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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

un hombre muerto

spanish

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–Es ese, ese de allí –dijo la señora Ribmoll, señalando con un gesto de la cabeza hacia el otro lado de la calle–. Fijaos en aquel hombre encaramado al barril de alquitrán delante de la casa del señor Jenkins, ese es Raro Martin.
Raro Martin.
–¿El que dice que está muerto? –gritó Arthur.
La señora Ribmoll asintió.
–Más loco que una comadreja en el tiro de una chimenea. Va por ahí todo convencido diciendo que lleva muerto desde la riada y que nadie se ha dado cuenta.
–Lo veo ahí sentado todos los días –gritó Arthur.
–Pues sí, ahí se sienta, sí. Ahí se sienta a mirar a la nada. Clama al cielo que no lo hayan metido ya en la cárcel, vamos, digo yo.
Arthur hizo una mueca a aquel hombre.
–¡Bu!
–Descuida, va a pasar de ti. Es el hombre más maleducado que he visto en mi vida. No se contenta con nada–. Tiró del brazo de Arthur–. Venga, hijo, que tenemos que hacer la compra.
Siguieron calle arriba y pasaron por delante de la barbería. En el escaparate, una vez lo dejaron atrás, apareció el señor Simpson, recortando el aire con sus tijeras azules y mascando su chicle. Entrecerró los ojos a conciencia para ver mejor a través del cristal salpicado de moscas, sin apartar la vista del hombre sentado en el barril de alquitrán.
–Supongo que lo mejor que podría pasarle a Raro Martin es que se casara –supuso.
En sus ojos había un brillo pícaro. Miró hacia su manicura, la señorita Weldon, que estaba atareada cepillando las uñas mugrientas de un granjero llamado Gilpatrick. La señorita Weldon no levantó la mirada ante aquella suposición. La oía a menudo. No paraban de darle la tabarra con Raro Martin.
El señor Wilson dio media vuelta y siguió ocupándose del pelo polvoriento de Gilpatrick. Gilpatrick rio entre dientes.
–¿Y qué mujer querría casarse con Raro? A veces creo que sí que está muerto. Del pestazo que lleva encima. –La señorita Weldon miró a la cara al señor Gilpatrick y, cuidadosamente, le hizo un corte en un dedo con uno de sus pequeños escalpelos–. ¡Me cago en la leche! ¡Pon más atención, mujer!
La señorita Weldon lo miró con los ojillos azules y calmos de su pequeña cara blanca. Tenía el pelo castaño; no llevaba maquillaje y la mayoría de las veces no hablaba con nadie.
El señor Wilson soltó una risotada y siguió mondando con sus tijeras azules.
–Ya, ya, ya. –Así se reía–. La señorita Weldon sabe lo que hace, Gilpatrick. Y ándese con ojo. La señorita Weldon le regaló un frasco de colonia a Raro Martin la pasada Navidad. Para que disimulara el olor. –La señorita Weldon soltó sus instrumentos–. Perdone, señorita Weldon –se disculpó el señor Wilson–. No lo diré más.
A regañadientes, cogió de nuevo su instrumental.
–¡Eh, ahí va otra vez! –gritó uno de los cuatro hombres que esperaban en la peluquería. El señor Wilson se giró y a punto estuvo de llevarse por delante la oreja rosa de Gilpatrick de un tijeretazo–. ¡Venid a ver, muchachos!
Al otro lado de la calle, el sheriff salió por la puerta de su oficina a ver qué estaba pasando, a ver qué estaba haciendo Raro Martin.
Todos salieron corriendo de todas las tiendecitas. El sheriff llegó y bajó la mirada hacia la cuneta.
–Venga, Raro Martin, venga –exclamó. Con sus botas relucientes dio unos puntapiés a la cuneta–. Venga, levanta. No estás muerto. Estás mejor que yo. ¡De frío te vas a morir ahí con todos esos envoltorios de chicle y esas colillas! ¡Venga, levanta!
El señor Simpson llegó a la escena y vio a Raro Martin allí tirado.
–Parece un cartón de leche.
–Está quitando buenas plazas de aparcamiento, que es viernes por la mañana –se quejó el sheriff–. Mucha gente necesita el espacio. Venga ya, Raro. Hum. En fin, echadme una mano, muchachos. –Tendieron el cuerpo en la acera–. Dejadlo ahí –sentenció el sheriff, girando sobre los talones de sus botas–. Dejadlo ahí hasta que se canse de estar tumbado. Lo ha hecho un millón de veces. Le gusta darse pisto. ¡Largo, niños!
Mandó a un puñado de niños en desbandada con un escupitajo de tabaco.
De regreso a la barbería, el señor Wilson miró a su alrededor.
–¿Dónde se ha metido la señorita Weldon? Hum. –Se asomó al escaparate–. Allí está, otra vez sacudiéndole la ropa y él ahí tirado. Arreglándole el abrigo y abotonándoselo. Ya vuelve. Que nadie se meta con ella, que se enfada.
El reloj de la barbería marcó las doce en punto y luego la una y luego las dos y luego las tres. Al señor Wilson no se le escapó ninguna.
–Me juego lo que queráis a que Raro Martin se queda ahí tirado hasta las cuatro –dijo.
–Seguro que se queda ahí hasta las cuatro y media –dijo otro.
–La última vez –tijeretazos al aire– se quedó ahí cuatro horas. Hoy hace bueno. Igual se echa la siesta hasta las cinco. Yo digo las cinco. A ver esos billetes, caballeros, igual se queda más.
Juntaron el dinero y lo pusieron en una estantería al lado de los ungüentos capilares.
Uno de los más jóvenes se puso a tallar un palo con su navaja.
–Es curioso cómo bromeamos con Raro. En realidad, le tenemos miedo. O sea, no queremos creer que está muerto de verdad. No nos atrevemos a creérnoslo. Nunca lo superaríamos si supiéramos que es verdad. Por eso nos reímos de él. Permitimos que se quede por ahí tirado. No hace daño a nadie. Se queda ahí y ya está. Pero me he fijado en que el doctor Hudson nunca ha auscultado el corazón de Raro con su estetoscopio. Seguro que tiene miedo de lo que podría encontrarse.
–¡Miedo de lo que podría encontrarse!
Risas. Simpson rio mientras tijereteaba. Dos hombres con barbas costrosas rieron, demasiado fuerte quizás. Las risas no duraron mucho.
–¡Mira que eres gracioso! –dijeron todos, dándose manotazos en sus rodillas magras.
La señorita Weldon siguió con la manicura de su cliente.
–¡Se está levantando!
Hubo una estampida hacia el escaparate para ver cómo Raro Martin se ponía de pie.
–Se ha apoyado sobre una rodilla, y ahora sobre la otra, y ahora alguien está echándole una mano.
–Es la señorita Weldon. Se ha acercado corriendo, ya te digo.
–¿Qué hora es?
–Las cinco. ¡Pagadme, muchachos!
–La señorita Weldon tampoco está bien de la mollera. Va por el mismo camino que Raro.
Simpson seguía con sus tijeras.
–Al ser huérfana, tiende a ser callada. Le gustan los hombres que hablan poco. Y Raro apenas abre la boca. Justo lo contrario que nosotros, que somos unos brutos, ¿eh, chicos? Hablamos demasiado. A la señorita Weldon no le gusta cómo hablamos.
–Ahí van los dos, la señorita Weldon y Raro Martin.
–Oye, Simp, descárgame un poquito más por las orejas, hazme el favor.
Brincando calle abajo mientras hacía rebotar una pelota roja de goma, apareció Charlie Bellows, con el flequillo de su pelo rubio cayéndole sobre los ojos azules. Hacía rebotar la pelota distraídamente, con la lengua entre los labios, y la pelota fue a parar bajo los pies de Raro Martin, que se había sentado de nuevo en el barril de alquitrán. Dentro del colmado, la señorita Weldon estaba haciendo la compra para la cena, metiendo latas de sopa y de verduras en una cesta.
–¿Puedo coger la pelota? –preguntó el pequeño Charlie Bellows hacia lo alto del metro noventa que medía Raro Martin. No había nadie que pudiera oírlos.
–¿Puedes coger la pelota? –dijo Raro Martin, con voz entrecortada. Parecía que estuviese haciéndola girar mentalmente. Sus serenos ojos grises dieron forma a Charlie como uno daría forma a una bola de arcilla–. Puedes coger tu pelota, sí, cógela.
Charlie se agachó despacio, cogió la pelota de goma roja y brillante y se levantó despacio, con sigilo en la mirada. Miró hacia el norte y hacia el sur y luego el huesudo rostro marrón pálido de Raro.
–Sé una cosa.
Raro Martin bajó la mirada.
–¿Sabes una cosa?
Charlie se inclinó hacia delante.
–Usted está muerto. –Raro Martin no se movió–. Está muerto de verdad –susurró el pequeño Charlie Bellows–. Pero yo soy el único que sabe que es verdad. Yo le creo, señor Raro. Una vez lo intenté. O sea, morirme. Cuesta. Es trabajoso. Me quedé una hora tumbado en el suelo. Pero parpadeé y, como me picaba la barriga, me la rasqué. Luego… Lo dejé. ¿Por qué? –Se miró los zapatos–. Porque tenía que ir al baño.
Una sonrisa compresiva se formó despacio en la carne pálida del rostro alargado y huesudo de Raro Martin.
–Es trabajoso. No es fácil.
–A veces pienso en usted –dijo Charlie–. Lo veo pasar por delante de mi casa de noche. A veces a las dos de la mañana. A veces a las cuatro. Me despierto y sé que está ahí fuera dando vueltas. Sé que tengo que mirar y lo hago, y, caray, ahí está, andando de acá para allá. Sin ir a ninguna parte.
–No hay adónde ir. –Raro seguía allí sentado, con sus manazas cuadradas y callosas en las rodillas–. Intento pensar en un…, lugar…, al que ir. –Cada vez más despacio, como un caballo ante un pitbull–… Pero cuesta pensar. Lo intento y…, lo intento. A veces casi sé qué hacer, adónde ir. Luego se me olvida. Una vez se me ocurrió ir al médico para que certificara mi muerte, pero por algún motivo… –Su voz era lenta, ronca y baja–. No llegué a la consulta.
Charlie lo miraba fijamente.
–Si quiere, yo le acompaño.
Raro Martin miró el sol poniente sin ninguna prisa.
–No. Estoy cansadísimo, pero… Esperaré. Nadie ha llegado hasta aquí, siento curiosidad por saber qué va a pasar. Después de que la riada arramblara con mi granja y mi ganado y me sumergiera igual que a un pollo en un cubo, me llené de agua como uno llenaría un termo, y aun así, salí de la riada por mi propio pie. Pero supe que estaba muerto. De madrugada, me quedaba acostado en mi cuarto, escuchando, pero no notaba el pulso en los oídos ni en mi pecho ni en mis muñecas, y eso que me quedaba más quieto que un grillo con frío. Dentro no tengo más que oscuridad, relajación y cierta comprensión. Pero tiene que haber un motivo para que siga caminando. Quizás sea porque morí joven. Solo tenía veintiocho años, y no me había casado todavía. Aquí estoy, hago alguna que otra chapuza por el pueblo, ahorro lo que gano, porque nunca como, copón, no puedo comer, y a veces me desanimo tanto y me quedo tan desconcertado que me tumbo en la cuneta con la esperanza de que me metan en una caja de pino y me entierren de una vez por todas. Pero, al mismo tiempo… No quiero que suceda. Sé que cada vez que la señorita Weldon pasa por mi lado y veo cómo el viento juega con su pelo como con una pluma marrón… –Y con un suspiro guardó silencio.
Charlie Bellows esperó un minuto por educación, luego carraspeó y salió disparado, botando su pelota.
–¡Nos vemos!
Raro miró fijamente el lugar en el que había estado Charlie. Cinco minutos después, parpadeó.
–¿Eh? ¿Hay alguien? ¿Ha hablado alguien?
La señorita Weldon salió del colmado con una cesta llena de comida.
–¿Te apetece acompañarme, Raro?
Caminaron juntos en un silencio relajado, ella con cuidado de no caminar demasiado deprisa, porque él desplazaba las piernas con mucha cautela. El viento no dejó de susurrar en los cedros, los olmos y los arces durante todo el camino. Varias veces separó los labios y la miró de reojo, y luego cerraba la boca con fuerza y miraba al frente, como si tuviera los ojos fijos en algo que estaba a millones de kilómetros de allí.
–¿Señorita Weldon? –dijo por fin.
–Dime, Raro.
–He estado ahorrando mucho. Tengo una cantidad bastante aceptable. Apenas gasto nada y…, le sorprendería –dijo, con toda sinceridad–. Tengo unos mil dólares. Quizás más. A veces lo cuento y me canso y dejo de contar. Y… –De repente, pareció perplejo y un poco enfadado con ella–. ¿Por qué le gusto, señorita Weldon? –quiso saber.
Ella pareció un poco sorprendida, luego le sonrió. El cariño con que lo miró pareció casi infantil.
–Porque eres callado. Porque no eres gritón ni ruin como esos hombres de la barbería. Porque estoy sola, y has sido amable. Porque eres la primera persona a la que he gustado. Los demás, ni siquiera me miran. Dicen que no sé pensar. Dicen que soy estúpida, porque no terminé la primaria. Pero estoy muy sola, Raro, y hablar contigo significa muchísimo para mí. –Él cogió su manita blanca, la estrechó–. Ojalá pudiéramos hacer algo con el modo en que te habla la gente. No quiero parecer ruin, Raro, pero si dejaras de decirle a la gente que estás muerto…
Él se detuvo.
–Así que tú tampoco me crees –dijo, distante.
–Raro, tú estás «muerto» porque no tienes una mujer que te cocine bien, porque te falta amor, una vida decente. A eso te refieres con lo de «muerto», ¡a nada más!
Los ojos de Raro Martin eran intensos, extraviados.
–¿Me refiero a eso? –Vio su rostro ansioso, brillante–. Sí, a eso me refiero. Supongo que tienes razón. A eso me refiero.
Sus pasos solitarios se acompasaron, arrastrados en el viento, como hojas flotando, y la noche se hizo más oscura y más suave y aparecieron las estrellas.
Aquella noche, sobre las nueve, había dos chicos y dos chicas debajo de una farola. A lo lejos, al final de la calle, alguien caminaba despacio, en silencio, solo.
–Ahí está –dijo uno de los chicos–. Pregúntaselo tú, Tom.
Tom frunció el ceño, incómodo. Las chicas se rieron de él.
–Venga, vale, pero ven conmigo –dijo Tom.
El viento agitaba los árboles a derecha e izquierda, arrancando hojas sueltas y en grupos que al caer pasaban junto a la cabeza de Raro Martin a medida que se acercaba.
–¿Señor Raro? Oiga, ¿señor Raro?
–¿Eh? Ah, hola.
–Nos…, esto, o sea –farfulló Tom, mirando a su alrededor en busca de apoyos–. Nos gustaría saber si, en fin, ¡queremos invitarlo a nuestra fiesta!
Un minuto después, tras mirar su cara limpia y con aroma a jabón y al ver la bonita chaqueta azul que llevaba su novia de dieciséis años, Raro Martin respondió a Tom.
–Gracias. Pero creo que no. Igual me olvido de ir.
–No, seguro que no –insistió Tom–. Esta no se le va a olvidar, ¡porque es Halloween!
Una de las chicas tiró a Tom del brazo.
–No, Tom –siseó–. No. Por favor. No nos sirve, Tom. Si casi no da miedo.
Tom se zafó de ella.
–Yo me encargo de esto.
–No, por favor –suplicó la chica–. Solo es un viejo sucio. Bill puede ponerse cera de vela en los dedos y esa horrible dentadura postiza y unas marcas de tiza verde debajo de los ojos y hacer que nos caguemos de miedo. No lo necesitamos… –E hizo un gesto hacia Raro con su ingobernable cabeza.
Raro Martin no se movió. Estuvo oyendo el viento en las altas copas de los árboles unos diez minutos antes de darse cuenta de que los jóvenes se habían ido. Una risita seca surgió de su boca como un guijarro. Niños. Halloween. Si casi no da miedo. Bill lo haría mejor. Un viejo. Saboreó la risa y le pareció extraña y amarga.
A la mañana siguiente, el pequeño Charlie Bellows lanzaba su pelota contra la fachada de la tienda, la cogía y la lanzaba otra vez. Oyó que alguien canturreaba a su espalda, se giró.
–Ah, hola, señor Raro.
Raro Martin siguió caminando, con billetes verdes entre los dedos, contándolos. Se detuvo de repente. Sus ojos se vaciaron de expresión.
–¡Charlie! –gritó–. ¡Charlie! –Sus manos buscaron a tientas.
–¡Sí, señor Raro!
–Charlie, ¿adónde iba? ¿Adónde iba? ¡Iba a alguna parte a comprarle algo a la señorita Weldon! ¡Ven, Charlie, ayúdame!
–Sí, señor Raro.
Charlie corrió y se puso a su sombra.
Apareció una mano, con dinero, setenta dólares.
–Charlie, corre a comprar un vestido para…, la señorita Weldon.
Su mente iba a tientas, aferrándose, sujetándose, batallando contra una telaraña de olvido. Había terror, anhelo y miedo puro en su rostro.
–No recuerdo el sitio, ay, Dios, ayúdame a recordar. Un vestido y un abrigo, para la señorita Weldon, en…, en…
–¿En Almacenes Krausmeyer? –preguntó Charlie, al rescate.
–¡No!
–¿En Fieldman?
–¡No!
–¿En Leiberman?
–¡En Leiberman! ¡Eso es! Toma, toma, Charlie, toma, corre a…
–A Lieberman.
–… Y compra un vestido nuevo para…, la señorita Weldon, y un abrigo. Un vestido verde con rosas amarillas estampadas. Ve a por todo y tráemelo. Ah, Charlie, espera.
–¿Sí, señor Raro?
–Charlie, ¿crees que podría lavarme en tu casa? –preguntó Raro en voz baja–. Necesito un… Baño.
–Caray, no sé, señor Raro. Mis padres son quisquillosos. No sé.
–No pasa nada, Charlie. Lo comprendo. ¡Corre!
Charlie corrió todo lo que pudo, con el dinero en la mano. Pasó corriendo junto a la barbería. Asomó la cabeza. El señor Simpson dejó de recortar el pelo del señor Trumbull y lo fulminó con la mirada.
–¡Eh! –gritó Charlie–. ¡Raro Martin estaba canturreando una melodía!
–¿Qué melodía? –preguntó el señor Simpson.
–Algo así –dijo Charlie, y la tarareó.
–¡La madre del cordero! –bramó el señor Simpson–. ¡Por eso la señorita Weldon no ha venido a hacer la manicura esta mañana! ¡Esa melodía es la marcha nupcial!
Charlie echó a correr. ¡El acabose!
Gritos, risas, ruido de agua chapoteando, parloteo. El fondo de la barbería se llenó de vaho. Se turnaron. Primero, el señor Simpson cogió un cubo de agua caliente y se lo vació por encima a Raro Martin que, en la bañera, no dijo nada, se quedó sentado sin más, y luego el señor Trumbull frotó la espalda pálida de Raro Martin con un gran cepillo y un montón de jabón, y, de vez en cuando, Shorty Phillips rociaba a Raro con un chorrito de agua de colonia. Todos reían y correteaban entre el vaho.
–Te casas, ¿eh, Raro? ¡Enhorabuena, chaval! –Más agua–. Siempre he dicho que esto era lo que te hacía falta –rio el señor Wilson, lanzándole al pecho un chorro de agua, esta vez fría. Raro Martin fingió que ni siquiera había sentido el contraste–. ¡Lo bien que vas a oler ahora!
Raro seguía allí sentado.
–Gracias. Muchas gracias por todo. Gracias por ayudarme. Gracias por el baño. Lo necesitaba.
Simpson rio con una mano en alto.
–De nada, Raro, a mandar.
–¿Os los imagináis casados? –susurró alguien tras el telón de vaho–. ¡Un idiota casado con una imbécil!
Simpson frunció el ceño.
–¡Silencio ahí atrás!
Charlie entró corriendo.
–¡Aquí tiene el vestido verde, señor Raro!
Una hora después, tenían sentado a Raro Martin en la silla de la barbería. Alguien le había prestado unos zapatos nuevos. El señor Trumbull estaba abrillantándoselos vigorosamente, guiñando un ojo a todo el mundo; mientras, el señor Simpson cortaba el pelo a Raro Martin, y no iba a cobrarle.
–No, no, considéralo mi regalo de bodas. Sí, señor. –Y escupió. Luego le roció todo el pelo con agua de rosas–. Hala. ¡Luz de luna y rosas!
Raro Martin miró a su alrededor.
–No le contéis a nadie lo de la boda hasta mañana –suplicó–. La señorita Weldon y yo queremos casarnos sin que el pueblo entero se ría de nosotros. ¿Entendido?
–Caray, descuida, Raro –dijo Simpson, rematando el trabajo–. Callados como tumbas. ¿Dónde vais a vivir? ¿Vas a comprar una granja nueva?
–¿Una granja? –Raro Martin bajó de la silla. Alguien le había prestado un bonito abrigo nuevo y alguien le había planchado los pantalones. Tenía buen aspecto–. Sí, ahora voy a comprar la tierra. Tendré que pagar un poco más, pero merece la pena. Un poco más. Venga, vamos, Charlie Bellows. –Fue hacia la puerta–. He comprado una casa en las afueras del pueblo. Y ahora tengo que ir a hacer el pago. Vamos, Charlie.
Simpson lo detuvo.
–¿Cómo es? No tenías mucho dinero, no has podido permitirte gran cosa.
–No –dijo Raro–, tienes razón. Es una casa pequeña. Pero servirá. Unos paisanos la construyeron hace un tiempo, luego se mudaron al este, no sé dónde, la vendían por solo quinientos dólares, así que la he comprado. La señorita Weldon y yo nos mudaremos allí esta noche, después de casarnos. Pero no se lo digáis a nadie hasta mañana, por favor.
–Descuida, Raro. Descuida.
Raro Martin se fue con el sol de las cuatro en punto, Charlie a su lado, y los hombres de la barbería se sentaron, riendo.
Fuera, el viento suspiraba, y el sol descendió poco a poco y continuó el tijereteo, con los hombres sentados en corrillo, riendo y hablando…
A la mañana siguiente, durante el desayuno, el pequeño Charlie Bellows estaba sentado a la mesa, comiéndose sus cereales con aire pensativo. Su padre dejó el periódico doblado en la mesa y miró a su madre.
–En el pueblo no paran de hablar de la desaparición de Raro Martin y la señorita Weldon –dijo su padre–. La gente los está buscando y no los encuentran.
–Bueno –dijo su madre–, he oído que Raro compró una casa.
–Yo también –dijo su padre–. Esta mañana he llamado a Carl Rogers. Dice que no le ha vendido ninguna casa a Raro Martin. Y Carl es el único agente inmobiliario del pueblo.
Charlie Bellows tragó una cucharada de cereales. Miró a su padre.
–Qué va, no es el único agente inmobiliario del pueblo…
–¿A qué te refieres?
–A nada, pero ayer me asomé a la ventana a medianoche y vi algo.
–¿Qué viste?
–Había luna llena. ¿Y sabéis lo que vi? Pues vi a dos personas subiendo por la calle Elm Grade. Un hombre y una mujer. Un hombre con un abrigo oscuro nuevo y una mujer con un vestido verde. Caminaban muy despacio. Cogidos de la mano. –Charlie cogió aire–. Eran el señor Raro y la señorita Weldon. Y en esa dirección de Elm Grade no hay ninguna casa. Solo el cementerio de Trinity Park. Tienen una oficina en el pueblo. Como he dicho, el señor Rogers no es el único agente inmobiliario del lugar. Así que…
–Bah –resopló su padre, irritado–, ¡lo has soñado!
Charlie agachó la cabeza hacia los cereales y miró por el rabillo del ojo.
–Sí, papá –dijo por fin, con un suspiro–. Lo he soñado.
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