una noche loca en galway
spanish
Nos encontrábamos en la punta de Irlanda, en Galway, donde el mal tiempo golpea desde su lóbrego cuartel general en el Atlántico con cortinas de lluvia y rachas de viento frío y más cortinas de lluvia. Te vas triste a la cama y te despiertas en mitad de la noche creyendo haber oído a alguien llorar, creyendo que quien lloraba eras tú, y te tocas la cara y la tienes seca. Luego miras la ventana y te pones boca abajo, aún más triste, y te pones a dar vueltas en un intento de volver a dormir a pierna suelta.
Nos encontrábamos, como he dicho, en Galway, un lugar de piedra gris con barbas verdes, una ciudad de roca, con el mar crecido y lluvias intensas; y llevábamos allí un mes entero trabajando con nuestro director en el guion de una película que, con inmensa ironía, iba a rodarse bajo el tórrido sol amarillo de México en algún momento de enero. Sus páginas estaban llenas de toros bravos, cálidas flores tropicales y ojos ardientes, y yo las mecanografiaba con los dedos como témpanos rotos en mi habitación gris de un hotel donde la comida era potaje de presidiarios y el mal tiempo, una bestia en la ventana.
La trigésimo primera noche, llamaron a la puerta, a las siete. La puerta se abrió, mi director entró con gesto nervioso.
–Vamos a ver de una puñetera vez la fauna salvaje irlandesa y a olvidarnos de esta lluvia de mierda –dijo de sopetón.
–¿Qué lluvia? –dije, lamiéndome los dedos para quitarles el hielo–. Los golpetazos en el tejado son tan continuos que lo mío es ya estrés postraumático, ¡casi me había olvidado de la que está cayendo!
–Cuatro semanas aquí y ya hablas como un irlandés –dijo el director.
–Pásame la pipa –dije. Y salimos de la habitación a la carrera–. ¿Adónde? –dije.
–Al pub de Heber Finn –dijo él.
Y volamos por la calle empedrada a oscuras que se mecía suavemente como un barco en la riada negra a causa de las farolas ladeadas y danzarinas que hacían que las sombras se rasgaran y, turbadas, echaran a volar.
Luego, sudando lluvia, con los rostros perlados, entramos en tromba por la puerta del pub, donde hacía un calor de redil por los paisanos allí apelotonados en la barra como un gran montón de compost con Heber Finn contando chistes y sirviendo pintas.
–¡Heber Finn! –gritó el director–, ¡venimos a pasar una noche loca!
–Y una noche loca será –dijo Heber Finn, y enseguida un trago de whisky nos abrió a fuego una celosía en el estómago, para que entrara una luz nueva.
Exhalé una llamarada.
–Empezamos bien –dije.
Nos tomamos otro y escuchamos las bromas guasonas y los chistes que solo pillábamos a medias, o eso creíamos, porque el dejo irlandés lo complicaba, y también el whisky que regaba el dejo, y todo combinado lo complicaba el doble. Pero sabíamos cuándo teníamos que reírnos, porque cuando el chiste terminaba los hombres se daban golpes en las rodillas y luego nos los daban a nosotros. Se arreaban un buen bofetón en las extremidades y luego nos pegaban en el brazo o nos soltaban un manotazo en el pecho.
Al explotar nuestro aliento, dábamos a la explosión forma de hilaridad y cerrábamos los ojos con fuerza. Lágrimas nos caían por la cara, no de reírnos sino por la exquisita tortura de la bebida que nos escaldaba la garganta. Así apretados, como flores tímidas en un libro enorme y cálido por el moho, el director y yo pasamos el rato allí, a la espera de un evento grandioso.
Finalmente, la paciencia de mi director decreció.
–Heber Finn –dijo a voces desde el acaloramiento–, por ahora ha sido loca, sí, pero queremos que lo sea más, o sea, ¡la noche más loca que se haya visto en Irlanda!
Con lo cual, Heber Finn se quitó el delantal, encogió sus hombros tipo hacha de carnicero mientras se ponía la chaqueta de tweed, dio un saltito para enfundarse bien el chubasquero, se caló la gorra velluda y nos llevó a rastras hasta la puerta.
–Ocupaos de todo hasta que vuelva –dijo a sus parroquianos–. Voy a llevar aquí a los caballeros a pasar una noche cojonuda. Poca idea tienen de lo que les espera ahí fuera. –Abrió la puerta y señaló. El viento le echó encima media tonelada de agua. Tras tomarse aquello como un estímulo adicional para su retórica, Heber Finn, sin secarse la cara, añadió con un bramido–: ¡Venga fuera! ¡Va! ¡Vamos!
–¿Crees que deberíamos? –dije, dubitativo ahora que las cosas parecían moverse de verdad.
–¿A qué viene eso? –gritó el director–. ¿Qué quieres hacer? ¿Congelarte en tu habitación? ¿Reescribir la porquería de escena que has hecho hoy?
–No, no –dije, y también me calé la gorra.
Fui el primero en salir, pensando: Tengo mujer y tres hijos gritones pero adorables, ¿qué estoy haciendo aquí, a doce mil kilómetros de ellos, en este sitio dejado de la mano de Dios? ¿De verdad quieres hacerlo?
Luego, como Ahab, pensé en mi cama, un cajón húmedo con las sábanas pálidas, frías y arrugadas y la ventana goteando justo al lado como una conciencia: toda la noche. Gruñí. Abrí la puerta del coche de Heber Finn, separé las piernas para subir y salimos disparados pueblo abajo como una bola por la calle de una bolera. Heber Finn al volante hablaba con ferocidad, a medias en broma, a medias como un rey Lear severo.
–Una noche loca, ¿eh, señores? Van a pasar la noche más grandiosa de sus vidas –dijo–. No se hacen una idea, ¿eh?, en el fondo, la de cosas que pueden pasar cuando uno cruza Irlanda…
–Sabía que en alguna parte tenía que haber algún desahogo –grité.
El cuentakilómetros marcaba ochenta por hora. Muros de piedra pasaban por la derecha a toda velocidad, muros de piedra pasaban por la izquierda a toda velocidad. Todo el cielo negro estaba deshaciéndose en una lluvia que caía sobre toda la tierra negra.
–¡Un desahogo, sí! –dijo Heber–. Si la Iglesia lo supiera…, ¡pero no lo sabe! O igual lo sabe, pero piensa, pobres criaturitas, ¡y nos dejan tranquilos!
–¿Dónde? ¿Qué…?
–¡Ya lo verán! –dijo Heber Finn.
El cuentakilómetros marcó noventa y cinco. Mi estómago era una piedra como las de los muros que volaban a izquierda y derecha. ¿Este coche tiene frenos?, me pregunté. Muerto en una carretera irlandesa, pensé, un accidente, y, por la mañana, antes de que nos encuentren desperdigados nos habremos derretido en la tromba de agua hasta fundirnos con la turba. Total, ¿qué es la muerte? Mejor que la comida del hotel.
–¿No podemos ir un poco más deprisa? –pregunté.
–Eso está hecho –dijo Heber Finn, y se puso a ciento veinte.
–Así está perfecto –dije con un hilo de voz, preguntándome qué nos esperaba.
Detrás de los chorreantes muros de pizarra de Irlanda, ¿qué ocurría? Bajo el suelo empapado por la lluvia, la piedra dura como el pedernal, en el núcleo entumecido de la vida, ¿había una semillita de fuego que, avivada, podría liberar volcanes y evaporar la lluvia?
¿Había en alguna parte un harén bagdadí?, ¿cimbreantes y culebreantes nidos con sedas y borlas?, ¿el tono absolutamente perfecto de mujeres destapadas? ¿En alguna parte de este país del chirimiri había damas a lo Renoir de piel ardiente y vello amelocotonado, y brillantes como faroles hacia las que podías tender tus manos para calentarte las palmas? Pasamos una iglesia. No. Pasamos un convento. No. Pasamos una aldea encorvada bajo el techo de paja de sus ancianos. No. Muros de piedra a la izquierda. Muros de piedra a la derecha. No. Y aun así…
Miré de reojo a Heber Finn. Podríamos haber apagado las luces y nos habrían guiado los faros inalterables y penetrantes que eran sus ojos clavados al frente, hostigando la oscuridad, ahuyentando la lluvia.
Mujer, pensé, hijos, perdonadme por lo que haga esta noche, por terrible que sea, porque esto es Irlanda bajo las lluvias de un momento infame, muy lejos en Galway, donde los muertos han de ir a morir.
Un frenazo. Derrapamos noventa metros por lo menos, di con la nariz contra el parabrisas. Heber Finn salió del coche.
–Ya estamos. –Sonaba como si estuviese ahogándose en la lluvia. Miré a la izquierda. Muro de piedra. Miré a la derecha. Muro de piedra.
–¿Dónde? –grité.
–Dónde va a ser. –Señaló, misteriosamente–. Ahí.
Vi un agujero en el muro, una puertecita se abrió de golpe.
El director y yo lo seguimos de cabeza. Entonces vimos más coches en la oscuridad, y muchas bicicletas. Pero no había ninguna luz. Un secreto, pensé, menuda salvajada tiene que ser si es secreto. ¿Qué estoy haciendo aquí? Me calé la gorra aún más. La lluvia me caía por el cuello.
Entramos a traspiés por el agujero en el muro, con Heber Finn sujetándonos del codo.
–Aquí –susurró–, quietos aquí. Será un momento. Bebed esto para que la sangre no se os amodorre.
Noté cómo me ponía una petaca entre los dedos. Me eché el fuego a la caldera y dejé que los humos salieran por el tiro.
–Una lluvia estupenda –dije.
–Ese está loco –dijo Heber Finn, y bebió después del director, una sombra entre sombras en la oscuridad.
Miré a mi alrededor con los ojos entornados. Me dio la sensación de que había un mar a medianoche en el que hombres surcaban como barcas el murmullo de las olas. Cabizbajos, murmurando, en dúos o tríos, cien hombres se ajetreaban a lo lejos.
El ambiente era impío…, Dios mío, ¿de qué va esto?, me pregunté, muerto de curiosidad ya.
–¿Heber Finn…? –dijo el director.
–Esperad –susurró Heber Finn–. ¡Es ya mismo!
¿Qué esperaba yo? Quizás una de esas escenas de película antigua en las que unos veleros inocentes abren de repente unas compuertas y aparecen cañones como por arte de magia para dispararle al enemigo. O que las paredes de una granja se abrieran como las solapas de una caja de cereales y saliera un Long Tom para disparar un proyectil que cruzaría ochocientos kilómetros para impactar en París.
O puede que, pensé, las piedras se desmoronen, que los muros de aquella casa caigan cual telones, se enciendan focos rosas y de un cañón monstruoso salgan disparadas seis, una docena, diez docenas de mujeres rúbeas y perladas –no irlandesas enanas sino francesas esbeltas–, por encima de las cabezas hasta el vaivén de brazos de la multitud agradecida. ¡Una bendición, sin duda! Más aún…, ¡maná!
Se encendieron unos focos. Parpadeé.
Y vi toda aquella infamia. Ahí estaba, desplegada ante mí bajo la llovizna. Se encendieron los focos. Los hombres se apresuraron, se volvieron, se agruparon, y nosotros con ellos.
Un conejo mecánico surgió de una cajita en el extremo opuesto del pedregal y echó a correr. Ocho perros, abiertas sus rejas, ladrando, lo persiguieron en corrillo a toda velocidad. Ni un murmullo se oyó en la aglomeración de hombres. Sus cabezas se movían despacio, atentas.
La lluvia caía sobre la escena iluminada. La lluvia caía sobre gorras de tweed y americanas finas. La lluvia goteaba de cejas pobladas y de narices finas. La lluvia rompía contra hombros encorvados. Yo observaba. El conejo corría. Los perros corrían. En la meta, el conejo desapareció en su madriguera eléctrica. Los perros chocaron unos contra otros, ladrando. Los focos se apagaron.
A oscuras, me volví para mirar al director porque sabía que debía de haberse vuelto para mirarme. Di las gracias por la oscuridad y la lluvia, así Heber Finn no podría vernos la cara.
–Bueno, venga –gritó–, ¡hagan sus apuestas!
Regresamos a Galway, a toda pastilla, a las diez. Seguía lloviendo, aún hacía viento. La carretera era un río empeñado en borrar el lecho de piedra cuando el coche se detuvo con una gran ola encrespada delante de mi hotel.
–Pues nada –dijo Heber Finn, sin mirarnos, con los ojos puestos en el golpeteo palpitante de los limpiaparabrisas–. En fin. –El director y yo habíamos apostado en cinco carreras y entre los dos habíamos perdido un par de libras o tres. Eso preocupaba a Heber Finn–. Yo he ganado un buen pellizco –dijo–, y parte lo he puesto a vuestro nombre. Juro por Dios que aposté en la última carrera y gané por los tres. Dejadme que os pague.
–No, Heber Finn, gracias –dije, moviendo los labios entumecidos.
Me cogió la mano y me plantó dos chelines. No me resistí.
–Eso está mejor –dijo.
Mientras escurríamos nuestras gorras en el vestíbulo del hotel, el director me miró y me dijo:
–Una noche loca en Irlanda, ¿eh?
–Una noche loca –dije. Y se fue.
No tenía ninguna gana de subir a mi habitación. Así que me senté en la sala de lectura de aquel hotel húmedo durante otra hora y disfruté del privilegio del turista: un vaso y una botella que me procuró el aturdido recepcionista.
Sentado a solas, escuché la lluvia y más lluvia en el frío tejado del hotel, pensando en la cama tipo ataúd de Ahab que me esperaba bajo los redobles del mal tiempo.
Pensé en la única cosa calentita que había en el hotel, en la ciudad, en todas las tierras de Éire aquella noche, el guion en mi máquina de escribir, con su sol mexicano, sus vientos cálidos soplando desde el Pacífico, sus papayas melosas, sus limones amarillos, su arena ardiente y sus mujeres con oscuros ojos como rescoldos. Y pensé en la oscuridad más allá de la ciudad, en los focos encendiéndose, la carrera del conejo eléctrico, los perros corriendo, el conejo desvanecido, los focos apagándose y la lluvia cayendo sobre los hombros calados y las gorras empapadas, goteando de las narices y filtrándose por el tweed.
Escaleras arriba, me asomé unos segundos a una chorreante ventana. Allí, bajo una farola, había un hombre en bicicleta. Estaba tremendamente borracho, porque la bicicleta iba haciendo eses por la carretera. Amodorrado, no dejaba de pedalear. Lo observé mientras se alejaba en la lluviosa oscuridad.
Fui a morir a mi habitación.