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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

los largos años [abril de 2026]

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Cada vez que el viento cruzaba el cielo, él y su pequeña familia se sentaban en el refugio de piedra y se calentaban las manos frente al fuego de leña. El viento agitaba los canales de agua y casi barría las estrellas del firmamento, pero el señor Hathaway se sentaba encantado a hablar con su mujer, y su mujer le contestaba, y hablaba también con sus dos hijas y su hijo sobre los viejos tiempos en la Tierra, y ellos respondían con claridad.
Habían pasado veinte años desde la Gran Guerra. Marte era un planeta tumba. Si la Tierra estaba o no igual era materia de mucho debate taciturno para Hathaway y su familia en las largas noches marcianas.
Aquella noche, una de las violentas tormentas de arena marcianas se había abatido sobre las necrópolis bajas de Marte, barriendo ciudades antiguas y destrozando las paredes de plástico de la ciudad estadounidense recién construida que, desolada, empezaba a fundirse con la arena.
La tormenta amainó. Hathaway salió al raso a ver el fulgor verde de la Tierra en el cielo ventoso. Levantó una mano como uno haría para ajustar un aplique esférico de luz tenue en el techo de una habitación oscura. Miró más allá de los lechos marinos muertos desde hacía mucho. No hay ningún otro ser viviente en todo el planeta, pensó. Solo yo. Y ellos. Volvió la vista hacia el refugio de piedra.
¿Qué estaría pasando ahora en la Tierra? No había visto signos patentes de cambio en el aspecto de la Tierra a través de su telescopio de treinta pulgadas. Bueno, pensó, estoy listo para otros veinte años si me ando con ojo. Alguien podría venir. O a través de los mares muertos o del espacio en un cohete sobre un hilillo de fuego rojo.
–Voy a dar un paseo –dijo a voces en dirección al refugio.
–Vale –dijo su mujer.
Se abrió paso en silencio entre un conjunto de ruinas.
«Made in New York», leyó en un trozo de metal al pasar.
–Y todos estos objetos terrestres habrán desaparecido mucho antes que las viejas ciudades marcianas.
Miró hacia la aldea con cinco mil años de antigüedad enclavada entre las montañas azules.
Llegó a un desolado cementerio marciano, un conjunto de piedras hexagonales en una colina barrida por el viento solitario.
Se quedó mirando cuatro tumbas con burdas cruces de madera, y unos nombres. No había lágrimas en sus ojos. Hacía mucho que se habían secado.
–¿Me perdonaréis por lo que he hecho? –preguntó a las cruces–. Estaba muy solo. Lo entendéis, ¿verdad?
Regresó al refugio de piedra y, una vez más, antes de entrar, hizo visera con la mano para escrutar el cielo oscuro.
–No haces más que esperar y esperar y mirar –dijo–, y una noche, quizás… –Se vio un diminuto fuego rojo en el cielo. Se apartó de la luz del refugio–…Y vuelves a mirar –susurró. El fuego rojo seguía allí–. La pasada noche no estaba ahí.
Tropezó y se cayó, se levantó, corrió detrás del refugio, desplegó el telescopio y lo apuntó hacia el cielo.
Un minuto más tarde, después de una larga y frenética observación, apareció en la puerta baja del refugio. Su mujer, sus dos hijas y su hijo volvieron la cabeza hacia él. Al fin, fue capaz de hablar.
–Traigo buenas noticias –dijo–. He observado el cielo. Viene un cohete para llevarnos a todos a casa. Estará aquí por la mañana temprano.
Bajó las manos y se tapó la cara con ellas, y empezó a llorar ligeramente. Había quemado cuanto quedaba de Nueva York a las tres de la pasada madrugada.
Cogió una antorcha y se adentró en la ciudad de plástico, y con la llama tocó las paredes aquí y allá. La ciudad se elevó con grandes estallidos de calor y luz. La iluminación cubría algo más de dos kilómetros cuadrados, suficiente para que la vieran desde el espacio. Eso guiaría al cohete hasta el señor Hathaway y su familia.
Con rápidas y dolorosas palpitaciones, regresó al refugio.
–Mirad –Dirigió una botella polvorienta hacia la luz–. Vino que tenía guardado, para esta noche. ¡Sabía que algún día alguien nos encontraría! ¡Bebamos para celebrarlo! –Llenó cinco vasos hasta el borde–. Ha pasado mucho tiempo –dijo, mirando solemnemente su vaso–. ¿Recordáis el día en que estalló la guerra? Hace veinte años y siete meses. Y ordenaron el regreso de todos los cohetes que estuvieran en Marte. Y tú y yo y los niños estábamos en las montañas, realizando trabajos arqueológicos, investigaciones sobre los antiguos métodos quirúrgicos de los marcianos. Pusimos los caballos al galope, por poco los matamos, ¿te acuerdas? Pero llegamos a la ciudad con una semana de retraso. Todos se habían ido. Habían destruido Estados Unidos; ninguno de los cohetes esperó a los rezagados, ¿te acuerdas, te acuerdas? Y resultó que éramos los únicos que quedaban… Dios, Dios, cómo pasa el tiempo. No habría aguantado aquí sin vosotros. Me habría matado sin vosotros. Pero con vosotros, la espera ha merecido la pena. Brindo por nosotros. –Levantó el vaso–. Y por nuestra larga espera juntos. –Bebió.
La mujer, las dos hijas y el hijo se llevaron el vaso a los labios. A los cuatro les chorreó el vino por la barbilla.
Por la mañana, la ciudad sobrevolaba el lecho marino en forma de grandes copos negros y frágiles. El fuego se había extinguido, pero había cumplido con su cometido; en el cielo, el punto rojo se había agrandado.
Del refugio de piedra salía el intenso olor tostado a galletas de jengibre. Cuando Hathaway entró, su mujer estaba junto a la mesa, dejando sobre ella las bandejas calientes de galletas recién horneadas. Las dos hijas barrían con delicadeza el suelo de piedra vista con escobas duras mientras el hijo secaba la cubertería.
–Vamos a invitarlos a un buen desayuno –dijo Hathaway, entre risas–. ¡Poneos vuestras mejores ropas!
Cruzó su parcela a la carrera hacia el amplio almacén metálico. Dentro estaba la unidad de almacenamiento en frío y el generador de electricidad que había reparado y restaurado con sus eficaces y nerviosos deditos a lo largo de los años, como había reparado relojes, teléfonos y grabadoras durante sus ratos libres. El almacén estaba lleno de cosas que había construido, algunos mecanismos inútiles cuyas funciones eran un misterio incluso para él ahora que los miraba.
De la profunda nevera sacó cajas escarchadas de alubias y fresas con veinte años de antigüedad.
Lázaro, levántate y anda, pensó mientras sacaba un pollo congelado. El aire estaba lleno de olor a comida cocinada cuando el cohete aterrizó.
Como un niño, Hathaway corrió colina abajo. Una fuerte punzada repentina en el pecho lo obligó a detenerse un instante. Tras sentarse en una piedra a recuperar el aliento, cruzó a la carrera el trecho que le quedaba.
Esperó en la atmósfera calurosa que había generado el cohete. Se abrió una compuerta. Un hombre se asomó. Hathaway se protegió los ojos y, por fin, dijo:
–¡Capitán Wilder!
–¿Quién es usted? –preguntó el capitán Wilder, que bajó de un salto y se quedó mirando al viejo. Tendió una mano–. ¡Por todos los santos, es Hathaway!
–Correcto.
Los dos se miraron a la cara.
–Hathaway, de mi antigua tripulación, de la Cuarta Expedición.
–Ha pasado mucho tiempo, capitán.
–Demasiado. Me alegro de verlo.
–Estoy viejo –se limitó a decir Hathaway.
–Yo tampoco soy ningún niño. Me he pasado veinte años entre Júpiter, Saturno y Neptuno.
–Oí que lo habían ascendido a la fuerza para que no interfiriera en las políticas de colonización en Marte. –El viejo miró a su alrededor–. Ha estado ausente tanto tiempo que no sabe lo que ha pasado aquí…
–Me hago una idea –dijo Wilder–. Hemos rodeado Marte un par de veces. Encontramos a otro hombre, un tal Walter Gripp, a unos quince mil kilómetros de aquí. Le ofrecimos que se viniera con nosotros, pero se negó. La última vez que lo vimos estaba sentado en una mecedora en mitad de la autopista, fumando una pipa, despidiéndose con la mano. Marte está muerto, ni siquiera quedan marcianos. ¿Sabe algo de la Tierra?
–Lo mismo que usted. De vez en cuando sintonizo la radio de la Tierra, muy débilmente. Pero siempre en otro idioma. Lamento decir que solo conozco el latín. Reconozco algunas palabras. Entiendo que la mayor parte de la Tierra es un desastre, que la guerra continúa. ¿Piensa volver, señor?
–Sí. Sentimos curiosidad, claro está. En el espacio exterior no recibíamos señal de radio. Queremos ver la Tierra, cueste lo que cueste.
–¿Nos llevará con usted, señor?
El capitán dio un respingo.
–Su mujer, es cierto. La recuerdo. Hace veinticinco años, ¿no? Cuando inauguraron Ciudad Primera y dejó usted el servicio para venir aquí. Y tenían hijos…
–Un niño y dos niñas.
–Sí, ya me acuerdo. ¿Dónde están?
–Arriba, en un refugio. Les espera un desayuno estupendo colina arriba. ¿Vienen?
–Será un honor, señor Hathaway. –El capitán Wilder se volvió hacia el cohete–. ¡Desembarquen!
Remontaron la colina, Hathaway y el capitán Wilder, seguidos de los veinte miembros de la tripulación, llenándose los pulmones del aire fresco y enrarecido de la mañana. El sol estaba alto y hacía bueno.
–¿Se acuerda de Spender, capitán?
–No lo olvidaré en la vida.
–Hace más o menos un año pasé por su tumba. Parece que se salió con la suya. No quería que viniéramos, y supongo que se alegraría si supiera que nos hemos marchado de aquí.
–¿Sabe algo de…? Cómo se llamaba… Parkhill, Sam Parkhill.
–Montó un puesto de perritos calientes.
–Muy suyo.
–Y a la semana siguiente de estallar la guerra regresó a la Tierra. –Hathaway se llevó la mano al pecho y se dejó caer sobre una piedra–. Lo siento. La emoción. Verle después de tantos años. Tengo que descansar. –Notaba el corazón acelerado. Contó las pulsaciones. No pintaba nada bien.
–Tenemos un médico –dijo Wilder–. Discúlpeme, Hathaway, sé que usted también es médico, pero será mejor que el nuestro le eché un vistazo…
Llamaron al médico.
–Me encuentro bien –insistió Hathaway–. La espera, la emoción. –Apenas podía respirar. Tenía los labios azules–. ¿Sabe? –dijo mientras el médico lo auscultaba con el estetoscopio–, es como si todos estos años me hubiese mantenido con vida para este día, y ahora que han venido para llevarme a la Tierra, estoy satisfecho y ya puedo tumbarme aquí y dejarlo todo.
–Tenga. –El médico le dio una cápsula amarilla–. Será mejor que descanse.
–Tonterías. Solo necesito sentarme un rato. Me alegro de veros a todos. Sienta bien oír voces nuevas.
–¿La cápsula le hace efecto?
–Perfectamente. ¡Vamos!
Continuaron colina arriba.
–¡Alice, ven, mira quién ha venido! –Hathaway frunció el ceño y se asomó al interior del refugio–. ¿Alice, me has oído? –Apareció su mujer. Unos segundos después, salieron sus dos hijas, altas y gráciles, seguidas del hijo, aun más alto–. Alice, ¿recuerdas al capitán Wilder?
Ella dudó y miró a Hathaway como si esperara instrucciones y luego sonrió.
–¡Claro, capitán Wilder!
–Me acuerdo de usted, señora Hathaway, cenamos juntos antes de irme a Júpiter.
Alice le estrechó enérgicamente la mano.
–Mis hijas, Marguerite y Susan. Mi hijo, John. Os acordáis del capitán, ¿verdad?
Se estrecharon las manos entre risas y mucha charla. El capitán Wilder olisqueó el aire.
–¿Son galletas de jengibre?
–¿Le apetecen?
Todos entraron. Sacaron mesas plegables a toda prisa mientras los platos con comida caliente volaban y colocaban finas servilletas adamascadas y una cubertería estupenda. El capitán Wilder miró un instante a la señora Hathaway, y luego a su hijo y a sus dos hijas altas, que se movían en silencio. Las miró a la cara cuando pasaron deprisa por su lado y siguió cada uno de los movimientos de sus juveniles manos y cada gesto de sus rostros tersos. Se sentó en la silla que le había acercado el hijo.
–¿Qué edad tienes, John?
–Veintitrés –respondió el hijo.
Wilder toqueteó la cubertería con torpeza. Su rostro palideció de repente.
–Capitán, no puede ser –le susurró el hombre que tenía al lado.
El hijo fue a por más sillas.
–¿Por qué lo dice, Williamson?
–Porque yo tengo cuarenta y tres, capitán. Fui al instituto en la misma época que John Hathaway, hace veinte años. Dice que tiene veintitrés; y los aparenta. Pero no puede ser. Debería rondar los cuarenta y dos. ¿Qué pasa aquí, señor?
–No lo sé.
–Tiene mala cara, señor.
–No me encuentro bien. Las hijas, las vi hace veinte años; no han cambiado, ni una sola arruga. Quiero pedirle un favor. Quiero que vaya a hacer algo por mí, Williamson. Enseguida le diré dónde y qué quiero que compruebe. Durante el desayuno, salga un momento. No debería tardar más de diez minutos. No queda lejos. Lo he visto desde el cohete cuando hemos aterrizado.
–¡A ver! ¿Qué andan comentando con tanta seriedad? –La señora Hathaway les sirvió en los cuencos rápidas cucharadas de sopa–. Sonrían, estamos todos juntos, ¡se acabó el viaje y es como si estuviéramos en casa!
–Sí. –El capitán Wilder rio–. ¡La veo muy bien y muy joven, señora Hathaway!
–¡Típico de los hombres!
La observó mientras se alejaba e iba de un lado a otro con su cara rosa y acalorada, suave como una manzana, terso y colorido. Su risa tintineaba con cada broma, servía la ensalada pulcramente, ni una sola vez se detuvo a coger aire. Y el hijo, todo huesos, y las hijas bien torneadas demostraron un ingenio brillante, como su padre, al hablar de los largos años y de su vida allí escondidos, mientras su padre asentía con orgullo.
Williamson se escabulló colina abajo.
–¿Adónde va? –preguntó Hathaway.
–A comprobar el cohete –dijo Wilder–. Pero, como le comentaba, Hathaway, la humanidad no pinta nada en Júpiter, nada de nada. Tampoco en Saturno, ni en Plutón. –Wilder hablaba mecánicamente, sin oír sus propias palabras, pensando únicamente en que Williamson bajara corriendo la colina y subiera a contarle lo que hubiese descubierto. –Gracias. –Marguerite estaba llenándole de agua el vaso. Como por impulso, Wilder le tocó el brazo. Ella no se inmutó. Su piel era cálida y suave.
Al otro lado de la mesa, Hathaway hizo varias pausas, se llevaba los dedos al pecho con un gesto de dolor, luego seguía escuchando las conversaciones a media voz y las repentinas charlas a gritos, lanzando de vez en cuando miradas de preocupación a Wilder, al que no parecía gustarle el sabor de las galletas de jengibre.
Williamson regresó. Se sentó y picó de su plato hasta que el capitán se arrimó a él.
–¿Bien? –le susurró.
–Lo he encontrado, señor.
–¿Y?
Williamson tenía las mejillas pálidas. No apartaba la mirada de los demás, que reían sin parar. Las hijas sonreían con solemnidad y el hijo estaba contando un chiste.
–Estuve en el cementerio.
–¿Y había cuatro cruces?
–Había cuatro cruces, señor. Con nombres. Los he anotado para asegurarme. –Leyó de un papel–: Alice, Marguerite, Susan y John Hathaway. Muertos a causa de un virus desconocido. Julio de 2007.
–Gracias, Williamson. –Wilder cerró los ojos.
–Hace diecinueve años, señor.
A Wilder le temblaban las manos.
–Sí.
–¡¿Quiénes son, entonces?!
–No lo sé.
–¿Qué va a hacer?
–Tampoco lo sé.
–¿Va a contárselo al resto de los hombres?
–Más tarde. Siga comiendo como si no hubiese pasado nada.
–Se me ha quitado el hambre, señor.
El almuerzo terminó con vino que trajeron del cohete. Hathaway se levantó.
–Un brindis por todos vosotros; sienta bien volver a estar rodeado de amigos. Y por mi mujer y mis hijos, sin los cuales no habría sobrevivido aquí solo. He salido adelante gracias a su cariño y sus cuidados mientras esperaba vuestra llegada.
Hathaway vació su vaso. No gritó cuando se desplomó contra la mesa y resbaló hasta el suelo. Varios de los hombres lo tendieron despacio. El médico se inclinó sobre él y escuchó. Wilder tocó al médico en el hombro. El médico volvió la mirada y negó con la cabeza. Wilder se arrodilló y cogió al viejo de la mano.
–¿Wilder? –La voz de Hathaway era apenas audible–. He estropeado el desayuno.
–Tonterías.
–Despídase por mí de Alice y los niños.
–Un segundo, voy a llamarlos.
–¡No, no, no lo haga! –resolló Hathaway–. No lo entenderían. ¡Ni quiero que lo entiendan! ¡No!
Wilder no se movió. Hathaway estaba muerto.
Wilder esperó un buen rato. Luego se levantó y se alejó del estupefacto grupo que rodeaba a Hathaway. Se acercó a Alice Hathaway, la miró a los ojos.
–¿Sabe lo que acaba de pasar? –dijo.
–¿Algo con mi marido?
–Acaba de fallecer; el corazón –dijo Wilder, observándola.
–Lo lamento –dijo.
–¿Qué lamenta? –preguntó Wilder.
–No quería que nos sintiéramos mal. Nos dijo que algún día sucedería y que no quería que llorásemos. No nos enseñó a hacerlo, ya sabe. No quería que supiéramos. Dijo que lo peor que podía pasarle a una persona era saber cómo estar solo y cómo estar triste y cómo llorar. Así que no sabemos cómo se llora, ni cómo estar tristes.
Wilder le miró las manos un instante, unas manos cálidas y suaves con unas uñas perfectamente cuidadas y unas muñecas huesudas. Miró el cuello esbelto y terso y sus inteligentes ojos.
–El señor Hathaway hizo un excelente trabajo con usted y con los niños –dijo por fin.
–Le habría gustado oírlo de su parte. Estaba muy orgulloso de nosotros. Con el tiempo incluso se olvidó de que nos había fabricado. Al final nos cogió cariño y nos aceptó como su mujer y sus hijos verdaderos. Y, en cierto sentido, lo somos.
–Le disteis mucho consuelo.
–Sí, nos sentábamos a hablar, lo hicimos durante años. Le encantaba hablar. Le gustaba el refugio de piedra y el fuego en medio. Podríamos haber vivido en una casa normal en la ciudad, pero le gustaba estar aquí arriba, aquí podía ser primitivo si le apetecía, o moderno si le apetecía. Me contó todo lo relativo a su laboratorio y las cosas que hacía en él. Instaló altavoces en todo el pueblo estadounidense de ahí abajo. Cuando apretaba un botón, el pueblo entero se iluminaba y sonaba como si vivieran en él diez mil personas. Se oían ruidos de aviones, de coches, y conversaciones de gente. Se sentaba y encendía un puro y hablaba con nosotros, y nos llegaban los sonidos del pueblo, y de vez en cuando sonaba el teléfono y una grabación le hacía al señor Hathaway preguntas sobre ciencia y cirugía y él las contestaba. Con el teléfono sonando y nosotros aquí, y el ruido del pueblo y su puro, el señor Hathaway era bastante feliz. Solo había una cosa que no nos permitió hacer –dijo–. Envejecer. Él se hacía cada día más viejo, pero nosotros seguimos igual. Supongo que no le importaba. Supongo que lo prefería así.
–Lo enterraremos en el cementerio en el que están las otras cruces. Creo que le gustaría.
Ella le puso una mano en la muñeca, ligeramente.
–Estoy segura de que sí.
Se dieron órdenes. La familia siguió colina abajo la pequeña procesión. Dos hombres llevaban a Hathaway en una camilla cubierta. Pasaron por delante del refugio de piedra y el almacén en el que Hathaway, muchos años antes, había comenzado su obra. Wilder se detuvo ante la puerta del taller.
¿Cómo sería vivir en un planeta con tu mujer y tus tres hijos y que se murieran y te quedaras solo con el viento y el silencio?, pensó. ¿Qué haría cualquier persona? Enterrarlos en el cementerio con sus cruces y luego entrar en su taller y, con todo el poder de la mente y la memoria y la precisión de sus dedos y su genio, montar, paso a paso, todo lo que fueron su mujer, sus hijas y su hijo. Con toda una ciudad estadounidense bajo sus pies en la que conseguir los suministros necesarios, un hombre brillante sería capaz de cualquier cosa.
La arena amortiguaba el sonido de sus pisadas. Al entrar en el cementerio, vieron que dos hombres ya estaban paleando la tierra.
Regresaron al cohete al final de la tarde.
Williamson hizo con la cabeza un gesto hacia el refugio.
–¿Qué vamos a hacer con ellos?
–No lo sé –dijo el capitán.
–¿Va a desactivarlos?
–¿Desactivarlos? –El capitán pareció ligeramente extrañado–. No se me había ocurrido.
–No irá a llevarlos con nosotros…
–No, no serviría de nada.
–¿Quiere decir que va a dejarlos aquí sin más, tal y como están?
El capitán entregó un arma a Williamson.
–Si es capaz de hacerlo, es más hombre que yo.
Cinco minutos más tarde, Williamson regresó sudando del refugio.
–Tenga, coja el arma. Ahora entiendo a qué se refería. Entré en el refugio con el arma. Una de las hijas me sonrió. Y también los otros. La mujer me ofreció una taza de té. Dios, ¡sería asesinato!
Wilder asintió.
–Jamás habrá algo tan bien hecho como ellos. Los fabricó para que duraran; diez, cincuenta, doscientos años. Sí, tienen derecho a…, a la vida tanto como usted o como yo o como cualquiera de nosotros. –Vació la pipa con unos golpecitos–. En fin, subamos a bordo. Nos vamos. Esta ciudad está acabada, no vamos a hacer nada con ella.
El día tocaba a su fin. Empezó a levantarse un viento frío. Los hombres estaban a bordo. El capitán dudó.
–No me diga que va a volver para… –dijo Williamson–, para despedirse de ellos…
El capitán lanzó a Williamson una mirada fría.
–No es de su incumbencia.
Wilder fue a zancadas hacia el refugio a través de un viento cada vez más oscuro. Desde el cohete, los hombres vieron su sombra detenida en la puerta del refugio de piedra. Vieron la sombra de una mujer. Vieron cómo el capitán le estrechaba la mano.
Momentos después, regresó corriendo al cohete.
Las noches en las que el viento sopla sobre el lecho del mar muerto y el cementerio hexagonal, sobre cuatro cruces antiguas y una nueva, una luz arde en el bajo refugio de piedra, y en el refugio, mientras ruge el viento y se arremolina el polvo y refulgen frías las estrellas, hay cuatro figuras, una mujer, dos hijas y un hijo, pendientes de un fuego tenue sin ningún motivo mientras hablan y ríen.
Noche tras noche, un año tras otro, sin ningún motivo, la mujer sale a mirar el cielo, con las manos en alto, y, durante un buen rato, observa el fulgor verde de la Tierra, sin saber por qué la mira, y luego regresa adentro y echa un palo al fuego, y el viento se levanta, y el mar muerto sigue igual de muerto.
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