temporada baja
spanish
Sam Parkhill movía la escoba de un lado a otro, barriendo la arena azul de Marte.
–Pues aquí estamos –dijo–. Sí, señor, ¡fíjate! –Señaló–. Fíjate qué cartel. ¡perritos calientes sam’s! Qué bonito es, ¿eh, Elma?
–Sí, Sam –dijo su mujer.
–Chico, menudo cambio el mío. Si me vieran los muchachos de la cuarta expedición… Anda que no me alegro de haber montado mi propio negocio mientras los demás siguen por ahí en el ejército. Nos vamos a forrar, Elma, a forrar.
Su mujer lo miró durante un buen rato, sin decir nada.
–¿Qué le pasó al capitán Wilder? –preguntó por fin–. El capitán que mató al tipo aquel que por lo visto iba a asesinar a los demás terrícolas, cómo se llamaba…
–Spender, menudo chalado. Era raro de narices. Ah, sí, el capitán Wilder. He oído que embarcó en un cohete a Júpiter. Lo ascendieron para quitárselo de encima. Creo que Marte también lo dejó un poco tocado. Era muy puntilloso, ya sabes. Volverá de Júpiter y Plutón dentro de veinte años, eso si tiene suerte. Fíjate lo que sacó por hablar más de la cuenta. Y mientras él se muere de frío, mírame a mí, ¡mira qué local!
Estaba en un cruce entre dos autopistas desoladas que iban y venían en la oscuridad. Allí, Sam Parkhill había levantado aquella estructura de aluminio con remaches y luces blancas e hirientes en la que tronaba música de gramola.
Se acuclilló para arreglar un reborde de cristales rotos que había colocado en la vereda. Los cristales rotos los había cogido de viejos edificios marcianos de las colinas.
–¡Los mejores perritos calientes de ambos mundos! ¡El primer hombre en abrir un puesto de perritos en Marte! ¡Las mejores cebollas con chile y mostaza! No se puede decir que no soy espabilado. Ahí las dos autopistas principales, allí, las ciudades muertas y los depósitos de minerales. ¡Los camioneros del Asentamiento Terrícola Ciento Uno tendrán que pasar por aquí quieran o no quieran! ¿Sé o no sé dónde ponerme?
Su mujer se miraba las uñas.
–¿Tú crees que esos diez mil cohetes nuevos con obreros van a venir a Marte? –dijo por fin.
–Dentro de un mes –dijo él a voces–. ¿Por qué pones esa cara?
–No me fio de los terrícolas –dijo–. Me lo creeré cuando vea llegar los diez mil cohetes con cien mil mexicanos y chinos dentro.
–Clientes. –Saboreó la palabra–. Cien mil personas con hambre.
–Eso –dijo despacio su mujer, mirando al cielo–, si no hay guerra atómica. No me fío de las bombas atómicas. Ahora mismo hay demasiadas en la Tierra, nunca se sabe.
–Bah –dijo Sam, y siguió barriendo.
Con el rabillo del ojo vio un destello azul. Algo flotaba delicadamente en el aire detrás de él.
–Sam –oyó decir a su mujer–. Ha venido a verte un amigo.
Al girarse, Sam vio la máscara que parecía flotar en el viento.
–¡Otra vez aquí! –Y blandió la escoba como si de un arma se tratase.
La máscara asintió. Estaba hecha de cristal azul pálido y encajada sobre un cuello fino, bajo el cual ondeaba una túnica holgada de fina seda amarilla. La boca de la máscara era una ranura de la que salían sonidos musicales mientras la túnica, la máscara y unas manos ascendían y descendían.
–Señor Parkhill, he vuelto para hablar de nuevo con usted –dijo la voz desde detrás de la máscara.
–¡Creí haberte dicho que no te quiero por aquí! –gritó Sam–. ¡Vete, o te contagiaré la Enfermedad!
–Ya he tenido la Enfermedad –dijo la voz–. Fui uno de los pocos supervivientes. Estuve enfermo mucho tiempo.
–Ve a esconderte en las colinas, que es donde tienes que estar y donde has estado siempre. ¿Por qué tienes que venir a incordiarme? Así, de repente. Dos veces en un día.
–No pretendemos causarle ningún daño.
–¡Pues yo sí! –dijo Sam, retrocediendo–. Odio a los desconocidos. Odio a los marcianos. Nunca he visto ninguno. Son antinaturales. Os habéis pasado años escondidos, y de buenas a primeras la tomáis conmigo. Dejadme en paz.
–Venimos por un motivo importante –dijo la máscara azul.
–Si es por el terreno, es mío. He levantado este puesto de perritos con mis propias manos.
–En cierto modo, sí es por el terreno.
–Mira –dijo Sam–. Soy de Nueva York. En el lugar del que provengo hay diez millones iguales que yo. De vosotros, marcianos, apenas quedáis un par de docenas, no tenéis ciudades, vagáis por las colinas, sin líder, sin leyes, y ahora venís a decirme no sé qué del terreno. Pues lo viejo tiene que dejar sitio a lo nuevo. Es la ley del toma y daca. Tengo un arma. Cuando te fuiste esta mañana, la saqué y la cargué.
–Los marcianos tenemos telepatía –dijo la fría máscara azul–. Estamos en contacto con uno de vuestros pueblos al otro lado del mar muerto. ¿Ha escuchado la radio?
–Mi radio está rota.
–Entonces no lo sabe. Hay grandes noticias. Sobre la Tierra… –Un gesto de una mano plateada. Apareció un tubo de bronce–. Voy a enseñarle algo.
–Un arma –gritó Sam Parkhill.
Un segundo después había sacado la pistola de la cartuchera y disparado a la bruma, a la túnica, a la máscara azul.
La máscara quedó suspendida un instante. Luego, como la carpa de un pequeño circo a la que quitan las estacas y cae despacio pliegue a pliegue, la seda susurró, la máscara descendió, la garra de plata tintineó sobre las piedras de la vereda. La máscara yacía sobre un silencioso montoncito de huesos y material blancos.
Sam estaba jadeando.
Su mujer se acercó tambaleándose al montoncito.
–No era un arma –dijo, agachándose. Cogió el tubo de bronce–. Iba a enseñarte un mensaje. Está escrito con letra serpentiforme, son como serpientes azules. No la entiendo. ¿Y tú?
–No, son ideogramas marcianos, no es nada. ¡Tíralo! –Sam miró rápidamente a su alrededor–. ¡Puede que haya más! Tenemos que quitarlo de en medio. ¡Trae la pala!
–¿Qué vas a hacer?
–¡Enterrarlo, obviamente!
–No tendrías que haberle disparado.
–Ha sido sin querer. ¡Venga!
En silencio, le trajo la pala.
A las ocho, estaba otra vez barriendo el frontal del puesto de perritos calientes, ensimismando. Su mujer estaba en el umbral iluminado, cruzada de brazos.
–Siento lo que ha pasado –dijo Sam. La miró, luego apartó la mirada–. Sabes que ha sido puro capricho del destino.
–Ya.
–No me gustó un pelo verlo sacar el arma.
–¿Qué arma?
–Bueno, ¡me pareció que era un arma! ¡Los siento, lo siento! ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
–Shh –dijo Elma, llevándose un dedo a los labios–. Shh.
–Me da igual –dijo él–. ¡Tengo a Asentamientos Terrícolas S. A. detrás! –resopló–. Los marcianos no se atreverán…
–Mira –dijo Elma.
Sam miró hacia el lecho del mar muerto. Se le cayó la escoba. La recogió boquiabierto, una gotita de saliva voló por los aires, y de repente se puso a tiritar.
–Elma, Elma, ¡Elma! –dijo.
–Ahí vienen –dijo Elma.
Por todo el antiguo lecho marino, una decena de altos barcos de arena con velamen azul flotaba como fantasmas azules, como humo azul.
–¡Barcos de arena! Pero si ya no hay, Elma, no hay barcos de arena.
–Pues parecen barcos de arena –dijo.
–Pero ¡si las autoridades los confiscaron todos! Los desmantelaron, ¡algunos los subastaron! Soy el único en este puñetero territorio que tiene uno y que sabe pilotarlo.
–Pues ya no –dijo ella, señalando hacia el mar con la cabeza.
–¡Venga, larguémonos!
–¿Por qué? –preguntó despacio, fascinada con los navíos marcianos.
–¡Me van a matar! ¡Sube al camión, rápido!
Elma no se movió.
Tuvo que llevarla a rastras detrás del puesto, donde había dos máquinas: su camión, que había utilizado sin descanso hasta hacía un mes, y el viejo barco de arena marciano, que había comprado en una subasta, sonriente, y que, durante las últimas tres semanas, había usado para llevar suministros de un lado a otro del espejado lecho marino. Al ver el camión se acordó. El motor estaba desmontado; llevaba dos días trasteando con él.
–Me parece que el camión no está en condiciones –dijo Elma.
–El barco de arena. ¡Sube!
–¿Piensas llevarme en un barco de arena? Nanay.
–¡Sube! ¡Sé pilotarlo!
La empujó al barco, saltó detrás y soltó la caña del timón, el viento del atardecer hinchó la vela color cobalto.
Brillaban las estrellas mientras los barcos marcianos azules surcaban las arenas susurrantes. Al principio, su barco no se movió, entonces se acordó del ancla de arena y la llevó a tirones.
–¡Listo!
El viento arrojó el barco de arena entre chirridos por encima del lecho del mar muerto, por encima de cristales enterrados hacía mucho, más allá de pilares volcados, más allá de muelles desiertos de mármol y bronce, más allá de ciudades muertas, como un ajedrez blanco, más allá de las faldas de las colinas, hacia la distancia. Las siluetas de los barcos marcianos empequeñecieron, sin dejar de perseguir el barco de Sam.
–Así aprenderán, me parece, ¡Dios! –gritó Sam–. Voy a informar a la Autoridad de Cohetes. ¡Ellos me protegerán! Soy rapidísimo.
–Te habrían detenido si hubiesen querido –dijo Elma, con cansancio–. No se han tomado la molestia y ya está.
Sam rio.
–Anda ya. ¿Por qué querrían dejarme ir? No, no son lo bastante rápidos y ya está.
–¿Conque no, eh? –Elma señaló con la cabeza hacia su espalda.
Sam no se volvió. Sintió el roce de un viento frío. Tenía miedo de volverse. Sentía que había algo en el asiento que tenía detrás, algo frágil como el aliento en una mañana fría, algo azul como humo de nogal en el ocaso, algo parecido a un visillo viejo, algo parecido a una nevada, algo parecido a la escarcha invernal en los juncos quebradizos.
Se oyó un ruido como si se hubiese roto un plato de cristal fino…, risas. Luego silencio. Se volvió.
La joven estaba sentada en silencio en la banca del timón. Sus muñecas eran finas como carámbanos, sus ojos, claros como las lunas e igual de grandes, firmes y blancos. Le daba el viento y, como un reflejo en agua helada, ondeaba, seda caía por su cuerpo frágil como jirones de lluvia azul.
–Dé la vuelta –dijo.
–No. –Sam estaba temblando, era el temblor leve, delicado, de un abejorro suspendido en el aire, debatiéndose entre el miedo y el odio–. ¡Fuera de mi barco!
–Este barco no es suyo –dijo la visión–. Es tan antiguo como nuestro mundo. Navegó los mares de arena hace diez mil años, cuando el viento se llevó los mares y los muelles quedaron vacíos, y usted llegó y se lo llevó, lo robó. Y ahora, dé la vuelta, regrese al local del cruce. Tenemos que hablar con usted. Ha sucedido algo importante.
–¡Fuera de mi barco! –dijo Sam. Desenfundó el arma con un crujido de cuero. Apuntó despacio–. Salta antes de que cuente tres o…
–¡No! –gritó la joven–. No voy a hacerle daño. Ni los demás tampoco. ¡Venimos en son de paz!
–Uno –dijo Sam.
–¡Sam! –dijo Elma.
–Escúcheme –dijo la joven.
–Dos –dijo Sam, con decisión, amartillando el arma.
–¡Sam! –gritó Elma.
–Tres –dijo Sam.
–Solo queremos… –dijo la joven. El arma se disparó.
Al sol, la nieve se derrite, los copos se evaporan hasta volverse vapor, nada. A la luz del fuego, los vapores danzan hasta desvanecerse. En el corazón de un volcán, objetos frágiles estallan y desaparecen. La joven, con el disparo, el calor, el impacto, se plegó como una bufanda suave, se derritió como una figurita de vidrio. Lo que quedó de ella, hielo, copos de nieve, humo, se lo llevó el viento. La banca del timón quedó vacía.
Sam enfundó el arma y no miró a su mujer.
–Sam –dijo tras otro minuto de viaje, susurrando por encima del mar de arena que la luna coloreaba–, para el barco.
Sam la miró, con la cara pálida.
–No, ni hablar. Después de tanto tiempo, no vas a dejarme tirado.
Elma miró la mano que Sam tenía sobre el arma.
–Tú lo harías –dijo–. En realidad, tú lo harías.
Sam negó enérgicamente con la cabeza, sujetando con fuerza la caña del timón.
–Elma, esto es una locura. Llegaremos al pueblo enseguida, ¡estaremos bien!
–Ya –dijo su mujer, recostándose en el barco con frialdad.
–Elma, escúchame.
–No hay nada que escuchar, Sam.
–¡Elma!
Estaban pasando un pueblo como un ajedrez blanco, y, en su frustración, su ira, disparó seis veces contra las torres de cristal. El pueblo se diluyó con una lluvia de cristal antiguo y lascas de cuarzo. Se desmoronó como escamas jabón, en mil pedazos. Desapareció. Sam rio y disparó de nuevo, y una última torre, una última pieza de ajedrez, se incendió, llameó y en fragmentos azules se elevó hacia las estrellas.
–¡Yo les enseñaré! ¡A ellos y a todo el mundo!
–Venga, enséñanos, Sam. –Elma estaba tumbada en las sombras.
–¡Ahí viene otra ciudad! –Sam recargó el arma–. ¡Mira cómo me la cargo!
Los azules barcos fantasmas se cernían tras ellos, acercándose a ritmo constante. Al principio no los vio. Solo fue consciente de un silbido y un estridente chirrido en el viento, como de acero contra la arena, era el sonido de las proas de los barcos, afiladas como cuchillas, arando el lecho marino con los estandartes rojos y azules desplegados. Bajo la luz azul, los barcos eran imágenes azul oscuro; hombres enmascarados, hombres con rostros plateados, hombres con estrellas azules por ojos, hombres con oídos labrados en oro, hombres con mejillas como papel de aluminio y labios recios y rúbeos, hombres cruzados de brazos, hombres que lo perseguían, hombres de Marte.
Uno, dos, tres. Sam contaba. Los barcos marcianos se acercaban.
–¡Elma, no puedo frenarlos a todos!
Elma no habló ni se levantó de donde estaba despatarrada.
Sam disparó ocho veces. Uno de los barcos de arena se desmoronó, la vela, el casco esmeralda, el esperón de bronce, el timón blanco lunar, y todas las imágenes separadas que contenía. Los hombres enmascarados, todos, se hundieron en la arena y se desintegraron en una humareda naranja.
Pero los demás barcos se acercaban.
–¡Son más que yo, Elma! –gritó–. ¡Van a matarme!
Arrojó el ancla. No sirvió de nada. La vela cayó revoloteando, plegándose sobre sí misma con un suspiro. El barco se detuvo. El viento se detuvo. El viaje se detuvo. Marte quedó inmóvil mientras los majestuosos navíos de los marcianos se cerraban titubeantes sobre él.
–Terrícola –exclamó una voz desde un lugar elevado en alguna parte. Una máscara de plata se movió. Labios con bordes rúbeos titilaron con aquella palabra.
–¡Yo no he hecho nada!
Sam miraba todos los rostros, cien en total, que lo rodeaban. En Marte no quedaban muchos marcianos, cien, ciento cincuenta, a lo sumo. Y la mayoría de ellos estaban allí, en el mar muerto, en sus barcos resucitados, junto a sus ajedrezadas ciudades muertas, una de las cuales acababa de caer como un jarrón frágil que hubiese recibido una pedrada. Las máscaras argénteas centellearon.
–Ha sido un malentendido –suplicó, de pie en su barco, con su mujer despatarrada tras él en las profundidades de la cubierta, como un cadáver–. Yo vine a Marte como cualquier otro empresario honrado. Cogí material sobrante de un cohete que se estrelló para construirme el puestecito más bonito que hayáis visto nunca en el terreno que hay donde el cruce… Ya sabéis dónde queda. No me digáis que la estructura no es un trabajo fantástico… –Sam rio, mirando a su alrededor–. Y la marciana que apareció… Sé que era amiga vuestra. Ha muerto por accidente, os lo aseguro. Lo único que yo quería era tener un puesto de perritos calientes, el único de todo Marte, el primero y el más importante. Ya sabéis cómo va la cosa… Iba a ofrecer unos puñeteros perritos imbatibles, con chile, cebolla y zumo de naranja.
Las máscaras plateadas no se movieron. Ardían bajo la luz de la luna. Los ojos amarillos brillaban fijos en Sam. Sintió que el estómago se le encogía, se amustiaba, se volvía duro como una piedra. Tiró el arma a la arena.
–Me rindo.
–Recoja el arma –dijeron los marcianos a coro.
–¿Qué?
–El arma. –Una mano enjoyada hizo un gesto desde la proa de uno de los barcos azules–. Recójala. Guárdela.
Incrédulo, recogió el arma.
–Y ahora –dijo la voz–, dé la vuelta al barco y vuelva a su puesto.
–¿Ahora?
–Ahora –dijo la voz–. No vamos a hacerle daño. Ha huido antes de que pudiéramos explicárselo. Vamos.
Los grandes barcos se volvieron con la ligereza de los cardos lunares. Como alas, el velamen ondeaba en el aire con un ruido de aplauso. Las máscaras destellaban al volverse, encendiendo las sombras.
–¡Elma! –Subió al barco dando tumbos–. Levanta, Elma. Regresamos. –Estaba entusiasmado. Casi farfullaba de alivio–. No van a hacerme daño ni a matarme, Elma. Levanta, cariño, levanta.
–¿Cómo? –Elma miró a su alrededor parpadeando y despacio, mientras el viento empujaba de nuevo el barco, se incorporó, como en sueños, para acercarse a una silla, y allí se desmoronó como un saco de piedras, sin decir nada más.
El barco se deslizaba por la arena. Media hora más tarde estaban de nuevo en el cruce, y tras fondear, todos bajaron de los barcos.
El Líder se presentó ante Sam y Elma, su máscara labrada en bronce pulido, sus ojos unas ranuras vacías de azul y negro infinitos, la boca una hendidura de la cual brotaban palabras que se llevaba el viento.
–Abra su puesto –dijo la voz. Una mano enguantada en diamantes hizo un gesto–. Prepare las viandas, prepare la comida, prepare los vinos extranjeros, ¡pues esta noche es en efecto una gran noche!
–O sea que –dijo Sam–, ¿dejáis que me quede?
–Sí.
–¿No estáis cabreados conmigo?
La máscara estaba rígida, tallada, fría, ciega.
–Prepare su casa de comidas –dijo la voz, débilmente–. Y coja esto.
–¿Qué es?
Sam miró parpadeando el rollo de papel de plata que acababa de entregarle, sobre el cual, en un jeroglífico, danzaban figuras serpentiformes.
–Son las escrituras de todos los territorios desde las montañas de plata hasta las colinas azules, desde el mar de sal muerto hasta los valles remotos de piedra lunar y esmeralda –dijo el Líder.
–¿M…, míos? –dijo Sam, incrédulo.
–Suyos.
–¿Ciento sesenta mil kilómetros de territorio?
–Suyos.
–¿Has oído, Elma? –Elma estaba sentada en el suelo, apoyada contra el aluminio del puesto de perritos calientes, con los ojos cerrados–. Pero ¿por qué…? ¿Por qué me regaláis todo eso? –preguntó Sam, intentado mirar aquellas ranuras metálicas que hacían las veces de ojos.
–Eso no es todo. Tenga. –Sacó otros seis rollos. Refirió los nombres, anunció los territorios.
–Caray, pero ¡si eso es medio Marte! ¡Soy dueño de medio Marte! –Sam agitó los rollos con los puños apretados. Los blandió ante Elma, con una risa de demente–. ¿Lo has oído, Elma?
–Lo he oído –dijo Elma, mirando al cielo.
Parecía a la espera de algo. Empezaba a estar un poco más despierta.
–Gracias, ay, gracias –le dijo Sam a la máscara de bronce.
–Esta noche es la noche –dijo la máscara–. Tiene que estar preparado.
–Lo estaré. ¿De qué se trata…? ¿Es una sorpresa? ¿Los cohetes vienen de la Tierra antes de lo que pensábamos, un mes antes? ¿Los diez mil cohetes con los colonos, los mineros, los obreros con sus mujeres, los cien mil? ¿No sería genial, Elma? ¿Ves?, te lo dije. Te lo dije, que en ese pueblo no iba a haber mil personas toda la vida. Habrá cincuenta mil más, y al mes siguiente cien mil más, y a finales de año habrá cinco millones de terrícolas. ¡Y yo seré el único que tendrá un puesto de perritos plantado en la autopista más transitada hacia las minas!
La máscara flotó en el viento.
–Nos marchamos. Prepárese. La tierra es suya.
Aventados en la luz de la luna, como pétalos metálicos de una flor antigua, como penachos azules, como mariposas cobalto inmensas y silenciosas, los viejos barcos viraron y avanzaron sobre las corrientes de arena, las máscaras brillaban y centelleaban, hasta que el último resplandor, el último color azul, se perdió entre las colinas.
–Elma, ¿por qué lo han hecho? ¿Por qué no me han matado? ¿No saben nada? ¿Qué les pasa? ¿Tú lo entiendes, Elma? –La sacudió por el hombro–. ¡Soy el dueño de medio Marte!
Elma observaba el cielo nocturno, a la espera.
–Venga –dijo Sam–. Tenemos que preparar el local. Hay que poner a hervir los perritos, calentar los panes, cocinar el chile, pelar y picar cebollas, sacar la salsa de pepinillos, colocar los servilleteros, ¡dejar el local impoluto! –Se puso a bailar como loco, entrechocando los talones–. Ay, chico, qué feliz soy; sí, señor, qué feliz –cantó, desafinado–. ¡Hoy es mi día de suerte!
Hirvió los perritos, cortó los panes, picó cebolla con frenesí.
–Los marcianos han dicho que era una sorpresa, piénsalo. Eso solo puede significar una cosa, Elma. Que las cien mil personas vienen antes de tiempo, esta noche, ¡como que no hay noches! ¡Vamos a estar a reventar! Con tanto turista por ahí visitando cosas, vamos a tener que echar muchas horas, Elma. ¡Piensa en el dinero! –Salió y miró al cielo. No vio nada–. Están al caer –dijo, olisqueando agradecido el aire fresco, con los brazos en alto, aporreándose el pecho–. ¡Ah!
Elma no dijo nada. En silencio, peló patatas para freírlas, sin apartar la vista del cielo.
–Sam –dijo, media hora después–. Ahí está. Mira.
Miró y la vio.
La Tierra.
Se elevaba plena y verde, como una piedra de talla delicada, por encima de las colinas.
–La vieja Tierra. –Suspiró con añoranza–. La vieja y maravillosa Tierra. Mándame a tus hambrientos y tus famélicos. Esto, esto… ¿Cómo era el poema? Mándame a tus hambrientos, vieja Tierra. Aquí está Sam Parkhill, con los perritos bien hervidos, el chile en el fuego, todo como los chorros del oro. Vamos, Tierra, ¡mándame tus cohetes!
Salió a contemplar su local. Ahí estaba, perfecto como un huevo recién puesto en el lecho del mar muerto, el único núcleo de luz y calidez en cientos de kilómetros de solitaria tierra yerma. Como un corazón que late solo en un gran cuerpo oscuro. Se sentía casi compungido por el orgullo mientras miraba su local con los ojos empañados.
–Menuda cura de humildad –dijo entre los olores a salchichas, panes calientes y buena mantequilla que llegaban de la cocina–. A ver –preguntó a varias estrellas en el cielo–. ¿Quién va a ser el primer cliente?
–Sam –dijo Elma.
La Tierra cambió en el cielo negro. Estalló en llamas.
Una parte pareció deshacerse en millones de pedazos, como si hubiese explotado un puzle gigantesco. Ardió durante un minuto entre chorreantes llamaradas impías, triplicando su tamaño, y luego empequeñeció.
–¿Qué ha sido eso? –Sam miró el fuego verde en el cielo.
–La Tierra –dijo Elma, con las manos juntas.
–¡No puede ser la Tierra, eso no era la Tierra! ¡No, eso no era la Tierra! No puede ser.
–No podía ser la Tierra, más bien –dijo Elma, mirándolo–. Que ya no es la Tierra. O sea, que ya no lo es, ¿a eso te refieres?
–Ay, no, la Tierra no… No era la Tierra –gimió Sam.
Allí estaba, con los brazos en jarra, la boca abierta, los ojos abiertos y apagados, sin moverse.
–Sam –lo llamó Elma. Sus ojos brillaban por primera vez en días–. ¿Sam? –Sam miraba al cielo–. En fin –dijo. Miró a su alrededor durante un minuto o así, en silencio. Luego, con brío, se echó un trapo húmedo al brazo–. Enciende más luces, pon música, abre las puertas. Ya habrá otra tanda de clientes dentro de un millón de años. Habrá que prepararse, sí, señor. –Sam no se movió–. Qué buen sitio para un puesto de perritos calientes –dijo. Alargó el brazo y cogió un mondadientes de un tarro y se lo metió entre las paletas–. Voy a contarte un secretito, Sam –susurró, inclinándose hacia él–. Me da que ahora empieza la temporada baja.