ylla [febrero de 1999]
spanish
Tenían una casa con columnas de cristal en Marte a la orilla de un mar seco, y cada mañana podía verse a la señora K comiendo las frutas doradas que crecían de las paredes de cristal, o limpiando la casa con puñados de polvo magnético que, tras absorber toda la suciedad, el viento cálido se llevaba. Por las tardes, cuando el mar fósil estaba caliente e inmóvil, y las viñas se alzaban rígidas en el jardín, y a lo lejos el cercado del pueblecito marciano hecho de huesos se cerraba, y nadie salía por sus puertas, se veía al señor K en su habitación, leyendo de un libro metálico con jeroglíficos en relieve por los que pasaba la mano, como uno tocaría un arpa. Y del libro, mientras sus dedos lo acariciaban, surgía una voz cantarina, una voz suave y antigua que contaba historias de cuando el mar era un vapor rojo en las orillas y hombres antiguos llevaban a la batalla nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas.
El señor y la señora K llevaban veinte años viviendo junto al mar muerto, y sus antepasados habían vivido en esa misma casa, que giraba en pos del sol, como una planta, desde hacía diez siglos.
El señor y la señora K no eran muy mayores. Tenían la piel lisa y parduzca de los marcianos de pura cepa, los ojos amarillos como monedas, la voz suave y musical. En su día, les había gustado pintar cuadros con fuego químico, nadar en los canales en las épocas en las que las viñas los llenaban de licor verde y hablar hasta el amanecer junto a los retratos azules fosforescentes en el parlatorio.
Ahora eran infelices.
Aquella mañana, la señora K estaba entre las columnas, escuchando cómo las arenas desérticas se calentaban, se derretían y, daba la sensación, fluían hacia el horizonte.
Algo iba a suceder. Esperó.
Contempló el cielo de Marte como si en cualquier momento fuese a replegarse sobre sí mismo y a contraerse para arrojar a la arena un milagro resplandeciente.
No sucedió nada.
Cansada de esperar, caminó por entre la columnata brumosa. Una lluvia fina brotaba de los capiteles acanalados, enfriando el aire abrasador para caer suavemente sobre ella. Los días de calor eran como pasear por un arroyo. Los suelos de la casa resplandecían con riachuelos refrescantes. A lo lejos, oía a su marido tocar el libro sin pausa, sus dedos nunca se cansaban de las canciones de antaño. En silencio, deseó que llegara el día en que pasara el mismo tiempo abrazándola y tocándola como una pequeña arpa, igual que hacía con sus increíbles libros.
Pero no. Meneó la cabeza, se encogió de hombros de un modo imperceptible, indulgente. Sus párpados se cerraron con delicadeza sobre sus ojos dorados. El matrimonio hacía que las personas envejecieran y se volvieran cotidianas, cuando aún eran jóvenes.
Se recostó en una silla que se movía para adaptarse a su forma, también cuando cambiaba de postura. Cerró los ojos con fuerza y nerviosismo.
Y tuvo el sueño.
Sus dedos marrones temblaron, se elevaron, aferraron el aire. Un instante después se incorporó, sobresaltada, jadeando.
Miró rápidamente a su alrededor, como si esperara que hubiese alguien delante de ella. Pareció decepcionada; el espacio entre las columnas estaba vacío.
Su marido apareció en una puerta triangular.
–¿Me has llamado? –preguntó, irritado.
–¡No! –gritó ella.
–Me ha parecido oírte gritar.
–¿Sí? ¡Me he quedado adormilada y he tenido un sueño!
–¿De día? Raro en ti.
Se enderezó en su silla como si el sueño acabara de abofetearla.
–Qué extraño, extrañísimo –murmuró–. El sueño.
–¿Y eso? –Era evidente que quería regresar a su libro.
–He soñado con un hombre.
–¿Un hombre?
–Un hombre alto, de dos metros.
–Qué absurdo; un gigante, un gigante deforme.
–Por algún motivo… –buscó las palabras–, su aspecto era normal. Pese a ser alto. Y tenía…, ay, ya sé que te va a parecer una tontería, ¡tenía los ojos azules!
–¡Los ojos azules! ¡Dioses! –gritó el señor K–. ¿Qué va a ser lo siguiente que sueñes? ¿Que tenía el pelo negro o qué?
–¿Cómo lo has adivinado? –Estaba entusiasmada.
–He optado por el color más improbable –respondió él, con frialdad.
–¡Pues era negro! –exclamó–. Y tenía la piel muy blanca; ¡ah, era de lo más inusual! Iba vestido con un uniforme extraño y descendía del cielo y me hablaba con mucha amabilidad. –Sonrió.
–Del cielo; ¡vaya sinsentido!
–Llegaba en un objeto metálico que resplandecía al sol –recordó. Cerró los ojos para darle forma una vez más–. He soñado que en el cielo destellaba algo como una moneda arrojada al aire, y de repente se hacía más grande y aterrizaba despacio, una nave alargada y plateada, redonda, alienígena. Y una puerta se abría en un costado del objeto plateado y el hombre alto salía.
–Si trabajaras más no tendrías sueños tan absurdos.
–Lo he disfrutado bastante –contestó ella, recostándose–. Nunca sospeché que tenía tanta imaginación. Pelo negro, ojos azules, ¡y piel blanca! Qué hombre más extraño…, y aun así, bastante guapo.
–Son ilusiones.
–Qué desagradable eres. He pensado en él sin querer; me ha venido a la cabeza mientras estaba adormilada. No parecía un sueño. Ha sido muy inesperado y distinto. Me miró y me dijo: «He venido desde el tercer planeta en mi nave. Me llamo Nathaniel York…».
–Qué tontería de nombre; ni siquiera es un nombre –objetó el marido.
–Claro que es una tontería, porque es un sueño –le explicó a media voz–. Y me dijo: «Este es el primer viaje por el espacio. En la nave solo somos dos, yo y mi amigo Bert».
–Otra tontería de nombre.
–Y me dijo: «Somos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta» –prosiguió la señora K–. Eso dijo. «La Tierra» fue el nombre que pronunció. Y hablaba en otro idioma. Pero por lo que sea lo entendía. Con la mente. Telepatía, supongo. –El señor K se alejó. Ella lo detuvo con una palabra–: ¿Yll? –lo llamó a media voz–. ¿Alguna vez te has preguntado si hay vida en el tercer planeta?
–El tercer planeta es incapaz de albergar vida –afirmó el marido, con tono paciente–. Nuestros científicos han dicho que en su atmósfera hay demasiado oxígeno.
–Pero ¿no sería fascinante que hubiese vida? ¿Y que viajaran por el espacio en una especie de nave?
–Sinceramente, Ylla, no sabes cuánto detesto estos lloriqueos emocionales. Cada uno a lo suyo.
Fue al final del día cuando Ylla empezó a cantar una canción mientras paseaba entre las susurrantes columnas de lluvia. La cantó una y otra vez.
–¿Qué canción es esa? –espetó su marido por fin, y fue a sentarse a la mesa de fuego.
–No lo sé.
Levantó la mirada, extrañada consigo misma. Se tapó la boca con la mano, incrédula. El sol estaba poniéndose. La casa se replegaba, como una flor gigante, con el paso de la luz. El viento soplaba entre las columnas; en la mesa de fuego burbujeaba la feroz poza de lava plateada. El viento agitaba el pelo rojizo de Ylla, le arrullaba suavemente al oído. Estaba de pie en silencio, contemplando los extensos bajíos del lecho marino a lo lejos, como si recordara algo, sus ojos amarillos dulces y vidriosos. «Brinda por mí solo con tus ojos, y yo prometeré con los míos», cantaba, suavemente, con voz queda, despacio. «O deja un beso en el vaso, y yo no pediré vino» –canturreó, moviendo las manos en el viento cada vez más levemente, con los ojos cerrados. Terminó la canción.
Era muy bonita.
–Esa canción no me suena de nada. ¿La has compuesto tú? –preguntó él, con ojos penetrantes.
–No. Sí. No, ¡no lo sé, la verdad! –dudó ella, intensamente–. Ni siquiera sé qué significan las palabras; ¡son de otro idioma!
–¿Qué idioma?
Aturdida, echó trocitos de carne en la lava hirviente.
–No lo sé. –Unos segundos después, retiró la carne, ya cocinada, y la sirvió en un plato para su marido–. Una locura que me he inventado, supongo. No sé por qué.
Él no dijo nada. La observó mientras hundía trozos de carne en la poza de fuego siseante. El sol se había puesto. Lenta, muy lentamente la noche fue ocupando la habitación, engullendo la columnata y también a ellos, como un vino oscuro decantado desde el techo. Solo el fulgor de la lava plateada iluminaba sus rostros.
Ella tarareó de nuevo aquella canción extraña.
Acto seguido, él se levantó de golpe de su silla y abandonó enfadado la habitación.
Más tarde, en soledad, él se terminó la sopa.
Tras levantarse se desperezó, la miró un instante y, bostezando, le propuso:
–Vayamos al pueblo en las aves de fuego a ver algún espectáculo.
–¿Lo dices en serio? –dijo ella–. ¿Te encuentras bien?
–¿Tan raro te parece?
–¡Llevamos seis meses sin ir a ver un espectáculo!
–Pues me parece buena idea.
–Qué solícito estás de repente… –dijo ella.
–No me hables así –respondió él, de mala manera–. ¿Te apetece ir o no?
Ella miró hacia el desierto pálido. Las lunas gemelas y blancas estaban saliendo. El agua fresca corría con delicadeza entre los dedos de sus pies. Empezó a temblar muy ligeramente. Lo que más le apetecía era sentarse allí en paz, en silencio, sin moverse hasta que sucediera, eso que llevaba esperando todo el día, eso que no podía suceder, pero quizás sí. El retazo de una canción le rozó la mente.
–Me…
–Te sentará bien –la apremió–. Venga, vamos.
–Estoy cansada –dijo–. Otra noche.
–Toma tu bufanda. –Le tendió un frasquito–. Hace meses que no salimos.
–Tú sí, vas dos veces por semana a Xi City. –Ni siquiera lo miró.
–Por trabajo –dijo él.
–Ya –susurró ella para sí.
Del frasquito se derramó un líquido, se convirtió en una bruma azul que, trémula, le rodeó el cuello.
Las aves de fuego esperaban, como rescoldos, refulgiendo en las arenas frías y lisas. El dosel blanco, henchido con el viento nocturno, ondeaba ligeramente, atado a las aves con un millar de cintas verdes. Ylla se recostó en el dosel y, con una orden de su marido, las aves, llameantes, alzaron el vuelo hacia el cielo oscuro. Las cintas se tensaron, el dosel se elevó. La arena se deslizaba quejumbrosa por debajo; las colinas azules pasaban una tras otra, y atrás quedó su casa: las columnas de lluvia, las flores enjauladas, los libros cantarines, los susurrantes arroyos de los suelos. No miró a su marido. Lo oyó gritar a las aves conforme ganaban altura, como diez mil ascuas, múltiples fuegos artificiales rojos y amarillos en los cielos, combando el dosel como el pétalo de una flor, llameando a través del viento.
No miró las ciudades antiguas, muertas, piezas de ajedrez hechas de hueso, que pasaban por debajo, ni los viejos canales llenos de vacío y sueños. Ríos y lagos secos que con su vuelo dejaban atrás como una sombra lunar, como una antorcha ardiente.
Solo miraba el cielo. Su marido hablaba.
Ella miraba el cielo.
–¿Me has oído?
–¿Qué?
Él exhaló.
–Podrías prestar atención.
–Estaba pensando.
–No sabía que eras una amante de la naturaleza, pero esta noche te veo muy interesada por el cielo, desde luego.
–Está precioso.
–Se me ha ocurrido –dijo despacio el marido– que podría llamar a Hulle esta noche. Me gustaría hablar con él para ver si podemos pasar unos días juntos tú y yo, una semana o así, en las Montañas Azules. Es solo una idea…
–¡Las montañas azules! –Se sujetó con una mano al borde del dosel, volviéndose rápidamente hacia su marido.
–Bueno, es solo una propuesta.
–¿Cuándo querrías ir? –le preguntó, temblando.
–He pensado que podríamos salir mañana por la mañana. Ya sabes, irnos temprano y demás –dijo él como si tal cosa.
–¡Pero si nunca salimos en esta época del año!
–Se me ha ocurrido… –Sonrió–. Nos sentará bien una escapadita. Paz y tranquilidad. Ya sabes. No tendrás planes, ¿no? Nos vamos, ¿te parece?
Ella respiró hondo, esperó y respondió:
–No.
–¿Qué?
Su grito asustó a las aves. El dosel se tambaleó.
–No –dijo con firmeza–. Está decidido. No voy a ir.
La miró. No hablaron más. Ella se dio la vuelta. Las aves continuaron con su vuelo, diez mil teas al viento.
Al amanecer, el sol, a través de las columnas de cristal, deshizo la niebla que sostenía a Ylla mientras dormía. Había pasado la noche suspendida sobre el suelo, a flote en la suave alfombra de bruma que se derramó de las paredes cuando se tumbó a descansar. Toda la noche había dormido en aquel río silencioso, como un bote en la marea insonora. Ahora, consumida la niebla, la bruma perdió altura para depositarla sobre la orilla del despertar.
Abrió los ojos.
Su marido estaba ante ella. La miraba como si llevase allí horas, observándola. No sabía por qué, pero era incapaz de mirarlo a la cara.
–¡Has estado soñando otra vez! –dijo–. No parabas de hablar, no me dejabas dormir. Creo que deberías ir al médico, la verdad.
–Estoy bien.
–¡Has hablado muchísimo en sueños!
–¿Sí, eh? –Se activó.
El amanecer era frío en aquel cuarto. Allí tumbada, una luz gris la llenó.
–¿Qué has soñado?
Necesitó unos segundos para recordarlo.
–La nave. Descendía del cielo otra vez, aterrizaba y el hombre alto salía y hablaba conmigo, me gastaba bromas, reía, era muy agradable. –El señor K tocó una de las columnas. Brotaron fuentes de agua caliente, humeante; el frío abandonó el cuarto. El señor K tenía el gesto impasible–. Y luego –dijo–, el hombre, que decía llamarse Nathaniel York, un nombre extraño, me dijo que era preciosa y…, me besó.
–¡Ja! –gritó su marido, volviéndose bruscamente, con la mandíbula en movimiento–. Solo es un sueño. –A ella le hizo gracia aquello–. ¡Para ti tus absurdos sueños femeninos!
–Te estás comportando como un crío. –Se reclinó de nuevo sobre los restos de la bruma química que quedaban. Unos segundos después, rio por lo bajo–. El sueño me ha dado que pensar –confesó.
–Vaya, ¿en qué, en qué? –gritó él.
–Yll, tienes muy mal genio.
–¡Cuéntamelo! –exigió–. ¡No puedes ocultarme nada! –Su rostro se cernía oscuro y rígido sobre ella.
–Nunca te había visto así –respondió, mitad conmocionada, mitad entretenida–. Pues el tal Nathaniel York me decía…, en fin, me decía que iba a subirme a su nave para llevarme por el cielo con él a su planeta. Bastante absurdo todo, la verdad.
–¡Absurdo, sí! –gritó casi–. Tendrías que haberte oído, cómo lo adulabas, cómo le hablabas, cómo cantabas con él, toda la noche, por dios, ¡tendrías que haberte oído!
–¡Yll!
–¿Cuándo va a aterrizar? ¿Cuándo va a venir con su puñetera nave?
–Yll, no des voces.
–¡Al cuerno con las voces! –Se inclinó bruscamente hacia ella–. Y en el sueño… –la sujetó por la muñeca–, ¿la nave aterrizaba en Green Valley, no? ¡Contéstame!
–Caray, sí…
–Y aterrizaba esta tarde, ¿no? –le insistió.
–Sí, sí, creo que sí, pero ¡en el sueño!
–Bien. –Le soltó la mano de mala manera–. ¡Me alegra que digas la verdad! He oído todo lo que has dicho en sueños. Has mencionado el valle y la hora.
Jadeando, caminó entre las columnas como un hombre cegado por un relámpago. Poco a poco, recuperó el aliento. Ella lo miraba como si estuviese loco. Finalmente, se levantó y se acercó a él.
–Yll –susurró.
–Estoy bien.
–Vas a enfermar.
–No. –Forzó una sonrisa cansada–. Ha sido una niñería. Perdóname, cielo. –Le dio unas palmaditas algo bruscas–. Últimamente trabajo mucho. Lo siento. Creo que voy a echarme un rato…
–Te has exaltado mucho.
–Ya estoy bien. Estupendamente. –Exhaló–. Olvidémoslo. En fin, ayer me contaron un chiste sobre Uel, iba a contártelo. Qué te parece si preparas el desayuno, te cuento el chiste y nos olvidamos del asunto.
–Solo ha sido un sueño.
–Claro. –La besó mecánicamente en la mejilla–. Un sueño.
A mediodía, el sol estaba alto y calentaba y las colinas humeaban bajo su luz.
–¿Vas al pueblo? –preguntó Ylla.
–¿Al pueblo? –Arqueó levemente las cejas.
–Este día siempre vas. –Recolocó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron, abriendo sus hambrientas bocas amarillas.
Él cerró su libro.
–No. Hace demasiado calor, y es tarde.
–Ah. –Terminó lo que estaba haciendo y fue hacia la puerta–. Bueno, vuelvo enseguida.
–¡Un segundo! ¿Adónde vas?
Ella estaba casi en el umbral.
–A casa de Pao. ¡Me ha invitado!
–¿Hoy?
–Hace mucho que no la veo. Está aquí al lado.
–En Green Valley, ¿no?
–Sí, es un paseo, no queda lejos, he pensado en… –Se apresuró.
–Lo siento, lo siento de verdad –dijo él, corriendo a por ella, con gesto de preocupación ante su lapsus–. Se me ha pasado. Invité al doctor Nlle a casa esta tarde.
–¿Al doctor Nlle? –Se acercó despacio a la puerta.
La cogió del codo y tiró de ella con insistencia hacia el interior de la casa.
–Sí.
–Pero Pao…
–Pao puede esperar, Ylla. Tenemos que recibir a Nlle.
–Van a ser unos minutos solamente…
–No, Ylla.
–¿No?
Él meneó la cabeza.
–No. Además, hasta casa de Pao hay una caminata tremenda. Hay que ir a Green Valley y luego cruzar y bajar el gran canal, ¿no? Y va a hacer muchísimo calor, y al doctor Nlle le hará mucha ilusión verte. ¿Y bien?
No contestó. Quería salir corriendo. Quería gritar con todas sus fuerzas. Pero se limitó a sentarse en la silla, a mover los dedos despacio, a mirarlos inexpresiva, atrapada.
–¿Ylla? –murmuró él–. Estarás, ¿no?
–Sí –dijo, un buen rato después–. Estaré.
–¿Toda la tarde?
–Toda la tarde –dijo, con voz apagada.
Más avanzado el día, el doctor Nlle no apareció. El marido de Ylla no parecía sorprendido. Cuando ya era bastante tarde, murmuró algo, fue al armario y sacó un arma mortífera, un largo tubo amarillento rematado con un fuelle y un gatillo. Se volvió, llevaba la cara tapada con una máscara, forjada en metal plateado, inexpresiva, la máscara que se ponía siempre que quería ocultar sus sentimientos, la máscara que se curvaba y se ahuecaba con una factura exquisita en los pómulos, la barbilla y la frente. La máscara resplandeció, y sopesó el arma mortífera que tenía en las manos. Emitía un zumbido constante, un zumbido insectil. Con ella podían dispararse hordas de estridentes abejas doradas. Abejas doradas y horribles que picaban, envenenaban y caían inertes, como semillas en la arena.
–¿Adónde vas?
–¿Qué? –Tenía el oído puesto en el fuelle, el zumbido mortal–. Si el doctor Nlle va a llegar tarde, no pienso esperarlo. Salgo a cazar un rato. Ahora vengo. Vas a quedarte aquí, ¿no? –La máscara plateada resplandeció.
–Sí.
–Dile al doctor Nlle que vuelvo enseguida. Salgo a cazar.
La puerta triangular se cerró. Sus pasos se perdieron colina abajo.
Lo observó mientras se alejaba a pleno sol hasta que desapareció. Luego regresó a sus quehaceres con el polvo magnético y las frutas nuevas que había que recoger de las paredes de cristal. Trabajó con energía y resolución, pero de vez en cuando le sobrevenía un aturdimiento y se veía cantando aquella canción rara y memorable con la mirada perdida en el cielo más allá de la columnata de cristal.
Contuvo en aliento y se quedó muy quieta, a la espera. Estaba al llegar.
Podría suceder en cualquier momento.
Era como en esos días en los que oyes que se avecina tormenta y hay un silencio expectante y luego una ligerísima presión atmosférica mientras el mal tiempo barre la tierra con rachas y sombras y vapores. Y notas el cambio de presión en los oídos y te quedas suspendido en el compás de espera de la tormenta inminente. Y empiezas a temblar. El cielo se mancha y se colorea; las nubes se condesan; las montañas adoptan un tinte ferroso. Las flores enjauladas se agitan con leves suspiros de advertencia. Notas que el pelo se te alborota ligeramente. En alguna parte de la casa, el reloj de voz canta: «Tictac, tictac, tictac, tictac…», con suma suavidad, apenas gotas de agua sobre terciopelo.
Y entonces la tormenta. La iluminación eléctrica, la oscuridad envolvente y el ruido tenebroso que cae, se cierra, para siempre.
Así era entonces. Estaba formándose una tormenta, pero el cielo estaba raso. Era de esperar que hubiese rayos, pero no se veían nubes.
Ylla recorría la ansiosa casa de verano. Los relámpagos caerían del cielo de un momento a otro; se oiría un trueno, se vería una vaina de humo, habría silencio, se oirían pasos en el sendero, golpecitos en la puerta cristalina, y ella correría a abrir…
¡Loca Ylla!, se mofó. ¿Qué pintan cosas tan descabelladas en tu mente ociosa? Y entonces sucedió.
Sintió un calor como si un fuego enorme cruzara el aire. Un ruido centrífugo, precipitado. Un brillo en el cielo, metálico.
Ylla gritó.
Echó a correr entre las columnas y abrió la puerta de par en par. Miró las colinas. Pero en ese momento no había nada.
Estaba a punto de bajar la colina a la carrera cuando se detuvo. Se suponía que tenía que quedarse, no podía irse. El médico iba a visitarlos, y su marido se enfadaría si se marchara.
Esperó en la puerta, resollando, con la mano tendida.
Se estiró para ver Green Valley, pero no vio nada.
Qué tonta eres. Entró en la casa. Tú y tus imaginaciones, pensó. No era más que un pájaro, una hoja, el viento o un pez del canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó. Se oyó un disparo.
Su cuerpo se encogió de nuevo y, por algún motivo, se levantó de golpe, gritando, gritando sin parar, sin querer dejar nunca de gritar. Corrió violentamente por la casa y una vez más abrió la puerta de par en par.
Los ecos se perdían, se perdían ya. Hasta desvanecerse.
Esperó en el jardín, con la cara pálida, durante cinco minutos.
Finalmente, con paso lento, cabizbaja, recorrió las habitaciones columnadas, posando la mano en objetos, con temblor en los labios, hasta que por fin se sentó sola en la vinoteca en penumbra, a esperar. Se puso a limpiar una copa ambarina con el borde de su bufanda.
Y entonces, muy lejano, un ruido de pasos aplastando las piedras pequeñas y finas.
Se levantó y esperó en el centro de la habitación silenciosa. La copa se le resbaló de entre los dedos, y se hizo añicos.
Los pasos vacilaron ante la puerta.
¿Debería decir algo? ¿Debería gritar: «Entra, ay, entra»? Avanzó unas zancadas.
Los pasos subieron la rampa. Una mano hizo girar el pomo. Ella sonrió a la puerta.
La puerta se abrió. Su sonrisa se borró.
Era su marido. Su máscara de plata lanzaba destellos mate.
Entró en el cuarto y la miró unos instantes. Luego abrió el arma de golpe y descargó dos abejas muertas, se oyó un chisporroteo cuando dieron contra el suelo, las pisó y dejó la pistola fuelle vacía en un rincón del cuarto mientras Ylla se agachaba e intentaba, una y otra vez, sin éxito, recoger los trozos de cristal roto.
–¿Qué hacías? –preguntó.
–Nada –dijo él de espaldas a ella. Se quitó la máscara.
–Pero el arma… Te he oído disparar. Dos veces.
–Estaba cazando. –Chasqueó los dedos, hastiado–. Caray, acabo de caer. La visita era para mañana por la tarde. Qué tonto soy.
Se sentaron a comer. Ylla miraba su plato, pero no movía las manos.
–¿Te pasa algo? –preguntó él, sin levantar la vista de la carne que mojaba en la lava burbujeante.
–No sé. No tengo hambre –dijo.
–¿Por qué no?
–No lo sé. Porque no. –Empezaba a levantarse viento en el cielo; el sol estaba poniéndose. El cuarto era pequeño y de repente hacía frío–. Estaba intentando acordarme… –dijo ella en la habitación silenciosa, delante de su marido gélido, erguido, de ojos dorados.
–Acordarte de qué. –Dio un sorbo al vino.
–De la canción. De esa canción tan bonita. –Cerró los ojos y tarareó, pero la canción era otra–. La he olvidado. Y, por lo que sea, no quiero olvidarla. Es algo que me gustaría recordar siempre. –Movió las manos como si el ritmo pudiera ayudarla a recordarla. Luego se recostó en la silla–. No me acuerdo. –Se echó a llorar.
–¿Por qué lloras? –preguntó él.
–No lo sé, no lo sé, pero no puedo evitarlo. Estoy triste y no sé por qué, lloro y no sé por qué, pero estoy llorando.
Tenía la cabeza entre las manos; sus hombros se movían sin parar.
–Mañana te encontrarás mejor –dijo él.
Ella no lo miró; miraba solo el desierto vacío y las estrellas muy brillantes que empezaban a salir en el cielo oscuro, y de muy lejos llegaba el ruido del viento que arreciaba y de las aguas removiéndose frías en los largos canales. Cerró los ojos, tiritando.
–Sí –dijo–. Mañana me encontraré mejor.