porque el niño, en la orilla, sin dejar de llorar, estaba escribiendo en una hoja de papel que luego metió en la botella de refresco y, tras ponerle de nuevo el tapón, levantó la botella centelleante y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el aire y las olas del mar.
¿Qué ha escrito en esa nota?, pensó la mujer. ¿Qué hay en la botella?
La botella se alejó entre el oleaje. El niño dejó de llorar.
Un buen rato después, regresó de la orilla y se quedó mirando a sus padres. Su gesto no era luminoso ni sombrío, no había en él vida ni muerte, ni disposición ni resignación; era más bien una curiosa mezcla que se limitaba a aceptar el tiempo, la intemperie y a aquellas personas. Sus padres lo miraron y luego hacia la bahía, donde la botella con la nota manuscrita casi se había perdido de vista, brillando entre las olas.
¿Ha escrito lo que queríamos nosotros?, pensó la mujer. ¿Ha escrito lo que nos ha oído desear, lo que hemos dicho?
¿O ha escrito algo para sí?, se preguntó, ¿que mañana despierte y se vea solo en un mundo vacío, sin nadie alrededor, ni hombre, ni mujer, ni padre, ni madre, ni adultos que piden deseos absurdos, para poder regresar a la vía y conducir la dresina, un niño solitario, por el continente salvaje, en viajes y pícnics eternos?
¿Es eso lo que ha escrito en su nota? ¿Qué?
Escrutó sus ojos incoloros, no halló la respuesta; no se atrevió a preguntar.
Sombras de gaviotas los sobrevolaron y cubrieron sus rostros con un frío súbito y pasajero.
–Hora de irse –dijo alguien.
Cargaron la cesta de mimbre en la dresina. La mujer se puso de nuevo la pamela y se la aseguró con la cinta amarilla, luego dejó en el suelo de madera el cubo del niño lleno de caracolas, luego su marido se puso la corbata, el chaleco, la chaqueta, el sombrero y los tres se sentaron en el banco del vehículo mirando el mar en el que la botella con la nota se había perdido, parpadeando, por el horizonte.
–¿Basta con pedirlo? –dijo el niño–. ¿Los deseos se cumplen?
–A veces… demasiado.
–Depende de lo que pidas.
El niño asintió, con la mirada en el infinito.
Volvieron la vista atrás, y luego de nuevo hacia delante, hacia donde se dirigían.
–Adiós, lugar –dijo el niño, y se despidió con la mano.
El vehículo avanzó por las vías oxidadas. El ruido que hacía menguó hasta desaparecer. El hombre, la mujer y el niño menguaron a su vez en la distancia, entre las colinas.
Cuando desaparecieron, las vías temblaron ligeramente un par de minutos y luego se detuvo. Cayó una lasca de óxido. Una flor cabeceó.
El mar hacía mucho ruido.
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