Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

un buen afeitado

spanish

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Entró en el pueblo a galope tendido, disparando sus pistolas hacia el cielo azul. Dejó tiesa a una gallina de un balazo y le dio de patadas, usando el caballo como pie, y luego, recargando y berreando, con su barba de tres semanas roja e irritable a pleno sol, siguió hasta la cantina, donde ató al caballo y entró, con las pistolas todavía calientes, y fue a la barra y allí fulminó con la mirada su propia imagen bronceada en el espejo y pidió a gritos un vaso y una botella.
El camarero deslizó ambas cosas hasta el borde de la barra y se alejó.
Los hombres que estaban en la barra se cambiaron al extremo opuesto, donde los aperitivos, y la conversación menguó.
–¡¿Qué cojones pasa aquí con la gente?! –gritó el señor James Malone–. Hablad, reíd, todos. Venga, va, ¡que si no os vuelo las puñeteras cejas! –Todos empezaron a hablar y a reír–. Eso está mejor –dijo James Malone, empalmando un chupito con otro.
Abrió de un empujón las puertas batientes de la cantina y con el viento resultante salió en tromba como un elefante a la calle vespertina, donde los demás hombres llegaban a caballo de la mina o de las montañas y ataban sus monturas a los amarraderos desgastados.
La barbería estaba al otro lado de la calle.
Antes de cruzar, comprobó sus relucientes pistolas azules, las olisqueó con su nariz roja y con el olor a pólvora, dijo: ¡Ah! Entonces vio una lata en el polvo talcoso y le disparó tres veces mientras cruzaba a zancadas, riendo, y todos los caballos de la calle brincaron con nerviosismo y amusgaron las orejas. Tras recargar de nuevo, abrió de una patada la puerta de la barbería y vio que estaba abarrotada. En las cuatro sillas de la barbería había clientes con espuma en la cara, esperando con una revista en las manos, y los espejos que tenían detrás repetían el confort y la espuma color crema y la pantomima de los eficientes barberos.
En un banco que ocupaba toda la pared, había otros seis hombres sentados, esperando a que los limpiaran de montaña y desierto.
–Siéntese –dijo uno de los barberos, levantando la mirada.
–Ahora mismo –dijo James Malone, y apuntó con su pistola a la primera silla–. Levante de ahí, caballero, o lo incrusto en la tapicería.
El hombre lo miró con sobresalto, luego con enfado, luego con aprensión desde detrás de su máscara de espuma, pero después de dudar un buen rato, se enderezó con dificultad, se limpió el blanco de la barbilla con el delantal, lo tiró al suelo, fue con los demás hombres que esperaban y se hizo un sitio a empujones.
James Malone resopló, rio, se sentó de un brinco en la silla de cuero negro y enfundó las dos pistolas.
–Yo nunca espero –dijo a nadie y a todos a la vez. Su mirada sobrevoló sus cabezas y se posó en el techo–. Si se vive como está mandado, no tienes que esperar por nada. ¡A estas alturas deberíais saberlo!
Los hombres miraron al suelo. El barbero carraspeó y le puso un delantal a James Malone. Las pistolas sobresalían, creando un par de tiendas de campaña blancas. Se oyó un chasquido nítido cuando hizo entrechocar los revólveres, para que todos supieran que estaban ahí, y señaló.
–Un completo –le dijo al barbero, sin mirarlo–. Primero me afeitas, que me pica todo y estoy de mala leche, luego me cortas el pelo. Vosotros, de derecha a izquierda, contad chistes. Que sean graciosos. Quiero que me entretengáis mientras me esquilan. Llevo meses sin entretenerme. Eh, usted, caballero, empiece.
El hombre al que había echado de su cómodo asiento se desentumeció despacio, miró de reojo a los demás y habló como si le hubieran dado un puñetazo en la boca.
–Una vez conocí a un hombre –dijo y, con una palabra tras otra, descolorido, se lanzó a contar una anécdota–. Ese hombre…
–Tú, escúchame –le dijo James Malone al barbero–, quiero que me afeites, quiero un afeitado perfecto. Pero tengo la piel de la cara muy fina y sin barba es una cara preciosa, y me he pasado mucho tiempo en las montañas y no he tenido suerte bateando oro, o sea que estoy de mala leche. Quiero advertirte de una cosita de nada. Como me hagas el más mínimo corte con la navaja, te mato. ¿Me has oído? Te juro que te mato. Como me hagas una gotita de sangre, te atravieso el corazón de un balazo. ¿Me has oído? –El barbero asintió sin decir palabra. Se hizo el silencio en la barbería. Nadie estaba contando chistes ni riendo–. Ni una gota de sangre, ni un cortecito, ojo –repitió el señor James Malone–, o un segundo después estarás muerto en el suelo.
–Soy un hombre casado –dijo el barbero.
–Me importa una mierda, como si eres mormón y tienes seis mujeres y cincuenta y siete niños. Hazme un rasguño y estás muerto.
–De hecho, tengo dos hijos –dijo el barbero–. Una niña pequeña muy guapa y un niño.
–No me vengas con esas –dijo Malone, recostándose y cerrando los ojos–. Empieza.
El barbero empezó a preparar las toallas calientes. Se las puso a James Malone en la cara y, desde debajo, el hombre soltó una palabrota, gritó y blandió las pistolas por debajo del delantal blanco. Cuando le quitaron las toallas calientes y le pusieron espuma en la barba, James Malone seguía mascullando blasfemias y amenazas, y los hombres se tensaron en el banco, descoloridos, con las pistolas apuntando hacia ellos. Los demás barberos casi habían dejado de moverse y parecían estatuas junto a los clientes en sus sillas, y hacía frío en la barbería pese a ser verano.
–¿Pasa algo con las anécdotas? –espetó James Malone–. Vale, pues a cantar. Vosotros cuatro, cantad algo tipo My Darling Clementine. Empezad. Ya me habéis oído.
El barbero estaba suavizando despacio la navaja con manos temblorosas.
–Señor Malone –dijo.
–Cierra la boca y a trabajar. –Con una mueca, Malone ladeó la cabeza.
El barbero suavizó la navaja un poco más y miró a los hombres allí sentados en el local. Carraspeó.
–Caballeros, ¿han oído todos lo que acaba de decirme el señor Malone? –Todos asintieron sin abrir la boca–. Han oído que ha amenazado con matarme –dijo el barbero–, si le hago una sola gota de sangre en la piel… –Los hombres asintieron otra vez–. ¿Y lo dirán bajo juramento en el juzgado, de ser necesario? –preguntó el barbero. Los hombres asintieron por última vez.
–Déjate de chorradas –dijo el señor James Malone–. Ponte a trabajar.
–Solo quería asegurarme –dijo el barbero, soltando el suavizador de cuero, que resonó al dar contra la silla. Levantó la navaja hacia la luz, y el metal frío resplandeció y centelleó. Echó hacia atrás la cabeza del señor Malone y pegó la navaja a la velluda garganta–. Empecemos por aquí –dijo–. Empecemos por aquí.
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