Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

los músicos

spanish

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Los niños solían adentrarse mucho en los campos marcianos. Llevaban bolsas olorosas de papel en las que, durante las largas caminatas, de vez en cuando metían la nariz para inhalar el suntuoso olor del jamón y los pepinillos con mayonesa, y para escuchar el burbujeo líquido del refresco de naranja en los termos. Balanceando las bolsas de la compra llenas de reblandecidas cebollas limpias y verdes y olorosas salchichas con kétchup y pan blanco, se retaban los unos a los otros a sobrepasar los límites que les imponían sus severas madres. Corrían, gritando:
–¡El primero en llegar da las patadas!
Caminaban en verano, en otoño o en invierno. En otoño era más divertido, porque imaginaban que, como en la Tierra, iban arrastrando los pies por la hojarasca.
Los niños, con mejillas acarameladas y los ojos de un azul ágata, aparecían como canicas desparramadas por las llanuras marmóreas cercanas a los canales, lanzándose unos a otros órdenes jadeantes con regusto a cebolla. Pues ahora que habían llegado al pueblo desierto y prohibido, ya no era cuestión de «¡El último es una nenaza!» o «¡El primero hace de músico!». Ahora las puertas del pueblo desierto se alzaban abiertas de par en par y, dentro, creían oír un levísimo crujido parecido al de la hojarasca. Se mandaban callar y avanzaban cogidos del codo del otro, con palos en las manos, recordando que sus padres les habían dicho:
–¡Allí no! ¡No, a ninguno de los pueblos viejos! Ojo adónde vais. Os llevaréis una paliza de muerte cuando volváis a casa. ¡Os revisaremos los zapatos!
Y allí estaban, en el pueblo muerto, un puñado de críos, devorada ya la mitad del almuerzo para el camino, retándose unos a otros con susurros agudos.
–¡Pues ya que estamos…!
Y de repente uno de ellos salía disparado, entraba en la casa de piedra más cercana, cruzaba la puerta, cruzaba la salita y entraba en la habitación, por donde, casi sin mirar, se paseaba dando patadas, arrastrando los pies, y las hojas negras volaban por los aires, quebradizas, finas como gasa cortada del cielo a medianoche. Tras él corrían los otros seis, y el primer niño en entrar era el músico, y tocaba el xilófono de huesos blancos que yacía bajo la capa exterior de copos negros. Una gran calavera rodaba hasta quedar a la vista, como una bola de nieve; ¡gritaban! Costillas, como patas de araña, resonantes como cuerdas de arpa, y luego los copos negros de mortalidad volaban a su alrededor mientras bailaban pateando el aire; los niños se empujaban y se zarandeaban y caían sobre las hojas, sobre la muerte que había reducido a los muertos a copos y aridez; un juego al que jugaban niños en cuyos estómagos gorgoteaba refresco de naranja.
Y luego salían de la casa para entrar en otra, en las diecisiete casas, sabedores de que los horrores de todos aquellos pueblos iban a ser quemados de uno en uno por los bomberos, guerreros antisépticos con palas y bidones, que palearían los restos ebúrneos y los huesos como regalices, separando con pausa, pero sin vacilar, lo terrible de lo normal; de ahí que aquellos niños debieran darlo todo en sus juegos, ¡los bomberos no tardarían en llegar!
Luego, relucientes por el sudor, engullían los últimos sándwiches. Tras una patada final, un último concierto de marimba, una última embestida otoñal entre las pilas de hojarasca, volvían a casa.
Sus madres revisaban sus zapatos en busca de copos negros que, si aparecían, daban lugar a baños con agua hirviendo y zurras a manos de sus padres.
A finales de año, los bomberos terminaron de rastrillar la hojarasca otoñal y los xilófonos blancos, y se acabó la diversión.
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