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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

tierra salvaje

spanish

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«Ah, los buenos tiempos han llegado al fin…».
En el ocaso, Janice y Leonora hacían sin descanso el equipaje en su casa de verano, cantando, picando algo y dándose abrazos cuando lo creían necesario. Pero nunca miraban por la ventana, donde la noche se cerraba y las estrellas aparecían brillantes y gélidas.
–¡Escucha! –dijo Janice.
Un ruido como el de un vapor río abajo, pero era un cohete en el cielo. Y más a lo lejos…, ¿eran banjos? No, eran los grillos en la noche de verano del año 2003. Diez mil sonidos bullían en el pueblo y la atmósfera. Janice, con la cabeza gacha, escuchaba. Hacía mucho, mucho tiempo, en el año 1849, aquella misma calle había bullido con las voces de ventrílocuos, predicadores, pitonisas, bufones, académicos, jugadores, todos allí reunidos en la mismísima ciudad de Independence, Illinois. Esperando a que la tierra húmeda se endureciera y las grandes mareas de hierba subieran con la fuerza suficiente como para soportar el peso de los carros, de sus carretas, sus destinos azarosos y sus sueños.
«Ah, los buenos tiempos han llegado al fin,
y a Marte nos vamos, claro que sí,
Cinco mil mujeres en el cielo,
¡menuda siembra primaveral, claro que sí!».
–Es una antigua canción de Wyoming –dijo Leonora–. Le cambias la letra y es perfecta para dos mil tres.
Janice cogió una cajita con pastillas alimenticias, intentando calcular la cantidad de cosas que habían transportado aquellas carretas con ejes anchos y camas en la trasera. Por cada hombre y cada mujer, ¡tonelajes increíbles! Jamones, bloques de beicon, azúcar, sal, harina, frutas deshidratadas, galletas, ácido cítrico, agua, jengibre, pimienta…, ¡una lista tan grande como la tierra! Sin embargo, hoy, unas pastillas que cabían en un reloj de pulsera te alimentaban ya no desde Fort Laramie hasta Hangtown, sino a través de todo un páramo estelar.
Janice abrió de par en par la puerta del armario y casi gritó. La oscuridad, la noche y todo el espacio entre las estrellas la miraron de frente.
Muchos años atrás, habían sucedido dos cosas. Su hermana la había encerrado, chillando, en un armario. Y en una fiesta, mientras jugaba al escondite, había cruzado corriendo la cocina y un largo pasillo oscuro. Pero no era un pasillo. Era una escalera sin luz, una negrura voraz. Corrió sobre el aire vacío. ¡Pedaleó, gritó y cayó! Cayó a una medianoche oscura. Al sótano. No tardó mucho en caer, un abrir y cerrar de ojos. Y en aquel armario se había asfixiado durante mucho, mucho tiempo, sin luz diurna, sin amigas, sin nadie que oyera sus gritos. Lejos de todo, encerrada a oscuras. Cayendo a oscuras. ¡Gritando!
Dos recuerdos.
Ahora, con la puerta del armario abierta, con la oscuridad ante ella como una mortaja de terciopelo a la espera de ser acariciada por una mano temblorosa, con la oscuridad como una pantera negra jadeante, mirándola con ojos apagados, los dos recuerdos surgieron de repente. El espacio y la caída. El espacio y quedarse encerrada, gritando. Ella y Leonora hacían el equipaje sin descanso, cuidándose de no mirar por la ventana hacia la aterradora Vía Láctea y el vacío inmenso. Pero la mera presencia del armario familiar, con su noche privada, terminaba por recordarles su destino.
Ahí afuera sería igual, deslizándose hacia las estrellas, en la noche, en el oscuro armario enorme y horrible, gritando, pero sin que nadie la oyera. Una caída eterna entre nubes de meteoritos y cometas impíos. Por el hueco de un ascensor. Por un conducto de pesadilla hacia la nada.
Gritó. De su boca no salió nada. El grito se estrelló contra su pecho y su cabeza. Gritó. ¡Cerró de golpe la puerta del armario! ¡Se dejó caer contra ella! Sintió el aliento de la oscuridad que chillaba tras la puerta y la sujetó con fuerza, con los ojos empañados. Se quedó allí durante un buen rato, hasta que se le pasaron los temblores, mirando a Leonora atareada. Y la histeria, así ignorada, fue desvaneciéndose hasta desaparecer. En la habitación se oía un sonido nítido de normalidad: el tictac de un reloj de pulsera.
–Noventa y seis millones de kilómetros. –Por fin se acercó a la ventana, como si fuese un pozo profundo–. No puedo creer que esta noche haya hombres en Marte construyendo pueblos, esperándonos.
–En lo único que hay que creer es en que mañana subiremos a nuestro cohete. –Janice levantó un vestido blanco como un fantasma en la habitación–. Rarísimo. Casarse…, en otro mundo.
–Vámonos a la cama.
–¡No! La llamada es a medianoche. No podría dormir pensando en cómo decirle a Will que he decidido coger el cohete a Marte. Ay, Leonora, piénsalo, mi voz viajando noventa y seis millones de kilómetros hasta él por el luminófono. He cambiado de opinión tan de repente… ¡Tengo miedo!
–Nuestra última noche en la Tierra.
Finalmente, lo sabían y lo aceptaban; finalmente, la certeza las había encontrado. Se iban, quizás para no volver. Dejaban la ciudad de Independence, en el estado de Misuri, en el norte del continente americano, rodeado por los océanos Atlántico y Pacífico, y nada de aquello cabía en su equipaje. Habían encogido ante aquella certeza definitiva. Y ahora la tenían delante. Y estaban petrificadas.
–Nuestros hijos no serán estadounidenses, ni siquiera serán de la Tierra. Seremos todos marcianos durante el resto de nuestras vidas.
–¡No quiero ir! –gritó Janice de repente. Paralizada de miedo–. ¡Tengo miedo! ¡El espacio, la oscuridad, los meteoritos! ¡Dejarlo todo! ¿Por qué tengo que ir?
Leonora la cogió por los hombros y la abrazó fuerte, meciéndola.
–Es un mundo nuevo. Es como en los viejos tiempos. Los hombres primero y las mujeres después.
–Pero ¿por qué tengo que ir?, ¡dime!
–Porque sí –dijo finalmente Leonora, a media voz, sentándola en la cama–. Will está allí. –Era agradable oír su nombre. Janice se tranquilizó–. Los hombres lo complican todo –dijo Leonora–. Antiguamente, ya era que una mujer tuviese que hacer trescientos kilómetros por culpa de un hombre. Luego fueron mil quinientos kilómetros. Y ahora han puesto un universo entero entre ellos y nosotras. Pero eso no va a detenernos, ¿verdad que no?
–Tengo miedo a hacer el ridículo en el cohete.
–Yo haré el ridículo contigo. –Leonora se levantó–. Venga, vamos a dar un paseo, para ver la ciudad por última vez.
Janice miró hacia la ciudad.
–Mañana por la noche todo esto seguirá aquí, pero nosotras ya no estaremos. La gente se levantará, desayunará, trabajará, dormirá, se levantará otra vez, pero nosotras ya no lo sabremos, y no nos echarán de menos.
Leonora y Janine dieron vueltas por el cuarto como si fuesen incapaces de encontrar la puerta.
–Venga.
Abrieron la puerta, apagaron las luces y cerraron la puerta al salir.
Había mucho vaivén en el cielo. Movimientos como flores inmensas, silbidos y chirridos enormes, tormentas de nieve. Helicópteros, copos blancos, en lento descenso. Del oeste y del este, del norte y del sur llegaban más y más mujeres. Por todo el cielo nocturno se veían ventiscas de helicópteros aterrizando. Los hoteles estaban llenos, los domicilios privados acogían huéspedes, ciudades de tiendas de campaña se alzaban en los prados y los pastizales como flores raras y feas, y el calor en el pueblo y los campos no era solo el de la noche de verano. El calor de las caras sonrosadas de las mujeres y las caras bronceadas de los hombres que observaban el cielo. Más allá de las colinas, los cohetes comprobaban sus reactores, y sonaban como un órgano gigante con todas las teclas apretadas a la vez, temblaban los cristales de todas las ventanas y hasta los más ocultos de los huesos. Lo notabas en la mandíbula, en los dedos de las manos y los pies: un estremecimiento.
Leonora y Janice estaban sentadas en un bar, entre mujeres desconocidas.
–Señoritas, son muy guapas, pero las veo muy tristes, eso sí –dijo el camarero.
–Dos batidos de chocolate. –Leonora sonreía por las dos, como si Janice fuese muda.
Miraron fijamente sus batidos, como si fuesen cuadros raros en un museo. El chocolate escaseaba en Marte desde hacía mucho tiempo.
Janice rebuscó en su bolso y, dubitativa, sacó un sobre y lo dejó sobre el mostrador de mármol.
–Will me envió esto. Llegó hace dos días en el cohete postal. Fue como si hubiese decidido por mí, como si me hubiese obligado a decidir irme. No te lo conté. Quiero que la veas. Venga, lee la nota.
Leonora sacudió el sobre para sacar la nota y la leyó en voz alta.
–Querida Janice: esta es nuestra casa, por si te decides a venir a Marte. Will.
Leonora dio unos golpecitos al sobre y una fotografía, brillante, cayó en el mostrador. Era una foto de una casa, una casa oscura, musgosa, antigua, acogedora, color caramelo, bordeada de flores rojas y helechos verdes, y una enredadera infausta y velluda en el porche.
–Pero ¡Janice!
–¿Qué?
–¡Esta foto es de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!
–No. Fíjate bien.
Y, juntas, se fijaron bien y a cada lado y detrás de aquella casa oscura y acogedora había un paisaje que no era un paisaje de la Tierra. El suelo tenía un extraño color violeta, y la hierba era de un ligerísimo rojo, y el cielo resplandecía como un diamante gris, y un árbol extraño crecía torcido en un lateral, con el aspecto de una anciana con cristales en el pelo canoso.
–Es la casa que me ha construido Will –dijo Janice–, en Marte. Mirarla ayuda. Ayer, cuando tenía la ocasión, sola, y el miedo y el pánico me podían, sacaba la foto y la miraba.
Las dos observaron la casa acogedora y oscura, a noventa y seis millones de kilómetros de allí, familiar y no, vieja pero nueva, con una luz amarilla reluciendo en la ventana de la derecha del porche.
–Ese Will –dijo Leonora, asintiendo–, sabe lo que se hace.
Se terminaron el batido. Fuera, una acalorada aglomeración de desconocidos iba y venía, y la «nieve» caía incesante del cielo veraniego.
Compraron muchas tonterías para el camino: paquetes de caramelos de limón, revistas femeninas de papel cuché, frágiles perfumes; y luego se internaron en la ciudad y alquilaron dos gabardinas que se negaban a reconocer la gravedad e imitaban a una polilla, tocaron los delicados controles y se sintieron como pétalos blancos aventados por encima de la ciudad.
–A cualquier parte –dijo Leonora–, a cualquier otra parte.
Dejaron que el viento las llevara a su antojo; dejaron que el viento las arrastrara a través de una noche veraniega de manzanos, una noche de tibios preparativos, por encima de la ciudad preciosa, de las casas de la infancia y de otros tiempos, de colegios y avenidas, de arroyos y prados y granjas tan conocidas que cada grano de trigo era una moneda de oro. Volaban como debían volar las hojas ante la amenaza de fuego en el viento, con susurros de advertencia y rayos veraniegos restallando entre las colinas replegadas. Vieron las lechosas carreteras secundarias sobre las que no hacía tanto habían descendido en helicóptero bajo la luz de la luna, descendido en espiral entre grandes remolinos de sonido para aterrizar junto a frescos arroyos nocturnos con muchachos que hoy ya no estaban.
Flotaron en un hálito inmenso por encima de la ciudad que el escaso espacio entre ellas y la tierra ya había vuelto remota, una ciudad que se alejaba a sus espaldas en un río oscuro para reaparecer ante ellas en una gran ola de luz y color, intocable y onírica, emborronada en sus ojos por la nostalgia, por un recuerdo aterrorizado que nació antes incluso de que la ciudad en sí hubiese desaparecido.
Flotando en silencio, arremolinándose, contemplaron en secreto el centenar de rostros de amigas apreciadas a las que iban a abandonar, personas a la luz de las lámparas que las ventanas contenían enmarcadas hasta que, daba la sensación, se las llevaba el viento; la totalidad del Tiempo las impulsaba. No había árbol que no examinaran en busca de antiguas confesiones de amor grabadas y talladas en él, ni acera que no sobrevolaran como si de prados de nieve color mica se tratasen. Por primera vez, supieron que su ciudad era bonita como bonitas eran las luces solitarias y los ladrillos antiguos, y las dos sintieron que sus ojos se ensanchaban con la belleza del festín que estaban dándose. Todo flotaba en el tiovivo del atardecer, con puñados de música al viento aquí y allá, voces que llamaban y murmuraban en casas embrujadas por el blanco de la televisión.
Las dos mujeres pasaban como agujas, cosiendo con su perfume un árbol al siguiente. Sus ojos estaban ahítos, y aun así evitaban dejar pasar cualquier detalle, cualquier sombra, cualquier roble y olmo solitarios, cualquier coche que bajara por las callejuelas serpenteantes, hasta que no solo sus ojos sino también sus cabezas y sus corazones estuvieron saciados.
Me siento como si estuviese muerta, pensó Janice, en el cementerio, una noche de primavera, y todo estuviese vivo menos yo, todos moviéndose, preparados ya para seguir con sus vidas sin mí. Me siento como cuando tenía dieciséis años y cada primavera pasaba por el cementerio y lloraba por ellos porque estaban muertos y, en noches tan sosegadas como esta, me parecía injusto que yo estuviera viva. Era culpable de estar viva. Y ahora, aquí, esta noche, siento que me han sacado del cementerio y me han dejado sobrevolar la ciudad una última vez para que vea qué se siente estando viva, siendo una ciudad y sus habitantes, antes de cerrarme de nuevo la oscura puerta en las narices.
Despacio, despacio, como dos farolillos de papel en una noche de viento, las dos mujeres avanzaban por sobre sus vidas y sus pasados, y por los prados en los que resplandecían las ciudades de tiendas de campaña y las autopistas en las que camiones con suministros se apiñaban y circulaban hasta el amanecer. Sobrevolaron todo aquello durante mucho tiempo.
En el reloj del juzgado atronaban las doce menos cuarto cuando llegaron flotando como telas de araña desde las estrellas, y aterrizaron en el asfalto iluminado por la luna delante de la casa de Janice. La ciudad dormía, y la casa de Janice aguardaba a que entraran en pos de su descanso, que no encontrarían allí.
–¿Somos nosotras, aquí y ahora? –preguntó Janice–. ¿Janice Smith y Leonora Holmes, en el año dos mil tres?
–Sí.
Janice se humedeció los labios y se enderezó.
–Ojalá estuviésemos en otro año.
–¿En mil cuatrocientos noventa y dos? ¿En mil seiscientos doce? –Leonora suspiró, y el viento en los árboles suspiró con ella, alejándose–. Cuando no es el día de Colón es el día de Plymouth Rock, y qué me zurzan si las mujeres podemos remediarlo.
–Podemos ser unas solteronas.
–O hacer lo que vamos a hacer.
Abrieron la puerta de la casa en la noche calurosa, los ruidos de la ciudad se apagaban poco a poco en sus oídos. Al cerrar la puerta, el teléfono empezó a sonar.
–¡Es para mí! –grito Janice, corriendo.
Cuando Leonora entró en la habitación detrás de ella, Janice ya había descolgado el auricular.
–¡Hola, hola! –dijo.
Y en una ciudad lejana, la operadora preparaba el inmenso aparataje que conectaría ambos mundos, y las dos mujeres aguardaron, una sentada y pálida, la otra de pie, pero igual de pálida, inclinada hacia ella.
Hubo una larga pausa, repleta de estrellas y tiempo, una espera completamente distinta a los últimos tres años de las dos. Y ahora el momento había llegado, era Janice quien tenía que llamar a través de millones y millones de kilómetros de meteoritos y cometas, de huir del sol amarillo que podría escaldar o quemar las palabras o despojarlas a fuego de todo sentido. Pero su voz lo atravesó todo como una aguja, con puntadas de conversación, a través de la noche inmensa, reverberando en las lunas de Marte. Hasta que su voz se abrió paso hasta un hombre en una habitación en una ciudad de otro mundo, a cinco minutos vía radio. Y su mensaje fue este:
–Hola, Will. ¡Soy Janice! –dijo, atragantada–. Me dicen que no tengo mucho tiempo. Un minuto. –Janice cerró los ojos–. Querría hablar tranquilamente, pero me han dicho que hable deprisa y que lo suelte todo. Lo que quiero decirte es…, que me he decidido. Me voy. Cogeré el cohete de mañana. Me voy contigo, por fin. Y te quiero. Espero que estés oyéndome. Te quiero. Hace tanto que…
Su voz se abrió paso hacia aquel mundo ignoto. Ahora, una vez enviado el mensaje, dichas las palabras, quiso desdecirlas, censurarlas, reformularlas, enunciar una frase más bonita, una explicación más justa de su alma. Pero las palabras flotaban ya entre planetas y si una radiación cósmica las hubiese iluminado, incendiado en un prodigio vaporoso, pensó, su amor habría iluminado una decena de mundos y sobresaltado el lado nocturno de la tierra con un amanecer prematuro. Las palabras ya no eran suyas, eran del espacio, no eran de nadie hasta que llegasen, y estaban viajando hacia su destino a trescientos mil kilómetros por segundo.
¿Qué va a decirme? ¿Qué va a responderme en su minuto disponible?, se preguntó. Toqueteó y retorció la correa de su reloj y el auricular del luminófono crepitaba en su oído y el espacio le hablaba con danzas y bailes eléctricos y auroras audibles.
–¿Te ha contestado? –susurró Leonora.
–¡Shhh! –dijo Janice, encogiéndose como si tuviese náuseas. Entonces su voz cruzó el espacio–. ¡Lo oigo! –gritó Janice.
–¿Qué dice?
La voz habló en Marte y atravesó lugares en los que no había amaneceres ni ocasos, sino una noche perpetua con un sol en el centro de la oscuridad. Y en algún lugar entre Marte y la Tierra el mensaje se perdió, quizás con un barrido de gravedad eléctrica en la pleamar de un meteorito, o con las interferencias de una lluvia de meteoritos plateados. En cualquier caso, las palabras nimias y las palabras insignificantes del mensaje fueron arrambladas para siempre. Y con su voz llegó una única palabra:
–… amor…
Después de aquello, se hizo de nuevo la noche inmensa y se oyó el sonido de las estrellas rotando y de los soles susurrando para sí y el sonido de su corazón, como otro mundo en el espacio, colmando el auricular.
–¿Lo has oído? –preguntó Leonora. Janice solo acertó a asentir–. ¡¿Qué ha dicho, qué ha dicho?! –gritó Leonora.
Pero Janice no podía contárselo a nadie; era demasiado bonito para contarlo. Siguió sentada escuchando aquella palabra una y otra vez, mientras su memoria la reproducía. Siguió sentada, escuchando, mientras Leonora le quitaba el auricular sin que se diera cuenta para devolverlo al luminófono.
Estaban en la cama con las luces apagadas y el viento nocturno traía a las habitaciones el olor al largo viaje entre oscuridad y estrellas, y sus voces hablaban del mañana, y de los días posteriores al mañana que ya no serían días, sino día-noches de un Tiempo atemporal; sus voces se apagaron con el sueño o con un desvelo caviloso, y Janice yacía sola en su cama.
¿Era así hace un siglo, pensó, cuando las mujeres, la noche previa, acostadas y listas o no para dormirse, en los pueblecitos del este, escuchaban los ruidos de caballos en la noche y crujidos de carretas listas para partir, y los bueyes inquietos bajo los árboles, y los llantos de los niños, solos antes de tiempo? ¿Ruidos de llegadas y partidas hacia bosques espesos y campos, y los herreros trabajando en sus infiernos rojos a medianoche? ¿Y el olor a beicon y a jamón listos para la jornada, y la sensación grávida de las carretas como barcos traqueteando cargadas de enseres, de agua en toneles, para tambalearse y ladearse por las praderas, y las gallinas histéricas en sus jaulas atadas bajo las carretas, y los perros que se adelantaban a la carrera hacia las tierras salvajes y, temerosos, regresaban corriendo con el reflejo del espacio vacío en los ojos? ¿Era así, hace muchísimos años? ¿En el borde del precipicio, al filo del acantilado de estrellas? ¿En su época el olor a búfalo, y en la nuestra el olor a cohete? ¿Es así, como era entonces?
Y decidió, mientras el sueño asumía aquel anhelo, que sí, sin duda, siempre, irrevocablemente, así había sido y así seguiría siendo.
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