un encuentro literario
spanish
Hacía bastante tiempo que pasaba, pero puede que la primera vez que se fijó fuera la tarde de otoño que Charlie estaba sacando al perro y se encontró con ella, que volvía del supermercado. Llevaban un año casados, pero era raro que se cruzaran de aquella manera, como dos desconocidos.
–Dios, ¡qué alegría verte, Marie! –gritó él, cogiéndola del brazo con fervor. Había un resplandor en sus ojos oscuros y se llenaba los pulmones del aire cortante–. Dios, ¡ya no es una tarde perdida!
–Me alegro. –Lo miró en silencio mientras caminaban hacia su casa.
–Octubre –resopló él–. Señor, me encanta estar fuera este mes, comérmelo, respirarlo, oliéndolo. Sí, es un mes de locos, triste. Mira cómo incendia los árboles. El mundo arde en octubre; y te acuerdas de los muertos que no volverás a ver. –Le apretó la mano con fuerza.
–Un segundo. El perro quiere parar.
Esperaron en la oscuridad fría mientras el perro pegaba el hocico a un árbol.
–Dios, ¡huele ese incienso! –El marido se estiró–. Esta noche me siento alto, como si pudiera cruzar el mundo a zancadas, atrapar las estrellas, ¡despertar el rugido de los volcanes!
–¿Se te ha pasado el dolor de cabeza de esta mañana? –preguntó ella a media voz.
–Dios, sí, ¡y para no volver! ¡Quién se acuerda de un dolor de cabeza una noche como esta! ¡Escucha el frufrú de las hojas! ¡Escucha el viento en las copas de los árboles vacíos! Dios, sin embargo, es una época desolada, extraviada, y ¿adónde vamos nosotros, almas que vagan extraviadas por las aceras de ladrillo en las ciudades bulliciosas y los pueblecitos solitarios donde los trenes atruenan durante la noche? Me encantaría viajar esta noche, ay, viajar adonde sea, estar fuera, bebiéndome su bravura, ¡su triste dulzor!
–¿Qué tal si cogemos el tranvía a Chessman Park esta noche? Es un trayecto agradable –dijo ella, asintiendo.
Él levantó una mano para meterle prisa al perro lento.
–No, ¡me refiero a viajar de verdad! ¡Por puentes y colinas y fríos cementerios y más allá de aldeas recónditas en las que todas las luces están apagadas y nadie sabe que estás de paso en la noche por el resonante acero!
–Bueno, podríamos coger el North Shore hasta Chicago este fin de semana –propuso ella.
A oscuras, la miró con gesto apenado y apretó su manita fría con el poderío de la suya.
–No –dijo, con gran simplicidad–. No. –Dio media vuelta–. Vamos. A casa a darnos una comilona. Quiero tres filetes, ¡un ágape de glotón! Vino tinto raro, salsas suculentas y una fuente de cremosa sopa humeante, con un licor de sobremesa, y…
–Tenemos chuletas de cerdo y guisantes. –Abrió la puerta.
De camino a la cocina, lanzó su sombrero. Aterrizó sobre un ejemplar abierto de Del tiempo y el río, de Thomas Wolfe, que descansaba bajo el quinqué. Tras mirar a su marido, corrió a echar un ojo a las patatas.
Pasaron tres noches en las que él se sacudía violentamente en la cama cuando soplaba el viento. Miraba con un brillo intenso las ventanas que retumbaban con la tormenta otoñal. Luego, se relajó.
La noche siguiente, cuando su mujer volvió de recoger varias sábanas del tendedero, lo encontró hundido en la silla de su biblioteca, con un cigarrillo colgándole del labio inferior.
–¿Una copa? –dijo.
–Sí –dijo ella.
–¿Qué?
–¿Cómo que qué? –preguntó ella.
–Qué quieres –dijo él.
–Whisky –dijo.
–¿Soda? –dijo él.
–Sí. –Notó que su rostro adquiría una expresión vacía, como la de él.
Su marido se encorvó delante del mueble, sacó un par de vasos grandes como jarrones y empezó a rellenarlos someramente.
–¿Bien? –le dio el suyo. Ella lo miró.
–Perfecto.
–¿Cena? –La miró fríamente desde detrás de su copa.
–Filete.
–¿Patatas asadas? –Sus labios eran una línea fina.
–Sí.
–Buena chica. –Rio un poco, sombríamente, vaciando la copa en su boca rígida, con los ojos cerrados.
Ella levantó su copa.
–Suerte.
–Y que lo digas. –Lo pensó con gesto furtivo, mirando a su alrededor.
–¿Otra?
–Por qué no –dijo ella.
–Buena chica –dijo–. Buena niña.
Le echó soda en el vaso. Sonó como si un extintor se hubiese activado en aquel silencio. Retrocedió para dejarse caer como un niño pequeño en su inmensa silla de la biblioteca. Justo antes de sumirse en un ejemplar de El halcón maltés, de Dashiel Hammett, balbució:
–Avísame.
Ella hizo girar despacio el vaso que tenía en la mano, que parecía una tarántula blanca.
–Oído –dijo.
Estuvo observándolo durante otra semana. Se vio frunciendo el ceño la mayor parte del tiempo. Varias veces tuvo ganas de gritar.
Una noche, mientras lo observaba, su marido se sentó a cenar y dijo:
–Señora, esta noche está usted absolutamente radiante.
–Gracias –le pasó el maíz.
–Hoy en la oficina ha acontecido algo de lo más extraordinario –dijo–. Un caballero llamó para verificar mi estado de salud. «Señor», le dije educadamente. «Me hallo en un equilibrio excelente, y no preciso sus servicios». «Pero, señor», dijo él, «soy agente de no sé qué compañía de seguros, y me gustaría poner a su disposición esta espléndida y absolutamente intachable póliza». En fin, tuvimos una conversación bastante agradable y, como resultado, desde esta noche, soy el orgulloso titular de un nuevo seguro de vida, indemnización doble incluida, que la protege a usted bajo cualquier circunstancia, querida dama y amor de mi vida.
–Qué majo –dijo ella.
–Puede que le alegre saber –dijo– que, durante los últimos días, desde el pasado martes, me he familiarizado y encandilado con la inteligente y certera prosa de un tal Samuel Johnson. Voy justo por la mitad de su Vida de Alexander Pope.
–Lo he deducido por tu conducta –dijo ella.
–¿Eh? –Levantó el tenedor y el cuchillo con gesto educado.
–Charlie –dijo ella, con cierta tristeza–. ¿Podrías hacerme un favor?
–Lo que sea.
–Charlie, ¿te acuerdas de cuando nos casamos, hace un año?
–Pues claro; ¡de cada dulce y singular instante de nuestro cortejo!
–Bien, Charlie, ¿recuerdas qué libros estuviste leyendo durante nuestro cortejo?
–¿Tiene importancia, querida?
–Mucha.
Se puso a ello con el ceño fruncido.
–No lo recuerdo –reconoció por fin–. Pero trataré de hacer memoria durante la velada.
–Eso espero –lo apremió ella–. Porque, en fin, porque me gustaría que volvieras a leer esos libros, fueran los que fueran, los libros que leías cuando nos conocimos. En esa época tu conducta me llevaba en volandas. Pero últimamente, has cambiado.
–¿Cambiado? ¿Yo? –Se apartó como ante una corriente de aire frío.
–Ojalá volvieras a leer esos libros –repitió.
–Pero ¿por qué esa petición?
–Ay, por que sí.
–Un razonamiento típicamente femenino. –Se dio una palmada en la rodilla–. Pero intentaré complacerla. En cuanto lo recuerde, leeré esos libros de nuevo.
–Y, Charlie, otra cosa, prométeme que los leerás todos los días durante el resto de tu vida.
–Sus deseos, señora mía, son órdenes. Por favor, páseme la sal.
Pero no recordaba los títulos de los libros. La larga tarde tocó a su fin y ella se miró las manos, mordiéndose los labios.
En cuanto dieron las ocho, su mujer se levantó de un salto, gritando.
–¡Ya me acuerdo!
En cuestión de segundos, estaba en el coche, conduciendo por calles oscuras en dirección al pueblo, a una librería en la que, entre risas, compró diez libros.
–¡Gracias! –dijo el librero–. ¡Buenas noches! –La puerta se cerró de golpe con un tintineo de campanillas.
Charlie leía cada noche hasta tarde, a veces se acostaba dando tumbos, ciego de literatura, a las tres de la madrugada.
Ahora, a las diez en punto, antes de acostarse, Marie se escabulló a la biblioteca, dejó los diez libros al lado de Charlie sin hacer ruido y salió de puntillas.
Lo observó a través de la cerradura de la biblioteca, con el corazón desbocado. De puro frenesí.
Un rato después, Charle levantó la vista hacia la mesa. Parpadeó ante los libros nuevos.
Con reticencias, cerró el ejemplar de Samuel Johnson y se quedó allí sentado.
–Venga –susurró Marie a través de la cerradura–. ¡Venga! –Su respiración era entrecortada.
Charlie se humedeció los labios y luego, despacio, alargó el brazo.
Tras coger uno de los libros, lo abrió, se acomodó y empezó a leer.
Canturreando en voz baja, Marie se fue a la cama.
A la mañana, Charlie entró a brincos en la cocina con un grito de alegría.
–¡Hola, preciosa mujer! ¡Hola, criatura adorable, maravillosa, cariñosa y comprensiva que vive en este mundo grande y asombroso!
Ella lo miró feliz.
–¿Saroyan? –dijo.
–¡Saroyan! –gritó él, y desayunaron.