Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

muerte de un hombre cauto

spanish

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Solo duermes cuatro horas por las noches. Te vas a la cama a las once y te levantas a las tres y todo está más claro que el agua. Entonces empiezas el día, te tomas un café, lees un libro durante una hora, escuchas las tertulias y la música, débiles, lejanas, irreales, de las emisoras de madrugada y, quizás, sales a pasear, asegurándote siempre de llevar contigo tu permiso especial de la policía. Ya te han detenido alguna que otra vez por estar en la calle a deshoras y termina por ser un fastidio, de ahí que, finalmente, te hicieras con un permiso especial. Ahora puedes pasear y silbar por donde te plazca, con las manos en los bolsillos, los talones dando contra el asfalto con una cadencia lenta y relajada.
Llevas haciéndolo desde que tenías dieciséis años. Ahora tienes veinticinco, y sigue bastándote con cuatro horas de sueño cada noche.
Tienes pocos objetos de cristal en casa. Te afeitas con maquinilla eléctrica porque con las cuchillas a veces te cortas y no puedes permitirte sangrar.
Eres hemofílico. Empiezas a sangrar y no paras. Tu padre también lo era, aunque su caso solo sirvió de ejemplo aterrador. Una vez se hizo un corte en un dedo, uno muy profundo, y murió desangrado de camino al hospital. En tu familia por parte de madre también hubo hemofilia, a ti te vino de ahí.
En el bolsillo derecho del abrigo llevas, siempre, un frasquito de pastillas coagulantes. Si te haces un corte, te las tomas de inmediato. El medicamento se propaga por tu sistema para suministrarte el material coagulante necesario para detener la hemorragia.
Y así es tu vida. Te basta con cuatro horas de sueño y no te acercas a los objetos cortantes. Cada día de tu vida dura casi el doble que el del ciudadano medio, pero tu esperanza de vida es corta, lo que constituye un equilibrio irónico.
El correo de la mañana tardará mucho en llegar. Así que sumas unas cuatro mil palabras a un relato con tu máquina de escribir. A las nueve, cuando oyes la trampilla del buzón de la puerta principal, apilas los folios mecanografiados, les pones un clip, compruebas la copia del papel carbón y las guardas con el título proyecto de novela. Luego, tras encenderte un cigarrillo, vas a por el correo.
Coges la correspondencia del buzón. Un cheque por valor de trescientos dólares de una revista de tirada nacional, dos rechazos editoriales y una cajita de cartón atada con un lazo verde.
Tras echar un vistazo rápido a las cartas, vuelves a la cajita, le quitas el lazo, abres la tapa, metes la mano y sacas lo que hay dentro.
–¡Joder!
Dejas caer la caja. Un chorrito de rojo súbito se expande por tus dedos. Algo brillante ha parpadeado en el aire con un movimiento incisivo. Se ha oído la vibración de un muelle metálico, un chirrido.
La sangre empieza a correr sin trabas, rápidamente, por tu mano herida. La miras durante unos segundos, miras el objeto cortante en el suelo, el artilugio pequeño y bestial con una cuchilla fijada a una trampa con muelles que se ha cerrado de golpe cuando la has sacado, ¡y te ha cogido desprevenido!
A tientas, temblando, rebuscas en tu bolsillo, te manchas todo de sangre mientras sacas el frasco de pastillas y te tragas varias.
Luego, mientras esperas a que el coagulante haga efecto, te vendas la mano con un pañuelo y, con mucha cautela, coges el artilugio y lo dejas en la mesa.
Tras observarlo durante diez minutos, te sientas y te fumas torpemente un cigarrillo, y tus párpados se estremecen y se entrecierran y ante tu visión los objetos del cuarto se derriten y se solidifican y de nuevo se derriten hasta que por fin tienes la respuesta.
… Alguien me odia. Alguien me odia tremendamente…
Suena el teléfono. Lo coges.
–Aquí Douglas.
–Hola, Rob. Soy Jerry.
–Ah, Jerry.
–¿Cómo estás, Rob?
–Pálido y alterado.
–¿Y eso?
–Alguien me ha mandado una cuchilla en una caja.
–Déjate de bromas.
–En serio. Pero voy a ahorrarte los detalles.
–¿Cómo llevas la novela, Rob?
–No voy a terminarla nunca si la gente no deja de mandarme objetos cortantes. No me extrañaría recibir un jarrón sueco de cristal tallado en el próximo correo. O un cajón de mago con un espejo plegable.
–Te noto la voz rara –dice Jerry.
–Qué menos. Con respecto a la novela, Gerald, la cosa va a ser sonada. Acabo de escribir cuatro mil palabras más. En este capítulo, muestro lo enamorada que está Anne J. Anthony del señor Michael M. Horn.
–Te vas a meter en un lío, Rob.
–Lo he descubierto hace apenas un minuto.
Jerry murmura algo.
–Jerry, Mike no se atreverá a tocarme, directamente –dices–. Anne tampoco. Al fin y al cabo, Anne y yo estuvimos prometidos. Antes de que descubriera lo que estaban haciendo los dos. Las fiestas que organizaban, las jeringuillas llenas de morfina que daban a la gente.
–Aun así, es posible que intenten frenar el libro, de un modo u otro.
–Te creo. Ya lo han intentado. La caja que ha llegado por correo. Vaya, igual no han sido ellos, sino alguno de los otros, alguna de las personas que menciono en el libro, es posible que a alguna no le falten ganas.
–¿Has hablado con Anne últimamente? –pregunta Jerry.
–Sí –dices.
–¿Y sigue prefiriendo ese estilo de vida?
–La vida salvaje. Cuando se toman cierta clase de narcóticos se ven unas películas bastante bonitas.
–No creo que sea propio de ella; no me parece que sea de esas.
–Es por tu complejo de Edipo, Jerry. Las mujeres nunca te parecen femeninas. Las ves como tallas de marfil, limpias, floridas y asexuales en pedestales de estilo rococó. Querías demasiado a tu madre. Yo, por suerte, soy más ambivalente. Anne me tuvo engañado durante un tiempo. Pero una noche que estaba pasándoselo demasiado bien, pensé que estaba borracha y cuando quise darme cuenta estaba besándome y me puso en la mano una jeringuilla y me dijo: «Venga ya, Rob, por favor. Te va a gustar». La jeringuilla tenía dentro más morfina que Anne.
–Y ahí se acabó todo –dijo Jerry al otro lado del teléfono.
–Ahí se acabó todo –dices–. Así que he hablado con la policía y la brigada central de estupefacientes, pero debe de haber algún chanchullo porque tienen miedo a dar el paso. O eso, o los tienen bien untados. Un poco de cada cosa, sospecho. En todos los sistemas hay alguien que pone zancadillas. En el departamento de policía siempre hay un tipo que se lleva tajada bajo cuerda y ensucia el buen nombre del cuerpo. Eso es así. No se puede remediar. La gente es humana. Yo también. Y si no puedo esquivar las zancadillas de una manera, lo haré de otra. Esta novela, huelga decirlo, será mi manera de hacerlo.
–Puedes acabar mordiendo el polvo igualmente, Rob. ¿Crees que tu novela va a sacarles las vergüenzas a los de narcóticos y a ponerlos a trabajar?
–Esa es la idea.
–¿No van a demandarte?
–Lo tengo previsto. Firmaré con mis editores un documento que los exime de cualquier responsabilidad y donde se dice que todos los personajes son ficticios. Así, si he mentido a la editorial, estará libres de culpa. Si me demandan, los royalties de la novela se destinarán a la defensa. Tengo pruebas de sobra. La novela es buenísima, dicho sea de paso.
–Ahora en serio, Rob. ¿Te han mandado una cuchilla en una caja?
–Sí, y ese el mayor peligro que corro. Es bastante emocionante. No se atreverán a matarme abiertamente. Pero si muriera por un despiste natural y mis problemas sanguíneos hereditarios, ¿quién va a echarles la culpa? No van a degollarme. Resultaría demasiado obvio. Pero una cuchilla, o un clavo, o que me plantaran cuchillas en el volante del coche…, es todo muy melodramático. ¿Qué tal vas tú con tu novela, Jerry?
–Despacio. ¿Quedamos hoy para comer?
–Estupendo. ¿En el Brown Derby?
–Cómo te gusta meterte en líos. ¡Sabes perfectamente que Anne come allí todos los días con Mike!
–Me abre el apetito, querido Gerald. Luego te veo.
Cuelgas. Tu mano está mejor. Silbas mientras te la vendas en el cuarto de baño. Luego le echas un buen vistazo al pequeño artilugio de la cuchilla. Un objeto rudimentario. Apenas tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de funcionar.
Te sientas y escribes tres mil palabras más, espoleado por los acontecimientos de la mañana.
Durante la noche, han limado y afilado la manija de la puerta de tu coche hasta dejarla como el filo de una cuchilla. Chorreando sangre, regresas a la casa para ponerte más vendajes. Engulles más pastillas. La hemorragia se corta.
Después de guardar los dos nuevos capítulos del libro en tu caja fuerte del banco, conduces hasta el Brown Derby, donde has quedado con Jerry Walters. Ves a Jerry tan bajito y eléctrico como siempre, barba espesa, ojos saltones detrás de las gafas de cristales gruesos.
–Anne está dentro. –Te sonríe, de oreja a oreja–. Está con Mike. ¿Para qué vamos a comer aquí? Pregunto. –Su sonrisa se borra y te mira fijamente, mira tu mano–. ¡Necesitas una copa! Por aquí. Anne está en aquella mesa. Salúdala.
–Ahora mismo.
Ves a Anne, en una mesa en un rincón, con un vestido corto de paño, entretejido con hilo dorado y plateado, una cadena con eslabones de bronce de joyería azteca alrededor de su cuello bronceado. Su pelo tiene el mismo color bronce. A su lado, detrás de un puro y una vaharada de humo, está la figura bastante alta, espartana, de Michael Horn, con las pintas de ser lo que es, un jugador, un especialista en narcóticos, vividor por excelencia, mujeriego, mandamás, un tipo al que le gusta llevar diamantes y ropa interior de seda. Nadie querría estrecharle la mano. Lleva las uñas que parecen navajas.
Te sientas con una ensalada por delante. Estás comiendo cuando Anne y Mike, después del cóctel, pasan cerca de tu mesa.
–Hola, fullero –le dices a Mike Horn, con énfasis en la segunda palabra.
Detrás de Horn va su guardaespaldas, un joven de veintidós años de Chicago apellidado Berntz, con un clavel en la solapa de su abrigo negro, el pelo moreno engominado y los ojos hundidos por los musculillos de las comisuras, de ahí que parezca triste.
–Hola, Rob, cariño –dice Anne–. ¿Cómo va el libro?
–Bien, bien. Tengo un nuevo capítulo estupendo sobre ti, Anne.
–Gracias, cariño.
–¿Cuándo vas a dejar a este irlandés cabezón? –le preguntas, sin mirar a Mike.
–Cuando lo haya matado –dice Anne.
Mike se ríe.
–Esa es buena. Vámonos ya, monada. Estoy harto de este capullo.
Tiras algunos cubiertos. De un modo u otro, un montón de platos acaba en el suelo. Casi golpeas a Mike. Pero Berntz, Anne y Jerry te sujetan, así que te sientas, la sangre te palpita en los oídos, y la gente recoge los cubiertos y te los dan.
–Nos vemos –dice Mike.
Anne sale por la puerta como el péndulo de un reloj y te fijas en la hora. Mike y Berntz la siguen.
Miras tu ensalada. Coges el tenedor. Pinchas algunas hojas. Te llevas el tenedor a la boca.
Jerry te observa.
–Por el amor de Dios, Rob, ¿qué pasa? –No dices nada. Te sacas el tenedor de entre los labios–. ¿Qué pasa, Rob? ¡Escúpelo!
Escupes.
Jerry murmura una palabrota. Sangre.
Jerry y tú salís del edificio Taft mientras dices algo por señas. Tienes una bola de algodón en la boca. Hueles a antiséptico.
–Pero no entiendo cómo –dice Jerry. Gesticulas con las manos–. Ya, ya lo sé, la pelea en el Derby. El tenedor que acaba en el suelo. –Gesticulas otra vez. Jerry aporta la explicación a la mímica–. Mike, o Berntz, lo coge, te lo devuelve, pero en realidad te da un tenedor trucado, afilado.
Asientes, con violencia, ruborizándote.
–O quizás fue Anne –dice Jerry.
No, meneas la cabeza. Intentas explicarle con mímica que si Anne se enterara dejaría a Mike al instante. Jerry no lo pilla y te mira fijamente a través de sus gafas gruesas. Sudas.
La lengua es un mal sitio para hacerse un corte. Conocías a un tipo que una vez se cortó en la lengua y nunca se le curó, aunque dejó de sangrarle. ¡Imagina con un hemofílico!
Haces más gestos, y te obligas a sonreír mientras subes al coche. Jerry entorna los ojos, piensa, lo pilla.
–Ah. –Ríe–. Dices que lo que te faltaba ya es una puñalada por la espalda.
Asientes, os dais la mano, te alejas en tu coche.
De repente, la vida ya no tiene gracia. La vida es real. La vida es eso que te sale por las venas a la mínima de cambio. De manera inconsciente, tu mano va una y otra vez al bolsillo de tu abrigo, donde guardas las pastillas. Benditas pastillas.
Es entonces cuando adviertes que te están siguiendo.
Giras a la izquierda en la siguiente esquina y piensas deprisa. Un accidente. Inconsciente y sangrando. Sin conocimiento, no podrás administrarte una dosis de las preciadas pastillas que guardas en el bolsillo.
Pisas el acelerador. El coche sale disparado y vuelves la mirada y el otro coche, que aún te sigue, va ganándote terreno. Un golpe en la cabeza, el más mínimo corte, y estás acabado.
Giras a la derecha en Wilcox, de nuevo a la izquierda cuando llegas a Melrose, pero siguen ahí. Solo se puede hacer una cosa.
Detienes el coche junto al bordillo, coges las llaves, bajas tranquilamente, subes la calle y te sientas en el jardín de una casa cualquiera.
Cuando el coche que te sigue pasa por delante, sonríes y saludas con la mano. Crees oír palabrotas mientras el coche se aleja.
Haces a pie el resto del trayecto hasta tu casa. De camino, llamas a un garaje para que te recojan el coche.
Siempre has estado vivo, sí, pero no tanto como lo estás ahora: vivirás eternamente. Eres más listo que todos ellos juntos. Estás atento. Nunca serán capaces de hacer algo que no logres prever y eludir de un modo u otro. Tienes muchísima fe en ti. No puedes morir. Los demás mueren, pero tú no. Tú tienes fe absoluta en tu capacidad para vivir. Nunca habrá una persona lo bastante lista como para matarte.
Puedes comer fuego, recibir un cañonazo, besar a mujeres que tengan antorchas en lugar de labios, dar puñetazos en el mentón a los mafiosos. Tu modo de ser, con la clase de sangre que tienes en el cuerpo, ha hecho de ti un…, ¿un imprudente? ¿Un temerario? Ha de haber un modo de explicar tus ansias mórbidas de peligro o de su proximidad. Bueno, he aquí una explicación. Cada vez que sales indemne de una experiencia, tu ego nota un subidón tremendo. Reconócelo, eres una persona engreída, pagada de sí misma, con ideas mórbidas de autodestrucción. Ideas ocultas, por supuesto. Nadie reconoce abiertamente que quiere morir, pero ahí está, en alguna parte de ti. Autoconservación y la voluntad de morir, forcejeando entre ellas. Las ganas de morir te llevan a meterte en líos, la autoconservación tira de ti una y otra vez. Y tú odias a esas personas y te ríes de ellas cuando las ves hacer una mueca y revolverse de incomodidad cuando sales ileso, de una pieza. Te sientes superior, un dios, inmortal. Ellos son inferiores, cobardes, ordinarios. Y te irrita bastante pensar que Anne prefiera sus estupefacientes antes que a ti. La jeringuilla le resulta más estimulante. ¡Que le den! Y sin embargo, a ti ella también te resulta estimulante, y peligrosa. Pero ya tendrás una oportunidad con ella, sí, en cualquier momento…
Una vez más son las cuatro de la mañana. La máquina de escribir resuena bajo tus dedos cuando suena el timbre. Te levantas y vas a abrir en el silencio absoluto que precede al amanecer.
Muy lejos, desde el extremo opuesto del universo, su voz dice:
–Hola, Rob. Anne. ¿Estás levantado?
–Sí. Hacía días que no te pasabas por aquí, Anne.
Abres la puerta, ella pasa cerca de ti al entrar, huele bien.
–Estoy harta de Mike. Me pone enferma. Necesito una buena dosis de Robert Douglas. Estoy hartísima, Rob.
–Eso parece. Mis condolencias.
–Rob…
Una pausa.
–¿Sí?
Una pausa.
–Rob…, ¿podríamos irnos mañana? O sea, hoy…, esta tarde. A algún lugar de la costa, a tumbarnos al sol y a tostarnos… Lo necesito, Rob, más que nada.
–Vaya, supongo que sí. Claro. Sí. ¡Sí, joder!
–Me gustas, Rob. Pero ojalá no estuvieses escribiendo esa puñetera novela.
–Si dejaras de ver a esos mafiosos, la abandonaría, quizás –dices–. Pero no me gustan las cosas que te han hecho. ¿Mike te ha contado las cosas que está haciéndome?
–¿El qué, cariño?
–Está intentando desangrarme. O sea, desangrarme de verdad. Tú conoces bien a Mike, Anne. En el fondo es un pelele, un gallina. Y Berntz lo mismo. Conozco a los de su clase, se hacen los duros para ocultar que les faltan redaños. Mike no quiere matarme. Le da miedo matar. Cree que metiéndome miedo puede disuadirme. Pero yo voy por delante porque creo que le faltan agallas para llegar hasta el final. Prefiere arriesgarse a que los de estupefacientes lo trinquen en una redada a que lo encierren por asesinato. Conozco a Mike.
–¿Y a mí me conoces, cariño?
–Creo que sí.
–¿Bien?
–Lo suficiente.
–Yo sí podría matarte.
–No te atreverías. Te gusto.
–Yo también me gusto –ronronea.
–Siempre fuiste muy rara. Nunca he sabido, y sigo sin saber, qué es lo que te mueve.
–La autoconservación.
Le ofreces un cigarrillo. Está muy cerca de ti. Haces con la cabeza un gesto de sorpresa.
–Una vez te vi arrancarle las alas a una mosca.
–Fue interesante.
–¿Diseccionaste gatitos en formol en el instituto?
–Y lo disfruté.
–¿Sabes qué te hacen las drogas?
–Eso también lo disfruto.
–¿Y esto?
Estáis tan cerca que basta un movimiento para juntar tu cara a la de ella. Sus labios están tan sabrosos como parecen. Son cálidos y se mueven con suavidad.
Te aparta un poco.
–Esto también lo disfruto –dice.
La atraes hacia ti, vuestros labios se encuentran de nuevo y cierras los ojos…
–Joder –dices, alejándote.
Te ha clavado las uñas en el cuello.
–Lo siento, cariño. ¿Te he hecho daño? –pregunta.
–Parece que es deporte nacional –dices. Sacas tu frasco favorito y, de dentro, un par de pastillas–. Por dios, señorita, qué ímpetu. Tráteme con más delicadeza a partir de ahora. Soy muy sensible.
–Lo siento, me he dejado llevar.
–Es muy halagador. Pero si esto es lo que pasa cuando te beso, acabaría hecho un Cristo si fuese más allá. Espera. –Más vendas en el cuello. Regresas para besarla–. Despacito, preciosa. Nos iremos a la playa y te daré una clase magistral sobre los peligros de andar con Michael Horn.
–Da igual lo que te diga, vas a seguir adelante con la novela, ¿verdad, Rob?
–La decisión está tomada. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí.
De nuevo los labios.
Aparcas el coche en un acantilado al sol implacable de la tarde. Anne echa a correr, baja los escalones de madera, sesenta metros hasta el pie del acantilado. El viento le revuelve el pelo color bronce, su figura es esbelta con el bañador azul. La sigues, pensativo. Estás lejos de todas partes. No hay pueblos, la autovía está desierta. Abajo, la playa en la que el mar se repliega es amplia, salvaje, hay grandes rocas de granito volcadas y barridas por las olas. Cantan los correlimos. Observas el descenso de Anne por delante de ti. Qué tontorrona, piensas.
Paseáis cogidos del brazo y dejáis que el sol os empape. Crees que ahora todo es puro y agradable, durante unos instantes. La vida entera es pura y fresca, también la de Anne. Quieres hablar, pero tu voz suena rara en el silencio salino, y, además, aún tienes la lengua resentida por lo del tenedor afilado.
Camináis por la orilla y Anne coge algo.
–Un percebe –dice–. ¿Recuerdas cuando buceabas con el casco de goma y el tridente? Qué tiempos…
–Qué tiempos.
Piensas en el pasado, en Anne y en ti, y en las cosas que solíais hacer juntos. Viajes a la costa. Pescar. Bucear. Pero ya entonces era una criatura extraña. No le importaba matar las langostas. Disfrutaba limpiándolas.
–Qué insensato eras por entonces, Rob. Y todavía lo eres, de hecho. Te la jugabas cuando buceabas en busca de orejas de mar, podrías haberte hecho un corte grave con los percebes. Cortan como cuchillas.
–Lo sé –dices.
Anne arroja el percebe. Aterriza cerca de tus zapatos, tirados de cualquier manera. Cuando regresáis lo esquivas, con cuidado de no pisarlo.
–Podríamos haber sido felices –dice ella–. Es una idea agradable, ¿no? Ojalá cambiaras de parecer –dice.
–Demasiado tarde –dices.
Ella suspira.
Una ola rompe en la orilla.
No tienes miedo de estar aquí con Anne. No puede hacerte nada. Puedes con ella. No te cabe duda. No, hoy es un día relajado, de descanso, sin contratiempos. Estás alerta, atento a cualquier contingencia.
Te tumbas al sol, que te horada los huesos y destensa tu interior, y te amoldas a los contornos de la arena. Anne está a tu lado, y el sol dora su nariz respingona y brilla a lo largo de las gotitas de sudor en su frente. Habla con alegría de cosas livianas, y estás fascinado; ¿cómo puede ser tan hermosa, como una tira de serpentina que te saliera al paso, y que en su interior se oculte algo ruin y rastrero que se te escapa?
Estás tumbado boca abajo y la arena está caliente. El sol calienta.
–Te vas a quemar –dice finalmente, entre risas.
–Puede ser –dice. Te sientes muy inteligente, inmortal.
–Ven, déjame ponerte aceite en la espalda –dice, abriendo el rompecabezas chino que es su bolso de resplandeciente charol. Saca un frasco de aceite amarillo puro–. Esto te protegerá del sol –dice–. ¿Vale?
–Vale –dices. Te sientes muy bien, muy superior.
Te embadurna como a un cerdo en un asador. Sostiene el frasco por encima de ti y el líquido cae en un hilillo, amarillo y reluciente y frío en los pequeños huecos de tu columna vertebral. Su mano lo extiende mientras te masajea la espalda. Tú sigues tumbado, ronroneando, con los ojos cerrados, contemplando las burbujitas azules y amarillas que danzan por tus párpados cerrados mientras Anne vierte más líquido y ríe mientras te masajea.
–Ya me siento más fresco –dices.
Continúa masajeándote durante un minuto o así, luego para y se sienta a tu lado en silencio. Pasa un buen rato y tú sigues tumbado, cociéndote en un horno de arena, no quieres moverte. De repente, el sol no calienta tanto.
–¿Tienes cosquillas? –pregunta Anne, detrás de ti.
–No –dices, las comisuras de tu boca se elevan.
–Tienes una espalda preciosa –dice–. Me encantaría hacerte cosquillas.
–Hazme cosquillas –dices.
–¿Tienes aquí? –pregunta ella. Notas un movimiento lejano y aletargado en la espalda.
–No –dices.
–¿Y aquí? –dice.
No sientes nada.
–No estás tocándome –dices.
–Una vez leí en un libro –dice– que las zonas sensibles de la espalda están tan poco desarrolladas que la mayoría de la gente no sabría decir dónde le está tocando exactamente.
–Chorradas –dices–. Tócame. Venga. Y adivino dónde.
Notas tres movimientos prolongados en la espalda.
–¿Y bien? –pregunta.
–Me has hecho cosquillas por debajo del omóplato, unos diez centímetros por debajo. Y lo mismo en el otro omoplato. Y luego por la columna. Cómo te quedas.
–Listillo. Paso. Se te da demasiado bien. Necesito un cigarrillo. Mierda, no me quedan. ¿Te importa si corro al coche a por uno?
–Voy yo –dices.
–No te preocupes.
Cruza la arena a la carrera. La observas mientras corre, perezosa, soñolienta, entre patrones ascendentes de aire tórrido. Piensas que es bastante raro que se haya traído el bolso y el aceite. Mujeres. Con todo, no puedes evitar fijarte en lo guapa que es corriendo. Sube los escalones de madera, se vuelve, te saluda con la mano y sonríe. Le devuelves la sonrisa, mueves la mano un instante para saludarla, con pereza.
–¿Calor? –grita.
–Estoy chorreando –respondes en voz alta, perezosa.
Sientes cómo el sudor te resbala por el cuerpo. Tienes el calor dentro y te sumerges en él, como en una bañera. Sientes cómo el sudor desciende por tu espalda en torrentes, leves y lejanos, como filas de hormigas. Súdalo, piensas. Súdalo todo. Chorros de sudor te caen por las costillas y el estómago goteantes. Ríes. Dios, qué manera de sudar. En tu vida has sudado de esa manera. El aceite que Anne te ha untado despide un olor dulce al aire caliente. Sueño, sueño…
Te sobresaltas. Yergues la cabeza.
En lo alto del acantilado, el coche arranca, oyes la caja de cambios, y luego, ante tus ojos, Anne te saluda con la mano, el coche resplandece al sol, da media vuelta y se aleja por la autovía.
Sin más.
–¡Qué has hecho, bruja! –gritas, irritado. Intentas ponerte de pie.
No puedes. El sol te ha debilitado. La cabeza te da vueltas. Joder.
Has sudado.
Has sudado mucho.
Hueles algo nuevo en el aire tórrido. Algo familiar y atemporal como el olor a salitre del mar. Un olor caliente, dulzón, asqueroso. Un olor que para ti y los de tu grupo condensa todo el terror del mundo. Gritas con todas tus fuerzas y te levantas dando tumbos.
Llevas puesta una túnica, una prenda escarlata. Se pega a tus muslos, y mientras miras a tu alrededor, recubre tus entrañas y se expande y se ensancha por tus piernas y tus tobillos. Es rojo. El rojo más rojo de la escala de colores. El rojo más puro, el más hermoso, el más terrible que hayas visto jamás, y se expande y se ensancha y palpita por todo tu cuerpo.
Te sujetas la espalda. Articulas palabras inútiles. ¡Tus manos se cierran sobre tres largas heridas abiertas en tu carne por debajo de los omóplatos!
¡Sudor! Pensabas que estabas sudando. ¡Y era sangre! Estabas ahí tumbado pensado que era sudor, riéndote, ¡disfrutándolo!
No sientes nada. Tus dedos escarban torpes, débiles. No sientes la espalda. La tienes dormida.
«Ven, déjame ponerte aceite en la espalda», dice Anne, muy remota, en la titilante pesadilla de tu memoria. «Te vas a quemar».
Una ola rompe en la orilla. En tu recuerdo, ves el largo hilo amarillo de líquido derramándose por tu espalda, suspendido de los bonitos dedos de Anne. Sientes cómo te masajea.
Un narcótico untable. Novocaína o cocaína o algo similar en una solución amarilla que, en contacto con tu espalda, anestesió cada nervio. Anne es una experta en narcóticos, ¿no?
La dulce, dulce y hermosa Anne.
«¿Tienes cosquillas?», te pregunta otra vez Anne, en tu mente.
Tienes arcadas. Y como un eco en tu mente anegada en rojo sangre, respondes: No. Hazme cosquillas. Hazme cosquillas… Hazme cosquillas, Anne J. Anthony, dama encantadora. Hazme cosquillas.
Con la cáscara bien afilada de un percebe.
Estabas buceando en busca de orejas de mar y te raspaste la espalda con una roca, malos arañazos, con unos percebes que cortaban como cuchillas. Sí, eso es. Buceando. Un accidente. Una trampa magnífica.
La dulce, la bella Anne.
¿O te has afilado las uñas de los dedos con un asperón, querida?
El sol te azota el cerebro. La arena empieza a derretirse bajo tus pies. Intentas encontrar los botones para desabotonarte, para arrancarte esa prenda roja. Insensible, ciego, a tientas, buscas los botones. No hay ninguno. La prenda se queda donde está. Qué tontería, piensas, qué estupidez. Qué tontería que te encuentren en esos calzoncillos rojos de lana. Qué tontería.
Tiene que haber una cremallera en alguna parte. Un modo de cerrar con fuerza los largos cortes para que esa resbaladiza materia roja deje de resbalarte por el cuerpo. Tu cuerpo de hombre inmortal.
Los cortes no son muy profundos. Si logras llegar al hospital. Si te tomas las pastillas.
¡Las pastillas!
Te desplomas sobre tu abrigo, y buscas en un bolsillo y luego en el otro, y luego en otro y lo vuelves del revés y arrancas el forro y gritas y lloras y cuatro olas caen a plomo sobre la orilla detrás de ti, como trenes de paso, estruendosos. Y revisas de nuevo cada bolsillo vacío, con la esperanza de haber pasado alguno por alto. Pero solo hay unos caramelos de menta, una caja de cerillas y dos entradas de cine usadas. Tiras el abrigo.
–¡Anne, vuelve! –gritas–. ¡Vuelve! El pueblo está a treinta kilómetros, y el hospital. No puedo hacerlos a pie. No tengo tiempo.
Desde el pie del acantilado, levantas la mirada. Ciento catorce escalones.
El acantilado brilla y refulge a pleno sol.
Lo único que puedes hacer es subir los escalones.
Cincuenta kilómetros hasta el pueblo, piensas. Bah, ¿qué son cincuenta kilómetros? Hace un día buenísimo para caminar.
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