tiempo de descreimiento
spanish
La anciana señora Bentley nunca supo bien cómo las niñas pusieron en marcha todo aquello. Las veía a menudo, como polillas y monos, en el colmado, entre las coles y las ristras de plátanos, y les sonreía y ellas le devolvían la sonrisa. La señora Bentley las veía dejar huellas en la nieve invernal, llenarse los pulmones del humo de otoño, sacudiendo ventiscas de flores de los manzanos en primavera, pero nunca les tuvo miedo. En cuanto a ella, tenía la casa en perfectísimo orden, cada cosa en armonía con su estación, los suelos bien barridos, la comida bien conservada, los alfileres clavados en sus alfileteros y, en su habitación, los cajones de los burós llenos a conciencia de la parafernalia de los años.
La señora Bentley lo guardaba todo. Guardaba entradas, viejos programas de teatro, trocitos de encaje, bufandas, billetes de tranvía: todas las etiquetas y prendas habidas y por haber.
–Tengo una pila de discos –solía decir–. Este es de Caruso. De mil novecientos dieciséis, en Nueva York; yo tenía sesenta años y John todavía vivía. Este es de «June Moon», de mil novecientos veinte cuatro, creo, justo después de que John muriera.
Aquello era, en cierto modo, lo que más lamentaba en la vida. Lo que más había disfrutado tocando, escuchando y mirando no había sido capaz de conservarlo. John estaba lejos, en los prados campestres, con su fecha, en un ataúd oculto bajo la hierba, y de él no quedaba más que su sombrero alto de seda, su bastón y su traje bueno en el armario. Casi todo lo demás lo habían devorado las polillas.
Pero lo que podía conservar, lo conservaba. Sus vestidos rosas de flores aplastados entre bolitas del alcanfor en inmensos baúles negros, y platos de vidrio tallado de cuando era niña; se lo había traído todo cuando se mudó a aquel pueblo hacía cinco años. Su marido tenía casas en alquiler en varios pueblos y, como una pieza de ajedrez de marfil amarillo, la señora Bentley había pasado por todas y todas las había vendido, y ahora estaba allí en ese pueblo extraño, sola con los baúles y los muebles, oscuros y feos, achaparrados como criaturas de un zoológico ancestral.
Lo de las niñas empezó en pleno verano. Cuando, mientras regaba la enredadera del porche delantero, la señora Bentley vio a dos niñas creciditas de colores frescos y a un niño pequeño tumbados en su jardín, disfrutando enormemente del cosquilleo de la hierba.
Justo cuando la señora Bentley iba a sonreírles con la máscara amarillenta que tenía por rostro, el camión de los helados apareció por la esquina como una banda de duendecillos. Tintineaba melodías gélidas, frescas y chispeantes, como si un experto tocara con golpecitos unas copas de cristal, llamándolos a todos. Las niñas se incorporaron, volviendo la cabeza como girasoles en pos del sol.
–¿Os apetece uno? –dijo la señora Bentley–. ¡Aquí!
El camión de los helados se detuvo y la señora Bentley pagó por varios Ice Age originales. Las niñas le dieron las gracias con la boca llena de hielo mientras sus ojos volaban de los zapatos de caña alta al pelo canoso.
–¿No quiere un poco? –dijo el niño.
–No, chiquillo. Soy vieja y friolera; no me descongelo por mucho calor que haga –rio la señora Bentley.
Los niños fueron a sentarse a la sombra con los glaciares en miniatura, los tres en fila, en el columpio del porche.
–Yo soy Alice, ella es Jane y ese es Tom Spaulding.
–Qué majos. Yo soy la señora Bentley. Todos me llaman Helen. –Se quedaron mirándola–. ¿No os creéis que me llamo Helen? –dijo la anciana.
–No sabía que las ancianas tenían nombre además de apellido –dijo Tom, parpadeando. La señora Bentley soltó una risa seca.
–Se refiere a que nunca se oye que lo usen –dijo Jane.
–Querida, cuando seas tan vieja como yo, tampoco te llamarán Jane. La vejez posee una formalidad espantosa. Siempre te dicen «señora». A los jóvenes no les gusta que te llames «Helen». Demasiado faltón.
–¿Cuántos años tiene? –preguntó Alice.
–Me acuerdo de los pterodáctilos. –La señora Bentley sonrió.
–En serio, ¿cuántos?
–Setenta y dos.
Chupetearon una vez más sus helados durante un rato, deliberando.
–Esos son muchos años –dijo Tom.
–Me siento exactamente igual que cuando tenía vuestra edad –dijo la anciana.
–¿Nuestra edad?
–Sí. Hubo un tiempo en que era una niña guapísima como tú, Jane, y como tú, Alice. –Ninguna de las dos dijo nada–. ¿Pasa algo?
–Nada. –Jane se levantó.
–Qué pena que tengas que irte tan pronto. No te has terminado el helado… ¿Hay algún problema?
–Mi madre dice que mentir es de mala educación –dijo Jane.
–Por supuesto que lo es. Está muy mal –coincidió la señora Bentley.
–Y que no hay que prestar atención a las mentiras.
–¿Quién te ha mentido, Jane?
Jane la miró y luego apartó la vista, nerviosa.
–Usted.
–¿Yo? –La señora Bentley se echó a reír y se llevó una mano blanquecina al pequeño busto–. ¿En qué?
–En lo de su edad. En lo de que fue una niña.
La señora Bentley se puso rígida.
–Pero si lo fui, hace muchos años, una niña pequeña como tú.
–Vámonos, Alice, Tom.
–Un segundo –dijo la señora Bentley–. ¿No me creéis?
–No sé –dijo Jane–. No.
–¡Qué tontería! Pero si es evidente. ¡Todo el mundo ha sido joven!
–Usted no –susurró Jane, con la mirada gacha, casi para sí. El palo del helado, vacío, yacía sobre un charco vainilla en el suelo del porche.
–Por supuesto que una vez tuve ocho, nueve y diez años, como vosotros.
Las dos niñas soltaron una risa breve que sofocaron enseguida.
Los ojos de la señora Bentley centellearon.
–En fin, no puedo perder la mañana discutiendo con niñas de diez años. Huelga decir que yo también tuve diez años una vez y que era igual de tonta.
Las dos niñas rieron. Tom parecía incómodo.
–Nos están tomando el pelo –dijo Jane con una risita–. En realidad, nunca tuvo diez años, ¿a que no, señora Bentley?
–¡A correr a casa! –gritó la mujer de repente, porque no soportaba sus miradas–. No pienso tolerar tanta risa.
–Y no se llama Helen.
–¡Pues claro que me llamo Helen!
–Adiós –dijeron las dos niñas, riendo mientras se alejaban por el jardín bajo mares de sombras. Tom las siguió enseguida–. ¡Gracias por el helado!
–¡Y una vez jugué a la rayuela! –les gritó la señora Bentley, pero ya se habían ido.
La señora Bentley se pasó el resto del día cacharreando con teteras, preparando ruidosamente un almuerzo frugal, y de vez en cuando iba a la puerta con la esperanza de pillar a esos demonios insolentes carcajeándose en alguna de sus excursiones vespertinas. Pero si aparecieran, ¿qué iba a decirles? ¿Por qué preocuparse por ellos?
–¡Menuda idea! –dijo la señora Bentley a su delicada taza abarrotada de rosas–. Nadie había dudado nunca de que una vez fui niña. Qué tontería, que cosa tan desagradable. No me importa ser vieja, la verdad, pero sí me fastidia que me arrebaten la niñez.
Vio a los niños huyendo a la carrera bajo los árboles cavernosos con su juventud entre los dedos escarchados, invisibles como el aire.
Después de la cena, sin motivo aparente, con la certeza inconsciente de estar en movimiento, miró sus manos mientras, como un par de guantes fantasmagóricos en una sesión espiritista, reunía varios objetos en una pañoleta perfumada. Luego salió al porche y allí se quedó muy rígida durante media hora.
Súbitos como aves nocturnas, los niños pasaron a toda velocidad, y la voz de la señora Bentley los hizo detenerse con revuelo.
–¿Sí, señora Bentley?
–¡Venid al porche! –les ordenó, y las niñas subieron los escalones, con Tom a remolque.
–¿Sí, señora Bentley? –Remarcaron el «señora» como un acorde grave de piano, con mayor fuerza, como si fuese su nombre de pila.
–Tengo unos tesoros que enseñaros. –Abrió la pañoleta perfumada y miró dentro como si también ella fuese a quedar sorprendida. Sacó un peine, pequeñito y delicado, en cuyo borde titilaban falsos diamantes–. Lo llevaba cuando tenía nueve años.
Jane lo volteó varias veces y dijo:
–Qué bonito.
–¡¿A ver?! –gritó Alice.
–Y esto es un anillito que llevaba cuando tenía ocho años –dijo la señora Bentley–. El dedo ya no me entra. Si miráis a través de él, se ve la Torre de Pisa a punto de caerse.
–¡A ver cómo se inclina!
Las niñas se lo pasaron la una a la otra hasta que Jane se lo probó.
–Caray, ¡es justo de mi talla! –exclamó.
–¡Y el peine me queda genial en la cabeza! –dijo Alice, y suspiró.
La señora Bentley sacó unas canicas.
–Mirad –dijo–. Antes jugaba con esto. –Las dejó caer. Formaron una constelación en el porche–. ¡Y esto! –Triunfante, sacó su comodín: una foto de cuando tenía siete años, con un vestido como una mariposa amarilla, tirabuzones dorados, vidriosos ojos azules y un puchero en sus labios angelicales.
–¿Quién es esa niña? –preguntó Jane.
–¡Soy yo!
Las dos niñas se pegaron a la foto.
–Pero no se parece a usted –dijo Jane sin más–. Cualquiera puede conseguir una foto igual que esta, por ahí.
Ambas miraron fijamente a la señora Bentley durante un buen rato.
–¿Tiene más fotos, señora Bentley? –preguntó Alice–. ¿Suyas, con más edad? ¿Tiene alguna foto de cuando tenía quince años y una con veinte y con cuarenta y con cincuenta?
Las niñas sofocaron una risita.
–¡No tengo por qué enseñaros nada! –dijo la señora Bentley.
–Pues entonces no tenemos por qué creerla –respondió Jane.
–¡Pero esta foto demuestra que una vez fui joven!
–Esa es otra niña, como nosotras. La ha cogido prestada.
–¡Estuve casada!
–¿Dónde está el señor Bentley?
–Falleció hace mucho. Si estuviese aquí, os contaría lo joven y guapa que era a los veintidós años.
–Pero no está y no puede contárnoslo, total, ¿qué demuestra eso?
–Tengo un certificado matrimonial.
–Eso también lo puedes coger prestado. Solo la creeremos… –Jane cerró los ojos para enfatizar lo segura que estaba de sí misma–. Si alguien dice que la vio cuando tenía diez años.
–Me vieron miles de personas, pero están muertas, tontorronas…, o enfermas, en otros pueblos. Aquí no conozco a nadie, me mudé aquí hace unos años, así que nadie me conoció de joven.
–Bueno, ¡ahí lo tenéis! –Jane guiñó un ojo a sus compañeros–. ¡Nadie la conoció de joven!
–¡Escucha! –La señora Bentley sujetó a la niña por la muñeca–. Estas cosas hay que creérselas sin más. Algún día seréis igual de vieja que yo. La gente os dirá lo mismo. «Ay, no», dirán, «esos buitres nunca fueron colibríes, esas lechuzas nunca fueron oropéndolas, ¡esas cacatúas nunca fueron herrerillos!». ¡Algún día estaréis como yo!
–¡Pues claro que no! –dijeron las niñas–. ¿Será verdad? –se preguntaron la una a la otra.
–¡Ya lo veréis! –dijo la señora Bentley.
Y para sí, pensó: Ay, Dios, las niñas son niñas y las viejas, viejas. Y entre medio no hay nada. Son incapaces de imaginar un cambio que no ven.
–Tu madre –le dijo a Jane–. ¿No te has fijado en cómo ha cambiado a lo largo de los años?
–No –dijo Jane–. Está igual.
Y era cierto. Compartías el día a día con ciertas personas y no se alteraban lo más mínimo. Solo te llevabas la sorpresa si hacían algún viaje largo, si pasaban los años. Y la señora Bentley se sentía como si se hubiese pasado setenta y dos años en un tren negro y estruendoso y al bajar al andén todo el mundo le hubiese gritado: «Helen Bentley, ¿eres tú?».
–Será mejor que nos vayamos a casa –dijo Jane–. Gracias por el anillo. Me queda genial.
–Gracias por el peine. Es precioso.
–Gracias por la foto de la niña.
–¡Volved aquí, no os lo podéis quedar! –les gritó la señora Bentley mientras bajaban los peldaños a toda velocidad–. ¡Eso es mío!
–¡No! –gritó Tom, persiguiendo a las niñas–. ¡Devolvédselo!
–¡No, son robados! Eran de otras niñas. Son robados. ¡Gracias! –gritó Alice. Y no importó cuánto les gritara, las niñas desaparecieron, como polillas en la oscuridad.
–Lo siento –dijo Tom, mirando a la señora Bentley desde el jardín. Se fue.
Se han llevado mi anillo, mi peine y mi foto, pensó la señora Bentley, temblando en los escalones. Ay, estoy vacía, vacía; son parte de mi vida.
Estuvo despierta hasta altas horas de la noche, entre sus baúles y su bisutería. Miraba las pilas ordenadas de objetos y juguetes y las boas de plumas y decía, en voz alta:
–¿Todo eso es mío, en realidad?
¿O era el truco enrevesado de una anciana para convencerse de que tenía un pasado? Al fin y al cabo, tiempo que pasaba, tiempo que acababa. Una está siempre en el presente. Puede que una vez fuera niña, pero ahora no lo era. Su niñez había pasado y nada podría devolvérsela.
El viento de la noche sopló en la habitación. La cortina blanca rozó al agitarse un bastón negro que llevaba muchos años apoyado contra la pared cerca de otras baratijas. El bastón tembló y cayó sobre un parche de luz de luna, con un ruido sordo. La virola dorada resplandeció. Era el bastón que su marido solía llevar a la ópera. Pareció que estuviese apuntándola con él, como a menudo hacía, empleando su voz suave, triste y razonable cuando, en contadas ocasiones, discutían.
«Esas niñas tienen razón», habría dicho él. «No te han robado nada, cariño. Esas cosas no pertenecen a tu yo de aquí y ahora. Pertenecían a otra tú, otra de hace mucho».
Ay, pensó la señora Bentley. Y entonces, como un viejo disco de gramófono que hubiese empezado a sisear bajo una aguja de acero, recordó una conversación que en su día tuvo con el señor Bentley… El señor Bentley, tan remilgado, con un clavel rosa en la solapa bien cepillada, diciendo:
–Cariño, nunca entenderás el tiempo, ¿verdad que no? Siempre estás intentado ser lo que fuiste, en vez de ser quien eres esta noche. ¿Para qué guardas esas entradas y los programas de los teatros? Más adelante, solo te harán daño. Tíralos, cariño.
Pero la señora Bentley, tozuda, los había conservado.
–No va a funcionar –continuó el señor Bentley, dando sorbitos al té–. Por mucho que te esfuerces en ser lo que una vez fuiste, solo puedes ser lo que eres aquí y ahora. El tiempo hipnotiza. Cuando tienes nueve años, crees que siempre has tenido nueve años y que siempre los tendrás. Cuando tienes treinta, da la sensación de que siempre has estado haciendo equilibrios en el reluciente borde de la mediana edad. Y cuando cumples setenta, siempre has tenido y tendrás setenta. Se está en el presente, ya estés atrapada en un ahora de juventud o en un ahora de vejez, no hay más ahora que este.
Aquella fue una de las pocas, aunque tiernas, discusiones de su tranquilo matrimonio. Él nunca había visto con buenos ojos su coleccionismo.
–Sé lo que eres, entierra lo que no –había dicho–. Ese taco de entradas es ilusionismo. Guardar cosas es un truco de magia, uno con espejos.
Si siguiera vivo y estuviese aquí esta noche, ¿qué diría?
–Estás guardando crisálidas. –Eso diría–. Corsés, por así decirlo, en que nunca te volverán a entrar. ¿Para qué guardarlos, entonces? En realidad, no puedes demostrar que una vez fuiste joven. ¿Fotos? No, mienten. Tú no eres la foto.
–¿Declaraciones juradas?
–No, cariño, tú no eres las fechas, ni la tinta, ni el papel. No eres esos baúles de trastos y polvo. Tú eres tú, aquí, ahora…, tu yo presente.
La señora Bentley asintió al recordarlo, respirando más calmada.
–Sí, ya entiendo. Ya entiendo.
El bastón con virola dorada yacía silencioso en su alfombra de luz de luna.
–Por la mañana –le dijo al bastón–, lo solucionaré de una vez por todas, y me dedicaré a ser yo, no otra persona de épocas pasadas. Sí, eso pienso hacer.
Y se durmió…
La mañana era luminosa y verde, y en su puerta, llamando con golpecitos a la mosquitera, había dos niñas.
–¿Tiene alguna cosa para regalarnos, señora Bentley? ¿Más cositas de niña?
Las condujo por el pasillo hasta la biblioteca.
–Llevaos esto. –Dio a Jane el vestido con el que había interpretado a la hija del mandarín cuando tenía quince años–. Y esto, y esto. –Un caleidoscopio, una lupa–. Coged lo que queráis –dijo la señora Bentley–. Libros, patines, muñecas, todo…, para vosotras.
–¿Para nosotras?
–Para vosotras. ¿Y me echaríais una mano con una cosa? Voy a hacer una hoguera en el jardín de atrás. Voy a vaciar los baúles y a sacar trastos para que se los lleve el basurero. No son míos. Nada es de nadie.
–La ayudaremos –dijeron.
La señora Bentley encabezó el desfile hacia el jardín de atrás, con los brazos llenos y una caja de cerillas en la mano.
Así, durante el resto del verano, se podía ver a dos niñas y a Tom como pajarillos en un cable, en el porche de la señora Bentley, esperando. Y cuando se oían las campanillas del camión de los helados, la puerta se abría, la señora Bentley salía como si flotara con la mano en lo profundo del gaznate de su bolso de boca plateada, y durante media hora las veías en el porche, a las niñas y a la anciana, transformando frío en calor, comiendo helados de chocolate, riendo. Como buenas amigas al fin.
–¿Cuántos años tiene, señora Bentley?
–Setenta y dos.
–¿Cuántos tenía hace cincuenta años?
–Setenta y dos.
–Nunca fue joven, ¿no? ¿Ni llevaba cintas o vestidos como estos?
–No.
–¿Tiene nombre?
–Mi nombre es señora Bentley.
–¿Y siempre ha vivido en esta casa?
–Siempre.
–¿Y nunca fue guapa?
–Nunca.
–¿Ni hace un millón de trillones de años? –Las niñas se inclinaron hacia la anciana y esperaron en el silencio prensado de las cuatro de aquella tarde de verano.
–Nunca –dijo la señora Bentley–, ni en un millón de trillones de años.