surcando el aire [junio de 2003]
spanish
–¿Te has enterado?
–¿De qué?
–¡Los negros, los negros!
–Qué les pasa.
–Que se van, se largan, se marchan, ¿no te has enterado?
–¿A qué te refieres con que se largan? ¿Pueden largarse?
–Pueden, quieren y van a largarse.
–¿Un par de ellos?
–¡Todos los que hay en el sur!
–No.
–¡Sí!
–Eso tengo que verlo. No me lo creo. Adónde se van, ¿a África?
Silencio.
–A Marte.
–¿A Marte? ¿El planeta?
–Correcto.
Los hombres estaban de pie a la sombra tórrida del porche de la ferretería. Alguien dejó de encender una pipa. Alguien escupió al polvo ardiente de la tarde.
–No se pueden ir, no pueden.
–Pues se van igualmente.
–¿Dónde lo has oído?
–Lo sabe todo el mundo, lo han dicho por la radio hace un minuto.
Como una hilera de estatuas de arena, los hombres cobraron vida.
Samuel Teece, el propietario de la ferretería, rio con incomodidad.
–Qué le habrá pasado a Silly. Fue a hacerme un recado con la bici hace una hora. Todavía no ha vuelto de casa del señor Bordman. ¿Creéis que ese negro patán ha pedaleado hasta Marte? –Los hombres resoplaron–. Pues os voy a decir una cosa, más le vale devolverme la bici. Yo no permito que nadie me robe, por Dios.
–¡Escuchad!
Al volverse, los hombres tropezaron unos con otros, irritados.
Fue como si, al final de la calle, un dique se hubiese roto. Aguas calientes y negras descendieron y envolvieron el pueblo. Entre las cegadoras orillas blancas de las tiendas del pueblo, por entre el silencio de los árboles, subió una marea negra. Como una suerte de melaza veraniega, se derramó túrgida por la carretera acanelada por el polvo. Crecía lenta, lenta, y era hombres y mujeres y caballos y perros que ladraban, y era niños y niñas. Y de las bocas de las personas que formaban aquella marea llegaba el sonido de un río. Un río estival de camino a alguna parte, susurrante e incontenible. Y en aquel cauce lento y continuo de oscuridad que atravesaba el fulgor blanco de la mañana había trazos de un blanco alerta, los ojos, los ojos ebúrneos que miraban hacia delante, un instante hacia los lados, mientras el río, el río largo e interminable, corría de antiguos cauces a uno nuevo. De un sinnúmero de afluentes, en torrentes y arroyos de color y movimiento, las partes de aquel río se habían unido, se habían convertido en una corriente matriz, para seguir su curso. Y en los márgenes de la crecida estaban los objetos que el río arrastraba: relojes de pared repicando, relojes de cocina con su tictac, gallinas chillando enjauladas, bebés berreando; y nadando en la corriente espesa había mulas y gatos, y repentinas excursiones de colchones de muelles reventados pasaban a flote, con el relleno peludo asomando a las bravas, y cajas y cajones y fotos de abuelos negros en marcos de roble… El río seguía su curso mientras los hombres seguían sentados como sabuesos nerviosos en el porche de la ferretería, demasiado tarde ya para reparar el dique, con las manos vacías.
Samuel Teece no se lo podía creer.
–Copón, ¿de dónde van a sacar el medio de transporte? ¿Cómo van a llegar a Marte?
–En cohetes –dijo el abuelo Quartermain.
–Esos puñeteros trastos. ¿De dónde van a sacar los cohetes?
–Los construyeron con lo que tenían ahorrado.
–No tenía ni idea.
–Por lo visto los negros se lo tenían bien callado, fabricaron los cohetes ellos solos, no sé dónde, igual en África.
–¿Eso lo podían hacer? –exigió Samuel Teece, paseándose por el porche–. ¿No hay leyes?
–Ni que nos hubieran declarado la guerra –dijo el abuelo a media voz.
–¿Y de dónde van a despegar, copón bendito, tanto trabajar en secreto, tanto conspirar? –gritó Teece.
–Todos los negros del pueblo están citados en el lago Loon. Los cohetes estarán allí a la una en punto: suben y se los llevan a Marte.
–Llamad al gobernador, llamad al ejército –gritó Teece–. ¡Hay que informarlos!
–Por ahí viene tu mujer, Teece.
Los hombres se volvieron otra vez.
Ante sus ojos, por la carretera tórrida a la luz en calma chicha, llegaban una mujer blanca detrás de otra, todas con cara de pasmo, todas con un frufrú como de papeles antiguos. Algunas lloraban, otras estaban serias. Todas venían en busca de sus maridos. Empujaban las puertas batientes de la cantina, desaparecían. Entraban al silencio fresco de los colmados. Entraban en droguerías y garajes. Y una de ellas, la señora Clara Teece, se detuvo en el polvo junto al porche de la ferretería, parpadeando frente a su marido, tieso y enfadado, mientras la crecida del río negro fluía tras ella.
–Es Lucinda, cielo, ¡tienes que venir a casa!
–¡No pienso ir a casa a por una puñetera negra!
–Se va. ¿Qué vas a hacer sin ella?
–Ya te las apañarás. No pienso arrodillarme para detenerla.
–Pero si es como de la familia… –se quejó la señora Teece.
–¡No grites! No voy a tolerar que lloriquees en público de ese modo por una puñetera…
Los sollozos de su mujer lo detuvieron. La señora Teece se enjugó los ojos.
–Yo le decía, Lucinda, le decía, quédate y te subo el sueldo, y te doy dos noches libres a la semana si quieres, ¡pero estaba decidida! Nunca la había visto tan decidida, y le dije, ¿no me quieres, Lucinda? Y me dijo, sí, pero que tenía que irse porque así estaban las cosas, y punto. Limpió la casa y quitó el polvo y puso el almuerzo en la mesa y luego se plantó en la puerta del zaguán y…, y ahí se quedó con dos hatillos, uno al lado de cada pie, y me estrechó la mano y me dijo, adiós señora Teece. Y salió por la puerta. Y ahí se quedó el almuerzo en la mesa, estábamos todos demasiado alterados como para comer. Y ahí sigue, que yo sepa; la última vez que lo miré estaba ya medio frío.
Teece estuvo a punto de abofetearla.
–Maldita sea, señora Teece, váyase a casa, copón. ¡Vaya espectáculo que está dando!
–Pero, cielo…
Entró a zancadas en la caldeada penumbra de la tienda. Unos segundos después, salió con una pistola plateada en la mano.
Su mujer se había ido.
El río discurría entre los edificios, con un frufrú y un crujido y un continuo movimiento susurrante. Era muy sereno, su convicción, enorme; no había risas ni desenfreno, no era más que un cauce ininterrumpido, decidido, incesante.
Teece se sentó en el borde de su silla de madera noble.
–Como uno de ellos se ría, juro por Dios que lo mato.
Los hombres esperaron.
El río avanzaba silencioso bajo el mediodía de ensueño.
–Me parece que vas a tener que regar tú los rábanos, Sam –dijo el abuelo con una risita.
–Tampoco se me da mal disparar a los paisanos blancos. –Teece ni siquiera miró al abuelo Quartermain. El abuelo volvió la cabeza y cerró la boca–. ¡Quieto ahí! –Samuel Teece bajó de un salto del porche. Alargó el brazo y se hizo con las riendas de un caballo que montaba un negro alto–. ¡Tú, Belter, baja de ahí!
–Sí, señor. –Belter bajó.
Teece lo miró de arriba abajo.
–Qué te crees que estás haciendo, a ver.
–Bueno, señor Teece…
–Me parece que tienes intención de irte, como en la canción esa, ¿cómo decía la letra? «surcando el aire de las alturas», ¿no?
–Sí, señor. –El negro esperó.
–¿Te acuerdas de que me debes cincuenta dólares, Belter?
–Sí, señor.
–¿Intentas escaquearte? ¡Por Dios que pienso azotarte!
–Con tanto entusiasmo, se me fue de la cabeza, señor.
–Se le fue de la cabeza. –Teece guiñó con malicia a los hombres en el porche de la ferretería–. Copón bendito, muchacho, ¿sabes lo que vas a hacer?
–No, señor.
–Vas a quedarte aquí trabajando hasta que me devuelvas los cincuenta pavos como que me llamo Samuel W. Teece. –De nuevo se volvió para sonreír confiado a los hombres a la sombra.
Belter miró el río que avanzaba por la calle, el río negro que fluía y fluía entre las tiendas, el río oscuro de carretas y caballos y zapatos polvorientos, el río oscuro en el que viajaba y del que lo habían sacado de golpe. Empezó a tiritar.
–Déjeme ir, señor Teece. ¡Le enviaré el dinero, se lo prometo!
Teece sujetó al hombre de los tirantes como si fueran dos cuerdas de un arpa, tocándolas de vez en cuando, con desdén, resoplando al cielo, señalando con un dedo huesudo directamente a Dios.
–Belter, ¿tienes idea de lo que hay ahí arriba?
–Lo que me han contado.
–¡Lo que le han contado! ¡Dios! ¿Lo habéis oído? ¡Lo que le han contado! –Lo zarandeó de los tirantes, así sin más, como si tal cosa, meneando un dedo ante el rostro negro–. Belter, vais a salir volando por los aires como un cohete el Cuatro de Julio y ¡bang! Ahí os quedáis, cenizas, esparcidas por el espacio. Esos científicos chiflados no saben nada, ¡os van a matar a todos!
–Me da igual.
–Me alegra saberlo. Porque ¿sabes lo que hay en el planeta Marte? ¡Hay monstruos con ojos en carne viva grandes como setas! Ya has visto los dibujos en las revistas futuristas esas que compráis en la droguería por diez centavos, ¿no? ¡Pues bien! ¡Esos monstruos se te echan encima y te devoran hasta el tuétano!
–Me da igual, me da igual, me da igual. –Belter miraba el avance del desfile, que lo dejaba atrás.
El sudor asomó en su frente oscura. Parecía a punto de desplomarse.
–Y ahí arriba hace frío; no hay oxígeno, te caes, te sacudes como un pez, sin aire, agonizante, te asfixias, te asfixias y te mueres. ¿Es eso lo que quieres?
–Hay un montón de cosas que no quiero, señor. Por favor, señor, déjeme ir. Llego tarde.
–Te dejaré ir cuando a mí me dé la gana. Vamos a charlar aquí tranquilamente hasta que yo te diga que te puedes ir, y lo sabes, qué puñetas. Quieres viajar, ¿eh? Muy bien, señor Surcando el Aire, ¡tú te vas a ir a tu puñetera casa y vas a trabajar hasta que me devuelvas los cincuenta pavos que me debes! ¡Dos meses vas a tardar en devolvérmelos!
–¡Pero entonces voy a perder el cohete, señor!
–Ay qué pena me da –Teece puso cara de pena.
–Le doy mi caballo, señor.
–Los caballos no son moneda de curso legal. De aquí no te mueves hasta que me devuelvas mi dinero.
Teece rio por dentro. Se sentía exultante.
Varias personas negras se habían agrupado para oírlos. Con Belter cabizbajo, temblando, un anciano dio un paso al frente.
–Señor.
Teece lo miró de reojo un instante.
–Qué.
–¿Cuánto le debe este hombre, señor?
–¡Eso a ti no te importa!
El anciano miró a Belter.
–¿Cuánto debes, muchacho?
–Cincuenta dólares.
El anciano tendió sus manos negras a la gente que lo rodeaba.
–Aquí van veinte dólares. Que cada uno ponga dos dólares; rápido, no hay tiempo para discutir.
–¡Un momento! –gritó Teece, enderezándose, mucho, muchísimo.
Ahí estaba el dinero. El anciano lo toqueteó en su sombrero y le dio el sombrero a Belter.
–Muchacho –dijo–, no vas a perder ningún cohete.
Belter sonrió ante el sombrero.
–¡No, señor, creo que no!
–¡Devuelve ese dinero! –gritó Teece.
Belter hizo una respetuosa reverencia mientras le tendía el dinero, y como Teece se negaba a tocarlo, lo dejó sobre el polvo a los pies de Teece.
–Aquí tiene su dinero, señor –dijo–. Muchísimas gracias.
Sonriendo, montó su caballo y lo espoleó dando las gracias al anciano, que lo acompañó hasta que los dos se perdieron de vista para siempre.
–Hijo de puta –dijo Teece, mirando cegado al sol–. Hijo de puta.
–Coge el dinero, Samuel –dijo alguien en el porche.
Por todas partes sucedía lo mismo. Niños blancos, descalzos, pregonaban la noticia corriendo de acá para allá.
–¡Los que pueden ayudan a los que no pueden! ¡Y así todos quedan libres! ¡Hemos visto a un rico darle doscientos dólares a un pobre para pagarle a alguien! ¡Hemos visto a gente darle a gente diez, cinco, dieciséis dólares, montones, por todas partes, a todo el mundo!
Sentados en el porche, los blancos sentían un regusto amargo en la boca. Tenían los ojos hinchados prácticamente cerrados, como si el viento, la arena y el calor les hubieran azotado la cara.
Samuel Teece estaba encolerizado. Subió al porche y fulminó con la mirada al gentío que pasaba. Apuntó con el arma. Y un instante después tuvo que hacer algo, y empezó a gritar a todos, a cualquier negro que lo mirara.
–¡Bang! ¡Ahí va otro cohete al espacio! –gritó, para que todos pudieran oírlo–. ¡Bang! ¡Por Dios! –Las cabezas negras ni se inmutaron ni fingieron oírlo, pero sus ojos blancos iban veloces de un lado a otro–. ¡Boom! ¡Todos los cohetes estrellados! ¡Gritos, muertos! ¡Bang! Copón bendito, cuánto me alegro de estar aquí en la tierra firme de toda la vida. Como dice el viejo chiste, cuanto más firme, menos aterra. ¡Ja ja! –Los caballos pasaban al trote, levantando polvo. Las carretas se balanceaban sobre muelles ruinosos–. ¡Bang! –Su voz estaba sola al calor, un intento de aterrorizar al polvo y al sol cegador en el cielo. –¡Pam! ¡Todo el espacio lleno de negros! Saliendo despedidos de los cohetes como un montón de pececillos cuando choquen con un meteorito, ¡por Dios! Y el espacio está lleno de meteoritos. ¿Lo sabíais? ¡Es así! Gordos como perdigones, ¡pum! Los cohetes esos de hojalata caerán reventados como un montón de patos, ¡como pipas de barro! ¡Latas de sardinas llenas de bacalao negro! ¡Chocando igual que galletas en una caja, pin, pan, pun! Diez mil muertos por aquí, diez mil muertos por allá. Flotando en el espacio, dando vueltas y más vueltas alrededor de la Tierra, para siempre, congelados, ahí arriba, ¡Dios! ¡Para que os enteréis, y vosotros también!
Silencio. El río era ancho y continuo. Tras haber entrado en todos los almacenes de algodón en la última hora, tras haber arramblado con todos los objetos de valor, ahora arrastraba relojes y tablas de lavar, rollos de seda y rieles, hacia un lejano mar negro.
Pasó la pleamar. Eran las dos de la tarde. Llegó la bajamar. El río no tardó en secarse, el pueblo quedó en silencio, una capa de polvo se depositó sobre las tiendas, sobre los hombres sentados, sobre los árboles altos y caldeados.
Silencio.
En el porche, los hombres escucharon.
Al no oír nada, llevaron sus pensamientos y su imaginación hasta los prados de alrededor. Por la mañana temprano, la tierra se había llenado con su habitual potaje de sonidos. Aquí y allá, con la terca persistencia de la costumbre, había voces cantarinas, la risa dulzona bajo las ramas de las mimosas, negritos corriendo entre risas cristalinas por el arroyo, siluetas que se movían y se agachaban en los campos, bromas y gritos jocosos en las chabolas de piedra cubiertas de frescos emparrados verdes.
Ahora parecía que un vendaval hubiera barrido los sonidos de la tierra. No quedaba nada. Esbozos de puertas colgaban abiertas de bisagras de cuero. Columpios hechos con neumáticos suspendidos en el aire silencioso, desocupados. En el río, las piedras de lavar estaban vacías, y los sandiares, de quedar alguno, fueron dejados a pleno sol para que sus licores ocultos acabaran recalentados. Las arañas empezaron a tender nuevas telas en las cabañas abandonadas; el polvo empezó a colarse por los tejados sin reparar sobre espículas doradas. Aquí y allá un fuego, olvidado con las últimas prisas, aún ardía y en un arrebato súbito se alimentaba con los huesos secos de una chabola llena de desperdicios. El sonido de unas llamas lentamente avivadas ascendía por el aire quieto.
Sentados en el porche de la ferretería, los hombres ni parpadeaban ni tragaban.
–No entiendo por qué se van ahora. Con la cosa mejorando. O sea, todos los días consiguen más derechos. ¿Qué es lo que quieren? Quitaron el impuesto al sufragio, y cada vez más estados aprueban leyes contra los linchamientos, y no sé cuántos derechos igualitarios. ¿Qué más quieren? Ganan casi lo mismo que un blanco, pero cogen y se van.
Por el final de la calle vacía se acercaba una bicicleta.
–Que me zurzan, Teece, por ahí viene tu Silly.
La bicicleta se detuvo frente al porche, con un niño negro de diecisiete años subido, todo brazos y pies y piernas largas y una cabeza redonda como una sandía. Levantó la vista hacia Samuel Teece y sonrió.
–Te ha dado cargo de conciencia y has vuelto, ¿eh? –dijo Teece.
–No, señor, le traigo la bicicleta.
–Qué pasa, ¿no cabía en el cohete?
–No es por eso, señor.
–¡No me lo cuentes! ¡Baja de ahí, no vas a robarme lo que es mío! –Le dio un empujón al muchacho. La bicicleta cayó–. Entra y ponte a limpiar el metal.
–¿Disculpe? –El muchacho abrió los ojos de par en par.
–Ya me has oído. Hay pistolas que desembalar y acaban de llegar paquetes de clavos de Natchez…
–Señor Teece.
–Y hay que ocuparse de una caja de martillos…
–Señor Teece, señor…
–¡Sigues ahí de pie! –Teece le lanzó una mirada furibunda.
–Señor Teece, no le importará que hoy me tome el día libre… –dijo, con tono de disculpa.
–Y mañana, y pasado mañana y el otro y el otro también –dijo Teece.
–Eso me temo, señor.
–Pues haces bien en temer, chaval. Ven aquí. –Cruzó el porche empujando al muchacho y de una mesa sacó una hoja de papel–. ¿Te acuerdas de esto?
–¿Señor?
–Es tu contrato laboral. Lo firmaste, eso de ahí es tu equis, ¿no? Contéstame.
–Yo no he firmado nada, señor Teece. –El chico temblaba–. Una equis puede hacerla cualquiera.
–Escucha esto, Silly. Contrato: «Trabajaré para Samuel Teece durante dos años, empezando el quince de julio de dos mil uno, y si tuviese intención de irme avisaré con cuatro semanas de antelación y seguiré trabajando hasta que otro ocupe mi puesto». Aquí. –Teece dio unas palmadas al papel, con un fulgor en los ojos–. Como des problemas, te llevaremos a juicio.
–No puedo hacerlo –gimió el muchacho, con lágrimas cayéndole por la cara–. Si no me voy hoy, no me voy nunca.
–Sé cómo te sientes, Silly; sí, señor, te comprendo perfectamente, chaval. Pero te hemos tratado bien y te hemos dado bien de comer, chaval. O sea que entra y ponte a trabajar y olvídate de esas pamplinas, ¿eh, Silly? Venga. –Teece sonrió y dio al chico unas palmaditas en el hombro.
El chico se volvió y miró a los hombres sentados en el porche. Apenas podía verlos por culpa de las lágrimas.
–Quizás… Quizás alguno de estos caballeros…
Los hombres levantaron la vista en la sombra calurosa e incómoda, mirando primero al chico y luego a Teece.
–¿Me estás diciendo que crees que un blanco podría ocupar tu puesto, chaval? –preguntó Teece con frialdad.
El abuelo Quartermain levantó sus manos rojas de las rodillas. Miró pensativo al horizonte y dijo:
–Teece, ¿te sirvo yo?
–¿Qué?
–Yo ocuparé el puesto de Silly.
El porche guardó silencio.
Teece se tambaleó en el aire.
–Abuelo –dijo, con tono de advertencia.
–Deja al chico que se vaya. Yo limpiaré los metales.
–¿En serio, en serio, de verdad? –Silly corrió hacia el abuelo, riendo, con lágrimas en las mejillas, incrédulo.
–Claro.
–Abuelo –dijo Teece–, no metas las puñeteras narices en esto.
–Dale un respiro al chico, Teece.
Teece se acercó y cogió al chico del brazo.
–Es mío. Voy a encerrarlo en el cuarto de atrás hasta la noche.
–¡No, señor Teece!
El chico empezó a sollozar. Su llanto llenó el aire del porche. Tenía los ojos apretados. Al final de la calle, un viejo Ford de chapa bajaba traqueteando, acercándose con una última carga de negros.
–Ahí viene mi familia, señor Teece, ¡ay, por favor, por favor, ay Dios, por favor!
–Teece –dijo uno de los hombres del porche, levantándose–, deja que se vaya.
Otro hombre también se puso de pie.
–Lo mismo digo.
–Y yo –dijo otro.
–¿Qué más te da?
Hablaban todos a la vez.
–Para ya, Teece.
–Déjalo ir.
Teece palpó la pistola en el bolsillo. Vio las caras de aquellos hombres. Sacó la mano del bolsillo en el que tenía la pistola y dijo:
–O sea que esto es lo que hay.
–Es lo que hay –dijo alguien.
Teece dejó ir al chico.
–Muy bien. Largo. –Señaló la tienda con un vaivén de la mano–. Pero espero que no creas que me vas a dejar la tienda llena de porquería.
–¡No, señor!
–Limpia todo lo que tienes en el cuartucho de ahí atrás y quémalo.
Silly meneó la cabeza.
–Me lo llevaré todo.
–No te van a dejar meterlo en el puñetero cohete.
–Me lo llevaré –insistió el muchacho, en voz baja.
Cruzó la ferretería a la carrera. Se oyó cómo barría y cómo recogía, y unos minutos después apareció con las manos llenas de chapas y canicas y viejas cometas polvorientas y trastos que había acumulado a lo largo de los años. Justo entonces se detuvo el viejo Ford y Silly subió y cerró la puerta con fuerza. Teece estaba de pie en el porche, con una sonrisa amarga.
–¿Qué vas a hacer ahí arriba?
–Empezar de nuevo –dijo Silly–. Voy a abrir mi propia ferretería.
–Copón bendito, ¡has estado aprendiendo el oficio para salir corriendo y montártelo por tu cuenta!
–No, señor, nunca pensé que este día llegaría, señor, pero así ha sido. No es culpa mía haber aprendido, señor Teece.
–Supongo que les habéis puesto nombre a los cohetes…
Miraron el reloj del salpicadero del coche.
–Sí, señor.
–Como Elías y el carro de fuego, La noria grande y la noria pequeña, Fe, Esperanza y Caridad, ¿eh?
–Les hemos puesto nombre a los cohetes, señor Teece.
–Padre, Hijo y Espíritu Santo, ¿puede ser? Dime, chaval, ¿le habéis puesto a uno Primera Iglesia Baptista?
–Tenemos que irnos, señor Teece.
Teece rio.
–¿Le habéis puesto a uno Swing Low y a otro Sweet Chariot?
El coche arrancó.
–Adiós, señor Teece.
–¿Le habéis puesto a uno Partida de dados?
–¡Adiós, señor!
–¡Y a otro Over Jordan!. ¡Ja! En fin, chaval, coge ese cohete, al hombro con él, chaval, venga, a ver si revienta, ¡ya ves lo que me importa a mí!
El coche se alejó traqueteando entre el polvo. El chico se incorporó, hizo bocina con las manos y gritó por última vez a Teece:
–Señor Teece, señor Teece, ¿qué va a hacer por las noches a partir de ahora? ¿Qué va a hacer por las noches, señor Teece?
Silencio. El coche empequeñeció carretera abajo. Desapareció.
–¿A qué puñetas se refería? –caviló Teece–. ¿Con lo de qué voy a hacer por las noches?
Observó cómo se asentaba el polvo, y de repente cayó.
Recordó las noches en las que los hombres iban a su casa en coche, con las rodillas sobresaliéndoles picudas y las escopetas que sobresalían aún más, como un vehículo lleno de grullas de mirada ruin bajo los árboles en la noche de verano. Tocaban el claxon y él salía cerrando la puerta con fuerza, pistola en mano, riendo para sí, con el corazón acelerado como el de un niño de diez años, y en la noche de verano bajaban en choche por la carretera, con un buen trozo de cuerda enrollada en el suelo del coche, cajas de cartuchos sin abrir que abultaban los abrigos de los hombres. Cuántas noches durante años, cuántas noches con el viento entrando a raudales en el coche, agitándoles el pelo sobre sus ojos ruines, rugiendo, ¡mientras elegían un árbol, uno grande y fuerte, y llamaban a una puerta desvencijada!
–¿A eso se refería ese hijo de puta? –Teece salió de un salto a la luz del sol–. ¡Vuelve aquí, cabronazo! ¿Qué voy a hacer por las noches? Ah, piojoso, insolente hijo de…
Era una buena pregunta. Tuvo arcadas, pero estaba vacío. Sí, ¿qué vamos a hacer por las noches?, pensó.
¿Ahora que se han ido, qué? Estaba completamente vacío y aturdido.
Sacó la pistola del bolsillo, comprobó que estaba cargada.
–¿Qué vas a hacer, Sam? –preguntó alguien.
–Matar a ese hijo de puta.
–No te acalores –dijo el abuelo.
Pero Samuel Teece había desaparecido por el fondo de la tienda. Unos instantes después cruzó el vado en su coche descapotable.
–¿Quién se apunta?
–Me apetece un paseo –dijo el abuelo, y se levantó.
–¿Alguien más?
Nadie contestó.
El abuelo subió y cerró de un portazo. Samuel Teece arrancó el coche con un gran remolino de polvo. Ninguno dijo nada mientras bajaban la carretera a toda velocidad bajo el cielo radiante. Los prados secos titilaban por el calor.
Se detuvieron en un cruce.
–¿Por dónde han ido, abuelo?
El abuelo entornó los ojos.
–Todo recto, creo.
Continuaron. El coche emitía un ruido desolado bajo los árboles veraniegos. La carretera estaba vacía, y a medida que avanzaban empezaron a advertir algo. Teece redujo la velocidad y se asomó, con un amarillo feroz en los ojos.
–Copón bendito, abuelo, ¿has visto lo que han hecho esos cabrones?
–¿El qué? –preguntó el abuelo, y miró.
Por donde habían pasado habían dejado con cuidado, en pilas esmeradas, cada pocos metros en la carretera rural vacía, patines viejos, una pañoleta llena de baratijas, unos zapatos viejos, una carretilla, montones de pantalones y abrigos y sombreros antiguos, trozos de cristales orientales que en su día habían tintineado al viento, latas con geranios rosas, platos con fruta de cera, cajas con dinero confederado, palanganas, tablas de lavar, cordeles, jabón, el triciclo de alguien, las cizallas de alguien más, una carreta de juguete, un muñeco sorpresa, una vidriera de la Iglesia Negra Baptista, un juego entero de pastillas de frenos, cámaras de ruedas, colchones, sofás, mecedoras, frascos de crema, espejos de mano. Nada de aquello había sido tirado, no, sino depositado cuidadosamente, con sensibilidad, con decoro, en las cunetas polvorientas de la carretera, como si una ciudad entera hubiese pasado por allí con las manos llenas, momento en el cual habría sonado una gran trompeta de bronce, y los artículos se habrían abandonado en el polvo silencioso, y uno a uno, los habitantes de la tierra hubieran salido volando directos al azul celestial.
–Que no iban a quemarlos, decían –gritó Teece, con rabia–. No, no iban a quemarlos como dije, tenían que llevárselo todo para dejarlo donde pudieran verlo por última vez, en la carretera, todo junto. Esos negros se creen muy listos. –Se puso a dar volantazos a lo loco, kilómetro tras kilómetro, por toda la carretera, dando tumbos, aplastando, rompiendo, desperdigando pilas de papel, joyeros, espejos, sillas–. Ahí, copón, ¡ahí!
La rueda delantera soltó un gemido sibilante. El coche derrapó brutalmente, se salió de la carretera y cayó en una zanja, arrojando a Teece contra el parabrisas.
–¡Hijo de puta! –Se sacudió los trozos y bajó del coche, llorando casi de la rabia. Miró la carretera silenciosa y vacía–. Ya no los alcanzaremos, ya no, ya no.
Hasta donde le alcanzaba la vista, no había más que pilas y montones y más pilas dejadas con esmero como pequeños sagrarios abandonados en la tarde, al viento que soplaba cálido.
Teece y el abuelo llegaron andando a la ferretería con paso cansado una hora más tarde. Los hombres seguían allí sentados, escuchando y mirando al cielo. Justo cuando Teece se sentó y se quitó los zapatos prietos, alguien gritó:
–¡Mirad!
–Y un cuerno voy a mirar –dijo Teece.
Pero los demás sí miraron. Y vieron las bobinas doradas elevándose en el cielo, muy a lo lejos. Dejando una estela de fuego, desaparecieron.
En los campos de algodón, el viento soplaba ocioso entre los racimos níveos. En los prados más alejados y serenos, yacían las sandías, intactas, rayadas como gatos tumbados al sol.
Sentados en el porche, los hombres se miraron, miraron las cuerdas amarillas apiladas en las estanterías de la tienda, miraron de reojo los cartuchos cuyo bronce brillante resplandecía en sus cajas, vieron las pistolas plateadas y las alargadas escopetas de metal negro colgadas y calladas en las sombras. Alguien se llevó una pajita a la boca. Alguien dibujó una silueta en el polvo.
Finalmente, Samuel Teece levantó su zapato vacío con un gesto triunfal, le dio la vuelta, lo miró y dijo:
–¿Os habéis dado cuenta? ¡Justo antes de irse, por dios, me llamó «señor»!