lázaro, levántate y anda
spanish
Logan tenía una risa desagradable.
–Hay otro cuerpo en el compartimento estanco, Brandon. Sube la escala y echa un ojo.
Había un brillo verdoso en los ojos de Logan, impacientes y decididos. Eran feos, obscenos.
Brandon maldijo entre dientes. Ambas personalidades abarrotaban la sala de aquella nave morgue. Aparte de eso, había decenas de baldas gélidas con cuerpos que se congelaban en silencio, y se oía la vibración insistente de las mesas de autopsias, con la maquinaria que giraba debajo. Logan era como una maquinita que nunca paraba de hablar.
–Déjame en paz. –Brandon se levantó, alto y consumido por los años, parecía más viejo que un meteorito agujereado–. Y cállate.
Logan dio una calada a su cigarrillo.
–¿Te da miedo subir? ¿Te da miedo que el siguiente cuerpo que recojamos sea el de tu hijo?
Brandon alcanzó a Logan de una zancada, y, mientras la nave morgue se deslizaba por el espacio, cogió al forense por las solapas del uniforme junto con los huesecitos que este contenía y lo estampó contra la pared, aplastándolo hasta que Logan no pudo respirar. Logan resoplaba, con ojos indefensos. Intentó hablar, pero solo alcanzó a gruñir como un cerdo atorado. Hizo aspavientos con sus brazos cortos.
Brandon lo mantuvo ahí, crucificado, con un puño.
–Te lo he dicho. Deja que busque el cuerpo de mi hijo a mi manera. Tu cháchara me sobra.
Los ojos de Logan empezaban a perder su brillo, iban cegándose y nublándose. Brandon dio un paso atrás y soltó al pequeño auxiliar. Logan cayó débilmente al suelo metálico, la boca ávida de oxígeno, las narinas dilatadas en busca de aire. Brandon observó el rostro pequeño de Logan desde arriba, el cuerpo encorvado y casi asfixiado, cómo el rojo y la rabia se disparaban con cada segundo.
–¡Cobarde! –logró espetar Logan–. Llevas la cobardía en la sangre. Gallina. No estuviste en la guerra. Nunca ayudaste a la Tierra contra Marte.
–Cállate –dijo Brandon, como si hablara a cámara lenta.
–¿Por qué? –Logan retrocedió a rastras, se levantó muy despacio apoyándose contra el casco metálico. Las bombas de sangre bajo las mesas trabajaban en el silencio cálido–. ¿Duele la verdad? Tu hijo estaría orgulloso de ti, claro que sí. ¡Ja! –Tosió y escupió–. Se avergonzaba tanto de ti que se alistó para los combates espaciales. Y se perdió de regreso a su nave durante una batalla. –Logan se lamió los labios con mucho cuidado–. Y, para compensar aquello, te metiste en una nave morgue. Para intentar encontrar su cuerpo. Para intentar enmendarlo. Te conozco. Jamás te alistarías en los Guerreros Espaciales para luchar. Te faltan agallas. Tuviste que buscarte un trabajito fácil en una nave morgue…
En las mejillas demacradas de Brandon aparecieron unas arrugas, tenía los ojos cerrados, los párpados pálidos.
–Alguien tiene que recoger los cuerpos después de la batalla –dijo, intentando creérselo–. No pueden volar eternamente en sus propias órbitas. Merecen que los entierren.
La inquina de Logan alcanzó cotas aún más bajas.
–¿A quién intentas convencer? –Se había puesto de pie–. En mi caso es distinto. Yo estoy en esta nave por derecho propio. Estuve en otra guerra.
–Eres un mentiroso –respondió Brandon–. Ibas en un remolcador de minerales, buscando radio de asteroide en asteroide. Aceptaste el trabajo en esta nave morgue para poder seguir buscando radio, y de paso recoges cuerpos.
Logan rio por lo bajo, pero sin ápice de humor.
–¿Y? Al menos yo no soy un cobarde. Freiré vivo a quien se interponga en mi camino. –Lo pensó mejor–. Salvo que –añadió– me ofrezcan dinerito.
Brandon dio media vuelta, asqueado. Se obligó a subir la escala hacia el compartimento estanco, donde yacía aquel cuerpo nuevo, aquel mortinato que la garra colectora acababa de traer del espacio. Las palmas de sus manos dejaban restos de sudor en los peldaños. Mientras subía, quebraba con un ruido suave el frío silencio metálico.
El cuerpo yacía en el centro del compartimento estanco, donde antes habían yacido otros miles. Su postura era la del duermevela plácido, relajado, el de alguien que no volvería a hablar nunca más.
Brandon contuvo el aliento. Aturdido, se dio cuenta de que no era su hijo. Cada vez que encontraban un cuerpo, temía y a la vez esperaba que fuese Richard. Richard, el de la risa fácil, la sonrisa agradable y el pelo negro y rizado. Richard, que ahora flotaba en alguna parte hacia una eternidad lejana.
Las pupilas de Brandon se dilataron. Se puso de rodillas y sus ojos, como dardos eficientes, cubrieron los puntos cruciales de aquel uniforme desconocido que contenía el cuerpo de un joven. El corazón se le aceleró unos instantes, y cuando se levantó, parecía por sus movimientos que le hubiesen golpeado en plena cara. Caminó despacio hacia los peldaños.
–Logan –exclamó–. Logan, sube. Rápido. –Logan subió con pereza, escupiendo gruñidos y humo–. Mira –dijo Brandon, arrodillándose junto al cuerpo.
Logan miró, y no se lo pudo creer.
–¿De dónde cojones ha salido eso?
Allí tumbado, la cara de aquel cuerpo parecía nieve enmarcada por el pelo negro ébano. Los ojos eran joyas azules incrustadas en la nieve. Tenía los dedos finos apoyados en las caderas. Pero más importante era el corte del uniforme de un plateado metálico, el cinturón gris y el triángulo de bronce sobre su silencioso corazón, con el número cincuenta y uno inscrito.
Logan se sujetó con fuerza a los peldaños.
–Trescientos años –susurró–. Tiene trescientos años –dijo.
–Sí. –A Brandon le bastó con aquel número cincuenta y uno–. Después de tres siglos, está en perfectas condiciones. Mira qué tranquilo está. La mayoría de los cadáveres no tiene un rostro…, hermoso. Hace trescientos años pasó algo, y lleva desde entonces flotando solo y a la deriva. Creo… –Brandon contuvo el aliento.
–¿Qué pasa? –soltó Logan.
–Este hombre –dijo Brandon en tono inquisitivo– se suicidó.
–¿Por qué lo sabes?
–No tiene marcas de descompresión, ni de fuerza centrífuga, tampoco de desintegradores ni quemaduras por rayos. Saltó de una nave sin más. ¿Por qué querría suicidarse un científico del Círculo Cincuenta y uno?
–En aquellos años también había guerras –dijo Logan–. Pero esta es la primera vez que veo un fiambre de esa época. Es imposible. Los meteoritos tendrían que haberlo dejado hecho un desastre.
A Brandon lo recorrió un cosquilleo extraño.
–Cuando era niño, recuerdo que hojeaba libros de historia y leía sobre los científicos del Círculo Cincuenta y uno que estaban realizando trabajos de experimentación en Plutón, allá por el año dos mil cien. Memoricé sus uniformes, y esta insignia de bronce. Para mí es inconfundible. Se rumoreaba que estaban experimentando con nuevo armamento de energía universal. –Brandon dejó de hablar y miró el sosegado duermevela de aquel científico desgarbado–. Y ahora aparece. Uno de los cincuenta y uno originales. Me pregunto qué sucedió… Quizás intentó llegar a la Tierra y tuvo que lanzarse al espacio para escapar de los marcianos. Logan, tenemos historia entre las manos, sacada del espacio, fría y descarnada.
Logan rio, incómodo.
–Ya. Bueno, ojalá tuviéramos esa arma ahora. Por Dios, chaval, que eso daría para ponerse a cantar. –Brandon se estremeció. Logan lo miró–. ¿A ti qué te pasa?
Brandon tocó con los dedos la cabeza del científico muerto.
–Tal vez… Solo tal vez… Tengamos el arma –dijo.
La mano le temblaba.
Las bombas del forense bombeaban con ímpetu debajo de la mesa mientras los tentáculos de manipulación se movían con rapidez y eficacia sobre el cuerpo muerto del científico. Brandon también se movía como una de aquellas máquinas. Con auténtica furia, había obligado a Logan a bajar el cuerpo a la sala de preparaciones a toda prisa, inyectarle adrenalina, aplicar las bombas de sangre y completar al instante otro centenar de exigentes tareas.
–Vale, ahora aparta, Logan. ¡Más que ayudar, estorbas!
Logan retrocedió dando tumbos.
–Vale, vale. No te pongas repelente. No va a funcionar. Ya te lo he dicho. Han pasado muchos años.
Brandon no veía más allá. La voz de Logan sonaba amortiguada, lejana. La agitación de las bombas, el calor tórrido de aquel cubículo, el nicho número doce a la espera de recibir el cuerpo si fracasaba. Brandon tragó saliva con dificultad. El nicho número doce esperaba, frío, preparado, un cuerpo que lo llenara. Brandon tendría que esforzarse para mantenerlo vacante.
Se puso a canturrear unas palabras una y otra vez mientras inyectaba estimulantes a aquel cuerpo. No sabía de dónde salían aquellas palabras; de la infancia, quizás, de sus viejos recuerdos religiosos:
–Lázaro, levántate y anda –decía Brandon en voz baja, inclinándose más aún, ajustando los tentáculos de manipulación–. Lázaro, levántate y anda.
–¡Lázaro! ¡Levántate, hazme el favor! –resopló Logan.
Brandon tuvo que hablar para sí: «En el interior de su cerebro está el arma de energía que la Tierra podría usar para ganar la guerra. Lleva ahí congelada trescientos años. Si pudiéramos descongelarlo y extraerla…».
–¿Se sabe de alguien que haya reanimado un cuerpo después de tanto tiempo?
–Está perfectamente conservado. Perfectamente congelado. Ay, Dios, esto es el destino. Lo sé. Lo presiento. ¡He salido a buscar a Richard y he encontrado algo aún mayor! ¡Lázaro!¡Lázaro, sal de tu tumba! –El ruido de las máquinas retumbó más fuerte, impactando en sus oídos. Brandon escuchó, buscó pulso, un pálpito, una palabra, un instante de vida–. Aire para los pulmones. –Y Brandon fijó conos de oxígeno sobre la nariz fina y los labios relajados–. Presión en las costillas. –Unas placas metálicas presionaban despacio la caja torácica arriba y abajo–. Circulación. –Brandon tocó los mandos a los pies de la mesa y esta se inclinó adelante y atrás con un balanceo chirriante.
La radio emitió un informe:
–Nave morgue. Unidad de batalla siete seis seis llamando a nave morgue. Cerca de la órbita de Plutón dos tres cuatro CCC, punto cero dos, salida treinta y dos, uno por siete, hagan seguimiento. La batalla ha terminado. Seis naves marcianas destruidas. Una nave de la Tierra explotó y hay cuerpos arrojados al espacio. Por favor, recupérenlos. Setenta y nueve hombres. Cuerpos en órbita en dirección al Sol a treinta y siete mil kilómetros por hora. Cambio.
Logan tiró su cigarrillo.
–Somos nosotros. Tenemos trabajo. Vamos. Deja el fiambre ese que se enfríe. Seguirá aquí cuando volvamos.
–¡No! –acertó a gritar Brandon, con los ojos desencajados–. Él es más importante que todos los hombres de ahí fuera. Podemos ayudarlos más tarde. ¡Pero él puede ayudarnos ahora!
La mesa se detuvo, y se hizo el silencio absoluto.
Brandon se inclinó hacia delante para pegar el oído contra la caja torácica calentada.
–Espera. –Ahí estaba. Por increíble que pudiera parecer, ahí estaba. Un pulso mínimo estremeciéndose en lo profundo como una termita, avanzando despacio y a duras penas por el cuerpo hasta alcanzar el corazón y… ¡Ahora! Brandon soltó un grito. Estaba temblando de pies a cabeza. Puso la máquina de nuevo en funcionamiento mientras hablaba y reía como un loco–. ¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Lázaro ha salido de la tumba! ¡Lázaro resucitado! ¡Notifícalo a la Tierra inmediatamente!
Una hora más tarde, el pulso se había normalizado, la temperatura estaba descendiendo hasta la fiebre y Brandon iba de un lado a otro de la sala de preparaciones observando cada temblor de los órganos internos del cuerpo a través de un fluoroscopio tubular.
Estaba exultante. Aquello era como resucitar a Richard. Una compensación. Te lanzabas al espacio en busca de un lugar para tu autoestima y tu orgullo perdidos, en busca de un hijo que está orbitando a toda velocidad hacia la nada, y de repente te ponían entre los brazos al hijo mayor del destino para que lo hicieras entrar en calor y le devolvieras la vida. Era imposible. Era algo bueno. Brandon casi se echó a reír. Casi había olvidado que nunca había conocido el miedo a la muerte. Esto significaba conquistarlo. Era como resucitar a Richard, y no solo eso. Aquello afectaba a la Tierra y la humanidad; afectaba a cosas como el armamento, el poder y la paz.
Logan interrumpió los exultantes pensamientos de Brandon escupiéndole humo a la cara.
–¿Sabes una cosa, Brandy? ¡Esto es cojonudo! Menudo logro, señor mío. Sí.
–Creí que te había dicho que notificaras a la Tierra.
–Ah, es que he estado observándote. Como a una mamá con su chiquitín. Y también he estado pensando. Sí. –Logan sacudió la ceniza de su cigarrillo–. Llevo dándole vueltas a la cabeza desde que has subido este pez de campeonato.
–Ve a la sala de radio y llama a la Tierra. Tenemos que llevar al científico a la base de la Luna de inmediato. Hablaremos luego.
El resplandor verdoso regresó a los ojos entrecerrados de Logan. Clavó el dedo índice en el pecho de Brandon.
–Yo lo veo de la siguiente manera: ¿Van a darnos una recompensa por haber encontrado a este tipo? Ni de coña. Es nuestro trabajo rutinario. Se supone que recogemos cuerpos. Y aquí tenemos a un tipo que es la clave de toda la puñetera guerra.
Brandon apenas movió los labios.
–Llama a la Tierra.
–A ver, un momentito, Brandy. Déjame acabar. Se me ha ocurrido que quizás a los marcianos también les gustaría tenerlo. Quizás les gustaría estar presentes cuando empiece a hablar.
Brandon levantó el puño.
–Ya has oído lo que he dicho.
Logan le puso una mano en la espalda.
–Solo quiero hablar contigo de manera pacífica, Brandy. No quiero problemas. Pero lo único que van a darnos por encontrar al fiambre es un besito en la mejilla y una medalla. ¡Joder!
Cuando Brandon fue a pegarle con todas sus fuerzas, vio que Logan estaba apuntándole con la pistola que tenía en la mano.
–Mira lo que tengo aquí, Brandy, no vayas a perderte la cena.
A su pesar, Brandon se acobardó. Fue una reacción casi involuntaria. Todo su cuerpo retrocedió de golpe, dolorido, como arrastrado.
–Venga, andando, a la sala de radio. Tengo que hacer una llamadita. Camina. ¡Ar!
En la sala de radio, Logan pulsó varios botones.
–Llamando a Marte. Llamando a Marte. Aquí nave morgue de la Tierra. Conteste, Marte. –Unos segundos después, Marte respondió–. Acabo de recoger el cuerpo de uno de los científicos del Círculo Cincuenta y uno –dijo Logan–. Lo he resucitado. Pásenme con el comandante de su flota. Tengo algo que hablar con él. –Logan sonrió–. ¡Ah, hola, comandante!
Media hora más tarde, las discusiones habían concluido, se habían hecho planes. Logan colgó, satisfecho. Brandon lo miraba como si no pudiese creer que fuese en serio.
De nuevo en la sala de control, Logan fijó el rumbo y obligó a Brandon a preparar el cuerpo. Alardeó del trato que acababa de cerrar.
–Media tonelada de radio, Brandy. No está mal, ¿eh? Pagan bien. Más de lo que la Tierra me ha dado nunca por mi deber rutinario.
Brandon se estremeció.
–Imbécil. Los marcianos nos matarán.
–Qué va. –Le indicó con mímica que pasara el cuerpo a una camilla con ruedas y lo llevara a la nave salvavidas que había en el compartimento estanco–. No soy tan tonto. Vas a poner una bomba en la nave salvavidas. Primero nos entregarán el mineral. Volaremos el cuerpo si los marcianos hacen cualquier cosa rara. Tendrán que esperar a que hayamos recogido nuestra parte y llevemos cinco horas de trayecto en dirección a la Tierra antes de que les dejemos recoger el cuerpo. No está mal, ¿eh?
Brandon quedó conmocionado ante la idea de poner una bomba en la nave salvavidas.
–Entregar un arma como esa a los marcianos es un suicidio.
Logan negó de nuevo.
–En cuanto los marcianos recojan el cuerpo y estemos a una distancia segura de camino a la Tierra, apretaré el botón y todo el tinglado volará por los aires. A esto lo llaman puñalada trapera.
–¿Destruirás el cuerpo?
–Claro, joder. ¿Crees que quiero entregarle al enemigo semejante arma? ¡Nah!
–La guerra se prolongará durante años.
–La Tierra acabará ganando, igualmente. No está yéndonos mal, lento pero seguro. Y cuando la guerra termine, tendré un buen cargamento de radio para montar mi negocio y un gran futuro por delante.
–O sea que vas a matar a montones de personas a cambio de eso.
–¿Qué han hecho ellos por mí? ¡Me destrozaron las tripas en la última guerra!
Tenía que haber un buen argumento, algo que decir, rápido, algo que hacer con un hombre como Logan. Brandon pensó deprisa.
–Mira, Logan, eso podemos resolverlo, pero hay que salvar el cuerpo.
–No me hagas reír.
–Metamos otro de los cuerpos en la nave que enviemos. ¡Salvemos el cuerpo de Lázaro y regresemos corriendo a la Tierra con él!
El pequeño ayudante meneó la cabeza.
–Los marcianos apuntarán a la nave salvavidas con un rayo intramaterial en cuanto estemos a ciento sesenta mil kilómetros de ellos. Sabrán si el cuerpo está vivo o muerto. Ni hablar, Brandy.
Aquello apenas iba de subir un escalafón, pensó Brandon. Aquello era frustración y rabia, un acto irracional. Brandon se abalanzó. Logan apenas parpadeó cuando apretó el gatillo de su pistola de rayos. Paralizó a Brandon de cintura para abajo y se desmoronó. También le disparó en la ingle, el pecho y la cara una lluvia fulminante de agujas al rojo. Las luces se apagaron.
Tuvo una sensación de espacio vacío, y de aceleración sin fuerza. Puro impulso insonoro. A Brandon le dolieron los ojos cuando se obligó a abrirlos y vio que estaba solo en la sala de preparaciones, tumbado sobre una de las mesas forenses, atado con fibra metálica.
–¡Logan! –Su grito resonó por toda la nave. Esperó. Gritó de nuevo–: ¡Logan!
Intentó forzar la fibra metálica, apretando los puños, retorciendo los brazos. Se sacudió a un lado y a otro. Estaba bien atado, pero el nudo de la mano derecha estaba un poco flojo. Se centró en eso. En la zona de arriba, se oyó una voz grave, rara y distante de marciano.
–Ochocientos mil kilómetros. Nave morgue, preparen su nave de emergencia con el cuerpo del científico dentro. Cuando estén a quinientos mil kilómetros, suelten la nave de emergencia. Vamos a soltar ya la nave con nuestro pago, les daremos media hora de ventaja para que lo recojan. Contiene la cantidad exacta que han pedido.
Le siguió la voz de Logan.
–Estupendo. El científico está vivo, tranquilo y estable. Os estáis llevando un chollo.
El rostro de Brandon palideció, haciendo resaltar todos sus huesos, duros y aterrorizados, los pómulos, la frente y el mentón. Tiró con fuerza del nudo, pero solo cedió el aire que tenía en los pulmones cuando sollozó. Respirando con dificultad, se dejó caer boca arriba. Estaban llevándose a su hijo otra vez al espacio. Lázaro, su segundo hijo, cuyo nacimiento espacial había asistido con un colector metálico; estaban quitándoselo para llevárselo lejos. No puedes recuperar a tu verdadero hijo; así que coges al segundo y le devuelves la vida, la conciencia, y antes de que cumpla un día de vida intentan arrebatártelo de nuevo. Brandon gritó con todas sus fuerzas ante aquellos grilletes de alambre. El sudor le cayó por la cara, y lo que le brotó de los ojos no era ni mucho menos sudor.
Logan bajó de puntillas los duros peldaños, sonriente.
–¿Ya te has despertado, bello durmiente?
Brandon no dijo nada. Había liberado la mano derecha. Estaba húmeda y libre, afanándose como un animalito blanco en su costado, zafándose de su trampa de alambre.
–No puedes continuar con esto, Logan.
–¿Por qué no?
–El Tribunal de la Tierra lo descubrirá.
–No vas a contárselo. –Logan estaba haciendo algo al otro lado de la sala. Era lo único que se movía delante de cien baldas frías con soldados muertos.
Brandon cogió aire, intentó levantarse, cayó de espaldas.
–¿Cómo vas a fingir mi muerte?
–Con una inyección de sulfacardio. Paro cardíaco. Exceso de riego para un corazón viejo. Sencillo. –Logan se volvió, tenía una jeringuilla en la mano.
Brandon seguía allí tumbado. La nave avanzaba. El cuerpo estaba arriba, respirando sobre su lecho metálico, él lo había traído al mundo, él le había dado la vida, y ahora iban a llevárselo.
–¿Me haces un favor? –acertó a decir Brandon.
–Qué.
–Inyéctame ya esa droga. No quiero estar despierto cuando les envíes a Lázaro. No quiero.
–Hecho. –Logan cruzó la sala con la jeringuilla en alto. Lanzaba destellos intensos de plata fina, penetrantes.
–Y otra cosa, Logan.
–¡Date prisa!
Un solo brazo libre, una pierna que apenas podía mover. Logan estaba ya junto a la mesa. La jeringuilla titubeaba entre sus dedos.
–¡Toma! –dijo Brandon.
Brandon dio una patada al control de oscilación en la base de la mesa. La mesa empezó a elevarse rápidamente con un chirrido. Con el brazo libre, zafándose al instante de la última vuelta de alambre, Brandon cogió a Logan de la cabeza y se la empotró entre gritos debajo de la mesa, debajo del tablero que ahora descendía. Juntos, mesa y base de metal trituraron sin parar durante unos diez centímetros. Logan solo gritó una vez. Los sonidos que siguieron fueron tan repugnantes que Brandon tuvo arcadas. El cuerpo de Logan se desplomó y quedó colgando con los brazos flácidos, la jeringuilla cayó y se hizo añicos contra el suelo de la sala.
La mesa continuó subiendo y bajando, subiendo y bajando.
Brandon sintió más náuseas con cada movimiento. Toda la sala daba vueltas, basculaba, giraba de una manera enfermiza. Los cuerpos en sus nichos parecieron estremecerse con ella.
Logró devolver el control al modo pausa de una patada y la mesa se detuvo, elevándose por la base de tal forma que la sangre caliente salpicó la cara pálida de Brandon, iluminándola, coloreándola. El corazón le latía con furia y en la pared del casco los cronómetros marcaban el paso del tiempo, del tiempo y de los kilómetros, con los marcianos cada vez más y más cerca…
No dejaba de batallar con el alambre que quedaba mientras maldecía, y de las muñecas, los tobillos y las caderas en carne viva brotaron hilos y gotas de sangre. Luces rojas zumbaban como insectos en el techo, informando:
se acerca cohete… nave desconocida…
se aproxima cohete…
Aguanta, Lázaro. No dejes que te despierten del todo. No dejes que te lleven. Mejor sería que siguieras dormitando eternamente.
Los alambres de su mano derecha estallaron. Tardó otros cinco minutos en liberar sus tobillos ensangrentados. La nave seguía su curso, a máxima velocidad.
Sin mirar el cuerpo de Logan, Brandon saltó de la mesa e, infinitamente débil, intentó subir por la escala todo lo deprisa que pudo. Su mente iba muy por delante, pero su cuerpo no pudo más que arrastrarse un peldaño tras otro hasta la sala de radio. La puerta que daba a la nave salvavidas estaba abierta y dentro, vivo pero en silencio, con las mejillas sonrosadas y los suaves latidos del pulso en la garganta, Lázaro yacía ajeno a todo, sin saber que tenía delante a su nuevo padre.
Brandon consultó su cronómetro de pulsera. Casi era el momento de cerrar aquella puerta y enviar a Lázaro al espacio para que se reuniera con los marcianos. Cinco minutos.
Permaneció allí unos segundos, sudando. Luego decidió enviar un apurado rayo de audio directo al planeta verde. A la Tierra.
–Nave morgue regresa a casa. ¡Nave morgue regresa a casa! Cargamento importante. Cargamento importante. ¡Por favor, espérennos frente a la Luna!
Al poner el control de la nave en piloto automático, sintió cómo los reactores cobraban vida con estrépito bajo sus pies. No eran solo sus vibraciones lo que palpitaba a través de su cuerpo. Era también algo en él. Estaba enfermo. Tenía tantas ganas de regresar a la Tierra que el deseo le provocaba una fiebre violenta. Fiebre por olvidar del todo la guerra y la muerte.
Podía entregar a Lázaro al enemigo y luego poner rumbo a casa. Sí, podía hacerlo. Pero ¿entregar a un segundo hijo cuando ya habías entregado a uno? No. No. ¿Y destruir el cuerpo ahora? Brandon toqueteó una pistola de rayos durante unos instantes. Luego, con los ojos cerrados, la arrojó lejos, tambaleándose. No.
¿Y si intentaba huir hacia la Tierra? Los marcianos lo perseguirían y lo capturarían. La nave morgue no tenía velocidad suficiente para dejar atrás a una nave superior.
Brandon se acercó dando tumbos al científico durmiente. Lo observó unos instantes, tocándolo, mirándolo con un brillo extraviado en los ojos.
Luego inició los preparativos finales y elevó al científico mientras se acercaba al cohete salvavidas.
Los marcianos interceptaron el cohete salvavidas en la Zona de Visionado Continuo 5199. La nave morgue había desaparecido de la vista. Había dado media vuelta y puesto rumbo a la Tierra.
Llevaron el cuerpo de Lázaro a toda prisa al cubículo-hospital de la nave marciana. Tendieron el cuerpo sobre una mesa y de inmediato se hicieron todos los esfuerzos por sacarlo de su descanso centenario.
Lázaro estaba recostado, en su uniforme plateado con el cinturón color gris ratón abrochado, el bronce con el símbolo 51 a la altura del corazón.
Sin aliento, los marcianos se arremolinaban alrededor del cuerpo, sondeándolo, examinándolo, probando, esperando. La sala se caldeó. Sus ojitos púrpuras parpadeaban por el calor y la tensión.
Ahora Lázaro respiraba profundamente, recobrando plena consciencia con un suspiro: Lázaro salía de la tumba. Tras trescientos años esquivando a la muerte.
Había guardias armados a ambos lados de la camilla, armas en ristre, con mecanismos de tortura preparados para hacer hablar a Lázaro si se negaba a cooperar.
Los ojos de Lázaro se abrieron entre parpadeos. Lázaro fuera de la tumba. Lázaro viendo a sus compañeros mientras sus pupilas se dilataban para arrancarle formas a la neblina. Viendo las curiosas cabezas azules de aquellos ansiosos marcianos reunidos en una multitud expectante a su alrededor. Lázaro vivo, respirando, listo para hablar.
Lázaro levantó la cabeza con curiosidad, separó los labios, se los humedeció con la lengua y luego habló. Sus primeras palabras fueron:
–¿Qué hora es?
Era una frase sencilla, y todos los marcianos se inclinaron hacia delante para captar su significado mientras uno de ellos contestaba:
–Las veintitrés y cuarenta y cinco.
Lázaro asintió, cerró los ojos y se tumbó.
–Bien. Ya está a salvo. Ya está a salvo.
Los marcianos se acercaron, a la espera de las siguientes palabras importantes de aquel muerto viviente.
Lázaro mantuvo los ojos cerrados y luego tembló levemente, como si, a su pesar, no pudiese evitarlo.
–Me llamo Brandon –dijo.
Y luego, Lázaro se echó a reír…