una brizna de hierba
spanish
Ya se había decidido que Ultar era culpable. Sentados estaban los miembros del Concilio, ostentosamente relajados mientras los ujieres se lubricaban y aceitaban sus manos acabadas en tenazas y sus esbeltas articulaciones metálicas.
Kront era el más vehemente de los diecisiete. Su mano de acero se cerró con fuerza y su visor redondo y gris se tornó rojo incandescente.
–Es un experimentalista insufrible –dijo Kront–. ¡Propongo el Óxido!
–¿El Óxido? –exclamó Ome–. ¿No es demasiado drástico?
Kront inclinó hacia delante su craneocasco de aleación.
–No. No para los que son como él. Su fin es subvertir todo el Estado de Obot.
–Vamos –terció Lione, en tono filosófico–. Lo mejor será cortocircuitarlo unos días, a modo de castigo. ¿A qué viene ponerse tan drásticos e implacables, Kront?
–¡En nombre del Gran Obot! –dijo Kront–. ¿No veis el peligro? ¡Está experimentando con protoplasma!
–Estoy de acuerdo –dijo otro–. Ningún castigo es demasiado severo. Si Ultar se empeña en concluir sus experimentos actuales, podría subvertir una civilización con trescientos mil años de antigüedad. Llevad a Ultar al mar, sin aceitar y perfectamente consciente. Arrojadlo. Que tarde muchos años en oxidarse, que sea consciente, durante todos esos años, de cómo se desmorona y se oxida. Aseguraos de que su craneocasco quede intacto, para que el agua no cortocircuite su cosciencia.
Los demás callaron, disimulando su estremecimiento metálico.
Kront se puso en pie balanceándose, su rostro rectangular resplandecía sólido y azul hielo.
–Quiero ver qué opináis, vamos a votar. El Óxido para Ultar. ¡Votemos!
Hubo unos instantes de duda. Los cuatro metros de imponente aleación metálica de Kront se removieron con inquietud en la celda de lubricación.
Se alzaron tenazas, se alzaron brazos. Seis al principio. Luego cuatro más. Ome y otros cinco se abstuvieron.
Kront contó las tenazas con un destello instantáneo en su visor.
–Estupendo. Dentro de cien segundos sale un cohete exprés del nivel CV hacia el laboratorio de Ultar. ¡Si nos damos prisa, lo cogeremos!
Enormes placas magnéticas retumbaban contra el suelo mientras los cuerpos metálicos se incorporaban en oleoso silencio.
Se apresuraron hacia un amplio portal. Ome y los cinco disidentes los siguieron. En el portal, detuvo a Kront.
–Quiero preguntarte una cosa, Kront.
–Date prisa. No tenemos tiempo.
–¿Lo has…, visto?
–¿El protoplasma?
–Sí. ¿Lo has visto?
Kront asintió.
–Sí. Lo he visto.
–¿Cómo es? –dijo Ome.
Kront guardó silencio durante unos segundos, luego dijo, muy despacio:
–Basta para detener el movimiento de todos los objetos de Obot. Es el horror. Es increíble. Creo que lo mejor es que vayas a verlo tú mismo.
Ome reflexionó.
–Iré.
–Pues démonos prisa. Nos quedan cincuenta y cinco segundos.
Siguieron a los demás.
El mar se extendía tranquilo como una mano enorme, pálida y sosegada. En las venas y arterias de aquella mano inmensa no se movía nada salvo las mareas de sangre gris. Lo hacían en silencio, con el movimiento de una marea lunar contra otra. Nada agitaba sus profundidades. El mar era inerte y no había en él ni agallas ni ojos ni aletas ni nada que se moviera salvo la bruma marina que se levantaba, filtrándose, cuando las mareas cambiaban. El mar estaba muerto.
Los bosques estaban en silencio. El matorral estaba pelado, los árboles se alzaban tristes en una intemperie enmudecida. No cantaba ningún pájaro, ni crujía la hojarasca bajo las patas de animales sigilosos, no había berridos ni reclamos distantes de alces y ardillas. Solo el viento cantaba cancioncillas de recuerdo que había aprendido trescientos mil años antes de unas cosas llamadas aves. El bosque y el suelo bajo el bosque estaban muertos. Los árboles estaban muertos, se habían convertido en piedra, rectos, arrojando una sombra eterna sobre el duro pedregal. No había hierba ni flores. La tierra estaba muerta, tan muerta como el mar.
Y entonces, por encima de la tierra muerta, desde el cielo sin aves, llegó un sonido metálico. El sonido de un cohete cantando en el aire muerto.
Luego se desvaneció, dejando una veta de pálido polvo dorado en su estela. Kront y sus compañeros, de camino a la fortaleza de Ultar…
Una puerta se abrió en cuanto aterrizó la nave. Kront y los demás salieron de la nave.
–Te estaba esperando –dijo Ultar, de pie en la puerta abierta del laboratorio–. Sabía que vendrías con el Concilio, Kront. Pasad, todos. Por la temperatura de vuestros cuerpos sé que ya me habéis condenado al Óxido. Ya veremos. Pero pasad.
La puerta se cerró con un chirrido detrás el Concilio. Ultar encabezaba la marcha por un pasillo tubular que se prolongaba hasta una habitación a oscuras.
–Sentaos, dirigentes de Obot. Esto es algo inusual, esta recepción para el Grande. Es un halago.
Kront restalló de ira.
–Antes de morir, debes mostrarnos el protoplasma, para que pueda ser juzgado y destruido.
–¿Debo? ¿Debéis? ¿Debe?
–Dónde está.
–Ahí.
–¡Dónde!
–Paciencia, Kront.
–¡No tengo ninguna paciencia con los blasfemos!
–Se nota.
En un rincón del cuarto había una gran caja cuadrada, de cuyo interior salía un resplandor que iluminaba las paredes cercanas.
La caja estaba tapada con una tela amarilla que ocultaba el contenido.
Ultar, con buen sentido para la teatralización, se acercó a la caja y reajustó varias veces los selectores caloríficos. Su visor resplandecía. Agarró la tela blanca, la levantó y descubrió la caja.
Un temblor intenso y tintineante recorrió al grupo. Los visores parpadearon y cambiaron de color. Los cuerpos emitieron un chirrido metálico de inquietud. Lo que tenían delante no era agradable. Avanzaron hasta rodear la caja y se asomaron a su interior. Lo que vieron era blasfemo, sacrílego y más que horrible.
Algo que crecía.
Algo que se expandía y se erguía sobre sí mismo, que cambiaba y se reproducía. Algo que vivía y moría.
Que moría.
¡Qué estupidez! Nadie tenía por qué morir, ¡nadie, nunca!
Algo que podía pudrirse hasta volverse nada y sangrar y ser torturado. Algo que sentía y se podía quemar o dañar o hacer que sintiera calor o frío. ¡Qué estupidez, qué horror, algo incomprensible y de pesadilla, impredecible!
La piel rosada se alzaba un par de metros con brazos muy largos y carnosos, manos carnosas y dos largas piernas también carnosas.
Y –recordaron por los mitos oníricos– esas dos cosas innecesarias… ¡Una boca y una nariz!
Ome sintió que sus silentes engranajes internos rechinaban lentamente. ¡Era increíble! Como los mitos inconclusos de la Era de la Carne y la Oscuridad. ¡Esas medias verdades, esos rumores, esos vagos murmullos y susurros sobre criaturas que no se construían, sino que crecían!
¿Habrase oído semejante blasfemia? ¿Que no se construían, sino que crecían? ¿Cómo podía algo ser perfecto si no se construía y un científico de Obot no le prestaba su asistencia para llevarlo hasta esa misma perfección? Aquella pasta carnosa era imperfecta. Se rompía con una sacudida mínima, se derretía con un calor mínimo, se congelaba con un frío mínimo. Y con respecto al asombroso hecho de que creciera, en fin, ¿y qué? Cuestión de suerte que creciera hasta convertirse en algo. Pura suerte.
¡No como los habitantes de Obot! De entrada, eran perfectos y, paradójicamente, se hacían más perfectos a medida que pasaba el tiempo. No les costaba lo más mínimo alcanzar los cien mil años, doscientos mil años. El propio Ome había cumplido ya treinta mil, ¡un muchacho, era un muchacho!
Pero ¿la carne? ¿Depender de los caprichos de una naturaleza cósmica para recibir intelecto, salud, longevidad? ¡Qué broma tan estúpida, qué sinsentido, cuando podían instalarse en compartimentos y cajas, en ruedas y engranajes, con cables rojos y azules y corrientes eléctricas!
–Ahí está –se limitó a decir Ultar, con orgullo. Lo dijo con una firmeza carente de todo miedo–. Un cuerpo de carne y hueso, sangre y fantasías.
Hubo un silencio prolongado durante el cual no cesaron los quejidos entre los conmocionados miembros del Concilio.
Apenas hubo atisbo de movimiento entre ellos. Miraban sin más.
–Es aterrador –dijo Ome–. ¿De dónde lo has sacado?
–Lo he creado.
–¿Cómo te has atrevido a concebirlo?
–No estoy seguro. Fue hace mucho. Hace diez mil años, mientras caminaba por el bosque pedregoso, a solas, un día, como he hecho a menudo, encontré una brizna de hierba. Sí, una última brizna de hierba verde, la última de este mundo. El entusiasmo se me hizo insoportable, no os lo imagináis. La cogí y la examiné, y era un pequeño milagro verde. Me sentí como si fuese a explotar en millones de pedazos. Me llevé la brizna de hierba a casa con mucho cuidado, no se lo conté a nadie. Ah, qué tesoro más hermoso.
–Eso fue una violación flagrante de la ley –dijo Kront.
–Sí, la ley –dijo Ultar, recordando–. Hace cien mil años, cuando quemamos las aves en el cielo, como cenizas, y matamos a los zorros y a las serpientes en sus madrigueras, y matamos a los peces en el mar, y a todos los animales, incluido el ser humano…
–¡Nombres prohibidos!
–Nombres recordados, aun así. Recordados. Y luego vimos que los bosques seguían creciendo y eso nos recordó todo lo que crecía, así que los convertimos en piedras, matamos la hierba y las flores, y desde entonces vivimos en un mundo yermo y pedregoso. Caray, destruimos incluso los microbios que ni siquiera podíamos ver, ¡tal era el miedo que teníamos a todo lo que crece!
–¡No teníamos miedo! –gruñó Kront.
–¿No? Da igual. Deja que termine la historia. Abatimos a los pájaros del cielo, exterminamos los insectos del aire, matamos las flores y la hierba, pero una pequeña brizna sobrevivió, la encontré y la traje aquí, la cuidé, y estuvo creciendo durante cientos de años hasta convertirse en diez millones de briznas de hierba, las cuales estudié porque contenían células en crecimiento. No sabría deciros con qué entusiasmo saludé la aparición de la primera flor.
–¡Flor!
–Pequeña. Una flor azul, tras miles de años de experimentos. Y a partir de esa flor, más flores, y de aquellas flores, cinco siglos después, un matorral, y de aquel matorral, cuatrocientos años después, un árbol. Ah, ha sido mucho tiempo de trabajo y observación, mucho y muy extraño, os lo aseguro.
–Pero esto –dijo Kront–. ¿Cómo ha evolucionado hasta convertirse en esto?
–Seguí observando. Escruté el mundo. Si había encontrado una brizna de hierba, razoné, quizás podría encontrar otras cosas, un lagarto que hubiese sobrevivido, o una serpiente o algo así. Tuve mucha suerte. Encontré un monito. Pasaron otros mil años hasta llegar a esto. Reproducción artificial, inseminación, estudio de los genes y células, en fin, y aquí está, y bastante sano.
–¡Eso está prohibido!
–Sí. Prohibido de puñetas. Mira, Ome, ¿sabes por qué se erradicó la carne de la Tierra?
Ome reflexionó.
–Porque amenazaba las Leyes de Obot.
–¿Cómo la amenazaba?
–Con el Óxido.
–No solo con el Óxido –contestó Ultar, tranquilamente–. La carne nos amenazaba con otro modo de vida y pensamiento. Nos amenazaba con la encantadora imperfección, la impredecibilidad, el arte, la literatura, y masacramos la carne y la convertimos en blasfemia, y prohibimos mirar la carne o hablar de ella.
–¡Mentiroso!
–¿Yo? –protestó Ultar–. ¿De quién era el mundo antes de que llegáramos?
–El mundo siempre ha sido nuestro. Siempre.
–¿Y la carne? ¿Me lo explicas?
–Fue un experimento que se nos fue de las manos durante un tiempo. Un científico loco de Obot creó un monstruo de carne que se reprodujo, eran esclavos de los Obots, y durante un tiempo derrocó las Leyes de Obot. Finalmente, los Obots tuvimos que destruirlos.
–¡Dogmatismo religioso! –contestó Ultar–. Habéis enseñado a pensar así. Pero ahora sabemos la verdad. Tuvo que haber un principio, ¿estás de acuerdo?
–Sí. Hubo un principio. El Libro del Metal dice que una Máquina Inmensa moldeó el universo en un Torno. Y nosotros somos los pequeños Obots de ese Torno y esa Máquina.
–Tuvo que haber un primer Obot, ¿no?
–Sí.
–¿Y quién lo construyó?
–Otra máquina.
–Pero ¿antes de eso, en el principio mismo? ¿Quién construyó la máquina que construyó al Obot? Yo te lo diré. La carne. La carne construyó la primera máquina. La carne reinaba en este continente y en todos. Porque la carne crece. Las máquinas no crecen. Se fabrican pieza a pieza, se construyen. ¡Hace falta una criatura que crezca para construirlas!
Ome se puso como loco.
–No. No. ¡Esa es una idea terrible!
–Escucha –dijo Ultar–. No soportábamos al hombre ni sus maneras imperfectas. Pensábamos que era estúpido y ridículo, con su arte y su música. Podía morir. Nosotros no. Así que lo destruimos porque estorbaba, llenaba de nimiedades nuestro universo perfecto. Y luego tuvimos que mentirnos. A nuestra manera, somos colosalmente vanos. Igual que el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, tuvimos que inventar un Dios a la nuestra. No soportábamos la idea de que el Hombre fuese nuestro Dios, así que borramos de la Tierra todo vestigio de protoplasma, y prohibimos hablar de él. Éramos máquinas, creadas por máquinas, eso fue Todo, esa fue la Verdad.
Terminó su discurso. Los demás lo miraron.
–¿Por qué lo has hecho? –dijo Kront finalmente–. ¿Por qué has creado esta cosa de carne e imperfección?
–¿Por qué? –Ultar se volvió hacia la caja–. Miradla, a esa criatura, a ese hombre, tan pequeño, tan vulnerable. Su vida es valiosa a causa de su vulnerabilidad. Con sus miedos, sus terrores y su incertidumbre una vez creó arte, música y literatura enormes. ¿Y nosotros? Nosotros no.
»¿Cómo va a crear algo una civilización que vive eternamente y para la que nada es valioso? Las cosas solo adquieren valor a través de su evanescencia, las cosas solo se aprecian porque se desvanecen. Qué hermoso es un día de verano cuando es irrepetible; todos habéis visto esos días…, una de las pocas maravillas que conocemos, el tiempo, con sus cambios. Nosotros no cambiamos, de ahí que no tengamos belleza ni arte.
»Miradlo, en esa caja, soñando, a punto de despertar. Un hombrecillo asustado, al borde de la muerte, pero que escribe libros estupendos que lo sobreviven. He visto esos libros en bibliotecas prohibidas, llenos de amor, de ternura, de terror. ¿Y qué era su música sino una declaración en contra de la incertidumbre de la vida y lo irremediable de la muerte y la disolución? Qué cosas perfectas surgen de criaturas tan imperfectas… Eran delicadas hasta lo sublime, como sublimes eran sus errores, declararon guerras e hicieron muchas cosas mal, cosas que nosotros, en nuestra perfección, no podemos comprender.
»No podemos entender la muerte, en realidad, pues entre nosotros es una rareza, y carece de valor. Pero este hombre conoce la muerte y la belleza, por ese motivo lo creé, para que parte de la belleza y la incertidumbre regresaran al mundo. Solo entonces podría encontrarle algún sentido a la vida, por poco que pueda apreciarla con mis limitadas facultades.
»Tenía el placer del dolor, sí, incluso el dolor, a su manera, era un placer, porque es una sensación y significa que estás vivo; vivió, y comió, cosas que nosotros no hacemos, y conoció lo bueno de amar y de cuidar de otros como de sí mismo, y conoció algo llamado dormir, y, mientras dormía, soñaba, algo que nosotros nunca hacemos, y ahí está ahora, soñando con cosas maravillosas que nosotros, por más que lo deseemos, jamás conoceremos ni entenderemos. Y ahí estáis vosotros, temerosos de él y de la belleza y del sentido y del valor».
Los demás se pusieron rígidos. Kront se volvió hacia ellos.
–Escuchadme todos –dijo–. No digáis nada de lo que habéis visto hoy aquí, ni se lo contéis a nadie. ¿Entendido?
Los demás se balancearon y gimieron con una rabia aturdida, titubeante.
En la caja rectangular, el durmiente se estremeció, a ratos, sus párpados temblaron, los labios se movieron. El hombre estaba despertando.
–¡El Óxido! –gritó Kront, abalanzándose–. ¡Coged a Ultar! ¡El Óxido! ¡El Óxido!