Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

los ratoncitos

spanish

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–Son rarísimos –dije–. La parejita de mexicanos.
–¿A qué te refieres? –preguntó mi mujer.
–Ni un ruido –dije–. Escucha.
Nuestra casa estaba muy metida entre bloques de pisos, y tenía otra media casa adosada. Cuando mi mujer y yo la compramos, pusimos en alquiler el anexo, que coincidía pared con pared con nuestro salón. Ahora, con la oreja pegada a esa pared, solo oíamos el latido de nuestros corazones.
–Sé que están en casa –susurré–. Pero en los tres años que llevan viviendo aquí, no he oído una sartén caerse, una palabra, el ruido de un interruptor. Dios, qué estarán haciendo ahí dentro…
–No lo había pensado –dijo mi mujer–. Es curioso, sí.
–Una sola luz puesta, la misma bombillita azul de veinticinco vatios que encienden en el salón. Si pasas por la puerta y miras por la cerradura, lo ves a él sentado en la butaca, sin decir palabra, con las manos en el regazo. No se mueven.
–A simple vista, siempre pienso que no están en casa –dijo mi mujer–. El salón está prácticamente a oscuras. Pero si miras bien, tus ojos se acostumbran y alcanzas a distinguirlos, ahí sentados.
–Un día de estos –dije–, ¡voy a colarme de sopetón y a encender las luces gritando! Dios, no soporto ese silencio, no sé cómo son capaces. No son mudos, ¿no?
–Él cuando me paga el alquiler todos los meses, dice hola.
–¿Algo más?
–Adiós.
Meneé la cabeza.
–Cuando coincidimos en el descansillo, sonríe y echa correr.
Mi mujer y yo dedicábamos las tardes a leer, escuchar la radio, charlar.
–¿Tienen radio?
–Ni radio, ni televisión ni teléfono. Ni un libro, ni una revista, ni un periódico en toda la casa.
–¡Es absurdo!
–No te sulfures.
–Ya, pero es que no puedes pasarte dos o tres años sentado en una habitación a oscuras sin hablar, sin escuchar la radio, sin leer y sin comer, ¿no? Nunca he olido a filete o a huevo frito. ¡Creo que ni siquiera los he oído meterse en la cama, puñetas!
–Lo hacen para desconcertarnos, cielo.
–¡Pues lo están consiguiendo!
Fui a dar una vuelta por la manzana. Era verano y hacía buena noche. Al regresar, eché una miradita a su puerta como quien no quiere la cosa. Ahí estaban el silencio oscuro y las siluetas grávidas, sentadas, y la bombillita azul encendida. Estuve allí un buen rato, terminándome un cigarrillo. Justo cuando iba a darme la vuelta para marcharme, lo vi en el umbral, mirándome con su cara anodina y rolliza. No se movió. Estaba ahí sin más, observándome.
–Buenas noches –dije.
Silencio. Un instante después, giró en redondo y desapareció en la penumbra de la habitación.
Por la mañana, el mexicano salió de casa a las siete, solo, a paso ligero por el descansillo, guardando el mismo silencio que mantenía en su domicilio. Ella hizo lo propio a las ocho, con paso cauteloso, achaparrada bajo el abrigo oscuro, un sombrero negro equilibrado en su pelo cardado de salón de belleza. Llevaban años yendo así a trabajar: remotos y silenciosos.
–¿Dónde trabajan? –pregunté durante el desayuno.
–Él trabaja en los altos hornos de la U. S. Steel. Ella es costurera no sé dónde.
–Son trabajos duros.
Escribí algunas páginas de mi novela, leí, vagueé; escribí un rato más. Por la tarde, a las cinco, vi que la mexicana volvía a casa, abrió la puerta, entró deprisa, corrió el cerrojo de la mosquitera y cerró la puerta con llave.
Él llegó a las seis en punto muy apurado. Sin embargo, ya en el porche trasero, mostró una paciencia infinita. Pasó la mano por la mosquitera, raspándola como un ratón gordo, y esperó. Ella le abrió por fin. No los vi mover la boca.
Ni un ruido durante la cena. Ni una sartén. Ni tintineo de platos. Nada. Vi la lamparita azul encendida.
–Hace lo mismo –dijo mi mujer–, cuando paga el alquiler. Llama tan bajito que ni lo oigo. Miro por la ventana de casualidad y ahí está. Sabe Dios cuánto se ha pasado esperando, es como si le diese «mordisquitos» a la puerta.
Dos días más tarde, un bonito atardecer de julio, mientras trabajaba en el jardín, el mexicano salió al porche trasero y me miró.
–¡Está loco! –dijo. Se volvió hacia mi mujer–. ¡Y usted también! –Agitó tranquilamente su mano rolliza–. No me caen bien. Demasiado ruido. No me caen bien. Están locos.
Entró de nuevo en su casita.
Agosto, septiembre, octubre, noviembre. Los «ratones», como los llamábamos ahora, seguían en su oscura guarida. En una ocasión, mi mujer le dio unas revistas viejas junto con el recibo del alquiler. Él las aceptó educadamente, con una sonrisa y una reverencia, pero sin decir palabra. Una hora más tarde, vio cómo las metía en el incinerador del jardín y encendía una cerilla.
Al día siguiente, pagó tres meses de alquiler por adelantado, con la intención obvia de no tener que vernos de cerca más que una vez cada doce semanas. Cuando me lo encontraba por la calle, él cambiaba corriendo de acera para saludar a un amigo imaginario. Y ella lo mismo, pasaba por mi lado a la carrera, con sonrisa de loca, apabullada, asintiendo. Nunca me acerqué a ella a menos de veinte metros. Si hacía falta reparar algo de fontanería en su casa, se ocupaban ellos en silencio, sin decirnos nada, y llamaban a un fontanero que, al parecer, trabajaba con linterna.
–La madre que me parió –me dijo cuando lo vi en el callejón–. No hay una sola bombilla en toda la puñetera casa. Cuando les he preguntado dónde puñetas las tenían, ¡me han sonreído sin más!
De noche, acostado, pensé en aquellos ratoncitos. ¿De dónde eran? De México, sí. ¿De qué parte? ¿De una granja, de una aldea, de algún sitio pegado a un río? De ciudad o de pueblo, no, eso seguro. Sino de un lugar donde la mayor parte de sus vidas no conocieron más que las estrellas, la luz y la oscuridad naturales, las idas y venidas de la luna y el sol. Aun así, se fueron, muy lejos de casa, a una ciudad improbable, él se pasaba el día sudando la gota gorda en un alto horno y ella encorvada delante de la máquina de coser. Luego regresaban al barrio cruzando una ciudad ruidosa, evitando de camino el traqueteo de los tranvías y el cotorreo estridente de los bares. Entre millones de gritos corrían de vuelta a su salón, a su bombilla azul, a la comodidad de sus sillas y a su silencio. Pensaba en ello a menudo. De madrugada, tenía la sensación de que, si alargaba el brazo, en la oscuridad de mi cuarto, podría palpar el adobe y oír un grillo y el rumor de un río bajo la luna y a alguien cantando a media voz con una guitarra lejana.
Una tarde de diciembre a última hora, el bloque de pisos de al lado salió ardiendo. Las llamas rugían hacia el cielo, los ladrillos caían en avalanchas y llovían chispas sobre el tejado donde vivían los silenciosos ratones.
Aporreé su puerta.
–¡Fuego! –grité–. ¡Fuego! –Seguían sentados sin moverse junto a la luz azul de su habitación. Aporreé con más fuerza–. ¿No me oís? ¡Fuego!
Llegaron los camiones de bomberos. Lanzaron chorros de agua al edificio. Cayeron más ladrillos. Cuatro de ellos agujerearon la casita. Me subí al tejado, apagué las llamas mínimas y me bajé, con la cara sucia y cortes en las manos. La puerta de la casita se abrió. El mexicano callado y su mujer aparecieron en el umbral, firmes e inamovibles.
–¡Dejadme pasar! –grité–. Tenéis un agujero en el tejado, ¡puede que hayan caído chispas en el dormitorio!
Abrí la puerta de par en par, los aparté de un empujón.
–¡No! –gruñó el hombrecillo.
–¡Ay! –la mujer corría en círculos como un juguete roto.
Entré con una linterna. El hombrecillo me sujetó del brazo. Olí su aliento.
El haz de mi linterna atravesó las habitaciones de la casa. La luz centelleó en cien botellas de vino en el suelo del pasillo, doscientas más en las baldas de la cocina, seis decenas en los muebles del salón, más de lo mismo en los burós y los armarios de los cuartos. No sé si me impresionó más el agujero en el techo del dormitorio o los innumerables destellos de aquel sinfín de botellas. Perdí la cuenta. Parecía una invasión de resplandecientes escarabajos gigantes, muertos de golpe y en el sitio a causa de una enfermedad ancestral.
En el dormitorio, sentí al hombrecillo y a su mujer detrás de mí en el umbral. Oía sus fuertes respiraciones y sentía sus miradas. Aparté el haz de luz de las botellas resplandecientes, lo dirigí con cuidado, y durante el resto de mi visita, al agujero en el techo amarillo.
La mujer empezó a llorar. Lloraba en voz baja. Nadie se movió. A la mañana siguiente, se fueron.
Cuando supimos que se habían ido, eran las seis de la mañana y casi habían desaparecido por el callejón, con las maletas a cuestas, aunque por lo ligeras que parecían, bien podrían haber estado vacías. Intenté detenerlos. Hablé con ellos. Les dije que eran viejos amigos. Que no había cambiado nada. Que lo del incendio no tenía nada que ver con ellos, ni lo del tejado. ¡Insistí en que eran testigos inocentes! Yo me ocuparía de reparar el tejado, sin cobrarles, ¡sin cobrarles nada! Pero ni siquiera me miraron. Mientras les hablaba, miraban la casa y el final abierto del callejón frente a ellos. Luego, cuando paré, hicieron un gesto con la cabeza hacia el callejón como ambos coincidieran en que era el momento de irse y continuaron caminando, y luego echaron a correr, me pareció, lejos de mí, hacia la calle donde tranvías y autobuses y coches llenaban las ruidosas avenidas que se extendían como un laberinto. Sin embargo, corrían con orgullo, con la cabeza alta, sin mirar atrás.
Volví a cruzarme con ellos de casualidad. En Navidad, una tarde, vi al hombrecillo caminando delante de mí en silencio, con prisas, por la calle al atardecer. Los seguí por curiosidad. Cuando se volvía, me volvía. Por fin, a cinco manzanas de nuestro antiguo barrio, arañó suavemente la puerta de una casita. La puerta se abrió, lo vi entrar, y la puerta se cerró. Al pasar por delante, mientras la noche se cerraba en torno a los bloques de pisos de la ciudad, una lucecita se encendió como una bruma azul en el pequeño salón. Creí ver, aunque seguramente lo imaginé, dos siluetas, él a un lado de la habitación en su silla de siempre, ella al otro lado, sentada, sentada a oscuras, y una o dos botellas que empezaban a acumularse en el suelo, detrás de las sillas, y no se oía nada, no intercambiaban sonido alguno. Solo silencio.
No me acerqué a llamar. Pasé junto a la casa. Seguí avenida arriba, escuchando el cotorreo estridente de las cafeterías. Compré el periódico, una revista y un libro de bolsillo. Luego me fui a casa, donde todas las luces estaban encendidas y había comida caliente en la mesa.
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