zaharoff/richter magnitud ocho
spanish
Con las primeras luces del amanecer, era el edificio más normal que había visto desde la granja avícola de su juventud. Se alzaba en mitad de un campo vacío lleno de malezas y cactus, en su mayoría polvo y algunas veredas olvidadas en la semioscuridad.
Charlie Crowe dejó el Rolls-Royce al ralentí junto al bordillo y mascullando subió por la vereda ensombrecida para allanarle el camino a Hank Gibson, que volvió la vista hacia el suave ronroneo de su coche.
–¿No deberías…?
–No, no –lo interrumpió Charlie Crowe–. Nadie te robaría el Rolls-Royce, ¿no? ¡Antes de que volviera la esquina ya se lo habrían robado! ¡Vamos!
–Qué prisa hay, ¡tenemos toda la mañana!
–Eso es lo que tú te piensas, colega. Tenemos… –Charlie Crowe echó un vistazo a su reloj–. Veinte minutos, puede que quince, para la visita rápida, el desastre inminente, las revelaciones, ¡toda la pesca!
–No hables tan deprisa y afloja el ritmo, me va a dar un infarto.
–Espérate al desayuno. Toma. Métetelo en el bolsillo.
Hank Gibson miró el documento verde claro.
–¿Un seguro?
–De hogar, vigente desde ayer.
–Pero no nos hace falta…
–Sí, sí que hace, pero no lo sabes. Firma la copia. Ahí. ¿Ves algo? Toma mi linterna y mi bolígrafo. Buen chico. Dame una. Esta para ti…
–Dios…
–No blasfemes. Ahora estás protegido, pase lo que pase. A bailar.
Lo siguiente que supo Hank Gibson fue que estaban llevándolo del codo por una puerta descascarillada que daba a otra puerta cerrada, que se abrió cuando Charlie Crowe apuntó hacia ella con su láser eléctrico. Pasaron a…
–¡Un ascensor! ¿Por qué hay un ascensor en una choza en un descampado a las cinco de la mañana…?
–Calla.
El suelo se hundió a sus pies y bajaron a plomo unos veinte o veinticinco metros para dar con otra puerta que se abrió hacia un lateral con un susurro y entraron en un largo pasillo con una decena de puertas a cada lado y varias decenas de lámparas encima que arrojaban una luz agradable. Antes de que pudiera levantar de nuevo la voz, un Hank Gibson apremiado dejaba atrás aquellas puertas con nombres de ciudades y países.
–Joder –gritó Hank Gibson–, odio que me lleven a empujones de un engorroso misterio a otro. Estoy trabajando en un libro y un artículo para mi periódico. No tengo tiempo para…
–¿Para la historia más potente del mundo? ¡Bah! ¡La escribiremos juntos y nos repartiremos las ganancias! No puedes resistirte. Calamidades. Caos. ¡Holocaustos!
–Qué te gusta una hipérbole…
–Silencio. Ahora me toca a mí, mira y aprende. –Charlie Crowe consultó su reloj–. Se nos va el tiempo. ¿Por dónde empezamos?
Hizo un barrido con el brazo hacia las decenas de puertas cerradas que los rodeaban con etiquetas en las que por una cara se leía constantinopla, ciudad de méxico, lima, san francisco. 1897, 1914, 1938, 1963 por la otra. Había también una puerta especial con la etiqueta haussmann, 1870.
–Lugares y fechas, fechas y lugares. ¿Cómo demonios voy a saber por qué o cómo elegir una?
–¿Las ciudades y las fechas no te suenan de nada, no remueven nada? Mira. Echa un ojo por esta.
Hank Gibson miró.
A un lado, a través de un cristal en el dintel de la puerta con la etiqueta 1789, vio…
–Parece París.
–Pulsa el botón de debajo del cristal. –Hank Gibson lo pulsó–. ¡Ahora mira!
Hank Gibson miró.
–Ay, Dios, París. En llamas. ¡Y ahí está la guillotina!
–Correcto. Venga. Siguiente puerta. Siguiente cristal.
Hank Gibson se movió y miró.
–Ay, Dios, otra vez París. ¿Pulso el botón?
–¿Por qué no?
Lo pulsó.
–Hostias, sigue ardiendo. Pero ahora es mil ochocientos setenta. ¿La Comuna?
–París combatiendo a los hessianos en las afueras de París, los parisinos matando parisinos dentro de la ciudad. Los franceses son únicos, ¿eh? ¡Siguiente!
Llegaron a un tercer cristal. Gibson miró.
–París. Pero no está ardiendo. Veo taxis. Ya sé. Mil novecientos dieciséis. ¡París salvada por el millar de taxis parisinos que llevaron a las tropas a contener a los alemanes en las afueras de la ciudad!
–¡Excelente! ¿Otra?
Ante una cuarta puerta.
–París intacta. Pero más allá. ¿Dresde? ¿Berlín? ¿Londres? Destruidas.
–Correcto. ¿Qué te parece esta realidad virtual en tres dimensiones? ¡Soberbia! Basta de ciudades y guerras. El otro lado del pasillo. Pasemos a las siguientes. Todas esas puertas con distintos tipos de devastación.
–¿Ciudad de México? Estuve en el cuarenta y seis.
–Pulsa.
Hank Gibson pulsó el botón. La ciudad se derrumbó, se sacudió, se derrumbó.
–El terremoto del ochenta y cuatro…
–Del ochenta y cinco, para ser exactos.
–Dios, pobre gente. Bastante tienen ya con ser pobres. Pero miles murieron, acabaron mutilados, más pobres aún. Y el gobierno…
–Me la suda. Siguiente.
Se detuvieron ante una puerta en la que ponía armenia, 1988. Gibson se asomó, pulsó el botón.
–Un país importante, Armenia. Un país importante…, desaparecido.
–El terremoto más fuerte en ese territorio en cincuenta años.
Pararon ante dos cristales más: tokio, 1932, y san francisco, 1905.
Ambas íntegras, intactas a primera vista. Pulsó el botón: ¡todo se vino abajo!
Gibson dio media vuelta, agitado y pálido.
–¿Y bien? –dijo su amigo Charlie–. ¿Conclusión?
–¿Guerra y paz? O la paz destruyéndose a sí misma sin guerras…
–¡Touché!
–¿Por qué me has enseñado todo esto?
–Por tu futuro y el mío, riquezas insólitas, revelaciones increíbles, verdades asombrosas. Ándale. ¡Vamoos!.
Charlie apuntó con su boli láser a la puerta más grande al fondo del pasillo. La cerradura doble siseó; la puerta desapareció por un lateral, revelando una amplia sala de reuniones con una mesa inmensa de más de diez metros de largo, con veinte sillas de cuero alrededor y algo parecido a un trono, elevado de alguna manera, en el extremo más alejado.
–Ve a sentarte al fondo –dijo Charlie. Hank Gibson avanzó despacio–. Ay, por el amor de Dios, date prisa. Faltan siete minutos escasos para el fin del mundo.
–¿El fin…?
–Es broma. ¿Listo? –Hank Gibson se sentó–. Allá vamos.
La mesa, las sillas y la sala se sacudieron. Gibson se levantó de un salto.
–¿Qué ha sido eso?
–Nada –Charlie Crowe comprobó su reloj–. Por ahora. Siéntate. ¿Qué has visto?
Gibson se retrepó en la silla, incómodo, sin soltar los reposabrazos.
–Ni puñetera idea. ¿Historia?
–Sí, pero ¿de qué clase?
–Guerra y paz. Paz y guerra. Paz fallida, evidentemente. Terremotos e incendios.
–Admirable. Bien, ¿quién tiene la culpa de tanta destrucción, de ambos tipos?
–De qué, ¿de la guerra? Los políticos, supongo. Revueltas étnicas. Codicia. Celos. Fábricas de armamento. La Kupp opera en Alemania. Zaharoff, ¿no se apellidaba así? El rey supremo de las armas, el mulá supremo de los belicistas, lo veía en las noticias cuando era niño. ¿Zaharoff?
–¡Sí! ¿Y en el otro lado del pasillo? Los terremotos.
–Eso es cosa de Dios.
–¿Solo de Dios? ¿Sin ayuda de nadie?
–¿Alguien tiene capacidad de ayudar a provocar un terremoto?
–En parte. Indirectamente. Cooperando.
–Un terremoto es lo que es. Que ocurra en una ciudad es casualidad. Azaroso.
–Falso, Hank.
–¡¿Falso?!
–¿Y si te dijera que esas ciudades no se construyeron ahí por casualidad? ¿Y si te dijera que planeamos construirlas ahí, a propósito, para destruirlas?
–¡Pamplinas!
–No, Hank, aniquilación creativa. Nuestras jugarretas se remontan a la dinastía Tang en lo que a terremotos se refiere. ¿Y las ciudades? En lo relativo a las guerras, París, mil setecientos ochenta y nueve.
–¿Nuestras? ¿Cómo que nuestras? ¿Quiénes?
–Yo, Hank, y mi séquito, nada de púrpura y oro, buenos trajes oscuros y corbatas decentes, e impecables licenciaturas en arquitectura. Eso hicimos, Hank. Construimos las ciudades para echarlas abajo. Para reducirlas a escombros con terremotos o destruirlas con bombas y guerras, guerras y bombas.
–¿Vosotros? ¡Vosotros!
–En esta sala y en salas como esta, por todo el mundo, hombres que se sientan en esas sillas a derecha e izquierda, con el gran mandamás de los arquitectos donde estás sentado tú…
–¡Arquitectos!
–No creerás que todos esos terremotos y todas esas guerras sucedieron por simple accidente, por puro azar, ¿no? Fue cosa nuestra. Hank, los arquitectos que diseñamos los planos y los trazados urbanos del mundo. Ni los fabricantes de armas ni los políticos, bah, los usamos como a muñecos, marionetas, mequetrefes útiles, pero nosotros, los soberbios arquitectos de ciudades, a sueldo, nos ponemos a construir y luego destruimos nuestras mascotas, nuestros edificios, ¡nuestras ciudades!
–Por el amor de Dios, ¡qué locura! ¿Para qué?
–¿Para qué? Para que cada cuarenta, cincuenta, sesenta, noventa años, podamos empezar desde cero proyectos nuevos, conceptos nuevos, obras renovadas, dinerito contante y sonante para todos: proyectistas, promotores, fabricantes, constructores, marmolistas, excavadoras, carpinteros, cristaleros, jardineros. ¡Todo abajo, a empezar de nuevo!
–¿Te refieres a que…?
–Estudiábamos dónde se escondían los terremotos, dónde podrían golpear, cada fisura, cada grieta, cada falla de cada territorio, cada periodo, ¡cada terreno del mundo! ¡Y ahí construíamos las ciudades! O la mayoría.
–¡Chorradas! No podríais hacer algo así, ¡ni tú ni tus planificadores! ¡La gente os descubriría!
–Ni lo sabían ni nos descubrieron. Nos reuníamos en secreto, borrábamos nuestras huellas. Un pequeño clan, una pandillita de conspiradores en cada país y cada época. Como los masones, ¿no? O cualquier secta católica de la Inquisición. O esa escoria clandestina musulmana. Tampoco hace falta gran cosa. Y el político medio, tonto o imbécil, se fiaba de nuestra palabra. Este es el sitio, este es el lugar, planta aquí tu capital, allí tu pueblo. Es perfectamente seguro. Hasta el siguiente terremoto, ¿eh, Hank?
–¡Gilipolleces!
–¡Esa boca!
–Me niego a creer…
La sala se sacudió. Las sillas temblaron. A punto de caerse, Hank Gibson se hundió en la silla. El color de su rostro también se hundió.
–Hace dos minutos –dijo Charlie Crowe–. ¿Hablo más deprisa? Bien, no creerás que íbamos a dejar el destino del mundo en manos de políticos ramplones y zopencos, ¿no? ¿Tú te has sentado a comer en Rotary & Lions con los gañanes de la Cámara de Comercio, todos imbéciles? ¡La cabeza llena de pájaros! ¿Dejarías la marcha del mundo en manos de Zaharoff y sus expertos en pólvora? Y un cuerno. Solo saben disparar acero y empaquetar nitroglicerina. De ahí que como nuestra gente, la misma gente que construyó las ciudades sobre fallas geológicas para asegurarnos el trabajo de levantar nuevas ciudades, planeamos las guerras, en secreto.
»Provocábamos, guiábamos, encaminábamos, influenciábamos a los políticos para que, de un modo u otro, se exaltaran, y a eso siguió París y el Terror, y luego Napoleón, y más tarde la Comuna de París en la que Haussmann, sacando provecho del caos, tiró abajo y reconstruyó la ciudad para locura de unos y deleite de otros. Piensa en Dresde, Londres, Tokio, Hiroshima. ¡A los arquitectos nos costó un buen pico sacar a Hitler de la cárcel en mil novecientos veintidós! Fuimos los arquitectos quienes incordiamos como mosquitos a los japoneses para que invadieran Manchuria, importaran chatarra, plantaran cara a Roosevelt, bombardearan Pearl Harbor. Con la aprobación del emperador, obviamente, y los generales encantados de la vida, obviamente, y los kamikazes volaron hacia la desaparición, locos de alegría, obviamente. Pero entre bambalinas, los arquitectos, dando palmas, frotándonos las manos por la guita, ¡los jaleábamos! Ni los políticos, ni los militares, ni los fabricantes de armas los pusieron en marcha, sino los hijos de Haussmann y los futuros hijos de Frank Lloyd Wright. ¡Gloria, aleluya!».
Hank Gibson resopló con fuerza y se sentó en la cabecera de la mesa, aplastado por medio kilo de información y una tonelada de confusión. Miró fijamente toda su longitud.
–Aquí hubo reuniones…
–En mil novecientos treinta y dos, mil novecientos treinta y seis, mil novecientos treinta y nueve para infectar Tokio y emponzoñar Washington y que hubiese guerra. Y al mismo tiempo, asegurarnos de que San Francisco se construía de tal forma que hubiese un nuevo hundimiento, y que las ciudades de California a lo largo y ancho de las grietas y las fisuras nutrieran a la gran falla madre, San Andrés, para que cuando llegara el gran trallazo, lloviera dinero durante cuarenta días.
–Hijo de puta –dijo Hank Gibson.
–Sí, ¿eh? Todos, ¿no?
–Hijo de puta –repitió Hank Gibson en voz baja–. Las guerras de los hombres y los terremotos de Dios.
–Menudo combo, ¿eh? Todo llevado a cabo por el gobierno secreto, el gobierno de los arquitectos sorpresa de todo el mundo y con vistas al siglo que viene.
El suelo se sacudió. La mesa y las sillas y el techo hicieron lo mismo.
–¿Ya? –dijo Hank Gibson.
Charlie Crowe rio, mirando su reloj.
–Ya. ¡Fuera!
Corrieron hacia la puerta y bajaron el pasillo a toda velocidad, atrás quedaron las puertas en las que ponía tokio y londres y dresde, atrás quedaron las puertas en las que ponía 1789 y 1870 y 1940, y atrás quedaron las puertas en las que ponía armenia y ciudad de méxico y san francisco, y subieron disparados en el ascensor, y en el trayecto, Hank Gibson dijo:
–Repito, ¿para qué me has contado todo esto?
–Me jubilo. Los demás ya no están. No volveremos a usar este sitio. Va a desaparecer. Puede que ahora mismo. Tú escribes el libro con todo este material fabuloso, yo lo edito, trincamos la pasta y a correr.
–Pero ¿quién se lo va a creer?
–Nadie. Pero es tan sensacional, que todo el mundo lo comprará. Millones de ejemplares. Y nadie va a investigar, porque todos son culpables, los fundadores de las ciudades, la Cámara de Comercio, las inmobiliarias, los generales del Ejército que pensaban que las guerras las ideaban y las luchaban ellos, ¡o que sus ciudades las ideaban y las construían ellos! ¡Anormales con ínfulas! Ya estamos. Fuera.
Salieron del ascensor y del edificio cuando llegó la siguiente sacudida.
Los dos se cayeron y se levantaron, entre risas nerviosas.
–La vieja California, ¿eh? ¿Mi Rolls-Royce sigue ahí? Sí. Aquí no hay ladrones. ¡Arriba!
Con la mano en la puerta del Rolls, Gibson miró fijamente a su amigo.
–¿La falla de San Andrés pasa por este barrio?
–Ni lo dudes. ¿Quieres ir a ver tu casa?
Gibson cerró los ojos.
–Dios, tengo miedo.
–Anímate, recuerda la póliza de seguros que tienes en el bolsillo. ¿Nos vamos?
–Enseguida. –Gibson tragó saliva con dificultad–. ¿Qué título le pondremos al libro?
–¿Qué hora es? ¿A qué día estamos?
Gibson miró el sol, a punto de salir.
–Temprano. Las seis y media. Y en mi reloj pone que estamos a quince de febrero.
–De mil novecientos noventa y cuatro…
–Seis y media de la mañana. Quince de febrero de mil novecientos noventa y cuatro.
–Ahí tienes el título del libro. O por qué no Zaharoff, y añadimos Richter, por la escala Richter de los terremotos en Cal-Tech. Zaharoff/Richter magnitud ocho. ¿Qué tal?
–Vale.
Cerraron las puertas de golpe. Rugió el motor.
–¿Nos vamos a casa?
–Acelera. Dios. Deprisa.
Y se fueron.
Deprisa.