los escapistas de la reina
spanish
–No cabe la menor duda, el mejor es Doone.
–¡Al cuerno con Doone!
–Sus reflejos son asombrosos, su zancada en la pendiente es extraordinaria, desaparece de la vista antes de que te hayas puesto el sombrero.
–¡Hoolihan le gana cuando quiera!
–Cuando quiera, un cuerno. ¿Qué tal ahora?
Yo estaba en el extremo de la barra de un bar al final de la calle Grafton, escuchando el canto de los tenores, las concertinas infatigables y las discusiones que rondaban el humo, en busca de desacuerdos. El pub era el Four Provinces y empezaba a hacerse tarde, incluso para Dublín. Y estaba la amenaza segura de que todo echara el cierre de golpe: grifos de cerveza, acordeones, tapas de pianos, solistas, tríos, cuarteros, pubs, tiendas de golosinas y cines. De un gran empellón propio del Juicio Final, medio Dublín sería arrojado a la luz cruda de las farolas y vería sus ganas reflejadas en los espejos de las máquinas de chicles. Atónitas, privadas de su sustento moral y físico, las almas vagarían unos instantes como polillas maltrechas y luego volvería a casa haciendo eses.
Pero ahí estaba yo, escuchando una discusión cuyo ardor, si no sus chispas, me alcanzó a cincuenta pasos de distancia.
–¡Doone!
–¡Hoolihan!
Entonces, un hombre muy bajito al final de la barra se volvió y vio el brillo de la curiosidad en mi demasiado transparente rostro.
–¡Es usted estadounidense, está claro! Y se preguntará en qué andamos enzarzados. ¿Se fía de mí? ¿Apostaría lo que le dijera en un evento deportivo de gran repercusión local? Si la respuesta es sí, ¡venga aquí! –gritó.
De modo que crucé con mi Guinness todo el Four Provinces para unirme a aquellos hombres escandalosos mientras un violinista cejaba en destrozar una melodía y el pianista se acercaba deprisa, dejando el estribillo a medias.
–¡Me llamo Timulty! –El hombrecillo me estrechó la mano.
–Douglas –dije–. Soy guionista de cine.
–¡Pelis! –gritaron todos.
–De cine, sí –admití con modestia.
–¡Qué suerte! ¡Increíble! –Timulty apretó mi mano aún más–. ¡Pues fijo que va a ser usted un jurado inmejorable! ¿Le van los deportes? ¿Le suenan, por ejemplo, las excursiones campo a través, en cuatro por cuatro o a pie?
–He visto dos Olimpiadas.
–¡No solo pelis, también competiciones mundiales! –resolló Timulty–. Es usted una rareza. Bueno, ¿sabe algo del decatlón especial panirlandés que guarda cierta relación con los cines?
–¿Qué decatlón?
–¡El decatlón, desde luego! ¡Hoolihan!
Un hombre aún más bajito avanzó de un brinco, guardándose la armónica en el bolsillo con una sonrisa.
–Hoolihan, ese soy yo. ¡El mejor esprínter del himno de Irlanda!
–¿Esprínter del qué?
–Hache, i, eme –deletreó Hoolihan, con mucho cuidado–, ene, o. Del himno. Esprínter. El más rápido.
–Ya que está en Dublín –terció Timulty–, ¿ha ido usted al cine?
–Anoche –dije–. Vi una película de Carl Gable. Y antes de anoche, una clásica con Charles Laughton…
–¡Suficiente! Es usted un fanático, como todo lo irlandés. Si no fuese por los cines y los pubs que mantienen a los pobres y los parados alejados de la calle o beodos, hace tiempo que le habríamos quitado el tapón a la isla para que se hundiera. Bueno. –Dio una palmada–. Cada noche, cuando la película termina, ¿ha observado algún tipo de peculiaridad?
–¿Al terminar la película? –musité–. ¡Un momento! No se referirá al himno nacional, ¿no?
–¿Sí o no, chicos? –gritó Timulty.
–¡Sí! –gritaron todos.
–Todas y cada una de las noches, durante diez horribles años, al terminar cada puñetera peli, como si no hubieses oído ya la condenada melodía –lamentó Timulty–, la orquesta ataca el himno de Irlanda. ¿Y qué pasa entonces?
–Caray –dije, coincidiendo con ellos–, si eres hombre, intentas largarte del cine en el precioso intervalo entre el final de la película y el comienzo del himno.
–¡Tal cual!
–¡Ponle una copa aquí al yanqui!
–Al fin y al cabo –dije, como si tal cosa–, llevo cuatro meses en Dublín. El himno ha empezado a perder la gracia. Sin ánimo de ofender –me apresuré a añadir.
–¡No hay ofensa! –dijo Timulty–. Tampoco por parte de aquí los patrióticos veteranos del IRA, supervivientes del conflicto y amantes de nuestro país. Aun así, cuando respiras el mismo aire diez mil veces, los sentidos empiezan a embotarse. O sea que, como habrá notado, en esos tres o cuatro segundos caídos del cielo, cualquier público está en su derecho de salir cagando leches. Y el mejor de todos es…
–Doone –dije–. O Hoolihan. ¡Vuestros esprínteres del himno!
Me sonrieron. Les sonreí.
Estábamos tan orgullosos de mi intuición que invité a todos a una ronda de Guinness.
Lamiéndonos la espuma de los labios, nos miramos unos a otros con benevolencia.
–Bien –dijo Timulty, con la voz quebrada por la emoción y los ojos entrecerrados ante aquella escena–, ahora mismo, a menos de cien metros bajando la loma, en la confortable oscuridad del cine de la calle Grafton, sentado en una butaca de pasillo de la cuarta fila está…
–Doone –dije.
–Qué repelús da este hombre –dijo Hoolihan, quitándose la boina ante mí–. En fin. –Timulty se tragó la incredulidad–. Allí está Doone, sí. Es una película que no ha visto, una con Deanna Durbin que han puesto a petición nuestra, y ahora mismo son las…
Todos lanzaron una mirada al reloj de pared.
–¡Las diez en punto! –dijeron a la vez.
–Y en quince minutos el cine abrirá sus puertas para que el público salga.
–¿Y? –pregunté.
–Y… –dijo Timulty–. ¡Y! Si enviamos aquí a Hoolihan a una prueba de velocidad y agilidad, Doone estará listo para aceptar el reto.
–No ha ido al cine a hacer un esprint del himno, ¿no?
–Dios, no. Ha ido por las canciones de Deanna Durbin y demás. Doone se gana la vida tocando el piano aquí. Pero si por casualidad advierte la presencia de Hoolihan, que se hará notar llegando tarde y sentándose en la fila de al lado, Doone sabrá de qué va la cosa. Se saludarán y ambos escucharán la dichosa música hasta que aparezca el letrero de fin.
–Fijo. –Hoolihan bailoteó un instante de puntillas, flexionando los codos–. Dejádmelo a mí, ¡dejádmelo a mí!
Timulty me miró de cerca.
–Señor Douglas, veo que no se lo cree. Los pormenores de este deporte lo han desconcertado. ¿Cómo es posible que unos tíos hechos y derechos tengan tiempo para estas cosas? Bueno, si hay algo que a los irlandeses nos sobra es el tiempo. Como no hay curro, lo que en su país es cosa menor, en el nuestro hay que hacer que parezca cosa mayor. Nunca hemos visto un elefante, pero hemos aprendido que un bicho visto con microscopio es la bestia más grande del planeta. O sea que, hasta que traspase la frontera, el esprint del himno es un deporte muy noble, una vez que te pones. ¡Vamos a explicar las reglas!
–Antes –dijo Hoolihan, con tono sensato–, ahora que sabe de qué va, preguntemos a este señor si quiere apostar.
Todos me miraron para ver si tanta sensatez había sido un derroche.
–Claro –dije.
Todos coincidieron en que era el mejor de los seres humanos.
–Lo suyo ahora es presentarse –dijo Timulty–. Este es Fogarty, vigilante de puerta sin igual. Nolan y Clannery, jueces de pasillo. Clancy, lleva el cronómetro. Y como público general, O’Neill, Bannion y los hermanos Kelly, ¡ya están todos! ¡Vamos!
Me sentía como si una inmensa máquina barredora, uno de esos monstruos barbudos todo bigotes y cepillos duros, me hubiese atropellado. La afectuosa turba me llevó en volandas colina abajo hacia la multitud de lucecitas titilantes hacia las que el cine nos atraía. Atropelladamente, Timulty explicó a voces las reglas.
–¡Depende mucho de las características del cine, obviamente!
–¡Obviamente! –respondí a voz en grito.
–Están los cines liberales, librepensadores, con grandes pasillos, grandes salidas e incluso letrinas grandes y espaciosas. Algunos con mucha porcelana, solo el eco te deja de piedra. Y luego están los cines espartanos, ratoneras con pasillos que te cortan la respiración, butacas en las que no te entran las rodillas y puertas por las que uno sale de lado de camino al lavabo de caballeros y acaba en la tienda de golosinas del callejón. Cada cine se evalúa antes, durante y después de un esprint, y se anotan todos los factores. Entonces se pone a prueba a cada hombre, su tiempo se estima bueno o vergonzoso, dependiendo de si ha tenido que abrirse paso entre hombres y mujeres en masa o una mayoría de hombres, o una mayoría de mujeres, o, lo peor, de un enjambre de niños en una sesión matutina. Con los niños, la tentación es, claro está, arremeter como quien cosecha heno, apartarlos con manotazos a diestro y siniestro, pero ya no lo hacemos. ¡Ahora son sobre todo las sesiones nocturnas del Grafton!
La turba se detuvo. Las titilantes luces del cine centelleaban en nuestros ojos y ruborizaban nuestras mejillas.
–El cine ideal –dijo Fogarty.
–¿Por qué? –pregunté.
–Los pasillos –dijo Clannery–, no son ni demasiado anchos ni demasiado estrechos, las salidas están bien repartidas, las puertas tienen los goznes bien lubricados, el público es una mezcla perfecta de amantes del deporte y de paisanos con consciencia suficiente como para echarse a un lado no sea que un esprínter, en un derroche de energía, aparezca por el pasillo a toda pastilla.
Se me ocurrió una cosa.
–¿Ponéis obstáculos a los corredores?
–¡Claro! A veces cambiamos las salidas cuando ya se conocen bien las antiguas. O le ponemos a uno un abrigo de verano, y al otro uno de invierno. O sentamos a uno de los tíos en la sexta fila, y al otro lo ponemos en la tercera. Y si resulta que alguno es rápido hasta decir basta, añadimos la mayor sobrecarga que se conoce…
–La bebida… –dije.
–¿Qué si no? Doone, por ejemplo, que es rapidísimo, tiene doble obstáculo. ¡Nolan! –Timulty le tendió una petaca–. Llévate esto, corre. Asegúrate de que Doone le pega dos sorbos, de los buenos. –Nolan entró corriendo. Timulty señaló–. Y aquí Hoolihan, que esta noche ha hecho la ronda completa en el Four Provinces, ya va bien cargadito. ¡Todo igualado!
–Venga, Hoolihan –dijo Fogarty–. No dejes que nuestro dinero te suponga una carga. En cinco minutos, te veremos cruzar esa salida a toda mecha, ¡primero y victorioso!
–¡Sincronicemos nuestros relojes! –dijo Clancy.
–Sincronízate con mi ojete –dijo Timulty–. ¿Alguno de nosotros lleva algo en la muñeca aparte de roña? El tiempo lo llevas tú, Clancy. Hoolihan, ¡adentro!
Hoolihan nos estrechó la mano a todos, como si fuese a dar la vuelta al mundo. Luego, despidiéndose con aspavientos, desapareció en la oscuridad del cine.
Acto seguido, Nolan salió en tropel, con la petaca medio vacía en la mano.
–¡Doone está listo!
–¡Estupendo! Clannery, ve a comprobar a los participantes, asegúrate de que están sentados uno al lado del otro en la cuarta fila, tal y como se acordó, abrigos medio abotonados, bufandas bien ceñidas. Y ven a informarme.
Clannery corrió hacia la oscuridad.
–¿El acomodador, el taquillero? –dije.
–Dentro, viendo la peli –dijo Timulty–. Tanto tiempo sin sentarse es terrible para los pies. No van a interferir.
–Las diez y trece –anunció Clancy–. Faltan dos minutos…
–Se cierran las apuestas –dije.
–Es usted un encanto –reconoció Timulty. Clannery salió a paso ligero.
–¡Todo listo! ¡Todo correcto, asientos y demás!
–¡Está a punto de acabar! Se nota…, hacia el final de las pelis la música tiende a irse de madre.
–Suena fuerte, sí –coincidió Clannery–. Orquesta y coro al completo apoyando a las cantantes. Mañana me paso a verlo entero. Precioso.
–¿Sí? –dijo Clancy, y los demás–: ¿Qué melodía es?
–¡Ay, al cuerno la melodía! –dijo Timulty–. ¡Falta un minuto y vosotros preguntando por la melodía? A apostar. ¿Quién va con Doone? ¿Quién con Hoolihan? –Hubo parloteo multitudinario y el dinero corrió de acá para allá, sobre todo chelines.
Saqué cuatro chelines.
–A Doone –dije.
–¿Sin haberlo visto?
–Caballo tapado –susurré.
–¡Bien dicho! –Timulty giró en redondo–. Clannery, Nolan, dentro, jueces de pasillo! Atentos a que nadie se salte el fin.
Clannery y Nolan entraron, felices como niños.
–Haced pasillo, venga. Señor Douglas, ¡usted aquí conmigo! –Los hombres corrieron a formar un pasillo a cada lado de las dos puertas principales cerradas–. ¡Fogarty, pega una oreja a la puerta! –Y eso hizo Fogarty. Con los ojos muy abiertos.
–¡La puñetera música está fortísima!
Uno de los Kelly dio un codazo a su hermano.
–Esto termina ya mismo. Si tiene que haber un muerto, ya se está muriendo. Y el vivo ya se ha inclinado sobre él.
–¡Más fuerte todavía! –anunció Fogarty, con la cara pegada a la puerta, moviendo las manos como si estuviese ajustando una radio–. ¡Listo! El gran tachán que suena cuando aparece fin en la pantalla.
–¡Ya vienen! –murmuré.
–¡Atentos! –dijo Timulty.
Todos miramos fijamente a las puertas.
–¡Empieza el himno!
–¡Firmes!
Todos nos enderezamos. Alguien hizo un saludo militar. Pero nadie apartó los ojos de las puertas.
–Los oigo correr –dijo Fogarty.
–Sea quien sea, ha hecho una buena salida antes del himno…
La puerta se abrió de golpe.
Hoolihan salió de cabeza, sonriendo como solo saben hacer los jadeantes triunfadores.
–¡Hoolihan! –gritaron los ganadores.
–¡Doone! –gritaron los perdedores–. ¿Dónde está Doone?
Pues, si bien había ganado Hoolihan, su competidor no aparecía. El gentío empezaba ya a dispersarse por la calle.
–Ese idiota no habrá salido por la puerta que no era, ¿no?
Esperamos. La gente no tardó en desaparecer.
Timulty fue el primero en adentrarse en el vestíbulo vacío.
–¿Doone? –Nadie–. ¿Puede ser que esté ahí dentro?
Alguien abrió de par en par la puerta del lavabo de caballeros.
–¿Doone? –Ni eco, ni respuesta.
–Ay, Dios –gritó Timulty–, ¿no se habrá roto una pierna y está tirado en la pendiente agonizando de dolor?
–¡Seguro!
El islote de hombres, virando hacia un lado, alteró su gravedad y viró hacia el otro, hacia la puerta interior, la cruzó y bajó el pasillo, conmigo detrás.
–¡Doone!
Nos encontramos con Clannery y Nolan, que señalaron el suelo en silencio. Di un par de saltos para ver por encima de las cabezas de la turba. Había poca luz en el inmenso cine. No vi nada.
–¡Doone!
Por fin nos apelotonamos en el pasillo, cerca de la cuarta fila. Oí sus expresiones de pasmo cuando vieron lo mismo que yo: Doone seguía sentado en la butaca de pasillo de la cuarta fila, con las manos juntas, los ojos cerrados.
¿Muerto?
En absoluto.
Una lágrima, grande, luminosa y bella, le caía por la mejilla. Otra lágrima, más grande y lustrosa, le brotaba del otro ojo. Tenía la barbilla húmeda. Era evidente que llevaba varios minutos llorando.
Los hombres escrutaron su rostro, lo rodearon, se inclinaron.
–Doone, ¿estás enfermo?
–¿Son lágrimas de terror?
–Ay, Dios –gritó Doone. Se sacudió en busca de fuerzas para, de un modo u otro, hablar–. Ay, Dios –dijo por fin–, tiene voz de ángel.
–¿De ángel?
–La chica esa. –Señaló con la cabeza.
Se volvieron para mirar la silenciosa pantalla plateada.
–¿Deanna Durbin?
Donne sollozó.
–La preciosísima voz de mi abuela ha vuelto…
–¡Qué abuela ni qué puñetas! –exclamó Timulty–. ¡Ella no tenía una voz así!
–¿Quién va a saberlo mejor que yo? –Doone se sonó la nariz, se enjugó los ojos.
–¿Me estás diciendo que no has esprintado por culpa de la Durbin?
–¡Eso mismo! –dijo Doone–. ¡Eso mismo! Caray, sería sacrilegio abandonar el cine después de semejante recital. Sería como lanzarse de costado contra el altar en mitad de una boda, o bailar un vals durante un funeral.
–Al menos podrías habernos avisado de que no ibas a participar –Timulty lo fulminó con la mirada.
–¿Cómo? Me ha sobrevenido como una enfermedad celestial. Lo último que ha cantado, «The Lovely Isle of Innisfree», ¿no era esa, Clannery?
–¿Qué más ha cantado? –preguntó Fogarty.
–¡¿Qué más ha cantado?! –gritó Timulty–. Nos ha hecho perder la mitad del jornal de hoy, ¡y tú le preguntas qué más ha cantado! ¡Quita de aquí!
–Sin duda, el dinero gobierna el mundo –coincidió Doone, allí sentado, cerrando los ojos–. Pero la música mitiga el impacto.
–¿Qué pasa ahí? –gritó alguien desde arriba. Un hombre se asomó al balcón, fumando un cigarrillo–. ¿A qué viene tanta escandalera?
–Es el proyeccionista –susurró Timulty. En voz alta–: ¡Buenas, Phil, querido! ¡Somos del Equipo! Tenemos un problemita aquí, Phil, uno ético, por no decir estético. A ver, nos preguntábamos si, bueno, si sería posible poner otra vez el himno.
–¿Ponerlo otra vez?
Hubo protestas entre los ganadores, revuelo y varios codazos.
–Una idea estupenda –dijo Doone.
–Claro –dijo Timulty, pura picaresca.
–Un acto de Dios ha incapacitado a Doone. El décimo pase de una peli de mil novecientos treinta y siete lo ha pillado por los pelillos del cogote, nada más –dijo Fogarty.
–O sea que lo justo, Phil… –aquí Timulty, impasible, miró a los cielos–, querido mío, ¿tienes ahí el último rollo de la peli de Deanna Durbin?
–En el baño de señoras seguro que no está –dijo Phil, dando una calada.
–Mira que tiene arte el chaval. Bueno, Phil, ¿crees que podrías rebobinar y proyectarnos de nuevo la parte en la que sale fin?
–¿Solo queréis eso? –preguntó Phil.
Hubo un momento duro de indecisión. Pero la idea de otra carrera era demasiado buena como para dejarla pasar, aunque estuviese en juego el dinero recién ganado. Poco a poco, todos asintieron.
–Pues ahí va mi apuesta –dijo Phil–. ¡Un chelín por Hoolihan!
Los ganadores rieron y vitorearon; esperaban ganar de nuevo.
Hoolihan saludó con la mano, grácil. Los perdedores se volvieron hacia su hombre.
–¿Has oído qué insulto, Doone? ¡No te duermas, tío!
–Cuando las muchachas cantan, ¡me quedo sordo, copón!
–¡Todos a sus puestos! –Timulty repartió varios empujones.
–No hay público –dijo Hoolihan–. Y sin público no hay obstáculos, la carrera no es real.
–Vaya. –Fogarty miró a su alrededor, parpadeando–. Nosotros haremos de público.
–¡Genial!
Radiantes, todos se lanzaron a por una butaca.
–Mejor aún –anunció Timulty, bajo la pantalla–, ¿qué tal si hacemos equipos? Doone y Hoolihan, obvio, pero por cada hombre de Donne y cada hombre de Hoolihan que salga antes de que el himno lo pare en seco, un punto extra, ¿vale?
–¡Hecho! –gritaron todos.
–Perdonen –dije–. No hay nadie fuera que haga de juez.
Todos se volvieron para mirarme.
–Ah –dijo Timulty–. Bueno. ¡Nolan, fuera!
Nolan renqueó pasillo arriba, maldiciendo.
Phil asomó la cabeza por cabina de proyección.
–¿Todos listos ahí abajo, capullos?
–¡Cuando lo esté la muchacha y el himno!
Y las luces se apagaron.
Yo estaba sentado justo detrás de Doone.
–Empújame, chaval –me susurró con fervor–, tú avísame de las cuestiones prácticas, nada de ornamentación, ¿vale?
–¡Callad! –dijo alguien–. Se pierde el misterio.
Y, en efecto, ahí estaba, el misterio de la canción, del arte, de la vida, por así decirlo, la joven cantando en aquella pantalla atrapada en el tiempo.
–Estamos contigo, Doone –susurré.
–¿Eh? –respondió. Sonrió hacia delante–. Ay, fijaos, ¿no es un encanto? ¿Oís?
–La apuesta, Doone –dije–. Prepárate.
–Vale –refunfuñó–. Espera que me desoxide los huesos. Señor, ayúdame.
–¿Qué?
–Lo de la carrera no ha sido idea mía. La pierna izquierda. Toca. Nada, es incapaz. ¡Está muerta!
–¿Se te ha dormido o qué? –dije, aterrado.
–Muerta, dormida, joder, ¡estoy hundido! ¡Chaval, chaval, tienes que correr por mí! ¡Ten mi boina y mi bufanda!
–¿Tu boina…?
–Cuando hayas ganado, se las enseñas, ¡ya les explicaremos que has corrido por mí por culpa de mi pierna chunga!
Me caló la boina, me anudó la bufanda.
–Pero, a ver… –protesté.
–¡Vas a hacerlo estupendamente! Pero recuerda, cuando ponga fin, ¡antes no! La canción está a punto de acabar. ¿Estás nervioso?
–Dios, ¡claro que lo estoy! –dije.
–Le pasión ciega es lo que gana, muchacho. Sal de cabeza. Si arrollas a alguien, no mires atrás. ¡Listo! –Donne hizo las piernas a un lado para dejarle paso–. La canción ha terminado. Él la besa…
–¡Y fin! –grité.
Salí al pasillo de un salto.
Subí la pendiente a la carrera. ¡Voy primero!, pensé. ¡Voy en cabeza! ¡No puede ser! ¡Ahí está la puerta!
Llegué a la puerta cuando empezó el himno. Salí en tromba al vestíbulo…, ¡sin problema!
¡He ganado!, pensé, incrédulo, con la boina y la bufanda de Donne puestos como laureles de la victoria. ¡He ganado! ¡He ganado para el Equipo!
¿Quién ha llegado el segundo, el tercero, el cuarto?
Me volví hacia la puerta mientras se cerraba de golpe.
Fue entonces cuando oí los gritos y las voces dentro.
¡Ay Dios!, pensé, seis hombres lo han intentado por la salida que no era, alguien ha tropezado, caído, alguien se le ha echado encima. Si no, ¿por qué he sido el primero? Ahora mismo ahí dentro hay un combate encarnizado y silencioso, los dos equipos se ha enzarzado en una pelea mortal, despatarrados, encorvados, por encima y por debajo de las butacas, ¡debe de ser eso!
¡He ganado!, quise gritar, para zanjar el asunto. Abrí las puertas de par en par.
Clavé la vista en un abismo en el que nada se movía. Nolan se acercó a mirar por encima de mi hombro.
–Ahí tienes a los irlandeses –dijo, con un gesto de la cabeza–. La musa les gusta más que la carrera.
Pues ¿qué estaban gritando las voces en aquella oscuridad?
–¡Ponla otra vez! ¡Otra! ¡La última canción! ¡Phil!
–Nadie se mueve. Estoy en el cielo. Donne, ¡qué razón tenías!
Nolan pasó por mi lado y fue a sentarse.
Me quedé allí unos segundos, mirando las filas de butacas en las que los equipos de esprínteres del himno estaban sentados, nadie se movía del sitio, se enjugaban los ojos.
–Phil, querido… –voceó Timulty, desde alguna parte de delante.
–¡Eso está hecho! –dijo Phil.
–Y esta vez –añadió Timulty–, sin el himno.
Aplaudieron aquello.
Las luces atenuadas se apagaron de golpe. La pantalla se iluminó como una chimenea enorme y cálida.
Volví la mirada hacia el mundo radiante y cuerdo de la calle Grafton, el pub Four Provinces, los hoteles, las tiendas, la gente que paseaba de noche. Dudé.
Luego, con la melodía de «The Lovely Isle of Innisfree», me quité la gorra y la bufanda, escondí esos laureles debajo de una butaca, y despacio, recreándome, con todo el tiempo del mundo, me senté…