salidas y llegadas
spanish
Nunca hubo un día que empezara con mayor nobleza de corazón y ánimos más renovados. Ninguna mañana se había topado nunca con su propio verdor como la primavera que esa mañana descubrió en cada aspecto y cada aliento. Los pájaros volaban ebrios, y los topos y todo cuanto se refugiaba entre tierra y piedra se aventuraban a salir, olvidando que podían perder la vida. El cielo era un mar del Pacífico, del Caribe, del Índico, suspendido en una pleamar que se desparramaba sobre un pueblo que exhalaba el polvo del invierno a través de mil ventanas. Las puertas se abrían de golpe. Como una pleamar que se adentra en un pueblo que exhalaba el polvo del invierno a través de mil ventanas. Las puertas se abrían de golpe. Como una pleamar que se adentra en la orilla, olas de cortinas lavadas rompían una tras otra contra las cuerdas de piano que eran los tendederos de detrás de las casas.
Y finalmente, la suave dulzura de aquel día en particular atrajo a dos almas, como figuras invernales de un reloj suizo, hipnotizadas, hasta el porche. El señor y la señora Alexander, veinticuatro meses encerrados en lo profundo de su herrumbrosa casa, sintieron cómo sus ya olvidadas alas se desperezaban en sus omóplatos a medida que el sol les recalentaba los huesos.
–¡Huele eso! –La señora Alexander inhaló una bocanada de aire y giró en redondo para culpar a la casa–. ¡Dos años! ¡Ciento sesenta y cinco tarros de melaza para la garganta! ¡Cinco kilos de azufre! ¡Doce frascos de somníferos! ¡Varios metros de manoplas para el pecho! ¿Cuánto aceite de mostaza? ¡Largo de aquí! –Dio un empujón a la casa. Se volvió hacia el día primaveral, con los brazos abiertos. El sol le llenó los ojos de lágrimas.
Esperaron, aún no estaban preparados para salir tras dos años cuidándose mutuamente, enfermando una y otra vez, aceptando sin disfrutarla del todo la idea de pasar otra velada juntos después de seiscientas noches sin ver otro rostro humano.
–Caray, somos extranjeros de repente. –El marido señaló con la cabeza hacia las calles en sombra.
Y recordaron cómo habían dejado de atender al timbre de la puerta y mantenido las persianas cerradas, por temor a que algún encuentro brusco, un rayo de sol brillante, pudiera reducirlos a polvo fantasmal.
Pero ahora, aquel día de fontanal esplendor y con la salud milagrosamente recobrada, el señor y la señora Alexander, ancianos, bajaron muy despacio los escalones hacia el pueblo, como turistas de un país subterráneo.
–Tampoco estamos tan viejos –dijo el señor Alexander al llegar a la calle principal–; nos sentimos viejos, nada más. Yo tengo setenta y dos y tú solo setenta. Voy a ir a comprar algo especial, Elma. ¡Nos vemos aquí en dos horas!
Se separaron, libres por fin el uno del otro.
A pocas calles de allí, al pasar por una tienda de moda, el señor Alexander vio un maniquí en el escaparate y se detuvo en seco. ¡Aquello, ay, aquello! La luz del sol calentaba sus mejillas rosas, sus labios color frambuesa, sus ojos lacados de azul, su pajizo pelo amarillo. Se quedó frente al escaparate un minuto entero, hasta que una mujer de carne y hueso apareció de repente para ordenar las prendas. Cuando levantó la vista, ahí estaba el señor Alexander, sonriendo como un muchacho imbécil. Ella le devolvió la sonrisa.
¡Vaya día!, pensó él. Sería capaz de hacer un agujero a una puerta de un puñetazo. ¡Sería capaz de lanzar un gato por encima del juzgado! ¡Quita de en medio, viejo! ¡Un momento! ¿Eso era un espejo? Da igual. ¡Dios bendito! ¡Qué vivo estoy!
El señor Alexander entró en la tienda.
–¡Quiero comprar algo! –dijo.
–¿Qué? –preguntó la guapa dependienta.
Él miró a su alrededor como un tonto.
–No sé, deme un fular. Eso, un fular.
Parpadeó ante la cantidad de fulares que le trajo, sonriéndole de tal manera que su corazón bramó y se tambaleó como un giroscopio, desequilibrando el mundo entero.
–Elija el que se pondría usted. Y ese me llevo.
Ella escogió un fular del color de sus ojos.
–¿Es para su mujer?
El señor Alexander le tendió un billete de cinco dólares.
–Póngaselo. –Obedeció. Él intentó imaginar la cara de Elma sobre aquel fular; fue incapaz–. Quédeselo –dijo–. Para usted. –Salió por la puerta a pleno sol, con una canción en las venas.
–Señor –lo llamó ella, pero se había ido.
Lo que más deseaba la señora Alexander era unos zapatos, y tras separarse de su marido entró en la primera zapatería que vio. Pero antes, eso sí, echó una moneda en una máquina de perfumes y se roció un buen chorro vaporoso de verbena por su pecho de gorrión. Más tarde, como rodeada por el efluvio como si de una bruma matinal se tratase, entró en tromba en la zapatería, donde un atractivo joven de ojos castaños y arqueadas cejas negras y un pelo que relucía como el charol le pellizcó los tobillos, le enderezó el empeine, le acarició los dedos y le atendió los pies de tal manera que adquirieron un rosa suave y cálido.
–La señora tiene los pies más pequeños que he calzado este año. Extraordinariamente pequeños. –Allí sentada, la señora Alexander era un corazón gigante que latía tan fuerte que el dependiente tuvo que levantar la voz–: ¡Si la señora hiciera el favor de empujar! ¿Lo prefiere en otro color?
Se despidió con la mano izquierda mientras se iba con los tres pares de zapatos, mirándose los dedos de un modo en apariencia significativo. Soltó una risa extraña, había olvidado decir que no llevaba la alianza de bodas porque hacía años que tenía los dedos hinchados por la enfermedad, y el anillo andaba por ahí cogiendo polvo. En la calle, se acercó a la máquina de perfumes, con otra moneda en la mano.
El señor Alexandre recorría las calles a grandes zancadas, bailoteando de alegría al cruzarse con ciertas personas, deteniéndose por fin, un tanto cansado, pero sin admitirlo ante nadie, frente al estanco United Cigar. Allí, como si no hubiesen pasado setecientos y pico mediodías, estaban el señor Bleak, el señor Green, Samuel Spaulding y el indio de madera. Rodearon al señor Alexander y le dieron varios puñetazos de incredulidad.
–¡John, has resucitado!
–¿Te vienes a la cabaña esta noche?
–¡Claro!
–¿Reunión de viejos amigos mañana por la noche?
–¡Allí estaré! –Las invitaciones revoloteaban a su alrededor en un viento cálido–. Ay, amigos, ¡cuánto os he echado de menos! –Sintió ganas de abrazar a todos, también al indio. Lo invitaron a un puro y a cervezas en el local de al lado, en la colorida jungla de billares de fieltro verde.
–La semana que viene –gritó el señor Alexander–. Comida en casa. Mi mujer y yo os invitamos a todos, queridos amigos. ¡Barbacoa! ¡A beber y a pasarlo bien!
Spaulding le estrechó la mano con fuerza.
–¿A tu mujer le molestará lo de esta noche?
–¿A Elma?, no.
–Pasaré a recogerte a las ocho.
–¡Perfecto!
Y el señor Alexander se fue como una bola de heno arrastrada por el viento.
Tras salir de la tienda, la señora Alexander se vio rodeada en la calle por un mar de mujeres. Estaba en el centro de un mercadillo, mujeres en grupitos de dos o tres, hablando, riendo, gritando ofertas, aceptándolas, todo a la vez.
–Esta noche, Elma. En el club Thimble.
–¡Ven a recogerme!
Sonrojada y sin aliento, se abrió paso a empujones, llegó a un bordillo, miró atrás como alguien miraría el océano por última vez antes de volver tierra adentro y, con su interior iluminado, se apresuró avenida abajo mientras contaba con los dedos las citas que tenía la semana siguiente en la Asociación Elm Street, la Liga de Mujeres Patrióticas, el Grupo de Costura y el club del Cine Elite.
Las horas se precipitaban hacia su final. El reloj del juzgado marcó las once.
El señor Alexander estaba en la esquina, mirando su reloj con gesto dubitativo mientras lo agitaba, murmurando entre dientes. Había una mujer en la esquina de enfrente, y después de esperar diez minutos, el señor Alexander cruzó.
–Disculpe, pero creo que mi reloj no va bien –dijo, aproximándose–. ¿Podría decirme qué hora es?
–¡John! –gritó ella.
–¡Elma! –gritó él.
–Llevo aquí de pie todo el tiempo –dijo.
–¡Y yo allí!
–¡Te has comprado un traje nuevo!
–¡Y tú un vestido!
–Y sombrero nuevo.
–Tú también.
–Zapatos nuevos.
–¿Qué tal te van los tuyos?
–Me aprietan.
–A mí también.
–¡He sacado entradas para una obra de teatro para el sábado por la noche, Elma! ¡Y he reservado para el pícnic de Green Town del mes que viene! ¿Qué perfume llevas?
–¿Qué colonia te has puesto tú?
–¡Con razón no nos hemos reconocido! –Se miraron el uno al otro durante un buen rato–. En fin, vámonos a casa. Qué día más bonito hace, ¿no?
Se fueron, acompañados por los chirridos de sus zapatos nuevos.
–¡Sí, precioso! –coincidieron ambos, con una sonrisa.
Pero luego se miraron de reojo y enseguida apartaron la vista, nerviosos.
Su casa era azul oscuro; era como entrar en una cueva tras una tarde fresca y verde de primavera.
–¿Te apetece picar algo?
–No tengo hambre. ¿Y tú?
–Yo tampoco.
–Cómo me gustan mis zapatos nuevos.
–Y a mí los míos.
–Bueno, ¿qué hacemos el resto del día?
–Ah, qué tal si vamos al cine.
–Después de descansar un ratito.
–¡No estás cansada!
–¡No, para nada! –gritó ella–. ¿Y tú?
–¡No, no! –se apresuró a decir.
Se sentaron y se sintieron cómodos en la oscuridad y el frescor de la habitación después del calor resplandeciente y cegador de la mañana.
–Creo que voy a aflojarme los cordones un poquito –dijo él–. A desanudármelos un momento.
–Creo que yo también.
Se desanudaron los cordones de sus zapatos.
–¡Y podemos quitarnos los sombreros!
Allí sentados, se quitaron los sombreros.
La miró y pensó: Cuarenta y cinco años. Cuarenta y cinco años casado con ella. Caray, recuerdo…, aquella vez en Mills Valley…, y aquel otro día…, hace cuarenta años fuimos en coche a…, sí…, sí. Meneó la cabeza. Cuánto tiempo.
–¿Por qué no te quitas la corbata? –le sugirió ella.
–Pues sí, aunque vayamos a irnos en seguida –dijo–. Un rato solamente.
Lo miró mientras se quitaba la corbata y pensó: Ha sido un buen matrimonio. Nos hemos ayudado mutuamente; me ha dado de comer, me ha lavado y vestido cuando he estado enferma, me ha cuidado bien… Cuarenta y cinco años ya, y la luna de miel en Mills Valley parece que fue antes de ayer.
–¿Por qué no te quitas los pendientes? –le sugirió él–. Son nuevos, ¿no? Deben de pesar.
–Pues sí, un poco. –Los dejó a un lado.
Estaban sentados en sus butacas cómodas y suaves junto a las mesitas con paños verdes en las que había frascos de árnica, cajas de pastillas y píldoras, sueros, jarabes para la tos, tiritas, rodilleras y crema de pies, aceites, pomadas, lociones, inhaladores, aspirinas, quinina, polvos, barajas de cartas desvaídas tras millones de lentas partidas al veintiuno, y libros que se habían murmurado el uno al otro en la salita en penumbra bajo la luz tenue de la única bombilla, sus voces como el sonido de polillas desdibujadas entre las sombras.
–Igual podría quitarme los zapatos –dijo él–. Durante ciento veinte segundos, antes de que corramos otra vez a la calle.
–No es sano tener los pies calzados todo el tiempo.
Los dos se quitaron los zapatos.
–¿Elma?
–¿Sí? –Levantó la vista.
–Nada –dijo.
Oyeron el tictac del reloj del revellín. Se pillaron el uno al otro mirando la hora. Las dos de la tarde. Seis horas hasta las ocho.
–¿John? –dijo.
–Dime.
–Da igual –dijo.
Siguieron allí sentados.
–¿Qué tal si nos ponemos las pantuflas? –preguntó él.
–Voy a por ellas.
Volvió con las pantuflas.
Se las pusieron, exhalando con el tacto fresco de la lana.
–¡Aaaaaah!
–¿Qué haces con el abrigo y el chaleco puestos?
–Ya sabes, la ropa nueva es como llevar armadura. –Se quitó el abrigo y un minuto después, el chaleco.
Las butacas crujieron.
–Caray, ya son las cuatro –dijo ella, más tarde.
–El tiempo vuela. Ya es tarde para salir, ¿no?
–Mucho. Vamos a descansar un rato. Podemos llamar a un taxi para ir a cenar.
–Elma. –Se humedeció los labios.
–Dime.
–Nada, se me ha olvidado. –Miró la pared.
Cinco minutos más tarde, propuso:
–¿Por qué no me desvisto y me pongo a bata? Luego me visto enseguida cuando vayamos a comernos un buen filete en el pueblo.
–Bien pensado –coincidió ella–. ¿John?
–¿Algo que quieras decirme?
Ella bajó la mirada hacia los zapatos nuevos en el suelo. Recordó la suave presión en el empeine, las lentas caricias en los dedos de los pies.
–No –dijo.
Escucharon los latidos del corazón del otro en la salita. Con la bata puesta, allí sentados, suspiraron.
–Es que estoy un pelín cansada. No mucho, ya sabes –dijo ella–. Un poquitín solo.
–Normal. Es que menudo día. Menudo día.
–No se puede salir así de sopetón, ¿verdad que no?
–Hay que ir con calma. Ya no somos unos niños.
–Cierto.
–Yo también estoy un poco agotado –reconoció, como si tal cosa.
–Igual. –Miró un instante el reloj–. Igual deberíamos picar algo aquí esta noche. Podemos cenar fuera mañana.
–Una sugerencia muy sensata –dijo él–. Total, tampoco es que me muera de hambre.
–Qué raro, yo tampoco.
–Pero, luego por la noche vamos al cine, ¿no?
–¡Pues claro!
Comieron queso y unos saladitos revenidos como ratones a media luz. Dieron las siete.
–¿Sabes? –dijo él–. Empiezo a encontrarme un poquitín indispuesto.
–¿Y eso?
–Me duele la espalda.
–¿Quieres que te haga un masajito?
–Gracias, Elma, tienes unas manos estupendas. Sabes hacer un masaje; ni demasiado fuerte ni demasiado suave, perfecto.
–Me arden los pies –dijo ella–. No creo que pueda ir al cine esta noche.
–Ya habrá noches.
–No sé si el queso ese estaría malo. Me ha dado acidez.
–¿A ti también?
Miraron los frascos que había en la mesa. Siete y media. Ocho menos cuarto.
–Son casi las ocho.
–¡John!
–¡Elma!
Los dos hablaron a la vez. Rieron, sobresaltados.
–¿Qué pasa?
–No, habla tú.
–¡No, tú primero!
Se quedaron callados, escuchando y mirando el reloj, los dos con palpitaciones. Tenían la cara pálida.
–Creo que voy a tomar aceite de menta para el estómago –dijo el señor Alexander.
–Pásame la cucharilla cuando acabes –dijo ella.
Se chupetearon los labios en la penumbra, cada uno en su butaca, a la luz de la polilla que parecía la única bombillita.
Tictac-tictac-tic-tac-tic-tac.
Oyeron pasos en la acera. En los escalones del porche delantero. Sonó el timbre.
Los dos se enderezaron. El timbre sonó de nuevo. Se quedaron sentados a media luz.
El timbre sonó otras seis veces.
–Mejor no abrir –dijeron los dos. De nuevo sobresaltados, se miraron el uno al otro, con la respiración contenida.
Se miraron a los ojos, cada uno a un lado de la habitación.
–Seguro que no es importante.
–Nada importante. Querrán charlar. Y estamos cansados, ¿no?
–Mucho –dijo ella.
Sonó el timbre.
Se oyó un tintineo cuando el señor Alexander se tomó otra cucharada de aceite de menta. Su mujer bebió agua y se tragó una pastilla blanca.
El timbre sonó una última vez, con fuerza.
–Voy a echar un ojo –dijo él–, por la ventana de delante.
Dejó allí a su mujer y fue a mirar. En el porche delantero, de espaldas a él, bajando los escalones, estaba Samuel Spaulding. El señor Alexander fue incapaz de recordar su cara.
La señora Alexandre estaba en otra de las habitaciones delanteras, mirando por la ventana, discretamente. Vio que una de las mujeres del club Thimble bajaba por la calle, giraba en su acera, subió a la vez que bajaba el hombre que había llamado al timbre. Se cruzaron. Se murmuraron algo en la sosegada noche primaveral.
Los dos desconocidos miraron juntos la casa a oscuras, mientras discutían algo. De repente, ambos desconocidos se rieron.
Miraron la casa en penumbra una última vez. El hombre y la mujer bajaron por la acera y se alejaron juntos por la calle, bajo los árboles que la luna iluminaba, riendo y meneando la cabeza y hablando hasta que se perdieron de vista.
Al regresar a la salita, el señor Alexander vio que su mujer había sacado una palangana pequeña con agua caliente en la que los dos podrían meter los pies. También había traído otro frasco de árnica. Oyó cómo se lavaba las manos. Cuando su mujer regresó del baño, sus manos y su cara olían a jabón en vez de a verbena primaveral.
Los dos se sentaron con los pies a remojo.
–Creo que será mejor que devolvamos las entradas que hemos comprado para el teatro del sábado por la noche –dijo él–, y las de la gala benéfica de la semana que viene. Nunca se sabe.
–Muy bien –dijo ella.
Parecía que aquella tarde de primavera había sucedido hacía un millón de años.
–Quién sería el que ha llamado a la puerta –dijo ella.
–No lo sé –dijo él, echando mano del aceite de menta. Se tomó un poco–. ¿Una partidita al veintiuno, cielo?
Ella se recostó en su butaca agitando mínimamente el cuerpo.
–No veo por qué no –dijo.