los poemas
spanish
En principio solo iba a ser otro poema. Pero luego David empezó a sudar la gota gorda, a recorrer las habitaciones, a hablar solo más de lo que llevaba haciéndolo durante aquellos años tan largos como mal pagados. Tan entregado estaba a las facetas del poema que Lisa se sintió descuidada, apartada, olvidada hasta el momento en que terminara de escribir el poema y volviera a prestarle atención.
Luego, por fin, completó el poema.
Con la tinta aún húmeda en el dorso de un sobre usado, se lo dio con dedos temblorosos, los párpados enrojecidos y un brillo ardiente e inspirado en los ojos. Y Lisa lo leyó.
–David… –murmuró. Había empezado a temblar en solidaridad con él–. Es bueno, ¿no?
–¡Es la leche! –gritó él.
La cabaña empezó a girar alrededor de Lisa como un remolino de madera. Con la mirada fija en el papel, tuvo la sensación de que las palabras se derretían, que fluían hasta transformarse en objetos animados. ¡El papel era una ventana cuadrada muy iluminada por la luz del sol y a la que podías asomarte a otro país de brillo mucho más ambarino! Su mente oscilaba como un péndulo. ¡Tuvo que agarrarse, gritando de miedo, al alféizar de aquella ventana increíble para evitar salir disparada de cabeza hacia esa imposibilidad tridimensional!
–David, qué extraño, qué maravilla y qué… aterrador.
Parecía que tuviese un tubo de luz acunado, entre las manos, a través del cual podía precipitarse a un espacio inmenso de cánticos y color y sensaciones nuevas. De alguna manera, David había capturado, enredado, engastado realidad, sustancia, átomos… ¡Lo había amontonado todo en el papel con unas simples marcas de tinta!
Describía el verdor húmedo de la hondonada, los eucaliptos y las aves que flotaban entre sus ramas altas y cimbreantes. Y las flores que acogían el bordoneo del vuelo de las abejas.
–Es bueno, David. ¡El poema más hermoso que has escrito hasta ahora! –Sintió que los latidos del corazón se le aceleraban ante la idea y el impulso que la asaltaron al instante siguiente. Sintió que debía ver la hondonada, comparar su silencioso contenido con el del poema. Cogió a David del brazo–. Cariño, vamos a bajar por el camino…
De muy buen humor, David accedió, y salieron juntos de su solitaria casita en las colinas. A mitad de camino, Lisa cambió de parecer y quiso dar la vuelta, pero apartó aquel pensamiento con un movimiento de su bello y finamente esculpido rostro. Había una oscuridad funesta para la hora que era, al fondo del camino. Lisa habló con despreocupación para espantar su inquietud.
–Has trabajado mucho y muy duro para escribir el poema perfecto. Sabía que algún día triunfarías. Creo que lo has logrado.
–Gracias por ser una esposa paciente –dijo.
Rodearon un recodo de roca gigante y el crepúsculo apareció con tanta ligereza como caería un velo púrpura.
–¡David! –En la penumbra inesperada, buscó sujeción y encontró su brazo y se agarró a él–. ¿Qué ha pasado? ¿Esta es la hondonada?
–Sí, claro que sí.
–¡Pero está muy oscuro!
–Bueno, sí, es verdad. –Sonó falto de palabras.
–¡Las flores han desaparecido!
–¡Las he visto esta mañana! ¡Tienen que estar aquí!
–Has escrito sobre ellas en tu poema. ¿Y dónde están las vides?
–Tienen que estar aquí. Ha pasado una hora o poco más. Ha oscurecido demasiado. Volvamos. –Con los ojos entornados fijos en la luz insuficiente, él también sonaba asustado.
–No reconozco nada, David. La hierba no está, ni los árboles ni los arbustos ni las vides, ¡han desaparecido!
Lo dijo a gritos, luego se detuvo, y sobre ellos cayó el silencio antinatural del espacio en blanco, una vaga ausencia de tiempo, de viento: una sensación de haber sido absorbidos los atenazó y los empujó al pánico.
David maldijo en voz baja y no hubo eco.
–Está demasiado oscuro para saberlo. Mañana estará todo en su sitio.
–Pero ¿y si nunca regresa? –Empezó a tiritar.
–Estás desvariando…
Lisa le tendió el poema. Brillaba débilmente con un fulgor uniforme, amarillo puro, como un pequeño nicho en el que una vela resplandeciera inalterable.
–Has escrito el poema perfecto. Demasiado perfecto. Eso has hecho. –Lisa oyó su propia voz, monocorde, lejana–. La hondonada está aquí. Leerlo es como abrir una puerta a una senda y caminar entre la hierba alta, oler a uva tinta, oír a las abejas en su tránsito amarillo por el aire y al viento sosteniendo a los pájaros. El poema lo disuelve todo y lo convierte en objetos: el sol, el agua, los colores y la vida. Ya no son símbolos ni es lectura, ¡es la vida!
–No –dijo él–. Te equivocas. Eso es una locura.
Juntos, remontaron el camino a la carrera. Cuando dejaron atrás el vacío oscuro los recibió el viento.
En su cabaña pequeña y apenas amueblada, se sentaron frente a la ventana a observar la hondonada. Todo lo rodeaba la luz intacta de la media tarde. Ni más tenue ni más difusa ni más silenciosa al fondo de aquella taza de rocas.
–No es verdad. Los poemas no funcionan así –dijo David–. Las palabras son símbolos. Evocan imágenes mentales. ¿Yo he logrado algo más? –preguntó–. Y cómo lo he hecho, ¿lo sabes tú? –Agitó el papel y, ceñudo, leyó con detenimiento cada verso–. ¿He creado algo más que símbolos con forma de materia y energía? ¿He comprimido, concentrado, deshidratado la vida? ¿La materia atraviesa mi mente, como la luz de una lupa, para concentrarse en un único vértice estrecho y magnífico de fuego abrasador? ¿Soy capaz de grabar la vida, imprimirla a fuego en papel, con esa llama? Dios bendito, ¡enloquezco con solo pensarlo!
El viento rodeó la casa.
–Si no estamos locos, los dos –dijo Lisa, tensándose con el ruido del viento–, hay un modo de confirmar nuestras sospechas.
–¿Cuál?
–Encerrar al viento.
–¿Encerrarlo? ¿Recluirlo? ¿Rodearlo con un muro de tinta? –Lisa asintió–. No pienso caer en una tontería así.
Meneó la cabeza. Se humedeció los labios y se quedó un buen rato sentado. Luego, maldiciendo su propia curiosidad, fue a la mesa y manipuló tímidamente la pluma y la tinta.
Miró a Lisa, luego la ventosa luz de fuera. Entintó la pluma y la deslizó por el papel para obrar milagros oscuros y uniformes.
Al instante, el viento se desvaneció.
–El viento –dijo–. Está encerrado. Se ha secado la tinta.
Lisa lo leyó por encima de su hombro, se sumió en sus corrientes frías y embriagadoras, oliendo océanos lejanos y revueltos, el aroma de hectáreas de trigales y maíz verde y el olor nítido a ladrillo y cemento de ciudades remotas.
David se levantó tan deprisa que la silla cayó hacia atrás como una anciana enjuta. Bajó la colina como un ciego hacia la hondonada, sin mirar atrás, pese a que Lisa lo llamaba a gritos, frenética.
Cuando regresó, estaba al mismo tiempo histérico e inmensamente sereno. Se derrumbó en una silla. De noche, estaba fumando su pipa, con los ojos cerrados, hablando sin parar, más tranquilo imposible.
–Tengo un poder que ningún hombre ha tenido jamás. No conozco su alcance, sus límites ni sus principios rectores. El embrujo acaba en alguna parte. Dios, Lisa, deberías ver qué le he hecho a esa hondonada. Ha desaparecido, entera, arrasada hasta los tuétanos primordiales de su anterior ser. ¡Y la belleza está aquí! –Abrió los ojos y miró el poema, como si fuese el Santo Grial–. Capturada para siempre, ¡en unos renglones de tinta negra sobre papel! ¡Voy a ser el poeta más grande de la historia! Siempre ha sido mi sueño.
–Tengo miedo, David. ¡Rompamos los poemas y vayámonos de aquí!
–¿Mudarnos? ¿Ahora?
–Es peligroso. ¿Y si tu poder se extiende más allá del valle?
Sus ojos brillaron con ferocidad.
–Entonces puedo destruir el universo e inmortalizarlo en un único instante. Depende del poder de un soneto, si decido escribirlo.
–Pero no vas a escribirlo, David, prométemelo…
Él parecía no escucharla. Parecía estar escuchando una música cósmica, un movimiento de alas de aves, alto y claro. Parecía estar preguntándose cuánto tiempo llevaba esperando aquella tierra, siglos quizás, esperando a que un poeta viniera a beber de su poder. Ahora aquel valle parecía el centro del universo.
–Sería un poema magnífico –dijo, pensativo–. El poema más magnífico jamás escrito, dejaría en evidencia a Keats, a Shelley, a Browning y demás. Un poema sobre el universo. Pero no. –Meneó la cabeza con tristeza–. Supongo que nunca escribiré ese poema.
Sin aliento, Lisa esperó en el largo silencio.
Otro viento llegó desde el otro lado del mundo para sustituir al recién encarcelado. Lisa exhaló, tranquilizada.
–Durante unos segundos he creído que habías traspasado los límites y aprisionado todos los vientos de la tierra. Ya se ha resuelto.
–Caray, menos mal –gritó él, feliz–. ¡Es maravilloso! –La abrazó y la besó una y otra vez.
Escribió cincuenta poemas en cincuenta días. Poemas sobre una piedra, un tallo, una flor, un guijarro, una hormiga, una pluma caída, una gota de lluvia, un alud, una calavera seca, una llave en el suelo, la uña de un dedo, una bombilla hecha añicos.
Le llovieron reconocimientos como un aguacero. Los poemas se difundieron y se leyeron en todo el mundo. Los críticos describían aquellas obras maestras como «gotas de ámbar que han capturado fragmentos de la vida…», «ventanas que dan al mundo entero…».
Se hizo muy famoso de repente. Tardó muchos días en creérselo. Cuando vio su nombre en libros impresos no se lo creyó, y así lo hizo saber. Y cuando leyó las columnas de los críticos, tampoco se lo creyó.
Luego, una llama empezó a arder en su interior, una cada vez más grande, una que ascendía consumiendo su cuerpo, sus piernas, sus brazos, su rostro.
En mitad del ruido y la gloria, Lisa pegó su mejilla contra la suya y susurró:
–Estás en un momento perfecto. ¿Cuándo vamos a estar tú y yo en un momento más perfecto que este? Nunca.
David le enseñaba las cartas a medida que llegaban.
–¿Ves? Esta carta, de Nueva York. –Parpadeaba deprisa y era incapaz de parar quieto–. Quieren que escriba más poemas. Miles más. Mira esta carta. Ten. –Se la dio–. Ese editor dice que, si soy capaz de escribir algo tan bueno sobre un guijarro o una gota de agua, imagina lo que podré hacer cuando…, experimente con la vida real. La vida real. Nada importante. Una ameba, quizás. O, bueno, justo esta mañana he visto un pájaro…
–¿Un pájaro? –Lisa se tensó y esperó su respuesta.
–Sí, un colibrí… Suspendido, posándose, elevándose…
–No habrás…
–¿Y por qué no? Solo es un pájaro. Un pájaro entre mil millones –dijo, cohibido–. Un pájaro pequeño, un poema pequeño. No puedes negarme eso.
–Una ameba –dijo ella, con voz atonal–. Y lo siguiente será un perro, un hombre, una ciudad, un continente, ¡el universo!
–Tonterías. –Le tembló la mejilla. Caminó por la habitación, echándose hacia atrás su pelo negro–. Estás dramatizando. Al fin y al cabo, ¿qué supone un perro? ¿O, yendo un poco más lejos, un hombre?
Lisa suspiró.
–Es lo mismo de lo que antes hablabas con miedo, el peligro del que hablamos la primera vez, cuando supimos de tu poder. Recuerda, David, en realidad no es tuyo, fue un accidente que nos mudáramos a la casa del valle…
David maldijo en voz baja.
–¿Qué importa si fue un accidente o el destino? Lo que cuenta es que ahora estoy aquí, y están…, están… –Se detuvo, sonrojado.
–¿Están qué? –se impacientó ella.
–¡Están diciendo que soy el poeta más grande de todos los tiempos!
–Esto va a ser tu ruina.
–¡Pues que lo sea! Y ahora, un poco de silencio.
Se marchó a su estudio y se sentó inquieto a contemplar el camino de tierra. Aún de aquel humor, vio que un perro bajaba trotando el camino, levantando nubecitas de polvo.
–Soy un poeta cojonudo –susurró airado, cogiendo pluma y papel. Rápidamente, garabateó cuatro versos.
Los ladridos llegaban a intervalos iguales y estridentes mientras rodeaba un árbol y trotaba hacia un seto. Inesperadamente, en mitad de un brinco para salvar una vid, los ladridos cesaron, el perro se desmoronó centímetro a centímetro en el aire, y se desvaneció.
Encerrado en su estudio, compuso a un ritmo furioso, contando guijarros del jardín y cambiándolos por estrellas con solo nombrarlas, inmortalizando nubes, abejorros, abejas, rayos y truenos con unas florituras de su pluma.
Era inevitable que algunos de sus poemas más secretos terminaran por caer en manos de su mujer.
Al llegar a casa tras un largo paseo vespertino, encontró sus poemas desplegados sobre el regazo de Lisa.
–David –quiso saber ella–, ¿qué significa esto? –Estaba muy fría y muy alterada–. Este poema. Primero un perro. Luego un gato, unas ovejas y al final… ¡Un hombre!
Le arrebató los papeles.
–¡Y qué! –Los metió en un cajón que cerró de golpe, con violencia–. Era un viejo, las ovejas también estaban viejas, ¡y el terrier estaba comido de microbios! ¡El mundo respira mejor sin ellos!
–¡Y luego está este poema! –Lo sostuvo ante ella, con los ojos muy abiertos–. Una mujer. ¡Tres niños de Charlottesville!
–¡O sea que no te gustan! –dijo él, furioso–. Un artista tiene que experimentar. Con todo… No puedo estancarme y hacer lo mismo una y otra vez. Tengo planes más grandes de lo que te piensas. Sí, planes buenísimos, estupendos. He decidido escribir sobre todas las cosas. Diseccionaré los cielos si me place, haré trizas los mundos, ¡jugaré con los soles si me da la puñetera gana!
–David –dijo ella, conmocionada.
–¡Lo haré! ¡Lo haré!
–Eres un crío, David. Tendría que haberlo sabido. Si esto continúa, no puedo quedarme aquí contigo.
–Tú vas a quedarte aquí –dijo él.
–¿A qué te refieres?
–No sabía a qué se refería. Miró a su alrededor, desvalido, y luego añadió–: A que… A que si intentas irte me sentaré a mi mesa y te describiré con tinta…
–Eres… –dijo ella, aturdida.
Empezó a llorar. Muy silenciosamente, sin sonido alguno, sus hombros se movían mientras se hundía en una silla.
–Lo siento –dijo él, sin mucha convicción, detestando aquella escena–. Lo he dicho sin querer, Lisa. Perdóname. –Se acercó y le puso una mano en su cuerpo estremecido.
–No voy a dejarte –dijo Lisa finalmente.
Y, cerrando los ojos, se puso a pensar.
Mucho más avanzado el día, Lisa regresó de hacer unas compras en el pueblo con bolsas a reventar y una botella de champán grande y reluciente.
David miró la botella y se echó a reír.
–¿Celebramos algo?
–Sí –dijo, dándole la botella y un abridor–. ¡Celebramos que eres el poeta más importante del mundo!
–Detecto el sarcasmo, Lisa –dijo él, sirviendo unas copas–. Brindo por… El universo. –Bebió–. Está bueno. –La señaló–. Bebe. ¿Te pasa algo?
Tenía los ojos empañados, algo la entristecía.
Lisa le rellenó la copa y levantó la suya.
–Por que siempre estemos juntos. Siempre.
La habitación se ladeó.
–Se me está subiendo a la cabeza –observó él, con mucha seriedad, sentándose para no caerse–. He bebido con el estómago vacío. ¡Dios!
Estuvo sentado diez minutos mientras ella le rellenaba la copa. Parecía muy contenta de repente, sin ningún motivo. David entornaba los ojos, pensando, mirando la pluma y el papel, intentando tomar una decisión.
–¿Lisa?
Estaba ya preparando la cena, cantando.
–Me siento de mal humor. Llevo toda la tarde dándole le vueltas y…
–¿Y, cariño?
–Voy a escribir el poema más grande de la historia… ¡Ahora mismo!
Lisa sintió que el corazón se le aceleraba.
–¿Un poema sobre el valle?
Él sonrió con desdén.
–No. ¡No! Algo más grande. ¡Mucho más grande!
–Me temo que no se me dan bien las adivinanzas –confesó ella.
–Es sencillo –dijo, apurando otra copa de champán. Un detalle por su parte que se le hubiese ocurrido comprarla, estimulaba sus pensamientos. Cogió la pluma y la entintó–. ¡Voy a escribir mi poema sobre el universo! Veamos…
–¡David!
Hizo una mueca de fastidio.
–¡Qué!
–Nada, nada. Ten, cariño, sírvete más champán.
–¿Cómo? –Parpadeó, atontado–. Si a ti no te molesta, sírveme.
Lisa se sentó a su lado, intentado disimular.
–Repítemelo. ¿Sobre qué vas a escribir?
–Sobre el universo, las estrellas, las estelas epilépticas de los cometas, las búsquedas a ciegas de los meteoritos, los acalorados abrazos y las progenies de los grandes soles, sobre las excursiones frías y gráciles de los planetas, los asteroides desplomándose como paramecios bajo un microscopio gigante, ¡y sobre todas y cada una de las cosas que mi mente reclame! ¡La Tierra, el Sol, las estrellas! –exclamó.
–¡No! –dijo ella, pero se contuvo–. O sea, cariño, no escribas sobre todo a la vez. Las cosas, de una en una…
–De una en una… –Hizo una mueca–. Es lo que he hecho siempre y ya me he hartado de dientes de león y margaritas.
Escribió en el papel con la pluma.
–¿Qué haces? –le preguntó, sujetándolo del codo.
–¡Déjame en paz! –Se zafó de ella.
Lisa vio cómo las palabras se formaban en negro: «Ilimitado universo, con estrellas y planetas y soles…». No pudo no gritar.
–¡No, David, táchalo antes de que sea demasiado tarde! ¡Para!
La miró como si lo hiciera a través de un tubo largo y oscuro, con el eco de su voz en el otro extremo.
–¿Tacharlo? –dijo–. ¿Por qué, si es buena poesía? No pienso tachar ni un solo verso. ¡Quiero ser un buen poeta!
Lisa se arrojó sobre él, forcejeando para quitarle la pluma. Con un único tajo súbito, destrozó las palabras.
–¡Antes de que la tinta se seque! ¡Antes de que la tinta se seque!
–¡Imbécil! –gritó él–. ¡Déjame en paz!
Lisa corrió a la ventana. Las primeras estrellas de la noche seguían allí, y la luna en cuarto creciente. Sollozó aliviada. Giró en redondo para encararlo y fue hacia él.
–Quiero ayudarte a escribir tu poema…
–¡Yo no necesito ayuda!
–¿Estás ciego? ¿No eres consciente del poder de tu pluma?
Para distraerlo, le sirvió más champán, que él agradeció y se bebió.
–Ah –suspiró, aturdido–. La cabeza me da vueltas.
Pero eso no impidió que escribiera, y escribió, empezando de nuevo en otra hoja de papel.
–Universo… Vasto universo… Ancho y con billones de estrellas…
Frenética, Lisa echó mano de los trozos de papel, sus útiles de escritura.
–¡Qué poema más pobre! –dijo.
–¿A qué te refieres con pobre? –Quiso saber, sin dejar de escribir.
–Tienes que empezar por el principio y construir a partir de ahí –explicó ella, con lógica–. Como darle cuerda a un reloj, o el universo que se inicia con una molécula y va creciendo a través de las estrellas hasta convertirse en una voltereta estelar… –David empezó a escribir más despacio, frunciendo el ceño mientras pensaba. Al verlo, Lisa se apresuró–. ¿Lo ves, cariño?, has dejado que la emoción se te escape. No puedes empezar con cosas grandes. Ponlas al final de tu poema. ¡Construye el clímax!
La tinta estaba secándose. La miró fijamente mientras se secaba. En otros sesenta segundos…
David dejó de escribir.
–Puede que tengas razón. Puede ser. –Soltó la pluma unos segundos.
–Claro que la tengo –dijo ella, con ligereza, riendo–. Toma, coge la pluma y… Ten…
Creyó que iba a detenerla, pero David se había llevado la mano a su frente pálida y tenía el gesto encogido por el dolor de ojos que le causaba la bebida.
Lisa hizo un rayón sobre el poema. El corazón le latía más despacio.
–Venga –dijo, solícita–, coge la pluma, que yo te ayudo. Empieza por lo pequeño y construye a partir de ahí, como buen artista.
Una película gris cubría los ojos de David.
–Puede que tengas razón, puede ser, puede ser.
El viento aullaba fuera.
–¡Captura el viento! –gritó ella, para concederle un pequeño triunfo con el que satisfacer su ego–. ¡Captura el viento!
David acarició la pluma.
–¡Capturado! –bramó, con voz ebria, vacilante–. ¡Viento capturado! ¡Hecha una jaula de tinta!
–¡Captura las flores! –ordenó ella, con excitación–. ¡Hasta la última del valle! ¡Y la hierba!
–¡Listo! ¡Flores capturadas!
–¡Ahora la colina! –dijo ella–. ¡La colina!
»¡El valle! ¡El valle!
»¡La luz del sol, los olores, los árboles, las sombras, la casa y el jardín y lo que hay dentro de la casa!».
–¡Sí, sí, sí! –gritó él, sin detenerse.
–David, te quiero –dijo mientras él escribía a toda velocidad–. Perdóname por lo que voy a hacer, cariño…
–¿Cómo?
–Nada, nada. Salvo que nunca estamos satisfechos del todo y queremos ir más allá de los límites propios. Es lo que has intentado hacer, David, y es un error.
David asintió ante su obra. Lisa le dio un beso en la mejilla. Él alargó el brazo y le dio unos golpecitos la barbilla.
–¿Sabes qué, señorita?
–Qué.
–Creo que me gustas, sí, señor, creo que me gustas.
Ella lo zarandeó.
–No te duermas, David, no.
–Quiero dormir. Quiero dormir.
–Más tarde, cariño. Cuando hayas terminado tu poema, tu último gran poema, el mejor de todos, David. Escúchame…
Movió la pluma con torpeza.
–¿Qué digo?
Ella le acarició el pelo, le tocó la mejilla con los dedos y le dio un beso, temblando. Luego cerró los ojos y empezó a dictar.
–Había una vez un hombre maravilloso llamado David y su mujer, llamada Lisa, y…
La pluma se movía despacio, pesarosa, formando las palabras con agotamiento.
–¿Y? –pidió él.
–Y vivían en una casa en el jardín del Edén…
Siguió escribiendo, con tedio. Ella lo observaba.
David levantó los ojos.
–¿Y bien? ¿Qué más?
Miró la casa, y la noche fuera, y el viento regresó para cantarle al oído mientras juntaba las manos y lo besaba en los labios adormecidos.
–Eso es todo –dijo ella–. La tinta se está secando.
Meses más tarde, los editores de Nueva York visitaron el valle y regresaron a la ciudad con solo tres trozos de papel que encontraron arrastrados por el viento de un lado a otro del valle árido, rocoso, vacío.
Los editores se miraron unos a otros, inexpresivos.
–Vaya, vaya, no ha quedado nada –dijeron–. Nada más que piedra pelada, ni señal de vegetación o vida humana. La casa en la que vivía, ¡desaparecida! ¡El camino, todo! ¡Él también! Y su mujer, ¡ella también ha desaparecido! Sin decir palabra. ¡Como si una riada hubiese arramblado con todo y arrasado toda la campiña! ¡Todo desaparecido! ¡Arramblado! ¡Y solo quedan tres poemas que den fe de todo!
Nunca recibieron noticias del poeta y su mujer. Los expertos del Instituto Agrónomo hicieron cientos de kilómetros para estudiar aquel valle completamente desnudo y luego se marcharon, meneando la cabeza y con aspecto pálido.
Pero encontrarlo todo es muy sencillo.
Basta con pasar las páginas de su último librito y leer los tres poemas.
Allí está Lisa, pálida, hermosa e inmortal, se puede oler la dulce calidez de su pelo, siempre joven, ondeando al viento con destellos dorados.
Y a su lado, en la página opuesta, está él, flaco, sonriente, firme, el pelo como el plumaje de un cuervo, los brazos en jarra, el rostro alzado para mirar en derredor.
Y a cada lado de ambos, de un verde inmortal, bajo un cielo de zafiro, con el aroma a uva tinta hinchada, con la hierba alta y combada para tocar unos pies aventurados, con veredas que aguardan a que cualquier lector las tome, se encuentran el valle y la casa, y la paz intensa y generosa de la luz del sol y de la luna y las muchas estrellas, y ellos dos, recorriéndolo todo, riendo juntos, por siempre jamás.