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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

se oyó correr el verano

spanish

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Aquella noche ya tarde, mientras volvía a casa del cine con su madre, su padre y su hermano Tom, Douglas vio las zapatillas de tenis en el brillante escaparate. Enseguida apartó la mirada, pero sus tobillos quedaron atrapados y en los pies, suspendidos, sintió la poderosa atracción. El mundo giró en redondo; los toldos de las tiendas batieron sus alas de lona por encima de su cabeza con el ímpetu de su cuerpo a la carrera. Su madre y su padre y su hermano caminaban en silencio a cada lado. Douglas caminaba de espaldas, viendo cómo las zapatillas de tenis se perdían en el escaparate a medianoche.
–La peli ha estado bien –dijo su madre.
–Pues sí… –murmuró Douglas.
Era junio y hacía mucho que tendrían que haberle comprado las zapatillas especiales que eran silenciosas como la lluvia que en verano cae sobre las aceras. Junio y la tierra rebosaba energía pura y por todas partes todo estaba en movimiento. La hierba seguía derramándose de los campos, rodeando las aceras, varando las casas. De un momento a otro, el pueblo zozobraría, se iría a pique y no quedaría ni el temblor de los tréboles y la maleza. Y ahí estaba Douglas, atrapado en el cemento inerte y las calles de ladrillo rojo, apenas capaz de moverse.
–¡Papá! –explotó–. En ese escaparate de ahí atrás, unas zapatillas Cream-Sponge Para Litefoot…
Su padre ni siquiera se volvió.
–¿Se puede saber por qué necesitas unas zapatillas nuevas?
–Bueno…
Pues porque con ellas sentías lo que se siente cada verano cuando te quitas las zapatillas por primera vez y corres por la hierba. Se sentía lo que se siente cuando en invierno sacas los pies de debajo de las mantas calentitas para que el viento frío que entra por la ventana abierta te los hiele, pero los dejas ahí un buen rato hasta que los metes otra vez debajo de las mantas para sentirlos como nieve en una caja. Con las zapatillas de tenis sentías lo que siempre se siente la primera vez que vadeas las aguas lentas del río y ves tus pies sumergidos, medio centímetro corriente abajo, por la refracción, separados de la parte de ti que está fuera del agua.
–Papá –dijo Douglas–, cuesta explicarlo…
Por algún motivo, la gente que fabricaba zapatillas de tenis sabía lo que los niños querían y necesitaban. Ponían malvaviscos y muelles en las suelas y tejían lo demás con hierbas blanqueadas y quemadas en mitad de la naturaleza. En algún lugar de las profundidades del suave lecho de las zapatillas se ocultaban las finas y recias cornamentas de los venados. La gente que fabricaba las zapatillas había visto sin duda muchísimos vientos agitando los árboles y muchísimos ríos desembocando en lagos. Fuese lo que fuese, estaba en las zapatillas, y era verano.
Douglas intentó expresar todo aquello.
–Ya –dijo su padre–, pero ¿qué les pasa a las zapatillas del año pasado? ¿Por qué eres incapaz de sacarlas del armario?
Bueno, le daban pena los niños que vivían en California porque allí llevaban zapatillas de tenis todo el año y no sabían lo que era que el invierno se te metiera en los pies, quitarte los zapatos de cuero duros como el hierro llenos de nieve y de lluvia y correr descalzo un día entero y luego anudarte las primeras zapatillas de tenis del año, que era mejor que ir descalzo. La magia estaba siempre en el nuevo par de zapatillas. Magia que podía morir a principios de septiembre, pero ahora, a finales de junio, aún quedaba magia de sobra, y con unas zapatillas como aquellas podría saltar por encima de los árboles y los ríos y las casas. Y si querías, podías saltar por encima de los cercados y las aceras y los perros.
–¿No lo entiendes, papá? –dijo Douglas–. No puedo usar las del año pasado.
Porque el par del año anterior estaban muertas por dentro. Cuando las estrenó eran estupendas. Pero cada año, a finales de verano, siempre te dabas cuenta, siempre sabías, que en realidad no podías saltar con ellas por encima de los ríos y los árboles y las casas, que estaban muertas. Pero estábamos en otro año, y sentía que esta vez, con un par de zapatillas nuevas, podría hacer cualquier cosa, lo que quisiera.
Subieron los escalones de su casa.
–Ahorra –dijo su padre–. Y en cinco o seis semanas…
–¡Se habrá acabado el verano!
Con las luces apagadas, Tom dormido, Douglas estaba tumbado mirándose los pies, muy lejanos en el extremo de la cama a la luz de la luna, libres de los zapatos pesados como el hierro, desprendidos ya de los grandes grumos del invierno.
–Motivos. Tengo que pensar en motivos para esas zapatillas.
En fin, todo el mundo sabía que por las colinas que rodeaban el pueblo pululaban amigos alborotando a las vacas, jugando al barómetro con los cambios atmosféricos, bronceándose, y la piel se les caía cada día como las hojas de los calendarios para broncearse aún más. Para atrapar a esos amigos, tenías que correr más deprisa que los zorros o las ardillas. En cuanto al pueblo, bullía de enemigos cada vez más irritados por el calor, y que no olvidaban todas las discusiones y todos los insultos del invierno. ¡Búscate amigos, deshazte de los enemigos! Ese era el lema de las Cream-Sponge Para Litefoot. ¿El mundo va demasiado deprisa? ¿Quieres estar alerta, permanecer alerta? ¡Entonces Litefoot! ¡Litefoot! Cogió su hucha y oyó un escueto tintineo, el peso leve del dinero que había dentro.
Si quieres algo, pensó, tienes que hacerlo a tu manera. Durante la noche, busquemos ese sendero a través del bosque…
En el pueblo, las luces de la tienda se apagaron una por una. El viento soplaba contra la ventana. Era como el cauce de un río y sus pies querían meterse en él. En sueños, oyó un conejo que corría y corría sin parar entre la cálida hierba alta.
El viejo señor Sanderson iba de un lado a otro en su zapatería como el propietario de una tienda de animales va de una jaula a otra con especies de todo el mundo, tocando ligeramente cada una al pasar. El señor Sanderson acarició con la mano los zapatos del escaparate, algunos le parecieron gatos y otros le parecieron perros; tocaba cada par con esmero, ajustando cordones, recolocando lengüetas. Luego se situó en el centro mismo de la alfombra y miró a su alrededor, asintiendo.
Se oyó ruido de truenos cerca.
Un momento la puerta de la Zapatería Sanderson estaba vacía, y al siguiente ahí estaba plantado Douglas Spaulding como un tonto, mirándose los zapatos de cuero como si fuese imposible despegar aquellos armatostes del cemento. Los truenos habían cesado con la llegada de Douglas. Ahora, con dolorosa lentitud, sin atreverse a mirar más que el dinero que llevaba en la mano ahuecada, Douglas abandonó la brillante luz del sol de mediodía de sábado. Apiló con cuidado en el mostrador monedas de cinco, de diez y de veinticinco, como quien juega al ajedrez preocupado por que el siguiente movimiento lo lleve directo hasta la luz o lo sepulte en tinieblas.
–¡No digas nada! –dijo el señor Sanderson. Douglas se quedó inmóvil–. Primero, sé qué pretendes comprar –dijo–. Segundo, te veo todas las tardes delante de mi escaparate; ¿crees que estoy ciego? Pues no. Tercero, y para más señas, quieres las Zapatillas de Tenis Royal Crown Cream-Sponge Para Litefoot: «¡Como menta en tus pies!». Y cuarto, quieres que te fíe.
–¡No! –gritó Douglas, jadeando, como si se hubiese pasado la noche corriendo en sueños–. ¡Lo que vengo a ofrecerle no tiene nada que ver con que me fíe! –resolló–. Antes de que se lo diga, señor Sanderson, tiene que hacerme un favorcito. ¿Recuerda cuándo fue la última vez que llevó un par de zapatillas Litefoot, señor?
El rostro del señor Sanderson se ensombreció.
–Bueno, hará diez, veinte, no sé, treinta años. ¿Por?
–Señor Sanderson, ¿no cree que le debe usted a sus clientes, señor, como mínimo, probarse las zapatillas que vende, un minuto al menos, para que sepan qué se siente? La gente se olvida de las cosas si deja de probarlas. El hombre que vende puros en el estaco fuma puros, ¿no? El que vende caramelos, prueba su mercancía, me parece. O sea que…
–Te habrás fijado –dijo el viejo– en que llevo zapatos.
–¡Pero no zapatillas, señor! ¿Cómo va a vender zapatillas si no puede elogiarlas y cómo va a elogiarlas si no las conoce?
Con una mano en la barbilla, el señor Sanderson se apartó un poco de aquel niño enardecido.
–Bueno…
–Señor Sanderson –dijo Douglas–, usted me vende algo y yo le vendo algo del mismo valor.
–¿Crees absolutamente necesario que para vender unas zapatillas tengo que ponérmelas, muchacho? –dijo el viejo.
–¡Ojalá no fuese así, señor!
El viejo suspiró. Unos segundos más tarde, sentado y resoplando en silencio, se calzó las zapatillas de tenis en sus pies largos y estrechos. Parecían objetos aparte, alienígenas, al lado de las perneras oscuras de su traje de chaqueta. El señor Sanderson se levantó.
–¿Qué tal? –preguntó el niño.
–¿Cómo que qué tal?, pues muy bien. –Hizo ademán de sentarse.
–¡Por favor! –Douglas levantó una mano–. ¿Ahora podría balancearse un poco adelante y atrás, dar unos pasos y unos brincos mientras le cuento el resto? Es esto: yo le doy mi dinero, usted me da las zapatillas, yo le debo un dólar. Pero, señor Sanderson, pero… En cuanto tenga esas zapatillas puestas, ¿sabe lo que va a pasar?
–Qué.
–¡Pum! Que voy a entregar y a recoger sus paquetes, a traerle café, a tirarle la basura, a correr a la oficina de correos, a telégrafos, ¡a la biblioteca! Va a ver a doce yos por minuto entrando y saliendo, entrando y saliendo. Sienta esas zapatillas, señor Sanderson, ¿siente cuánto voy a correr con ellas puestas? ¿Con todos esos muelles dentro? ¿Siente la velocidad dentro? ¿Siente cómo se ajustan y cómo no te dejan en paz y que no les gusta que se quede ahí plantado? ¿Siente lo rápido que voy a hacer las cosas que preferiría quitarme de encima? ¡Usted se queda aquí fresquito en la tienda mientras yo doy saltos por todo el pueblo! Pero no será cosa mía, en realidad, sino de las zapatillas. ¡Corren como locas por los callejones, por las esquinas, y vuelta! ¡A toda pastilla!
El señor Sanderson estaba maravillado con aquel torrente de palabras. Cuando las palabras brotaron, lo arrastró la corriente; empezó a hundirse en las zapatillas, a flexionar los dedos de los pies, a contraer los arcos, a probar los tobillos. Se balanceaba levemente, en secreto, adelante y atrás en la brisilla que entraba por la puerta abierta. Las zapatillas de tenis guardaban silencio en la alfombra, se sumieron en ella como en la hierba selvática, en mantillo y arcilla resiliente. Dio un saltito solemne sobre los talones en aquella masa fermentada, en la tierra blanda y acogedora. Las emociones le recorrieron el rostro como si hubiesen encendido y apagado un sinnúmero de luces. Su boca se abrió ligeramente. Poco a poco, se balanceó apenas hasta detenerse, y la voz del niño se apagó y ambos se quedaron allí mirándose el uno al otro en un silencio tremendo y natural.
Varias personas pasaron por la acera a pleno sol. El hombre y el niño seguían allí, el niño radiante, el hombre con un gesto de revelación.
–Muchacho –dijo por fin el viejo–, ¿te gustaría trabajar como vendedor de zapatos en esta tienda dentro de cinco años?
–Caray, gracias, señor Sanderson, pero todavía no sé qué quiero ser de mayor.
–Hijo, cualquier cosa que quieras ser –dijo el viejo–, lo serás. Nadie te va a parar.
El viejo cruzó la tienda despacio hasta el millar de cajas del escaparate, regresó con unas zapatillas para el chico e hizo una lista en un papel mientras el chico se anudaba los cordones de las zapatillas y se ponía de pie, a la espera.
El viejo le dio la lista.
–Esta tarde tienes que hacerme varios recados. Cuando termines, estamos en paz, Stephen, y estás despedido.
–¡Gracias, señor Sanderson! –Douglas se alejó dando brincos.
–¡Quieto ahí! –gritó el viejo. Douglas paró en seco y giró en redondo. El señor Sanderson se inclinó hacia delante–. ¿Qué se siente?
El chico se miró los pies en los lechos de los ríos, en los trigales, en el viento que estaba ya empujándolo más allá del pueblo. Levantó la mirada hacia el viejo, con fulgor en los ojos, movió la boca, pero no salió ningún sonido.
–¿Antílopes? –dijo el viejo, mirando el rostro del chico y luego las zapatillas–. ¿Gacelas?
El chico lo pensó, dudó y enseguida asintió deprisa. Acto seguido, desapareció. Dio media vuelta con un susurro y salió disparado. La puerta quedó vacía. El sonido de las zapatillas de tenis se perdió en el calor de la selva.
El señor Sanderson se acercó a la puerta bajo el sol abrasador, y escuchó. Recordaba aquel sonido de épocas muy lejanas, cuando soñaba de niño. Criaturas hermosas brincando bajo el cielo, atravesando arbustos, bajo los árboles, muy lejos, y solo quedaba el eco suave de sus pisadas.
–Antílopes –dijo el señor Sanderson–. Gacelas.
Se agachó para recoger los zapatos de invierno que el niño había abandonado, cargados de lluvias olvidadas y nieves derretidas hacía mucho. Apartándose del sol abrasador, con paso suave, apacible, lento, regresó de nuevo a la civilización…
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