sin novedad, o ¿cómo murió el perro?
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Era aquel un día de holocausto, de cataclismos, de tornados, terremotos, apagones, asesinatos en masa, erupciones y apocalipsis varios, en cuyo cénit el sol engulló la tierra y las estrellas desaparecieron.
Pero, por simplificar, el miembro más respetado de la familia Bentley había muerto. Perro se llamaba, y un perro era.
Los Bentley se levantaron tarde esa mañana de sábado y encontraron a Perro tirado en el suelo de la cocina, con la cabeza hacia la Meca, las patas perfectamente dobladas, la cola ya no golpeteaba, sino que yacía en silencio por primera vez en veinte años.
¡Veinte años! Ay, Dios, pensaron todos, ¿de verdad había pasado tanto tiempo? Y ahora, sin avisar, Perro estaba frío, se había ido.
Susan, la hija pequeña, despertó a todos a gritos.
–A Perro le pasa algo. ¡Rápido!
Sin molestarse en ponerse la bata, Roger Bentley, en calzoncillos, corrió a echar un vistazo al animal, quieto en los azulejos de la cocina. Su mujer, Ruth, lo siguió, y también su hijo Skip, de doce años. Los demás miembros de la familia, casados e independizados, Rodney y Sal, llegarían más tarde. Todos, por turnos, dirían lo mismo:
–¡No! Perro era eterno.
Pero no dijo nada, seguía allí como la Segunda Guerra Mundial, recién terminada, pura devastación.
Las mejillas de Susan se llenaron de lágrimas, luego las de Ruth Bentley, seguidas en perfecto orden por las lágrimas del padre y por último, cuando terminó de entenderlo, las de Skip.
Por instinto, formaron un corrillo en torno a Perro, arrodillándose en el suelo para acariciarlo, como si con eso fuese a sentarse de repente, a sonreír como siempre hacía frente a su comida, a ladrar y a llegar antes que nadie a la puerta. Pero lo único que lograron sus caricias fue aumentar las lágrimas.
Finalmente, se levantaron, se abrazaron y fueron a desayunar como ciegos, y en mitad del desayuno, Ruth Bentley, conmocionada, dijo:
–No podemos dejarlo ahí. –Roger Bentley cogió a Perro con delicadeza y lo dejó en el patio, a la sombra, junto a la piscina–. ¿Y ahora qué hacemos?
–No lo sé –dijo Roger Bentley–. Es la primera vez que muere alguien de la familia… –Se detuvo, resopló y meneó la cabeza–. Quiero decir…
–Querías decir exactamente lo que acababas de decir –dijo Ruth Bentley–. Si Perro no era parte de esta familia, entonces no era nada. Dios, cómo lo quería…
A esto siguió otra oleada de lágrimas, durante la cual, Roger Bentley fue a por una manta para cubrir a Perro, pero Susan lo detuvo.
–No, no. Quiero verlo. No voy a poder verlo nunca más. Es tan bonito. Es tan…, viejo.
Todos salieron a desayunar al patio para sentarse alrededor de Perro, con la sensación de que no podían ignorarlo comiendo dentro.
Roger Bentley llamó por teléfono a sus hijos, cuya respuesta, tras las primeras lágrimas, fue la misma: que iban para allá. Que esperaran.
Cuando llegaron, primero Rodney, de veintiún años, y luego la hija mayor, Sal, de veinticuatro, una nueva tormenta de tristeza los azotó a todos y se sentaron en silencio unos instantes, mirando al perro, esperando un milagro.
–¿Qué plan tenéis? –preguntó Rodney por fin.
–Sé que parece una tontería –dijo Roger Bentley tras una pausa por la vergüenza–. Al fin y al cabo, solo es un perro…
–¡¿Solo?! –gritaron todos acto seguido.
Roger tuvo que recular.
–Mirad, se merece el Taj Mahal. Pero donde va a acabar es en el cementerio de mascotas Orion de Burbank.
–¡¿Cementerio de mascotas?! –gritaron todos, cada uno a su manera.
–Por Dios –dijo Rodney–, ¡dejaos de tonterías!
–¿Y por qué es una tontería? –La cara de Skip enrojeció y los labios le temblaron–. Perro, caray, Perro era un tesoro…, de valor incalculable.
–¡Eso! –añadió Susan.
–Vaya, ustedes perdonen. –Roger Bentley se volvió para mirar la piscina, los setos, el cielo–. Supongo que podría llamar a los basureros para que se lleven el cadáver…
–¿Los basureros? –exclamó Ruth Bentley.
–¿El cadáver? –dijo Susan–. ¡Perro no es ningún cadáver!
–¿Qué es entonces? –preguntó Skip, con voz sombría.
Todos miraron a Perro, allí tirado en silencio junto a la piscina.
–Es –barbotó Susan por fin–, es… ¡es mi amor!
Antes de que hubiese más llantos, Roger Bentley descolgó el teléfono del patio, llamó al cementerio de mascotas, habló y colgó el teléfono.
–Doscientos dólares –informó a todos–. No está mal.
–¿Por Perro? –dijo Skip–. ¡Poco me parece!
–¿Lo dices en serio? –preguntó Ruth Bentley.
–Claro –dijo Roger–. Me he reído de esos sitios toda la vida. Pero a la vista de que no podremos visitar a Perro nunca más… –Dejó pasar unos segundos–. Vendrán a llevarse a Perro al mediodía. Mañana es la misa.
–¡Una misa! –Resoplando, Rodney recorrió el borde de la piscina haciendo aspavientos–. ¡Yo a eso me niego! –Todos lo miraron fijamente. Rodney se volvió al fin y hundió los hombros–. Allí estaré, maldita sea.
–Como faltes, Perro no te lo perdonará jamás –Susan sorbió por la nariz y se la limpió.
Pero Roger Bentley no había oído nada de aquello. Tras mirar a Perro, a su familia y al cielo, cerró los ojos y soltó un gran suspiro–. ¡Ay, Dios! –dijo, con los ojos cerrados–. ¿Os habéis fijado en que esta es la primera tragedia que sufre esta familia? ¿Alguno de nosotros ha estado enfermo o ingresado en el hospital? ¿Alguno ha tenido un accidente?
Esperó.
–No –dijeron todos.
–Jolines –dijo Skip.
–¡Y tanto! A nadie se le olvida un accidente, una enfermedad, un hospital, ni de coña.
–Puede… –dijo Susan, y tuvo que parar porque la voz se le quebró–. Puede que Perro haya muerto para que nos fijemos en la suerte que tenemos.
–¡¿Suerte?! –Roger Bentley abrió los ojos y giró en redondo.
–¡Sí! Sabes bien que la tenemos…
–La generación de la ciencia ficción –sugirió Rodney mientras se encendía un cigarrillo como si tal cosa.
–¿Qué?
–No paras de dar la matraca con eso, en tus conferencias, o durante la cena. ¿Abrelatas? Ciencia ficción. Automóviles. Radio, televisión, películas. ¡Todo! ¡Todo ciencia ficción!
–¡Es que lo es, puñetas! –gritó Roger Bentley y se acercó a observar a Perro, como si las respuestas estuvieran en la huida de las últimas pulgas–. Caray, no hace tanto que no había coches, ni abrelatas, ni televisión. Alguien tuvo que soñarlo. Empieza la conferencia. Alguien tuvo que fabricarlos. Mitad de la conferencia. Para que la ciencia ficción se convirtiera en un hecho científico probado. ¡Fin de la conferencia!
–¡Anda que no! –Rodney aplaudió cortésmente.
Roger Bentley no pudo sino hundirse bajo el peso de la ironía de su hijo para acariciar al pobre animal muerto.
–Lo siento. Me duele lo de Perro. No puedo evitarlo. Durante milenios, no hemos hecho otra cosa que morirnos. Ahora, esa era quedó atrás. En resumen: ciencia ficción.
–Chorradas –rio Rodney–. Deja de leer esa porquería, papá.
–¿Porquería? –Roger tocó el hocico de Perro–. Ya. ¿Qué me dices de Lister, Pasteur, Salk? Odiaban la muerte. Se lanzaron a detenerla. La ciencia ficción no va de otra cosa. De odiar las cosas tal y como son, de querer cambiarlas. ¡¿Porquería?!
–Historia antigua, papá.
–¿Antigua? –Roger Bentley lanzó a su hijo una mirada terrible–. Dios. Cuando yo nací, en mil novecientos veinte, si querías visitar a tu familia un domingo, tenías que…
–¿Ir al cementerio? –dijo Rodney.
–Sí. Mi hermano y mi hermana murieron cuando yo tenía siete años. La mitad de mi familia, ¡desaparecida! Decidme, mis queridos hijos, ¿cuántos de vuestros amigos murieron mientras crecíais? ¿En el colegio? ¿En el instituto?
Rodeó a toda la familia con su mirada y esperó.
–Ninguno –dijo Rodney por fin.
–¡Ninguno! ¿Habéis oído? ¡Ninguno! Dios. ¡Seis de mis mejores amigos murieron antes de que yo cumpliera los diez! ¡Esperad! ¡Acabo de acordarme!
Roger Bentley corrió a rebuscar en todos los armarios y regresó al sol con un viejo disco de 78-rpm, soplándole el polvo. Miró la etiqueta con los ojos entornados.
–No News, Or What Killed The Dog?
Todos se acercaron a ver el viejo disco.
–Oye, ¿de cuándo es eso?
–Lo escuché cientos de veces cuando era chaval, en los años veinte –dijo Roger–. No News, Or What Killed The Dog? –Sal miró un instante la cara de su padre–. Esto va a sonar en el funeral de Perro –dijo.
–No lo dices en serio… –dijo Ruth Bentley. Justo entonces sonó el timbre–. No pueden ser los del cementerio de mascotas para llevarse a Perro, ¿no…?
–¡No! –gritó Susan–. ¡Tan pronto no!
Por instinto, la familia formó una muralla entre Perro y el sonido del timbre para frenar a la eternidad. Luego lloraron una vez más.
Lo extraño y maravilloso del funeral fue la cantidad de gente que asistió.
–No sabía que Perro tenía tantos amigos –gimió Susan a moco tendido.
–Gorroneaba al pueblo entero –dijo Rodney.
–No le faltes el respeto a los muertos.
–Bueno, es la verdad, puñetas. Si no, ¿qué hace aquí Bill Johnson, o Gert Skall o Jim, el de la puerta de enfrente?
–Perro –dijo Roger Bentley–, ojalá pudieras ver esto, de verdad.
–Lo está viendo –Susan tenía los ojos encharcados–. Esté donde esté.
–La buena de Sue –susurró Rodney–, que llora hasta con la guía de teléfonos…
–¡Cállate! –gritó Susan.
–Chitón, los dos.
Y Roger Bentley, cabizbajo, se acercó a la parte delantera de la salita del velatorio, donde habían puesto a Perro, con la cabeza sobre las patas, en un ataúd que no era ni demasiado ostentoso ni demasiado parco, sino perfecto.
Roger Bentley puso la aguja sobre el disco negro que giraba en un tocadiscos portátil con la pintura descascarillada.
–Nada de oración fúnebre –se apresuró a decir Roger–. Solo esto…
Una voz de tiempos muy lejanos empezó a contar la historia de un hombre que regresaba de vacaciones y preguntaba a sus amigos qué había pasado durante su ausencia.
Al parecer, no había pasado nada.
Ah, sí, una cosa. Todo el mundo se preguntaba de qué habría muerto el perro. ¿El perro?, preguntó el veraneante. ¿Mi perro se ha muerto?
Sí, y quizás había sido por la carne de caballo carbonizada. ¿Carne de caballo carbonizada?, gritó el veraneante.
Bueno, dijo su interlocutor, cuando el establo salió ardiendo, los caballos se quemaron, y como el perro se comió la carne carbonizada, se murió.
¿¡El establo!?, gritó el veraneante. ¿Cómo salió ardiendo?
Bueno, cuando reventó la casa, las chispas incendiaron el establo, los caballos se quemaron, el perro se comió la carne y se murió.
¡¿Chispas de la casa?!, exclamó el veraneante. ¿Cómo…? Las cortinas de la casa, salieron ardiendo.
¿Las cortinas? ¡¿Quemadas?!
Con las velas que rodeaban el ataúd.
¡¿Qué ataúd?!
El del funeral de tu tía, las velas prendieron las cortinas, la casa se quemó, las chispas de la casa salieron volando, calcinaron el establo, el perro se comió la carne de caballo carbonizada…
En resumen: sin novedad, o ¡cómo murió el perro! El disco siseó y se detuvo.
En el silencio, se oyó una risita contenida, aunque el disco hablaba de perros y personas muertas.
–En fin, ¿toca conferencia? –dijo Rodney.
–No, un sermón.
Roger Bentley puso las manos en el púlpito para mirar durante un buen rato las notas que no había tomado.
–No sé si estamos aquí por Perro o por nosotros mismos. Ambas cosas, supongo. Somos esas personas a las que nunca les pasa nada. Lo de hoy cambia las cosas. No es que quiera que llegue una oleada de debacles y enfermedades. Dios no lo quiera. Muerte, no tengas prisa en llegar, por favor. –Dio vueltas al disco que tenía en las manos, una y otra vez, intentando leer la letra bajo los surcos–. Sin novedad. Salvo por las velas del funeral de su tía que incendiaron las cortinas, el revuelo de chispas y el perro que pasó a mejor vida. En nuestras vidas, es justo al revés. Sin novedad durante años. Bien de riñón, corazón sano, buenos tiempos. En fin…, ¿a qué viene todo esto? –Roger Bentley miró un instante a Rodney, que estaba consultando su reloj–. También nosotros moriremos algún día –se apresuró a añadir Roger Bentley–. Cuesta creerlo. Somos unos mimados. Pero Susan tenía razón. Perro ha muerto para decírnoslo, con cariño, y tenemos que creer. Y, al mismo tiempo, es momento de celebrar algo. ¿El qué? El hecho de que somos el principio de una asombrosa y apabullante historia de supervivencia que solo puede mejorar a medida que pasen los siglos. Cabría aducir que la próxima guerra acabará con todos nosotros. Puede ser.
»Lo único que puedo decir es que llegaréis a viejos, a muy viejos. Dentro de noventa años, la mayoría de las personas tendrán corazones sanos, habrán parado el cáncer y disparado la esperanza de vida. Una gran parte de la tristeza habrá desaparecido del mundo, gracias a Dios. ¿Será tarea fácil? No. ¿Lo lograremos? Sí. No en todos los países a la vez. Pero, con el tiempo, en la mayoría.
»Como decía ayer, hace cincuenta años, cuando querías visitar a tus tías, a tus tíos, a tus abuelos, a tus hermanos y a tus hermanas, el cementerio era lo que tocaba. La muerte era lo único de lo que hablábamos. No podías hablar de otra cosa. ¿Cómo vamos de tiempo, Rodney?».
Rodney indicó a su padre que faltaba un minuto. Roger Bentley fue abreviando.
–Los niños también se mueren, obviamente. Pero no a millones. ¿La gente mayor? Que termine en Sun City y no criando malvas. –Con brillo en los ojos, el padre escrutó a su familia, sentada en uno de los bancos–. ¡Dios, miraos! Y ahora echad la vista atrás. Mil siglos de terror absoluto. Que me zurzan si sé cómo los padres conservaban la cordura para criar a sus hijos, aunque se les hubiesen muerto la mitad. Y a pesar de su desazón, lo hacían. Mientras millones morían de gripe o de peste.
»Total que aquí estamos, en una nueva era que somos incapaces de ver porque estamos en el ojo del huracán, donde todo está en calma.
»Ya me callo, con una última palabra para Perro. Como lo queríamos, hemos celebrado esta cuasitontería, esta misa, pero ahora, de repente, ni sentimos vergüenza ni lamentamos haber pagado un nicho ni que haya tenido que subir a hablar. Igual nunca venimos a visitarlo, quién sabe. Pero tiene su lugar. Perro, amigo, bendito seas. Hala, ya podéis sonaros las narices».
Todos se sonaron.
–Papá –dijo Rodney de repente–, ¿podrías…? ¿Podrías poner el disco otra vez?
Todos miraron a Rodney, sorprendidos.
–Anda –dijo Roger Bentley–, justo iba a proponerlo. –Puso la aguja sobre el disco, que siseó.
Más o menos un minuto después, cuando las chispas de la casa salieron volando e incendiaron el establo y calcinaron la carne de caballo que mató al perro, se oyó un ruido en el umbral de la puerta que daba a la salita.
Todos se volvieron.
Había un desconocido con una cestita de mimbre en las manos de la que salía unos ladriditos familiares.
Y mientras las llamas de las velas que rodeaban el ataúd prendían fuego a las cortinas y el viento se llevaba las últimas chispas…
Toda la familia, atraída hacia la luz del sol, rodeó al desconocido de la cesta de mimbre, a la espera de que el padre llegara y retirara la colcha del pequeño trasportín para poder hundir las manos en él.
Aquel momento, como Susan diría más tarde, fue como leer la guía de teléfonos una vez más.