un remedio para la melancolía (¡desvelado el fabuloso antídoto!)
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–Que traigan unas sanguijuelas; hay que sangrarla –dijo el doctor Gimp.
–¡No le queda sangre! –gritó la señora Wilkes–. Ay, doctor, ¿qué tiene nuestra Camillia?
–No está bien.
–¿Sí, sí?
–Está pachucha. –El buen médico frunció el ceño.
–¡Siga, siga!
–Es el débil pábilo de una vela, sin duda.
–Ay, doctor Gimp –protestó el señor Wilkes–. ¡Se va usted diciéndonos lo mismo que le hemos dicho nosotros cuando ha llegado!
–¡No, más! Denle estas pastillas al amanecer, a mediodía y al atardecer. ¡Es un remedio fabuloso!
–¡Pero si ya la hemos atiborrado de remedios fabulosos, maldita sea!
–¡Nanay! Y antes de irme, señor, es un chelín.
–¡Pues váyase y salude al diablo de mi parte! –El señor Wilkes plantó la moneda en la mano del médico.
Con lo cual, el médico, resollando, tras esnifar rapé y estornudar, se perdió a zancadas por las bulliciosas calles de Londres una mañana húmeda de la primavera de 1762.
El señor y la señora Wilkes se volvieron hacia la cama en la que yacía una Camillia pálida y delgada, sí, pero no por ello menos hermosa, con sus grandes ojos húmedos y lilas, su pelo un torrente de oro sobre la almohada.
–Ay –lloraba casi–. ¿Qué va a ser de mí? Desde el principio de la primavera, hace tres semanas, he sido un fantasma en el espejo; me da miedo. Pensar que voy a morir antes de cumplir los veinte.
–Niña –dijo su madre–. ¿Qué te duele?
–Los brazos. Las piernas. El pecho. La cabeza. Cuántos médicos me han puesto del derecho y del revés como a un pollo en un asador, ¿seis? Se acabó. Por favor, dejad que me vaya intacta.
–¡Qué enfermedad tan horrible y misteriosa! –dijo la madre–. Ay, ¡haga algo, señor Wilkes!
–¡¿El qué?! –preguntó el señor Wilkes, con enfado–. ¡No quiere ver al médico, ni al boticario ni al cura! ¡Y por mí estupendo! ¡Me han desplumado! ¡¿Corro a la calle a por el deshollinador?!
–Sí –dijo una voz.
–¿Qué? –Los tres se volvieron a mirar.
Habían olvidado del todo al hermano pequeño, Jamie, de pie junto a la ventana hurgándose los dientes, observando tranquilamente la llovizna y el estrepitoso rumor de la ciudad.
–Hace cuatrocientos años –dijo serenamente–, lo probaron y funcionó. No traiga al deshollinador, no, no. Pero llevemos a Camillia, con catre y todo, abajo y dejémosla fuera, delante del portón.
–¿Cómo? ¿Para qué?
–En una hora escasa –los ojos de Jaime brincaban, contando–, han pasado por nuestra verja mil personas. En un día, pasan a caballo, a la carrera o con parsimonia veinte mil personas. Todas podrán auscultar a mi desvanecida hermana, todas le contarán los dientes, le tirarán de las orejas y todas, ojo, ¡tendrán un remedio fabuloso que ofrecerle!
–Ah –dijo la señora Wilkes, pasmada.
–¡Padre! –dijo Jamie, conturbado–. ¿Ha conocido algún hombre que no creyera que la Materia Medica la ha escrito él personalmente? ¿Este ungüento verde para la garganta irritada, tal bálsamo de buey para la miasma o la hinchazón? Ahora mismo, se nos están escapando diez mil pretendidos boticarios, ¡cuánta sabiduría perdida!
–Jamie, hijo, ¡eres incorregible!
–¡Ya basta! –dijo la señora Wilkes–. No pienso exhibir a mi hija ni en esta calle ni en ninguna…
–¡Hale, mujer! –dijo el señor Wilkes–. ¿Camillia se derrite como la nieve y tú dudas de si sacarla de este cuarto tórrido? ¡Venga, Jamie, arriba esa cama!
–¿Camillia? –La señora Wilkes se volvió hacia su hija.
–Por qué no morir al aire libre –dijo Camillia–, donde la brisa fresca pueda agitar mis rizos mientras yo…
–¡Paparruchas! –dijo el padre–. No vas a morir. ¡Jamie, arriba! ¡Ja! ¡Listo! ¡Quita de en medio, mujer! Arriba, muchacho, ¡levanta más!
–Ah –gritó Camillia, débilmente–. Estoy volando, ¡volando…!
De repente, el cielo se abrió azul sobre Londres. La población, sorprendida por el cambio de tiempo, se echó corriendo a la calle, ansiosa por ver, por hacer, por comprar algo. Los ciegos cantaban, los perros correteaban, los bufones renqueaban y tropezaban, los niños jugaban a la rayuela y arrojaban pelotas como si estuviesen en carnaval.
En medio de todo aquello, al trote, con las venas de la frente a reventar, Jamie y el señor Wilkes cargaban con Camillia como una mujer papa que flotara en la berlina que era su catre, con los ojos fuertemente cerrados, rezando.
–¡Cuidado! –gritaba el señor Wilkes–. ¡Ay, se ha muerto! No. Nada. Bájala. Despacito…
Y por fin apoyaron la cama contra la fachada de la casa para que el río humano que discurría cerca pudiera contemplar a Camillia, una gran muñeca pálida expuesta a pleno sol como si de un premio se tratase.
–Muchacho, trae pluma, tinta y papel –dijo el padre–, para anotar los síntomas de los que me hablen y los remedios que se me ofrezcan hoy. Esta noche nos haremos una idea general. Venga…
Pero un hombre que pasaba ya se había fijado en Camillia con verdadero interés.
–¡Está enferma! –dijo.
–Ah –dijo el señor Wilkes, con alegría–. Ya empieza. La pluma, muchacho. Venga. ¡Vamos, chico!
–No se encuentra bien. –El hombre frunció el ceño–. Está pachucha.
–Está pachucha… –Escribió el señor Wilkes, y se detuvo de golpe–. ¿Señor? –Levantó la mirada con suspicacia–. ¿Es usted médico?
–Sí, señor.
–¡Ya decía yo que me sonaban esas palabras! Jamie, coge mi bastón, ¡échalo de aquí! Venga, señor, ¡largo!
El hombre huyó a la carrera, maldiciendo, sumamente exasperado.
–No se encuentra bien, está pachucha… ¡Bah! –lo imitó el señor Wilkes, pero se detuvo. Porque una mujer, alta y demacrada como un espectro recién salido de su tumba, estaba señalando con un dedo a Camillia Wilkes.
–Vapores –entonó.
–Vapores –escribió el señor Wilkes, encantado.
–Flujo pulmonar –salmodió la mujer.
–Flujo pulmonar –escribió el señor Wilkes, radiante–. Bueno, esto está mejor.
–Hace falta un remedio para melancólicos –dijo la pálida mujer–. ¿Tiene en casa momia molida para elaborar la medicina? Las mejores momias son las egipcias, las árabes, las de Hirasphatos y las libias, todas muy útiles para los desórdenes magnéticos. Pregunte por mí, la gitana, en Flodden Road. Vendo amomo, frankincienso en roca…
–Flodden Road, amomo… ¡Más despacio, mujer!
–Opobálsamo, valeriana póntica…
–¡Espera, mujer! Opobálsamo, ¡sí! Jamie, ¡detenla!
Pero la mujer, tras enumerar las medicinas, se alejó.
Una chica de diecisiete años escasos se acercó y miró fijamente a Camillia Wilkes.
–Sufre…
–¡Un momento! –El señor Wilkes escribía frenéticamente–. Desórdenes magnéticos…, valeriana póntica…, ¡porras! Bueno, niña, a ver. ¿Qué ves en la cara de mi hija? No le quitas los ojos de encima, apenas respiras… ¿Y bien?
–Sufre… –La extraña muchacha sondó los ojos de Camillia, se ruborizó y tartamudeó–. Sufre de…, de…
–¡Escúpelo!
–Sufre…, sufre de…, ¡ay!
Y la chica, con una mirada de profunda compasión, desapareció entre la muchedumbre a toda velocidad.
–¡Menuda tonta!
–No, papá –murmuró Camillia, con los ojos muy abiertos–. De tonta, nada. Ha visto. Lo ha sabido. Ay, Jamie, corre en su busca, ¡haz que hable!
–¡No, no ha propuesto nada! En cambio, la Gitana, ¡mira qué lista!
–Lo sé bien, papá.
Camillia, más pálida, cerró los ojos.
Alguien carraspeó.
Un carnicero, su delantal un campo de batalla escarlata, estaba ahí atusándose sus fieros bigotes.
–He visto vacas con las mismas pintas –dijo–. Las he curado con brandy y tres huevos frescos. En invierno, yo mismo me he curado con el mismo elixir…
–¡Mi hija no es una vaca, caballero! –El señor Wilkes tiró la pluma–. Ni tampoco un carnicero, ¡ni estamos en enero! Apártese, señor, ¡que hay gente esperando!
Y, en efecto, ahora, atraída por los demás, una buena muchedumbre voceaba, ansiosa por aconsejar su bebedizo favorito, recomendar un lugar en el campo donde llovía menos y el sol brillaba más que en el resto de Inglaterra o en el sur de Francia. Ancianos y ancianas, los médicos especialistas que son todas las personas de edad, chocaban unos con otros en un enredo de bastones, falanges de muletas y cachavas.
–¡Atrás! –gritó el señor Wilkes, alarmado–. ¡Van a aplastar a mi hija como a una frambuesa!
–¡Apartaos! –Jamie arrebató bastones y muletas y las arrojó por encima de la multitud, que se giró en busca de sus miembros desaparecidos.
–Padre, me agoto, me agoto… –resolló Camillia.
–¡Padre! –gritó Jamie–. ¡Solo hay un modo de detener este alboroto! ¡Cobrarles! ¡Que paguen por opinar sobre este mal!
–¡Jamie, ese es mi hijo! Rápido, chico, ¡haz un letrero! ¡Escuchad, gente! ¡Dos peniques! Hagan cola, por favor, ¡una fila! ¡Dos peniques por opinar! ¡Preparen el dinero, sí! Eso es. Usted, caballero. Usted, señora. Y usted, señor. Bien, ¡mi pluma! ¡Empecemos!
La turba bullía como un mar oscuro.
Camillia abrió un ojo y se desmayó otra vez.
Atardecer, las calles casi vacías, escasos transeúntes ya. Los párpados de Camille revolotearon al abrirse ante un tintineo familiar.
–Trescientos noventa y nueve, ¡cuatrocientos peniques! –El señor Wilkes terminó de contar el dinero mientras lo metía en una bolsa que sostenía su sonriente hijo–. ¡Listo!
–Con eso me pagaré una bonita mortaja negra –dijo la pálida muchacha.
–¡Calla! Familia, ¿creéis que más gente, doscientas personas, pagaría por dar su opinión?
–Claro –dijo la señora Wilkes–. Mujeres, maridos, niños, no se escuchan unos a otros. Y pagan encantados para que alguien los escuche. Pobrecitos, hoy todos sabían de anginas, de hidropesía, de glándulas, distinguir la baba de la urticaria… Esta noche, nosotros somos ricos y doscientas personas son felices después de haber volcado todo su botiquín en nuestra puerta.
–Dios, el tumulto no se apaciguaba, hemos tenido que echarlos a gritos, como a cachorros.
–Léenos la lista, papá –dijo Jamie–, los doscientos remedios. ¿Cuál será el bueno?
–Me trae sin cuidado –dijo Camillia, con un suspiro–. Está cada vez más oscuro. ¡Se me revuelve el estómago de escuchar los nombres! ¿Me lleváis arriba?
–Claro, cielo. Jamie, ¡levanta!
–Por favor –dijo una voz.
Medio encorvados, los hombres alzaron la vista.
Había un deshollinador de altura y talla normales, con la cara cubierta de hollín y en la que brillaban unos ojos azules como el agua y la hendidura blanca que era su sonrisa de marfil. Le caía polvo de las mangas y los pantalones mientras se acercaba hablando en voz baja, asintiendo.
–Antes no he podido pasar por culpa del tumulto –dijo, con la gorra sucia en las manos–. Ahora iba de camino a casa y aquí estoy. ¿Tengo que pagar?
–No, deshollinador, no hace falta –dijo Camillia con delicadeza.
–Un momento… –protestó el señor Wilkes.
Pero Camillia lo miró con cariño y su padre guardó silencio.
–Gracias, señora. –La sonrisa del deshollinador centelleó como un rayo de sol cálido en mitad del atardecer–. Lo único que tengo es un consejo. –Miraba a Camillia. Camillia lo miraba–. ¿No es hoy víspera de san Bosco, señor, señora?
–Yo qué sé. ¡Ni idea, caballero! –dijo el señor Wilkes.
–Creo que hoy es víspera de san Bosco, señor. Además, esta noche hay luna llena –dijo con humildad el deshollinador, incapaz de apartar la mirada de la hermosa y afligida muchacha–. Debe dejar a su hija fuera, a la luz de la luna naciente.
–¡Fuera, bajo la luna! –dijo la señora Wilkes–. Eso vuelve loca a la gente, ¿no?
–Con permiso, señor. –El deshollinador hizo una reverencia–. La luna llena apacigua a los animales enfermos, sea humano o bestia campestre. La luna llena da serenidad a los colores, quietud al tacto, dulcifica la forma del espíritu y del cuerpo.
–Han dado lluvia… –dijo la madre, incómoda.
–Se lo juro –se apresuró a decir el deshollinador–. Mi hermana padecía las mismas indisposiciones y la misma palidez. Una noche de primavera la dejamos a la luz de la luna como una lila en su maceta. Hoy reside en Sussex, ¡la viva imagen de la salud recobrada!
–¡Recobrada! ¡Luz de luna! Y no va a costarnos ni un penique de los cuatrocientos que hemos ganado hoy. Mujer, Jamie, Camillia.
–¡No! –dijo la señora Wilkes–. ¡No voy a permitirlo!
–Mamá –dijo Camillia.
Miró con entusiasmo al deshollinador.
Con la cara mugrienta, el deshollinador le devolvió la mirada, su sonrisa era una pequeña cimitarra en la oscuridad.
–Mamá –dijo Camillia–. Lo presiento. La luna me curará, sí, de verdad que sí…
La madre suspiró.
–Hoy no es mi día, ni mi noche. Deja que te bese por última vez. Adiós.
La madre se fue arriba.
El deshollinador retrocedió, haciendo reverencias corteses a todos.
–Muy bien, recordad, bajo la luna, ni la más mínima molestia hasta el amanecer. Duerma bien, señorita. Y que tenga dulces sueños. Buenas noches.
Hollín se perdió en hollín; el hombre desapareció. El señor Wilkes y Jamie besaron a Camillia en la frente.
–Papá, Jamie –dijo–. No os preocupéis.
Y la dejaron a solas, mirando hacia donde, a lo lejos, creyó ver los destellos parpadeantes de una sonrisa suspendida en la oscuridad, luego dobló la esquina y desapareció. Esperó a que saliera la luna.
Noche en Londres, las voces se adormilaban en las tabernas, se oían portazos, despedidas ebrias, campanazos de relojes. Camillia vio pasar una gata como una mujer con abrigo de piel, vio pasar a una mujer como una gata, ambas sabias, ambas egipcias, ambas olían a especias. Cada cuarto de hora o así, una voz llegaba desde arriba:
–¿Estás bien, chiquilla?
–Sí, papá.
–¿Camillia?
–Mamá, Jamie, estoy bien.
Y por fin.
–Buenas noches.
–Buenas noches.
Se apagaron las últimas luces. Londres se durmió. Salió la luna.
Y cuanto más alta la luna, más se abrían los ojos de Camillia observando los callejones, los jardines, las calles, hasta que, al fin, a medianoche, la luna quedó sobre ella para exhibirla como una figura de mármol sobre un sepulcro antiguo.
Un movimiento en la oscuridad. Camillia aguzó el oído.
Una melodía débil surgió en el aire.
Había un hombre entre las sombras del jardín. Camillia ahogó un grito.
El hombre avanzó hacia la luz de la luna, llevaba un laúd que rasgaba suavemente. Iba bien vestido, su rostro era bello y, al menos ahora, solemne.
–Un trovador –dijo Camillia en voz alta. Con un dedo en los labios, el hombre se acercó y enseguida estuvo junto a su catre–. ¿Qué hace usted en la calle tan tarde? –preguntó la muchacha, sin miedo, pero sin saber por qué.
–Me envía un amigo, para sanarla. –Tocó las cuerdas de su laúd. Vibraron dulcemente. En efecto era bello, allí a la luz de plata.
–No puede ser –dijo ella–, me han dicho que va a curarme la luna.
–Y así será, señora.
–¿Qué canciones canta usted?
–Canciones de noches primaverales, de dolores y males sin nombre. ¿Quiere saber cuál es vuestra enfermedad, señora?
–Si lo sabe, sí.
–Primero, los síntomas: fiebres agudas, fríos repentinos, fuertes palpitaciones que luego se apaciguan, estallidos de mal humor, luego calma dulce, resaca sin haber bebido más que agua, mareos por un mero roce, como este… –Le tocó la muñeca, vio cómo se derretía hacia el olvido, cómo volvía en sí–. Depresión, euforia –prosiguió–. Sueños…
–¡Basta! –gritó ella, embelesada–. Me conocéis perfectamente. ¡Qué enfermedad padezco, dígame!
–Enseguida. –Pegó los labios a la palma de su mano y ella se estremeció de repente–. El nombre de su enfermedad es Camillia Wilkes.
–Qué raro –Tiritó, en sus ojos relucían fuegos lilas–. ¿Soy entonces mi propia afección? ¡Cuánto me he enfermado! Mirad, ¿notáis mi corazón?
–Lo noto, sí.
–Mis extremidades, ¡arden como el calor de verano!
–Sí, me queman los dedos.
–Pero ahora, con el viento nocturno, ¡mirad cómo tirito, qué frío! Me muero, os lo juro, ¡me muero!
–No lo permitiré –dijo él con voz queda.
–¿Sois médico?
–No, solo un curandero común y corriente, como esa muchacha que hoy adivinó tu mal. La chica que iba a decíroslo, pero se perdió corriendo entre la multitud.
–Sí, vi en sus ojos que sabía cuál era mi padecimiento. Pero, ay, me castañetean los dientes. ¡Y no tengo más mantas!
–Hacedme sitio, por favor. Bien. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y torso. ¡Aquí estoy!
–¡¿Cómo, señor?!
–Para calentaros durante la noche, por supuesto.
–¡Igual que una estufa! Ay, señor, señor, ¿lo conozco? ¿Cómo se llama?
Enseguida, la cabeza de él arrojó su sombra sobre la de ella. Desde arriba, sus ojos alegres y claros como el agua refulgieron como la blanca hendidura de marfil que era su sonrisa.
–Bosco, por supuesto –dijo.
–¿No hay un santo con ese nombre?
–Dentro de una hora, así me llamaréis, sí.
Acercó aún más la cabeza. Y así tiznada en sombras, ella lloró de alegría al reconocer al deshollinador.
–¡Todo me da vueltas! ¡Voy a morir! La cura, dulce doctor, ¡o todo estará perdido!
–La cura –dijo él–. La cura es esta…
En alguna parte, cantaban los gatos. Un zapato, arrojado desde una ventana, los echó de la tapia. Y solo quedó el silencio y la luna…
–Shh…
Amanecer. Tras bajar puntillas las escaleras, el señor y la señora Wilkes se asomaron al jardín.
–¡Ha muerto aterida por el frío terrible de la noche, lo sé!
–¡No, mujer, mira! ¡Está viva! ¡Tiene las mejillas rosas! ¡No, más! ¡Son melocotones, pomelos! ¡Brilla de los pies a la cabeza, rosa y blanca! Dulce Camillia, sana y salva, ¡de nuevo robusta!
Se inclinaron hacia la muchacha dormida.
–Sonríe en sueños; ¿qué dice?
–El antídoto –suspiró la muchacha– fabuloso.
–¿Qué, cómo?
–La muchacha sonrió de nuevo, una sonrisa blanca, en sueños.
–Un remedio –murmuró– para la melancolía. –Abrió los ojos–. ¡Ay, mamá, papá!
–¡Hija! ¡Niñita! ¡Entra en casa!
–No. –Los cogió de la mano, con ternura–. Mamá, papá…
–¿Sí?
–Nadie nos ve. El sol no ha salido del todo. Por favor. Bailad conmigo.
No les apetecía bailar. Pero, celebrando algo que desconocían, bailaron.