los terrícolas
spanish
Quienquiera que estuviese aporreando a la puerta, no pensaba parar.
La señora Ttt abrió de golpe.
–¿Y bien?
–¡Habla mi idioma! –El hombre allí plantado estaba perplejo.
–Hablo lo que hablo –dijo ella.
–¡Y qué bien lo habla! –El hombre iba de uniforme. Había otros tres hombres con él, muy apurados, todos sonrientes, todos sucios.
–¿Qué quieren? –preguntó la señora Ttt.
–¡Es usted marciana! –El hombre sonrió–. Pero claro, a usted esa palabra ni le suena. Es una expresión terrícola. –Señaló a sus hombres con la cabeza–. Somos de la Tierra. Yo soy el capitán Williams. Hemos aterrizado en Marte hace menos de una hora. Y aquí estamos, ¡la Segunda Expedición! Hubo una Primera Expedición, pero no sabemos qué pasó con ellos. En fin, que aquí estamos. ¡Y usted es la primera marciana que conocemos!
–¿Marciana? –Arqueó las cejas.
–Me refiero a que vive usted en el cuarto planeta más alejado del sol. ¿No es correcto?
–Obviamente –espetó ella, mirándolos fijamente.
–Y nosotros –se pegó la mano rosa y rolliza al pecho– somos de la Tierra. ¿Verdad, muchachos?
–¡Verdad, señor! –A coro.
–Este es el planeta Tyrr –dijo ella–, por si quieren llamarlo por su nombre.
–Tyrr, Tyrr. –El capitán rio con agotamiento–. ¡Qué buen nombre! Pero, señora mía, ¿cómo es que habla mi idioma tan bien?
–No estoy hablando. Estoy pensando –dijo–. ¡Telepatía! ¡Buenos días! –Y cerró de un portazo.
Unos segundos después, se oyeron de nuevo unos golpes terribles, viriles. Abrió la puerta de sopetón.
–¿Y ahora qué? –preguntó.
El hombre seguía allí, intentando sonreír, con gesto de desconcierto. Extendió las manos.
–Creo que no lo entiende…
–¿El qué? –espetó ella.
El hombre la miró sorprendido.
–¡Venimos de la Tierra!
–No tengo tiempo –dijo ella–. Hoy tengo mucho que cocinar y hay que limpiar y coser y demás. Quieren ver al señor Ttt, evidentemente; está arriba, en su estudio.
–Sí –dijo el terrícola, confuso, parpadeando–. Así es, querríamos ver al señor Ttt.
–Está ocupado. –Otra vez cerró de un portazo.
Esta vez, los golpes en la puerta fueron de lo más impertinentes.
–¡Oiga usted! –gritó el hombre cuando la puerta volvió a abrirse de golpe. Entró de un salto como si quisiera sorprenderla–. ¡Estas no son formas de tratar a las visitas!
–¡Acabo de limpiar el suelo! –gritó ella–. ¡Barro! ¡Fuera! Si van a entrar en mi casa, primero se limpian esas botas.
El hombre se miró las botas, consternado.
–No –dijo– es momento de trivialidades. Creo –dijo– que tendríamos que estar celebrándolo. –Se quedó un buen rato mirándola, como si pudiese hacerla entender con la mirada.
–Como se me quemen los molletes que tengo en el horno –exclamó–, ¡le pego con un palo! –Echó un vistazo a un pequeño horno. Volvió, con la cara roja, acalorada. Sus ojos eran de un amarillo intenso, su piel, marrón claro, y era delgada y veloz como un insecto. Tenía la voz metálica y cortante–. Esperen aquí. Voy a ver si el señor Ttt puede concederles unos minutos. ¿De qué se trata?
El hombre soltó una palabrota, como si acabara de darle un martillazo en el dedo.
–¡Dígale que venimos de la Tierra y que es la primera vez que se logra!
–Que se logra el qué. –Levantó su mano marrón–. Da igual. Ahora vuelvo.
El sonido de sus pisadas revoloteó por la casa de piedra.
Fuera, el inmenso cielo azul de Marte estaba cálido y sereno como las aguas profundas de un mar templado. El desierto marciano se extendía abrasador como un pozo de barro prehistórico, ondas de calor ascendían y temblaban. Un pequeño cohete descansaba en la cima de una colina cercana. Unas huellas enormes iban desde el cohete hasta la puerta de la casa de piedra.
Del piso de arriba llegó una discusión a voces. En la puerta, los hombres se miraron unos a otros, cambiando el peso de un pie a otro mientras se toqueteaban los dedos y se sujetaban los cinturones. Una voz de hombre gritó. Una voz de mujer replicó. Quince minutos después, los terrícolas empezaron a entrar y salir por la puerta de la cocina, sin nada que hacer.
–¿Un cigarrillo? –dijo uno.
Alguien sacó un paquete y se encendieron uno. Escupieron lentos regueros de humo blanquecino. Se recolocaron el uniforme, se arreglaron el cuello de la camisa. Arriba, las voces continuaban refunfuñando y salmodiando. El líder consultó su reloj.
–Veinticinco minutos –dijo–. Qué estarán haciendo ahí arriba… –Se acercó a una ventana y miró fuera.
–Hace calor –dijo uno de los hombres.
–Ya ves –dijo otro con el transcurso lento y caluroso de las primeras horas de la tarde. Las voces que se habían reducido hasta el murmullo ahora guardaban silencio. No se oía ni un ruido en la casa. Lo único que aquellos hombres oían era su propia respiración.
Una hora pasó en silencio.
–Espero que no hayamos causado ningún problema –dijo el capitán. Fue al salón a echar un vistazo.
Allí estaba la señora Ttt, regando unas flores que crecían en el centro de la habitación.
–Ya sabía yo que algo se me olvidaba –dijo cuando vio al capitán. Fue a la cocina–. Lo siento –dijo. –Le dio una hoja de papel–. El señor Ttt está demasiado ocupado. –Siguió cocinando–. Además, no es al señor Ttt a quien tienen que ver, sino al señor Aaa. Vaya con ese papel a la granja de al lado, junto al canal azul, y el señor Aaa les asesorará sobre cualquier cosa que quieran saber.
–No queremos saber nada –protestó el capitán, frunciendo sus labios gruesos–. Ya lo sabemos.
–Ya tiene el papel, ¿qué más quiere? –le preguntó sin ambages. Y no dijo nada más.
–En fin –dijo el capitán, reacio a marcharse. Se quedó allí como si estuviese esperando algo. Parecía un niño mirando un árbol de Navidad sin decorar–. En fin –repitió–. Vamos, muchachos.
Los cuatro hombres salieron al silencioso día de calor.
Media hora más tarde, el señor Aaa, sentado en su biblioteca dándole sorbitos a una taza con un culín de fuego eléctrico, oyó voces fuera, en la calzada de piedra. Se inclinó hacia el alféizar y vio a los cuatro uniformados, que le devolvieron la mirada con los ojos entornados.
–¿Es usted el señor Aaa? –exclamaron.
–Sí.
–¡El señor Ttt nos ha mandado aquí! –gritó el capitán.
–¿Y eso por qué? –preguntó el señor Aaa.
–¡Estaba ocupado!
–Vaya, qué lástima –dijo el señor Aaa en tono sarcástico–. Pensará que no tengo otra cosa mejor que hacer que recibir a la gente porque él está demasiado ocupado…
–¡Eso no es lo importante, señor! –gritó el capitán.
–Pues para mí sí lo es. Tengo mucho que leer. El señor Ttt es un desconsiderado. No es la primera vez que se muestra tan impertinente conmigo. Deje de mover tanto las manos, señor, no he terminado. Y présteme atención. Normalmente, cuando yo hablo la gente me escucha. O se toma usted la molestia de escucharme o no hablo más.
Incómodos en el patio, los cuatro hombres cambiaron el peso de un pie a otro y abrieron la boca, y en los ojos del capitán, que tenía las venas de la cara hinchadas, asomaron unas lagrimillas.
–Bien –sermoneó el señor Aaa–. ¿A ustedes les parece de recibo que el señor Ttt sea tan maleducado?
Los cuatro hombres miraban hacia arriba a pleno sol.
–¡Somos de la Tierra! –dijo el capitán.
–Me parece muy poco caballeroso por su parte –cavilaba el señor Aaa.
–Un cohete. Hemos venido en él. ¡Aquel de allí!
–No es la primera vez que los modales de Ttt son de lo más inapropiados, ¿saben?
–Desde la Tierra.
–Caray, pues pienso llamarlo para echárselo en cara.
–Los cuatro solos; yo y estos tres hombres, mi tripulación.
–Voy a llamarlo, sí, ¡es lo que voy a hacer!
–Tierra. Cohete. Hombres. Viaje. Espacio.
–¡Llamarlo y darle un buen rapapolvo! –gritó el señor Aaa.
Desapareció como un títere de un escenario. Durante un minuto se oyó un vaivén de voces enfadadas a través de algún tipo de mecanismo. Abajo, el capitán y su tripulación echaban miradas de anhelo a su hermoso cohete, posado sobre la colina, tan bonito, tan hermoso, tan elegante.
El señor Aaa apareció de golpe en la ventana, desatado y triunfal.
–¡Lo he retado a duelo, por los dioses! ¡A duelo!
–Señor Aaa… –El capitán empezó de nuevo, con calma.
–Voy a matarlo de un tiro, ¿me oís?
–Señor Aaa, me gustaría explicarle una cosa. Hemos recorrido noventa y siete millones de kilómetros.
El señor Aaa observó por primera vez al capitán.
–¿De dónde ha dicho que vienen?
Una sonrisa blanca apareció en el rostro del capitán.
–¡Por fin llegamos a algo! –susurró a sus hombres–. Hemos viajado noventa y siete millones de kilómetros –le dijo al señor Aaa en voz alta–. ¡Desde la Tierra!
El señor Aaa bostezó.
–En esta época del año son ochenta millones escasos. –Cogió un arma de aspecto aterrador–. Bueno, tengo que irme. Con esa notita ridícula, aunque no sé bien para qué os va a servir, pasáis aquella colina y llegaréis a Iorp, un pueblecito, y allí se lo contáis todo al señor Iii. Es a él a quien tenéis que ver. No al señor Ttt, que es imbécil; voy a matarlo. Ni a mí tampoco, no entráis en mi línea de negocio.
–¡Qué línea de negocio ni línea de negocio! –berreó el capitán–. ¿Hace falta una línea de negocio para dar la bienvenida a unos terrícolas?
–No diga tonterías, ¡eso es cosa sabida! –El señor Aaa bajó las escaleras a toda prisa–. ¡Adiós!
Y por la calzada desapareció a la carrera, como un par de tenazas desquiciadas.
Los cuatro viajeros estaban conmocionados.
–Encontraremos a alguien que nos escuche –dijo finalmente el capitán.
–Igual podríamos irnos y volver otra vez –dijo uno de los hombres con tono sombrío–. Deberíamos despegar y aterrizar otra vez. Para darles tiempo a que organicen una fiesta.
–Pues no es mala idea –murmuró el capitán.
El pueblecito estaba lleno de gente que entraba y salía, saludándose unos a otros, y todos llevaban máscaras doradas y azules y carmesíes por el puro placer de cambiar, máscaras con labios plateados y cejas de bronce, máscaras sonrientes o máscaras ceñudas, según la disposición de su propietario.
Los cuatro hombres, empapados de tanto caminar, hicieron una pausa para preguntarle a una niña pequeña cuál era la casa del señor Iii.
–Aquella. –La niña señaló con la cabeza.
Entusiasmado y muy despacio, el capitán hincó una rodilla en el suelo mientras miraba fijamente aquel rostro joven y dulce.
–Chiquilla, quiero hablar contigo.
Se la sentó en la otra rodilla y cubrió sus manitas marrones con las suyas, enormes, como si fuese a leerle antes de dormir un cuento al que estaba poco a poco dando forma en su cabeza con una felicidad inmensa, paciente y rica en detalles.
–Bueno, chiquilla, pasa lo siguiente. Hace seis meses, llegó a Marte otro cohete. En él iban un hombre llamado York y su ayudante. No sabemos qué fue de ellos. Puede que se estrellaran. Llegaron en cohete. Igual que nosotros. ¡Deberías verlo! ¡Un cohete grande! O sea que somos la Segunda Expedición, tras los pasos de la Primera. Y venimos desde la Tierra…
La niña zafó una mano sin ni siquiera pensarlo y se plantó en la cara una máscara dorada e inexpresiva. Luego sacó una araña dorada de juguete y la dejó en el suelo mientras el capitán seguía hablando. La araña le subió obedientemente a la rodilla de la niña mientras ella la escrutaba con frialdad a través de las rendijas de su impávida máscara y el capitán la zarandeaba suavemente y se apresuraba a contarle su historia.
–Somos terrícolas –dijo–. ¿Me crees?
–Sí. –La niña tenía la mirada puesta en cómo estaba moviendo los dedos de los pies en la arena.
–Estupendo. –El capitán la pellizcó en el brazo, en parte con jovialidad, en parte con mala intención para conseguir que lo mirara–. El cohete lo construimos nosotros. ¿Te lo crees?
La niña se hurgó la nariz con un dedo.
–Sí.
–Y… Sácate el dedo de la nariz, chiquilla… Yo soy el capitán, y…
–Es la primera vez en la historia que alguien cruza el espacio en un gran cohete –recitó aquella criaturita, con los ojos cerrados.
–¡Asombroso! ¿Cómo lo has sabido?
–Bah, telepatía. –Se limpió el dedo en la rodilla como si tal cosa.
–Bueno, ¿y no te hace ninguna ilusión? –exclamó el capitán–. ¿No te alegras?
–Será mejor que vayan a ver al señor Iii enseguida. –Dejó su juguete en el suelo–. Al señor Iii le gustará hablar con usted. –Se alejó corriendo, y la araña de juguete se escabulló obedientemente tras ella.
El capitán se quedó mirándola allí acuclillado con las manos tendidas. Tenía los ojos empañados. Miró sus manos vacías. Estaba boquiabierto. Los tres hombres estaban allí de pie encima de sus propias sombras. Escupieron en el suelo de piedra…
El señor Iii abrió la puerta. Iba de camino a una conferencia, pero tenía algo de tiempo si pasaban enseguida y le contaban qué se les ofrecía…
–Un poco de atención –dijo el capitán, con los ojos enrojecidos y agotado–. Venimos de la Tierra, tenemos un cohete, somos cuatro, tripulación y capitán, estamos exhaustos, tenemos hambre, nos gustaría dormir en alguna parte. Nos gustaría que alguien nos regalara las llaves de la ciudad o algo por el estilo, y nos gustaría que alguien nos estrechara la mano y dijera «Hurra» y «¡Enhorabuena, buen hombre!». Dicho así por resumir.
El señor Iii era un hombre alto, flaco y vaporoso con unos gruesos cristales azules y ciegos sobre sus ojos amarillentos. Se inclinó sobre su escritorio y revisó varios papeles, lanzando de vez en cuando miradas sumamente penetrantes a sus invitados.
–Bueno, creo que no tengo aquí los formularios. –Revolvió los cajones del escritorio–. Dónde habré puesto los formularios… –musitó–. Dónde. Dónde. Ah, ¡aquí están! –Le tendió un frufrú de papeles–. Tendrán que firmar estos papeles, claro.
–¿Tenemos que pasar por todo este engorro?
El señor Iii le lanzó una mirada densa y vítrea.
–Ha dicho que venían de la Tierra, ¿no? Pues no les queda otra que firmar.
El capitán escribió su nombre.
–¿Mi tripulación también tiene que firmar?
El señor Iii miró al capitán, miró a los otros tres, y estalló en una risotada de mofa.
–¡Que si tienen que firmar! ¡Jo! ¡Esa es buena! ¡Que si tienen, ay, que si tienen que firmar! –Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se palmeó la rodilla y tuvo que agacharse para que un torrente de risas le saliera por la boca abierta. Tuvo que apoyarse en el escritorio–. ¡Que si tienen que firmar!
Los cuatro hombres fruncieron el ceño.
–¿Dónde está la gracia?
–¡Que si tienen que firmar! –dijo el señor Iii con un suspiro, debilitado por la hilaridad–. Graciosísimo. ¡Tendré que contárselo al señor Uuu! –Examinó el formulario relleno, riéndose todavía–. Todo parece en orden. –Asintió–. Incluso el consentimiento de eutanasia si fuese necesario tomar la decisión llegado el caso. –Rio entre dientes.
–¿Consentimiento de qué?
–No hable. Tengo algo para usted. Tenga. Coja esta llave.
El capitán se sonrojó.
–Es un gran honor…
–¡Esa no es la llave de la ciudad, memo! –espetó el señor Iii–. Es la llave de la Casa. Bajen por ese pasillo, abran la puerta grande, entren y cierren bien la puerta. Pueden pasar ahí la noche. Diré al señor Xxx que pase a verlos por la mañana.
Con reticencias, el capitán cogió la llave. Se quedó mirando al suelo. Sus hombres no se movieron. Parecía que los hubiesen vaciado de sangre y de la emoción del viaje en cohete. Se habían quedado secos.
–¿Y bien? ¿Pasa algo? –preguntó el señor Iii–. ¿A qué esperan? ¿Qué quieren? –Se acercó al capitán y, encorvándose, lo miró a la cara–. ¡Todo el mundo fuera!
–No sé si podría usted… –sugirió el capitán–. O sea, esto, intentarlo, o planteárselo… –Dudó–. Hemos trabajado mucho, hemos hecho un viaje larguísimo, y quizás podría estrecharnos la mano, aunque sea y decir «¡Bien hecho!», ¿no le…, parece? –Su voz se apagó.
El señor Iii le tendió una mano rígida.
–¡Enhorabuena! –Sonrió con frialdad–. Enhorabuena. –Dio media vuelta–. Tengo que irme ya. Usen la llave.
Sin prestarles más atención, como si se hubiesen derretido y filtrado por el suelo, el señor Iii fue de un lado a otro del cuarto llenando de papeles un maletín. Anduvo por el cuarto cinco minutos más, pero en ningún momento volvió a dirigirse al solemne cuarteto de hombres inmóviles, cabizbajos, con las piernas recias combadas, la luz menguando en sus ojos. Cuando el señor Iii salió por la puerta, estaba atareado mirándose las uñas…
Renquearon pasillo abajo en la luz mate y silente de la tarde. Llegaron a una gran puerta de plata bruñida, y la abrieron con la llave. Entraron, cerraron la puerta y se giraron.
Estaban en una sala inmensa iluminada por el sol. Había hombres y mujeres sentados a unas mesas y otros conversaban en grupo. Al oír la puerta, observaron a los cuatro hombres uniformados.
Un marciano dio unos pasos al frente e hizo una reverencia.
–Soy el señor Uuu –dijo.
–Soy el capitán Jonathan Williams, de Nueva York, en la Tierra –dijo el capitán, sin énfasis.
¡La sala estalló de repente!
Las vigas temblaron con los gritos y el clamor. La gente, corriendo hacia ellos, saludaba y chillaba de felicidad, volcaba las mesas, arremolinándose, correteando, agarrando a los cuatro terrícolas para cogerlos a hombros. Rodearon la sala seis veces, seis veces convirtieron el cuarto en todo un circuito maravilloso, saltando, brincando, cantando.
Los terrícolas estaban tan anonadados que estuvieron todo un minuto sobre el vaivén de aquellos hombros antes de empezar a reír y a gritarse los unos a o los otros:
–¡Eh! ¡Esto está mejor!
–¡Esto es vida, macho! ¡Yija! ¡Yuju! ¡Ueeee!
Se guiñaban unos a otro con profusión. Daban palmas por encima de la cabeza.
–¡Eh!
–¡Hurra! –dijo la multitud.
Dejaron a los terrícolas encima de una mesa. El griterío cesó.
El capitán estuvo a punto de echarse a llorar.
–Gracias. Es estupendo, es estupendo.
–Háblenos de ustedes –propuso el señor Uuu.
El capitán carraspeó.
Oh, ah, decía el público mientras el capitán hablaba. Presentó a la tripulación; todos dieron un breve discurso y se ruborizaron ante los aplausos atronadores.
El señor Uuu dio unas palmadas en el hombro al capitán.
–Sienta bien ver a otro terrícola. Yo también soy de la Tierra.
–¡Qué me dice!
–Somos muchos terrícolas aquí.
–¿Ustedes? ¿Son de la Tierra? –El capitán lo miró fijamente–. Pero ¿cómo es posible? ¿Vinieron en cohete? ¿Los viajes espaciales se realizan desde hace siglos? –Había decepción en su voz–. ¿De…? ¿De qué país es usted?
–De Tuiereol. Vine en espíritu, hace años.
El capitán pronunció para sí aquella palabra.
–No conozco ese país. ¿Qué es eso del espíritu?
–Y aquella de allí, la señorita Rrr, ella también es de la Tierra, ¿cierto, señorita Rrr? –La señorita Rrr asintió y rio de una forma extraña–. ¡Y también el señor Www y el señor Qqq y el señor Vvv!
–Yo soy de Júpiter –dijo un hombre, vanagloriándose.
–Yo de Saturno –dijo otro, con un brillo furtivo en los ojos.
–Saturno –murmuró el capitán, parpadeando.
Todo se había calmado bastante; la gente estaba de pie alrededor de las mesas, o sentada, unas mesas que, para ser mesas de banquete, estaban extrañamente vacías. Sus ojos amarillos resplandecían y tenían sombras oscuras bajo los pómulos. El capitán se dio cuenta entonces de que no había ventanas; al parecer, la luz traspasaba las paredes. Solo había una puerta. El capitán hizo una mueca.
–Qué raro. ¿En qué zona de la Tierra está Tuiereol? ¿Queda cerca de Estados Unidos?
–¿Qué es Estados Unidos?
–¿No ha oído hablar de Estados Unidos? ¡Dice que es de la Tierra y sin embargo no lo sabe!
El señor Uuu se irguió con enfado.
–En la Tierra solo hay mar y nada más que mar. No hay continentes. Lo sé porque soy de la Tierra.
–Un segundo. –El capitán se echó hacia atrás–. Parece usted un marciano normal y corriente. Ojos amarillos. Piel marrón.
–En la Tierra solo hay selva –dijo la señorita Rrr, con orgullo–. Yo soy de Orri, en la Tierra, ¡una civilización en la que todo es de plata!
El capitán volvió la cabeza hacia el señor Uuu y luego hacia el señor Www y el señor Zzz y el señor Nnn y el señor Hhh y el señor Bbb. Vio que sus cerúleos ojos amarillos menguaban bajo la luz, se contraían y se dilataban. Se estremeció. Por fin, se volvió hacia sus hombres y los miró con gesto sombrío.
–¿Saben qué es esto?
–¿Qué, señor?
–Esto no es una celebración –respondió el capitán, agotado–. No es un banquete. No son miembros del gobierno. No es una fiesta sorpresa. Fíjense en sus ojos. ¡Escúchenlos! –Contuvieron la respiración. El blanco de los ojos era lo único que se movía despacio en aquella sala cerrada–. Ahora entiendo –la voz del capitán sonaba muy lejana– por qué todos nos han dado notas y nos han remitido unos a otros hasta que hemos dado con el señor Iii, que nos ha mandado por un pasillo con una llave para que abriésemos y cerrásemos una puerta. Y aquí estamos…
–¿Dónde estamos, señor?
El capitán exhaló.
–En un manicomio.
Era de noche. La gran sala estaba en silencio y tenuemente iluminada por apliques ocultos en las paredes transparentes. Los cuatro terrícolas estaban sentados a una mesa de madera, susurrando lúgubres con la cabeza gacha. Los hombres y las mujeres estaban ovillados en el suelo. Había algo de movimiento en los rincones oscuros, donde hombres o mujeres solitarios gesticulaban con las manos. Cada media hora, uno de los hombres del capitán comprobaba el pomo de plata y regresaba a la mesa.
–No se puede hacer nada, señor. Estamos encerrados.
–¿De verdad creen que estamos locos, señor?
–Absolutamente. Por eso no hubo ningún revuelo para recibirnos. Se limitaron a tolerar lo que, entre ellos, debe de ser un estado psicótico bastante recurrente. –Hizo un gesto con la mano hacia las oscuras formas durmientes que los rodeaban–. Paranoides, ¡todos y cada uno! ¡Menuda bienvenida nos han dado! Por un momento… –Un fuego mínimo se encendió y se apagó en sus ojos–. Pensé que iban a darnos un verdadero recibimiento. Tanto grito, tanto canto y tanto discurso. Estuvo bien, ¿no?, mientras duró…
–¿Cuánto tiempo van a tenernos aquí encerrados, señor?
–Hasta que demostremos que no estamos locos.
–No debería ser difícil.
–Eso espero.
–No parece muy convencido, señor.
–No lo estoy. Miren aquel rincón.
Había un hombre acuclillado a solas en la oscuridad. De su boca salía una llama azul que adquiría una forma curvada de una pequeña mujer desnuda. Ascendía suavemente por el aire en vaharadas alambicadas de luz cobalto, susurrando y siseando.
El capitán señaló con la cabeza hacia otro rincón. Había una mujer de pie, mutando. Al principio estaba incrustada en una columna de cristal, luego se transformó en una estatua de oro y por último en un báculo de cedro pulido, y de nuevo en mujer.
En la oscuridad cerrada de la sala había gente haciendo malabares con fuegos violetas, cambiando, mutando, pues la noche era el momento del cambio y la aflicción.
–Magos, brujos –susurró uno de los terrícolas.
–No, alucinaciones. Nos transmiten su locura para que también veamos sus alucinaciones. Telepatía. Autosugestión y telepatía.
–¿Eso le preocupa, señor?
–Sí. Si las alucinaciones pueden parecernos tan «reales», a nosotros o a cualquiera, y si las alucinaciones se contagian hasta volverse casi creíbles, no es de extrañar que nos tomaran por psicóticos. Si ese hombre de ahí es capaz de generar una mujer de fuego azul y esa mujer de allí es capaz de transformarse en una columna, es natural que los marcianos crean que nosotros hayamos creado nuestro cohete con la mente.
–Ay –dijeron sus hombres entre las sombras.
A su alrededor, en la sala inmensa, fuegos azules brincaban, llameaban, se evaporaban. Pequeños demonios de arena roja corrían entre los dientes de hombres que dormían. Las mujeres se convertían en serpientes aceitosas. Olía a reptiles y a animales.
Por la mañana, todos parecían descansados, felices y normales. No había fuegos ni demonios en la sala. El capitán y sus hombres esperaron junto a la puerta de plata, confiando en que se abriría.
Dos horas después llegó el señor Xxx. El capitán y sus hombres sospechaban que había estado esperando al otro lado de la puerta, vigilándolos durante tres horas como mínimo antes de entrar, saludarlos y conducirlos a su pequeño despacho.
Era un hombre jovial, sonriente, si uno daba crédito a la máscara que llevaba, pues en ella había pintadas no una sino tres sonrisas. Por detrás, su voz era la de un psiquiatra que no sonreía tanto.
–¿Qué problema hay?
–Cree usted que estamos locos, y no lo estamos –dijo el capitán.
–Al contrario, yo no creo que todos ustedes estén locos. –El psiquiatra señaló con una varita al capitán–. No. Solo usted, señor. Los demás sufren alucinaciones secundarias.
El capitán se palmeó la rodilla.
–¡O sea que fue por eso! ¡Por eso el señor Iii se rio cuando le pregunté si mis hombres también tenían que firmar los papeles!
–Sí, el señor Iii me lo contó. –De la cueva cavernosa y sonriente del psiquiatra brotó una carcajada–. Buena broma. ¿Por dónde iba? Alucinaciones secundarias, sí. A mí acuden mujeres a las que les salen serpientes por las orejas. Cuando las curo, las serpientes desaparecen.
–Será un placer que me cure. Adelante.
El señor Xxx pareció extrañado.
–Qué raro. No hay muchas personas que quieran que les curen. La cura es radical, ya sabe.
–¡Adelante, cúreme! Estoy seguro de que descubrirá que estamos todos cuerdos.
–Voy a comprobar su documentación para asegurarme de que está todo en orden para la «cura». –Revisó una carpeta–. Sí. ¿Sabe?, los casos como el suyo requieren una «cura» especial. Los que están en la sala son formas simples. Pero he de señalar que, una vez se llega a este extremo, con alucinaciones, primarias, secundarias, auditivas, olfatorias y labiales, además de fantasías táctiles y ópticas, la cosa se pone seria. Tenemos que recurrir a la eutanasia.
El capitán gruñó con un respingo.
–¡Oiga, ya hemos aguantado suficiente! ¡Háganos unas pruebas, denos con el martillito en la rodilla, revísenos el corazón, pónganos a hacer ejercicio, haga preguntas!
–Puede hablar con libertad.
El capitán estuvo una hora despotricando. El psiquiatra lo escuchó.
–Increíble –se dijo–. La fantasía más detallada que he oído en mi vida.
–Me cago en la leche, ¡vamos a enseñarle el cohete! –gritó el capitán.
–Me encantaría verlo. ¿Puede hacer que aparezca en esta habitación?
–Por supuesto que sí. Busque en esa carpeta que tiene ahí, por la C.
El señor Xxx miró detenidamente en la carpeta. Chasqueó la lengua y cerró la carpeta con solemnidad.
–¿Por qué me ha dicho que mire aquí? El cohete no está.
–¡Pues claro que no está, imbécil! Era broma. ¿Los locos bromean?
–Hay algunos con un sentido del humor extraño. Bueno, lléveme al cohete. Me encantaría verlo.
Era mediodía. Hacía mucho calor cuando llegaron al cohete.
–Vaya. –El psiquiatra se acercó a la nave y le dio unos golpecitos. Sonó a gong–. ¿Se puede entrar? –preguntó con timidez.
–Claro.
El señor Xxx subió y estuvo dentro un buen rato.
–Cuánta tontería, es exasperante–. El capitán mordisqueó un puro mientras esperaba–. No me costaría nada volver a casa y decirle a la gente que pase de Marte. Menuda panda de impresentables desconfiados.
–Me da que una buena parte de la población está loca, señor. Parece que por esto tienen tantas dudas.
–Aun así, es irritante de puñetas.
El psiquiatra salió del cohete después de pasarse media hora merodeando, dando golpecitos, escuchando, oliendo, saboreando.
–¡¿Me cree ahora?! –gritó el capitán, como si fuese sordo.
El psiquiatra cerró los ojos y se rascó la nariz.
–Es el ejemplo más increíble de alucinación sensorial y sugestión hipnótica que me he encontrado en mi vida. He recorrido su «cohete», como usted lo llama. –Dio unos golpecitos al casco–. Lo oigo. Fantasía auditiva. –Respiró hondo–. Lo huelo. Alucinación olfativa, inducida por telepatía sensorial. –Dio un beso a la nave–. Lo saboreo. ¡Fantasía labial! –Estrechó la mano al capitán–. ¿Puedo darle la enhorabuena? ¡Es un genio psicótico! ¡Ha hecho un trabajo completísimo! La tarea de proyectar su psicosis a tamaño real en la mente de otro por medio de la telepatía y lograr que la alucinación se debilite sensorialmente es prácticamente imposible. Los que están en la Casa suelen centrarse en las visuales o, a lo sumo, en una combinación de fantasías visuales y auditivas. ¡Usted ha equilibrado todo el conjunto! ¡Su locura es absoluta, excelente!
–Mi locura. –El capitán palideció.
–Sí, sí, y qué maravilla de locura. Metal, goma, gravitadores, comida, ropa, combustible, armas, escaleras, tuercas, remaches, cucharas. Diez mil objetos independientes he visto en su nave. Nunca me había encontrado semejante complejidad. ¡Incluso había sombras debajo de las literas y debajo de todo! ¡Qué condensación de voluntad! Y todo, sin importar cómo o cuándo lo comprobara, tenía olor, ¡y solidez, y sabor, y sonido! ¡Permítame que le dé un abrazo! –Luego retrocedió un paso–. ¡Pienso incluirlo en mi gran monografía! ¡Hablaré sobre usted el mes que viene en la Academia Marciana! ¡Mírese! Caray, si hasta se le ha cambiado el color de ojos de amarillo a azul y el de la piel de marrón a rosa. Y esas ropas, ¡y su mano tiene cinco dedos en vez de seis! ¡Metamorfosis biológica por medio del desequilibro psicológico! Y sus tres amigos… –Sacó una pistolita–. Incurable, obviamente. Pobre hombre, qué maravilla. Muerto será más feliz. ¿Quiere decir unas últimas palabras?
–¡Deténgase, por el amor de Dios! ¡No dispare!
–Pobre criatura. Voy a librarle del sufrimiento que le ha empujado a imaginar este cohete y a estos tres hombres. Va a ser de lo más fascinante ver cómo sus amigos y su cohete se desvanecen después de que le haya matado. Escribiré un buen artículo sobre la disolución de las imágenes neuróticas a partir de lo que he percibido hoy.
–¡Soy de la Tierra! ¡Me llamo Jonathan Williams y estos…!
–Sí, ya lo sé –arrulló el señor Xxx, y disparó el arma.
El capitán cayó al suelo con una bala en el corazón. Los otros tres hombres gritaron.
El señor Xxx los miró fijamente.
–¿Siguen existiendo? ¡Esto es magnífico! ¡Alucinaciones con persistencia espaciotemporal! –Los apuntó con la pistola–. En fin, el miedo los disolverá.
–¡No! –gritaron los tres hombres.
–Un recurso auditivo, incluso con el paciente muerto –observó el señor Xxx mientras los abatía a tiros.
Los cuatro hombres yacían en la arena, sólidos, inmóviles.
Les dio unas pataditas. Luego dio unos golpes al cohete.
–¡Persiste! ¡Persisten!
Disparó varias veces más a los cuerpos. Luego retrocedió. La máscara sonriente se le cayó de la cara. Poco a poco, al psiquiatra le cambió la cara. La boca se le desencajó. El arma se le escapó de entre los dedos. Tenía la mirada nublada y perdida. Levantó las manos y rodeó los cuerpos como si fuese ciego. Los toqueteó, con la boca llena de saliva.
–Alucinaciones –balbuceó, frenético–. Gusto. Vista. Oído. Sonido. Tacto. –Agitó las manos. Los ojos se le desencajaron. De la boca empezó a brotarle una leve espuma–. ¡Desapareced! –gritó a los cuerpos–. ¡Desaparece! –gritó a la nave. Se miró las manos temblorosas–. Contaminado –susurró, con espanto–. Me la han transmitido. Telepatía. Hipnosis. Ahora el loco soy yo. Ahora el contaminado soy yo. Alucinaciones en todas sus formas sensoriales. –Se detuvo y buscó el arma con las manos entumecidas–. Solo hay una cura. Solo hay un modo de hacer que desaparezcan, que se desvanezcan…
Se oyó un disparo. El señor Xxx cayó al suelo.
Los cuatro cuerpos yacían a pleno sol. Y el señor Xxx yacía junto a ellos. El cohete, posado sobre la pequeña colina soleada, no se desvaneció.
Cuando los habitantes del pueblo encontraron el cohete al atardecer, se preguntaron qué era. Nadie lo sabía, así que se lo vendieron a un chatarrero y se lo llevaron para desguazarlo y convertirlo en ferralla.
No paró de llover en toda la noche. Al día siguiente despejó e hizo calor.