los solitarios
spanish
Cenaron seis veces al aire libre, cuchicheando frente a una pequeña hoguera. La luz resplandecía en lo más alto del cohete en el que habían cruzado el espacio. Vista desde muy lejos, desde las colinas azules, su hoguera parecía una estrella que hubiese aterrizado junto a los largos canales marcianos bajo el cielo de Marte, raso y sin viento.
La sexta noche, los dos hombres se sentaron frente al fuego, mirando con nerviosismo en todas direcciones.
–¿Frío? –preguntó Drew, porque el otro estaba tiritando.
–¿Qué? –Smith se miró los brazos–. No.
Drew miró la frente de Smith. La tenía cubierta de sudor.
–¿Demasiado calor?
–No, tampoco.
–¿Soledad?
–Puede ser. –Su mano tembló cuando echó otro leño al fuego–. ¿Jugamos a las cartas?
–No me puedo concentrar.
Drew escuchó la respiración rápida y superficial de Smith.
–Tenemos la información. Hemos sacado fotos y cogido muestras todos los días. Estamos prácticamente llenos. ¿Por qué no nos vamos a casa esta noche?
Smith rio.
–Te sientes solo en ese sentido, ¿eh?
–Corta el rollo.
Removieron la tierra fría con las botas. No había viento. El fuego ardía constante, recto, alimentado por la goma de oxígeno de la nave. Los dos llevaban máscaras de cristal en la cara, muy finas, a través de las cuales una suave capa de oxígeno ascendía intermitentemente desde los chalecos de oxígeno que portaban bajo las chaquetas. Drew comprobó el indicador de pulsera. Oxígeno para seis horas en su chaleco. Estupendo.
Sacó su ukelele y empezó a rasguearlo como si tal cosa, con los ojos entornados, recostándose para contemplar las estrellas.
The girl of my dreams is the sweetest girl, of all the girls I know…
Each sweet coed, like a rainbow trail, fades in the afterglow…
The blue of her eyes and the gold of her hair….
El sonido del ukelele subía por los brazos de Drew hasta sus auriculares. Smith no oía el instrumento, solo a Drew cantando. El aire estaba demasiado enrarecido.
–She’s the sweetheart of Sigma Chi…
–¡Ay, para ya! –gritó Smith.
–¿Qué mosca te ha picado?
–¡He dicho que pares ya y punto! –Smith se recostó, fulminándolo con la mirada.
–Vale, vale, no te exaltes.
Drew soltó el ukelele y se tumbó boca arriba, pensando. Sabía qué pasaba. Él también lo sentía. La soledad fría, la soledad a medianoche, la soledad de la distancia y el tiempo y el espacio, de las estrellas y el viaje y los meses y los días.
Demasiado bien recordaba la cara de Anna mirándolo a través de la compuerta del cohete un minuto antes del lanzamiento. Era como un camafeo vívido y de fina talla, el cristal redondo y azul y su hermoso rostro, la mano en alto para despedirse, la sonrisa en sus labios y unos ojos brillantes. Anna le lanzó un beso con la mano. Luego desapareció.
Miró a Smith por hacer algo. Tenía los ojos cerrados. Él también estaba dándole vueltas a una imagen. Marguerite, por supuesto. La maravillosa Marguerite, sus ojos marrones y el suave pelo castaño. A noventa y seis millones de kilómetros, en el mundo improbable en el que habían nacido.
–¿Qué van a hacer esta noche? –dijo Drew.
Smith abrió los ojos y miró más allá del fuego. Sin preguntarle a Drew a qué se refería, contestó:
–Ir a un concierto, a nadar, a jugar al bádminton, un montón de cosas.
Drew asintió. Se metió de nuevo en sí mismo y notó que las manos y la cara empezaban a sudarle. Empezó a temblar, había en su fuero interno una estridente sensación de queja. Esa noche no quería dormir. Sería igual que las demás noches. De la nada, los labios y el cariño y el sueño. Y, demasiado pronto, la mañana vacía, el despertar a la pesadilla de la realidad.
Se levantó bruscamente de un salto. Smith se echó hacia atrás, mirándolo.
–Vamos a dar una vuelta, a hacer algo –dijo Drew, animado.
–Vale.
Caminaron por las arenas rosadas del lecho marino desierto, sin decir nada, limitándose a caminar. Drew sintió que parte de la tensión remitía. Carraspeó.
–Supongamos –dijo–, no es más que una suposición, claro, que conocieras a una mujer marciana. Ahora mismo. En menos de una hora.
Smith resopló.
–No digas pamplinas. No existen.
–Pero supón.
–No sé –respondió Smith, con la vista al frente mientras caminaba. Agachó la cabeza y se pasó la mano por la máscara de cristal fino y cálido que le cubría la cara–. Marguerite me está esperando en Nueva York.
–Y a mí me está esperando Anna. Pero seamos prácticos. Aquí estamos, dos hombres muy humanos, un año lejos de la tierra, fríos, solos, aislados, faltos de consuelo, apoyándonos en el otro. Normal que no nos saquemos de la cabeza a las mujeres que dejamos en la Tierra.
–Comerse la cabeza es una tontería, deberíamos dejar de hacerlo. Además, ¡aquí no hay mujeres, puñetas! –Caminaron otro trecho–. Además –continuó Smith por fin, después de pensarlo–, si conociéramos a una mujer aquí, estoy seguro de que Marguerite sería la primera en entender la situación y me perdonaría.
–¿Estás seguro?
–¡Totalmente!
–¿O te estás excusando?
–¡No!
–Bien, pues voy a enseñarte una cosa. Date la vuelta. Allí. –Drew cogió a Smith del brazo y lo condujo a unos cincuenta pasos de donde estaban–. He sacado el tema por esto de aquí. –Señaló.
Smith ahogó un grito.
En la arena había una huella como un valle en miniatura.
Los dos hombres se agacharon, posaron los dedos con ansias, rozando nerviosos ambos lados de la huella. El aliento les siseaba en la nariz. A Smith le brillaban los ojos.
Se miraron a la cara durante un buen rato.
–¡Una huella de mujer! –gritó Smith.
–Perfecta en cada detalle –dijo Drew, asintiendo con solemnidad–. Lo sé porque una vez trabajé en una zapatería. Reconocería una huella de mujer en cualquier parte. ¡Perfecta, perfecta!
Se tragaron el grueso nudo que tenían en sus gargantas secas. El corazón se les desbocó.
Smith abría y cerraba con fuerza las manos.
–Hostias, ¡qué pequeña es! ¡Fíjate en los dedos! Dios, ¡qué delicadeza! –Se levantó y miró al frente, con los ojos entornados. Luego, con un grito, empezó a correr–. Aquí hay otra, y otra. Más. ¡Van en esa dirección!
–Tranquilo. –Drew lo alcanzó. Sujetó a Smith del brazo–. ¿Adónde te crees que vas?
–Suéltame, ¡copón! –Smith señaló–. Voy a seguirlas, obviamente.
–¿Y Marguerite?
–Vaya un momentito para hablar de ella. ¡Suéltame o te meto!
Con gesto pensativo, Drew bajó la mano.
–Está bien. Vamos.
Los dos echaron a correr…
Huellas recientes, recientes y profundas y delicadamente definidas. Huellas apresuradas, que giraban y se precipitaban ante ellos, iban y venían, solas, por el árido lecho marino. Una mirada rápida al reloj de pulsera. Cinco minutos. Deprisa. Rápido. Corre. Drew jadeaba, entre risas. Absurdo. Ridículo. Dos hombres corriendo a trompicones. En realidad, si la cosa no fuese tan seria, tan desolada, se sentaría a reírse hasta llorar. Dos hombres supuestamente inteligentes, ¡dos Robinson Crusoe a la carrera tras una invisible Viernes femenina! ¡Ja!
–¿De qué te ríes? –gritó Smith, muy por delante.
–De nada. Atento a la hora. El oxígeno se acaba, lo sabes.
–Tenemos de sobra.
–¡Aun así, atento!
¿Era consciente cuando pasó por aquí (pensaba Drew, aquello le hacía gracia), mientras dejaba sus huellas en la tierra con tanta delicadeza, de que, al hacerlo, al plantar inocentemente sus dulces piececitos, iba a provocar una crisis entre hombres? No. Era totalmente ajena. Totalmente.
Tenía que correr más deprisa y alcanzar a ese loco de Smith. Qué tonto, qué tonto. Aunque…, tampoco tanto.
Mientras Drew corría, su cabeza se llenó de ardor. Al fin y al cabo, sería genial sentarse junto al fuego al lado de una mujer guapa, cogerla de la mano, besarla y tocarla.
–¿Y si es azul?
Smith se volvió mientras corría.
–¿Qué?
–¿Y si es azul? ¿Como las colinas? ¿Entonces qué?
–¡Que te den, Drew!
–¡Ja! –Drew soltó una risotada y a toda velocidad bajaron por el antiguo curso de un río y en paralelo a un canal, ambos se extendían secos en un tiempo que no conocía estaciones.
Las huellas avanzaban con delicadeza hacia el pie de las colinas. Tuvieron que detenerse al llegar a la pendiente.
–¡Yo prime! –dijo Drew, con ojos mordaces y amarillos.
–¿Qué?
–He dicho «Yo prime». O sea que el primero que habla con ella soy yo. ¿No te acuerdas cuando éramos críos? Decíamos «prime». Vale. Pues acabo de decir «prime». Es oficial. –Smith no sonreía–. ¿Qué pasa, Smith? ¿Te da miedo la competencia? –dijo Drew. Smith no habló–. Tengo buen perfil –señaló Drew–. Además, te saco diez centímetros. –Smith lo miraba con frialdad. Con los ojos fijos. –Sí, señor, competencia –continuó Drew–. Hagamos una cosa, Smith, si tiene una amiga, te la dejo.
–Cállate –dijo Smith, fulminándolo con la mirada.
Drew borró la sonrisa y retrocedió.
–Oye, Smith, será mejor que bajes el pistón. Te estás sulfurando. No me gusta verte así. Iba todo bien hasta ahora.
–Me comporto como me da la gana. No te metas en mis cosas. Además, ¡las huellas las he encontrado yo!
–Repite eso.
–Bueno, puede que las hayas encontrado tú, ¡pero la idea de seguirlas fue mía!
–¿Sí, eh? –dijo Drew muy despacio.
–Y lo sabes.
–¿Sí, eh?
–Copón bendito, un año en el espacio, sin compañía, cero, viajando, y ahora que pasa algo como esto, que un humano…
–Una humana.
Smith levantó el puño. Drew lo sujetó, se lo torció, le dio un bofetón.
–¡Espabila! –gritó a la cara inexpresiva–. ¡Espabila! –Cogió a Smith por la pechera. Lo zarandeó como a un crío. –¡Escucha, idiota, escucha! Igual es la mujer de otro. Piénsalo. Si hay una marciana, tiene que haber un marciano, cenutrio.
–¡Suéltame!
–Solo te digo que lo pienses, imbécil.
Drew empujó a Smith. Smith tropezó, estuvo a punto de caerse, echó mano de la pistola, se lo pensó mejor, la enfundó de nuevo.
Pero Drew había visto aquel ademán. Miró a Smith.
–Con que esas tenemos, ¿eh? Prefieres ir de malas, ¿no? El cavernícola personificado.
–¡Cállate! –Smith empezó a andar colina arriba–. Tú no lo entiendes.
–No, he pasado el último año en otra parte. He estado todas las noches en casa con Anna. He estado calentito y a salvo en Nueva York. ¡Y te has comido el viaje entero tú solito! –Drew resopló violentamente y soltó una palabrota–. ¡Eres un pelele egocéntrico!
Remontaron una colina de arena y se vieron entre otras colinas, donde los habían conducido las huellas. Encontraron una hoguera abandonada, palos chamuscados, una latita de metal que, por su diseño, había contenido oxígeno para alimentar el fuego. Todo parecía reciente.
–No puede andar muy lejos.
Smith estaba a punto de desplomarse, pero aun así corrió. Arrastraba los pies por la arena y jadeaba.
Me pregunto cómo será, pensó Drew, moviéndose por sus pensamientos, libre, inquisitivamente. Me pregunto si será alta y esbelta o pequeña y muy delgada. Me pregunto de qué color tendrá los ojos, y el pelo. Me pregunto cómo tendrá la voz. ¿Dulce, aguda? ¿O suave y bajita?
Me pregunto un montón de cosas. Y Smith también. Smith también se hace preguntas. Escucha cómo se hace preguntas, cómo resuella y corre y se hace más preguntas. Esto no pinta bien. Algo malo nos espera, lo sé. ¿Por qué seguimos? Qué pregunta más tonta. Está claro que seguimos porque somos humanos, nada más y nada menos.
Solo espero, pensó, que no tenga serpientes en vez de pelo.
–¡Una cueva!
Habían llegado a la falda de una montaña baja, donde la cueva se abría a la oscuridad.
Las huellas desaparecían dentro.
Smith se apresuró a sacar su linterna y apuntó el haz hacia el interior, moviéndolo rápidamente de un lado a otro, sonriendo con aprensión. Avanzó con cautela, su respiración rechinaba por los auriculares.
–Ya casi estamos –dijo Drew. Smith no lo miró.
Caminaron juntos, sus codos se chocaban. Cada vez que Drew intentaba adelantarse, Smith gruñía y apretaba el paso; con la cara roja de ira.
El túnel giraba bruscamente, pero seguían viendo huellas cuando dirigían la antorcha hacia el suelo.
De repente, salieron a una caverna inmensa. En el otro extremo, junto a un fuego encendido, había una figura.
–¡Allí está! –gritó Smith–. ¡Allí está!
–Prime –susurró Drew con mucha calma.
Smith se volvió, tenía el arma en la mano.
–Largo –dijo.
–¿Qué? –Drew parpadeó ante la pistola.
–Ya has oído lo que he dicho, ¡largo!
–Eh, espera un momento…
–Vuelve a la nave, ¡y espérame allí!
–No estarás pensando en…
–Si cuando cuente hasta diez no te has movido, te dejo tieso en el sitio…
–¡Estás loco!
–Uno, dos, tres, más te vale ir tirando.
–Escúchame, Smith, ¡por el amor de Dios!
–Cuatro, cinco, seis, te he avisado… ¡Ah!
El arma se disparó.
La bala alcanzó a Drew en la cadera, lo hizo girar y caer de cara al suelo, gritando de dolor. Se quedó tirado en la oscuridad.
–¡Ha sido sin querer, Drew, en serio! –gritó Smith–. Se ha disparado; el dedo, la mano, los nervios; ¡ha sido sin querer! –Una figura se agachó en la luz cegadora, dio la vuelta a Drew–. Te curaré, lo siento. Voy a pedirle que nos ayude. ¡Espera un segundo!
Con el costado dolorido, Drew vio desde el suelo cómo la linterna giraba y a Smith cruzando la larga caverna a la carrera hacia la figura dormida junto al fuego negro. Oyo cómo Smith la llamaba gritos una o dos veces, vio cómo se acercaba y se agachaba junto a la figura, cómo la tocaba.
Durante un buen rato, Drew esperó.
Smith dio la vuelta a la figura. Desde muy lejos, oyó decir a Smith:
–Está muerta.
–¡Qué! –gritó Drew.
Con manos titubeantes empezó a sacar un pequeño botiquín. Rompió una ampolla con un polvo blanco y se lo tragó. El dolor en el costado cesó al instante. Luego empezó a vendarse la herida. Era grave, pero no demasiado. A media distancia, vio a Smith de pie solo, la linterna fútil en su mano entumecida, mirando la figura de la mujer.
Smith regresó y se sentó a su lado, mirando a la nada.
–Lleva mucho…, mucho tiempo muerta.
–Pero ¿y las huellas?
–Es este mundo, obviamente, este mundo. No nos paramos a pensar. Corrimos sin más. Yo corrí. Como un tonto. Este mundo, no lo había pensado hasta ahora. Y ahora lo sé.
–¿Qué es?
–No hay viento, cero. No hay estaciones, ni lluvia, ni tormentas, no hay nada. Hace diez mil años, en un mundo agonizante, esa mujer de ahí cruzó las arenas, sola. Quizás era la última con vida. Con varias latas de oxígeno para seguir adelante. Algo pasó en este planeta. La atmósfera se evaporó en el espacio. Sin viento, sin oxígeno, sin estaciones. Y ella caminando sola. –Smith la imaginó antes de decir a Drew en voz baja, sin mirarlo–: Y entró en esta cueva y se echó a morir.
–¿Hace diez mil años?
–Diez mil años. Lleva ahí desde entonces. Perfecta. Ahí echada, esperando a que llegáramos para quedar como tontos. Una broma cósmica. ¡Ay, sí! Muy graciosa.
–Pero ¿y las huellas?
–No hay viento. Ni lluvia. Las huellas parecen tan recientes como el día en que las dejó, naturalmente. Todo parece reciente e intacto. Incluso ella. Salvo por cierta sensación que da. Basta con verla para saber que lleva muerta muchísimo tiempo. No sé qué es. –Su voz se apagó poco a poco. De repente se acordó de Drew–. Mi arma. Tú. ¿Puedo ayudarte?
–Me la he vendado. Ha sido un accidente. Dejémoslo ahí.
–¿Te duele?
–No.
–¿No vas a intentar matarme por esto?
–Cierra la boca. Se te resbaló el dedo.
–Fue así… ¡En serio! Lo siento.
–Ya lo sé. Cállate. –Drew terminó de protegerse la herida–. Échame una mano, tenemos que volver a la nave. –Con la ayuda de Smith se puso de pie entre gruñidos, tambaleante–. Vamos a acercarnos a echar un ojo a Miss Marte, año diez mil antes de Cristo. Total, después de tanta carrera y tantos problemas, debería echarle un vistazo.
Smith lo ayudó a acercarse hasta la figura despatarrada.
–Parece que estuviera dormida –dijo Smith–. Pero está muerta, terriblemente muerta. ¿No es guapa?
Es clavada a Anna, pensó Drew, algo conmocionado. Anna ahí dormida, a punto de despertar con una sonrisa y decir hola.
–Es clavada a Marguerite –dijo Smith.
Drew torció la boca.
–¿A Marguerite? –Dudó–. Sí. Sí…, creo que sí. –Meneó la cabeza–. Depende de cómo la mires. Justo estaba pensando…
–¿Qué?
–Da igual. Déjala tumbada. Déjala ahí. Venga, tenemos que darnos prisa. Hora de volver a la nave.
–Me pregunto quién era…
–Nunca lo sabremos. Una princesa, quizás. Una taquígrafa de una ciudad antigua, ¿una bailarina? Vamos, Smith.
Llegaron al cohete media hora después, despacio y renqueantes.
–Qué tonto somos, ¿no? Unos tontos de remate.
La puerta del cohete se cerró de golpe.
El cohete despegó entre hontanares de llamas rojas y azules.
Debajo, la arena se agitó y salió disparada y aventada. Por primera vez en diez mil años, las huellas fueron perturbadas. Volaron en finas partículas. Cuando el viento de fuego cesó, las huellas habían desaparecido.